¿Qué ocurre cuando el feminismo se vuelve rentable pero innombrable?

Una reflexión de Alicia Marín

Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.

El feminismo es hoy uno de los movimientos sociales con mayor capacidad de influencia y, al mismo tiempo, uno de los más estigmatizados en el debate público. No se trata de una percepción subjetiva, sino de un dato medible. El estudio Las mujeres y los hombres, hoy: ¿igualdad o desigualdad? (2023), dirigido por la divulgadora Laura Sagnier con el apoyo de la consultora PRM Market Intelligence, revela que el término “feminismo” genera rechazo en el 42% de las mujeres y en el 62% de los hombres. La cifra no indica desacuerdo con la igualdad, sino incomodidad con la palabra que la nombra. Este rechazo explica por qué cualquier ambigüedad en torno al feminismo en el espacio público se convierte en un debate.

Un ejemplo claro es la reciente entrevista de Rosalía en Radio 3 Extra, emitida en el especial Rosalía por Rosalía. La artista afirmó: “Me rodeo de ideas femeninas. No me considero lo suficientemente perfecta como para estar dentro del -ismo, pero sí me inspiran”. La frase bastó para detonar una conversación polarizada: ¿distancia estratégica del feminismo o posicionamiento personal?

Por un lado, la polémica evidenció que no es necesario cumplir con un ideal de perfección para defender la igualdad, cuestionando la exigencia de coherencia absoluta que a menudo se impone a las mujeres en el espacio público. Al mismo tiempo, reapareció el debate sobre la necesidad de contar con referentes que se declaren abiertamente feministas, especialmente en un contexto de retroceso de derechos.

Dentro de la trayectoria de Rosalía, esta declaración adquiere una dimensión especial. LUX, su cuarto álbum, se construye sobre genealogías femeninas que atraviesan culturas, épocas y tradiciones espirituales. Figuras como Juana de Arco, Simone Weil o Rabia al-Adawiya no aparecen como referencias decorativas, sino como mujeres que transformaron su tiempo desde espacios históricamente silenciados. Rescatar esas figuras y otorgarles centralidad implica una relectura feminista del pasado, aun cuando no se exprese en términos militantes.

Otros ejemplos en la cultura pop muestran un patrón similar. En 2012, la revista Fucsia recogió declaraciones de artistas como Katy Perry, quien dijo: “No soy feminista, pero creo en la fuerza de las mujeres”, o Taylor Swift, quien entonces explicó que no se identificaba como feminista porque no hacía diferencias de género en su trabajo. Con el tiempo, algunas de estas figuras han matizado sus declaraciones y mostrado una relación más consciente con el feminismo. Sin embargo, incluso hoy en día, muchas actrices, escritoras y creadoras de contenido prefieren referirse a “historias humanas” o “temas universales”, evitando una identificación política explícita.

Además, en un ecosistema mediático global, decir “soy feminista” no tiene el mismo impacto en todos los mercados. Para una artista con proyección internacional, como Rosalía, la ambigüedad se convierte en una estrategia de supervivencia: posicionarse implica perder audiencias; no hacerlo, asumir la crítica.

Surge entonces una pregunta clave: ¿dejar de usar la palabra feminismo resuelve realmente la desigualdad de género? En sus conclusiones, Sagnier (2023) señala que “Si se quiere acelerar el ritmo al que se van reconociendo las desigualdades, parece que tiene sentido dejar de lado el concepto de ‘feminismo’ y centrar el foco en trabajar para resolver las desigualdades entre mujeres y hombres”. Sin embargo, esta estrategia esquiva el conflicto real. La desigualdad no es solo un conjunto de comportamientos individuales que pueden corregirse con buenas prácticas, sino una realidad sostenida por estructuras sociales, políticas y culturales que necesita ser nombrada para poder transformarse.

Así, el feminismo se constituye como un marco político que identifica las causas de la desigualdad —relaciones de poder, patriarcado, jerarquías de género— y propone soluciones colectivas para combatirlas. Hablar de igualdad sin nombrar al feminismo despolitiza el problema y lo presenta como una suma de situaciones aisladas, en lugar de un sistema complejo arraigado en la sociedad. A esta omisión se suma, además, una distorsión semántica que asocia el feminismo con un odio hacia los hombres, dificultando una comprensión realista del movimiento. En este escenario, la etiqueta feminista se convierte en un factor de riesgo reputacional para figuras con alta visibilidad, generando rechazo independientemente de los valores reales que sostienen al movimiento.

Esta tensión se intensifica debido a la expectativa social sobre las figuras públicas. Se espera que eduquen, se posicionen y representen causas colectivas. Sin embargo, la mayoría de las celebridades accede al espacio público con objetivos profesionales —cantar, actuar o crear—, no para ejercer como activista. No existe una obligación formal de asumir un posicionamiento político, pero la visibilidad conlleva un impacto mediático inevitable.

Surge así la paradoja: evitar decir “soy feminista” no contribuye a normalizar el término, pero exigir a las celebridades que actúen como referentes morales incuestionables tampoco ofrece una salida. La exposición mediática no convierte automáticamente a una persona en militante, pero tampoco es inocente: toda palabra —y todo silencio— produce efectos en el debate colectivo.

En consecuencia, la sociedad exige posicionamiento, pero penaliza a quienes lo adoptan. El feminismo corre entonces el riesgo de convertirse en una marca; el empoderamiento pierde su dimensión política y el discurso público se vuelve cauteloso para evitar conflictos. En este contexto, surge lo que teorías feministas y medios como Las Volcánicas denominan feminismo adyacente: un discurso que celebra a mujeres fuertes, visibles y exitosas, pero evita cuestionar las estructuras de poder, las desigualdades de clase, raza y género, así como las violencias sistémicas que el feminismo identifica y combate. El resultado es un relato seguro, estéticamente potente y políticamente diluido.

Recuperar la dimensión política de la palabra feminismo es esencial para derribar estigmas y garantizar que la igualdad no se limite a un relato simbólico, sino que impulse cambios reales. El desafío no recae únicamente en las decisiones de las artistas, sino en un sistema cultural que premia el empoderamiento desprovisto de política. El feminismo no necesita iconos perfectos, sino discursos que conserven su capacidad transformadora incluso cuando incomodan.

Feminism is today one of the most influential social movements and, at the same time, one of the most stigmatised in public debate. This is not a subjective perception, but a measurable fact. The study Women and Men Today: Equality or Inequality? (2023), led by the journalist Laura Sagnier with the support of the consultancy PRM Market Intelligence, reveals that the term ‘feminism’ elicits a negative reaction in 42% of women and 62% of men. This figure does not indicate disagreement with equality but rather discomfort with the word used to describe it. This aversion explains why any ambiguity surrounding feminism in the public sphere becomes a subject of debate.

A clear example is Rosalía’s recent interview on Radio 3 Extra, broadcast in the special programme Rosalía por Rosalía. The artist stated: ‘I surround myself with feminine ideas. I don’t consider myself perfect enough to be part of the -ism, but they do inspire me.’ The statement was enough to spark a polarised conversation: strategic distancing from feminism or a personal stance?

On the one hand, the controversy highlighted that it is not necessary to live up to an ideal of perfection in order to stand up for equality, challenging the demand for absolute consistency that is often imposed on women in the public sphere. At the same time, the debate resurfaced regarding the need for role models who openly identify as feminists, particularly in a context where rights are being eroded.

Within Rosalía’s career, this statement takes on a special significance. LUX, her fourth album, is built upon female lineages that span cultures, eras, and spiritual traditions. Figures such as Joan of Arc, Simone Weil, and Rabia al-Adawiya do not appear as mere decorative references, but as women who transformed their times from historically silenced spaces. Rescuing these figures and placing them at the centre implies a feminist reinterpretation of the past, even if it is not expressed in militant terms.

Other examples in popular culture follow a similar pattern. In 2012, Fucsia magazine reported on statements made by artists such as Katy Perry, who said: ‘I’m not a feminist, but I believe in the strength of women’, and Taylor Swift, who explained at the time that she did not identify as a feminist because she did not make gender distinctions in her work. Over time, some of these figures have qualified their statements and demonstrated a more conscious engagement with feminism. However, even today, many actresses, writers and content creators prefer to refer to ‘human stories’ or ‘universal themes,’ avoiding explicit political identification.

Furthermore, in a global media landscape, saying ‘I am a feminist’ does not have the same impact across all markets. For an artist with an international profile, such as Rosalía, ambiguity becomes a survival strategy: taking a stand means losing audiences; not doing so means facing criticism.

This raises a key question: does stopping using the word ‘feminism’ really resolve gender inequality? In her conclusions, Sagnier (2023) notes that ‘If we wish to accelerate the pace at which inequalities are recognised, it seems sensible to set aside the concept of ‘feminism’ and focus instead on working to resolve inequalities between women and men’. However, this strategy sidesteps the real conflict. Inequality is not merely a set of individual behaviours that can be corrected through best practices, but a reality sustained by social, political, and cultural structures that needs to be named in order to be transformed.

Feminism thus constitutes a political framework that identifies the causes of inequality —power relations, patriarchy, gender hierarchies— and proposes collective solutions to combat them. To speak of equality without mentioning feminism depoliticises the issue and presents it as a collection of isolated situations, rather than a complex system deeply rooted in society. Added to this omission is a semantic distortion that associates feminism with hatred of men, hindering a realistic understanding of the movement. In this context, the label ‘feminist’ becomes a reputational risk for high-profile figures, generating rejection regardless of the actual values underpinning the movement.

This tension is intensified by societal expectations of public figures. They are expected to educate, take a stand, and represent collective causes. However, most celebrities enter the public sphere with professional objectives —singing, acting, or creating— not to act as activists. There is no formal obligation to adopt a political stance, but visibility inevitably brings with it media attention.

This gives rise to a paradox: avoiding saying ‘I am a feminist’ does not help to normalise the term but demanding that celebrities act as unquestionable moral authorities does not offer a solution either. Media exposure does not automatically turn a person into an activist, but neither is it innocent: every word —and every silence— has an impact on the public debate.

Consequently, society demands a stance yet penalises those who take one. Feminism thus runs the risk of becoming a brand; empowerment loses its political dimension, and public discourse becomes cautious to avoid conflict. In this context, what feminist theories and media outlets such as Las Volcánicas term ‘adjacent feminism’ emerges: a discourse that celebrates strong, visible, and successful women, but avoids questioning power structures, inequalities of class, race, and gender, as well as the systemic violence that feminism identifies and combats. The result is a safe narrative, aesthetically powerful yet politically diluted.

Reclaiming the political dimension of the word ‘feminism’ is essential to dismantling stigmas and ensuring that equality is not confined to a symbolic narrative but drives real change. The challenge lies not solely in the decisions of artists, but in a cultural system that rewards empowerment devoid of politics. Feminism does not need perfect icons, but discourses that retain their transformative power even when they make people uncomfortable.

O feminismo é hoxe un dos movementos sociais con maior capacidade de influencia e, ao mesmo tempo, un dos máis estigmatizados no debate público. Non se trata dunha percepción subxectiva, senón dun dato medíbel. O estudo Las mujeres y los hombres, hoy: ¿igualdad o desigualdad? (2023), dirixido pola divulgadora Laura Sagnier co apoio da consultora PRM Market Intelligence, revela que o termo “feminismo” xera rexeitamento no 42% das mulleres e no 62% dos homes. A cifra non indica desacordo coa igualdade, senón incomodidade coa palabra que a nomea. Este rexeitamento explica por que calquera ambigüidade en torno ao feminismo no espazo público torna nun debate.

Un exemplo claro é a recente entrevista da Rosalía en Radio 3 Extra, emitida no especial Rosalía por Rosalía. A artista afirmou: “Rodéome de ideas femininas. Non me considero suficientemente perfecta como para estar dentro do -ismo, mais é certo que me inspiran”. Esta frase abondou para detonar unha conversación polarizada: distancia estratéxica do feminismo ou posicionamento persoal?

Por unha banda, a polémica evidenciou que non é preciso cumprir cun ideal de perfección para defender a igualdade, cuestionando a exixencia de coherencia absoluta que adoito se lles impón ás mulleres no espazo público. Asemade, reapareceu o debate sobre a necesidade de contarmos con referentes que se declaren abertamente feministas, especialmente nun contexto de retroceso de dereitos.

Dentro da traxectoria da Rosalía, esta declaración adquire unha dimensión especial. LUX, o seu cuarto álbum, constrúese sobre xenealoxías femininas que atravesan culturas, épocas e tradicións espirituais. Figuras como Xoana de Arco, Simone Weil ou Rabia al Adawiyya non aparecen como referencias decorativas, senón como mulleres que transformaron o seu tempo desde espazos historicamente silenciados. Rescatar esas figuras e outorgarlles centralidade implica unha relectura feminista do pasado, aínda cando non se exprese en termos militantes.

Outros exemplos na cultura pop amosan un patrón similar. En 2012, a revista Fucsia recolleu declaracións de artistas como Katy Perry, que dixo: “Non son feminista, mais creo na forza das mulleres”, ou Taylor Swift, que daquela explicou que non se identificaba como feminista porque non facía diferenzas de xénero no seu traballo. Co tempo, algunhas destas figuras matizaron as súas declaracións e mostraron unha relación máis consciente co feminismo. Porén, mesmo hoxe en día, moitas actrices, escritoras e creadoras de contido prefiren referirse a “historias humanas” ou “temas universais”, evitando unha identificación política explícita.

Ademais, nun ecosistema mediático global, dicir “son feminista” non ten o mesmo impacto en todos os mercados. Para unha artista con proxección internacional, como a Rosalía, a ambigüidade convértese nunha estratexia de supervivencia: tomar postura implica perder audiencias; non o facer, asumir a crítica.

Xorde entón unha pregunta clave: deixarmos de usar a palabra feminismo resolve realmente a desigualdade de xénero? Nas súas conclusións, Sagnier (2023) sinala que “Se se quere acelerar o ritmo ao que se van recoñecendo as desigualdades, parece que ten sentido deixarmos de lado o concepto de ‘feminismo’ e centrar o foco en traballar para resolvermos as desigualdades entre mulleres e homes”. Agora ben, esta estratexia esquiva o conflito real. A desigualdade non é só un conxunto de comportamentos individuais que poden corrixirse con boas prácticas, senón unha realidade sostida por estruturas sociais, políticas e culturais que precisa ser nomeada para a poder transformar.

Así, o feminismo constitúese como un marco político que identifica as causas da desigualdade —relacións de poder, patriarcado, xerarquías de xénero— e propón solucións colectivas para as combater. Falarmos de igualdade sen nomear o feminismo despolitiza o problema e preséntao como unha suma de situacións illadas, en lugar dun sistema complexo e arraigado na sociedade. A esta omisión súmase, ademais, unha distorsión semántica que asocia o feminismo cun odio cara aos homes, dificultando unha comprensión realista do movemento. Neste escenario, a etiqueta feminista convértese nun factor de risco reputacional para figuras con alta visibilidade, xerando rexeitamento independentemente dos valores reais que sosteñen o movemento.

Esta tensión intensifícase por mor da expectativa social sobre as figuras públicas. Agárdase que eduquen, tomen postura e representen causas colectivas. Agora ben, a meirande parte das celebridades accede ao espazo público con obxectivos profesionais —cantar, actuar ou crear—, non para exercer como activista. Non existe unha obriga formal de asumir un posicionamento político, mais a visibilidade comporta un impacto mediático inevitábel.

Nace así o paradoxo: evitar dicir “son feminista” non contribúe a normalizar o termo, mais exixirlles ás celebridades que actúen como referentes morais incuestionábeis tampouco ofrece unha saída. A exposición mediática non transforma automaticamente unha persoa en militante, mais tampouco é inocente: toda palabra —e todo silencio— produce efectos no debate colectivo.

En consecuencia, a sociedade exixe posicionamento, mais penaliza a quen o adopta. O feminismo corre entón o risco de se converter nunha marca; o empoderamento perde a súa dimensión política e o discurso público torna cauteloso para evitar conflitos. Neste contexto, xorde o que teorías feministas e medios como Las Volcánicas denominan feminismo adxacente: un discurso que celebra as mulleres fortes, visíbeis e exitosas, mais evita cuestionar as estruturas de poder, as desigualdades de clase, raza e xénero, así como as violencias sistémicas que o feminismo identifica e combate. O resultado é un relato seguro, esteticamente potente e politicamente diluído.

Recuperarmos a dimensión política da palabra feminismo é esencial para derrubarmos estigmas e garantirmos que a igualdade non se limite a un relato simbólico, senón que impulse cambios reais. O desafío non recae unicamente nas decisións das artistas, senón nun sistema cultural que premia o empoderamento desprovisto de política. O feminismo non precisa iconas perfectas, senón discursos que conserven a súa capacidade transformadora mesmo cando incomodan.

El feminisme és avui un dels moviments socials amb més capacitat d’influència i, a la vegada, un dels més estigmatitzats en el debat públic. No es tracta d’una percepció subjectiva, sinó d’una dada mesurable. L’estudi Les dones i els homes avui: igualtat o desigualtat? (2023), dirigit per la divulgadora Laura Sagnier, amb el suport de la consultora PRM Market Intelligence, revela que el terme “feminisme” genera rebuig al 42% de les dones i al 62% dels homes. La xifra no indica desacord amb la igualtat, sinó incomoditat amb la paraula que l’anomena. Aquest rebuig explica per què qualsevol ambigüitat al voltant del feminisme a l’espai públic es converteix en debat.

Un exemple clar és la recent entrevista de la Rosalía a Radio 3 Extra, emesa a l’especial Rosalía per Rosalía. L’artista va afirmar: «Em rodejo d’idees feministes. No em considero prou perfecta per estar dins l’-isme, però sí que m’inspiren». La frase va bastar per detonar una conversa polaritzada: distància estratègica del feminisme o posicionament personal?

Per una banda, la polèmica va evidenciar que no és necessari complir amb un ideal de perfecció per defensar la igualtat, qüestionant l’exigència de coherència absoluta que sovint s’imposa a les dones als espais públics. A la vegada, va reaparèixer el debat sobre la necessitat de comptar amb referents que es declaren obertament feministes, especialment en un context de retrocés de drets.

Dins la trajectòria de la Rosalía, aquesta declaració adquireix una dimensió especial. LUX, el seu quart àlbum, es construeix sobre genealogies femenines que travessen cultures, èpoques i tradicions espirituals. Figures com Joana d’Arc, Simone Weil o Rabia al-Adawiya no apareixen com a referents decoratives, sinó com a dones que van transformar el seu temps des d’espais històricament silenciats. Rescatar aquestes figures i atorgar-les-hi centralitat implica una relectura feminista del passat, encara quan no s’expressi en termes militants.

Altres exemples a la cultura pop mostren un patró similar. El 2012, la revista Fucsia va recollir declaracions d’artistes com Katy Perry, qui va dir: “No sóc feminista, però crec en la força de les dones”, o Taylor Swift, qui llavors va explicar que no s’identificava com a feminista perquè no feia diferències de gènere a la seva feina. Amb el temps, algunes d’aquestes figures han matisat les seves declaracions i han mostrat una relació més conscient amb el feminisme. No obstant això, inclús avui dia, moltes actrius, escriptores i creadores de contingut prefereixen referir-se a “històries humanes” o “temes universals”, evitant una identificació política explícita.

A més, en un ecosistema mediàtic global, dir “sóc feminista” no té el mateix impacte en tots els mercats. Per a una artista amb projecció internacional, com la Rosalía, l’ambigüitat es converteix en una estratègia de supervivència: posicionar-se implica perdre audiències; no fer-ho; assumir la crítica.

Sorgeix, doncs, una pregunta clau: deixar de fer servir la paraula feminisme resol realment la desigualtat de gènere? A les seves conclusions, Sagnier (2023) assenyala que “Si es vol accelerar el ritme al qual es van reconeixent les desigualtats, sembla que té sentit deixar de banda el concepte de “feminisme” i centrar el focus a treballar les desigualtats entre dones i homes”. No obstant això, aquesta estratègia esquiva el conflicte real. La desigualtat no és només un conjunt de comportaments individuals que poden corregir-se amb bones pràctiques, sinó una realitat sostinguda per estructures socials, polítiques i culturals que necessita ser anomenada per poder transformar-se.

Així, el feminisme es construeix com un marc polític que identifica les causes de desigualtat –relacions de poder, patriarcat, jerarquies de gènere– i proposa solucions col·lectives per combatre-les. Parlar d’igualtat sense nomenar el feminisme despolititza el problema i el presenta com una suma de situacions aïllades, en lloc d’un sistema complex arrelat en la societat. A aquesta omissió se suma, a més, una distorsió semàntica que associa el feminisme amb un odi cap als homes, dificultant una comprensió realista del moviment. En aquest escenari, l’etiqueta feminista es converteix en un factor de risc reputacional per a figures amb alta visibilitat, generant rebuig independentment dels valors reals que sostenen al moviment.

Aquesta tensió s’intensifica a causa de l’expectativa social sobre les figures públiques. S’espera que eduquin, es posicionin i representin causes col·lectives. No obstant això, la majoria de les celebritats accedeix a l’espai públic amb objectius professionals –cantar, actuar o crear–, no per exercir com a activista. No existeix una obligació formal d’assumir un posicionament polític, però la visibilitat comporta un impacte mediàtic inevitable.

Sorgeix així la paradoxa: evitar dir “sóc feminista” no contribueix a normalitzar el terme, però exigir a les celebritats que actuïn com a referents morals inqüestionables tampoc ofereix una sortida. L’exposició mediàtica no converteix automàticament a una persona en militant, però tampoc és innocent: tota paraula –i tot silenci– produeix efectes en el debat col·lectiu.

En conseqüència, la societat exigeix posicionament, però penalitza als qui ho adopten. El feminisme corre, llavors, el risc de convertir-se en una marca, l’empoderament perd la seva dimensió política i el discurs públic es torna cautelós per evitar conflictes. En aquest context, sorgeix el que les teories feministes i mitjans com Les Volcàniques denominen feminisme adjacent: un discurs que celebra a dones fortes, visibles i reeixides, però evita qüestionar les estructures de poder, les desigualtats de classe, raça i gènere, així com les violències sistemàtiques que el feminisme identifica i combat. El resultat és un relat segur, estèticament potent i políticament diluït.

Recuperar la dimensió política de la paraula feminisme és essencial èr derrocar estigmes i garantir que la igualtat no es limiti a un relat simbòlic, sinó que impulsi canvis reals. El desafiament no recau únicament en les decisions de les artistes, sinó en un sistema cultural que premia l’empoderament desproveït de política. El feminisme  no necessita icones perfectes, sinó discursos que conservin la seva capacitat transformadora fins i tot quan incomoden.

Feminismoa gaur egun eragina sortzeko ahalmen handienetarikoa duen mugimendu sozial bat da, eta era berean, eztabaida publikoan gehien estigmatizaturiko bat. Ez da pertzepzio subjektibo bat, baizik eta neurtu daitekeen datu bat. Las mujeres y los hombres, hoy: ¿igualdad o desigualdad? (2023) ikerketak, Laura Sagnier dibulgatzaileak zuzenduta eta PRM Market Intelligence kontsultariaren babesarekin, “feminismo” terminoak emakumeen %42an eta gizonen %62an errefusa eragiten duela jakinarazten du. Zenbakiek ez dute berdintasunarekin desadostasuna adierazten, baizik eta hura izendatzen duen hitzarekin deserosotasuna. Gaitzespen honek, inguru publikoan edozein feminismoaren inguruko anbiguotasunak nola eztabaidan bilakatzen den azaltzen du. 

Adibide argi bat Radio 3 Extan egin berri den Rosaliaren elkarrizketa da, Rosalía por Rosalía berezian igorritakoa. Artistak baieztatu zuen: “Ideia feministaz inguratzen naiz. Ez dut nire burua -ismo horren barnean egoteko behar bezain perfektutzat hartzen, baina bai inspiratzen nautela”. Esaldia hori nahikoa izan zen eztabaida polarizatu bat pizteko: feminismoaren distantzia estrategikoa edo posizionamendu pertsonala?

Alde batetik, berdintasuna defendatzeko perfekziozko eredu bat bete behar ez dela argi utzi zuen eztabaidak, inguru publikoan sarritan emakumeei inposatzen zaien koherentzia absolutuaren exijentzia zalantzan jarriz. Era berean, publikoki feminista adierazten diren erreferenteak izatearen beharraren inguruzko eztabaida berragertu zen, bereziki eskubideen atzera-egite testuinguru batean. 

Rosaliaren ibilbidearen barnean, adierazpen honek dimentsio berezi bat hartzen du. LUX, bere laugarren albuma, kulturak, garaiak eta tradizio espiritualak zeharkatzen dituzten genealogia feministen artean eraikitzen da. Juana de Arco, Simone Weil edo Rabia al-Adawiya bezalako irudiak ez dira erreferentzia apaingarri gisa agertzen, baizik eta historikoki isilarazitako ingurumenetan haien denbora transformatu egin zuten emakumeak bezala. Emakume hauek berreskuratzea eta hauei zentraltasuna ematea, iraganaren berrirakurketa feminista esan nahi du, nahiz eta modu militante batean ez adierazi. 

Kultura popeko beste adibide batzuk antzeko patroi bat erakusten dute. 2012. urtean, Fucsia aldizkariak hainbat artisten adierazpenak bildu zituen. Horien artean, Katy Perry: “Ez naiz feminista, baina emakumeen indarrean sinesten dut”, edo Taylor Swift, bere lan ingurumenean genero desberdintasunak egiten ez zituelako feminista bezala identifikatzen ez zela azaldu zuena. Denborarekin, hauetako famatu batzuk haien aitorpenak zehaztu dituzte eta feminismoarekin harreman kontzienteago bat erakutsi dute. Dena den, gaur egun ere, aktore, idazle eta eduki sortzaile askok “giza historiak” edo “gai unibertsalak” moduan aipatzea nahiago dute, identifikazio politiko esplizitu bat saihestuz. 

Gainera, ekosistema mediatiko orokor batean, “feminista naiz” esateak ez du eragin berdina merkatu guztietan. Proiekzio internazional bat duen artista batentzat, Rosalia bezala, anbiguetatea bizirauteko estrategia batean bilakatzen da: jarreraren bat hartzeak entzuleria galtzea esan nahi du; ez egiteak, kritika onartzea. 

Funtsezko galdera bat sortzen da: feminismo hitza erabiltzen uzteak genero desberdintasuna konpontzen du? Bere konklusioetan, Sagnierrek (2023) adierazten du: Desberdintasunak errekonozitzen diren abiadura azkartu nahi bada, badirudi zentzuzkoa dela “feminismo” terminoa alde batera uztea, eta emakumeen eta gizonen arteko desberdintasunak konpontzeko lanean atentzioa jartzea. Dena den, estrategia honek gatazka erreala saihesten du. Desberdintasuna ez da soilik jardunbide onekin zuzendu daitekeen banako jokabide multzo bat, baizik eta transformatua izateko izendatua izatea behar duen egitura sozial, politiko eta kulturalek mantendutako errealitatea.

Horrela, feminismoa, desberdintasunaren kausak identifikatzen dituen marko politiko bat osatzen du — boterezko harremanak, patriarkatua, generozko hierarkiak — eta hauek borrokatzeko konponbide kolektiboak proposatzen ditu. Feminismoa izendatu gabe berdintasunari buruz hitz egiteak arazoa despolitizatzen du eta egoera banatuen gehiketa baten moduan aurkezten du, gizartean sustraituriko sistema konplexu baten ordez. Omisio honi, gainera, feminismoa gizonen aurkako gorroto batera lotzen duen distortsio sistematiko bat gehitzen zaio, mugimenduaren konpresio errealista bat zailduz. Egoera honetan, feminista etiketa, ikusgarritasun handiko famatuen erreputazioarentzat arriskua dakarren alderdi batean bilakatzen da, mugimenduak sostengatzen dituen baloreak alde batera utziz eta errefusa sortuz.

Irudi publikoetan ezartzen diren espektatiba sozialen ondorioz, tentsio hau biziagotzen da. Iritzia eman dezaten eta kausa kolektiboak ordezkatu dezaten espero da. Hala ere, famatuen kopuru handiena inguru publikora helburu profesional batekin sartzen da —abestea, antzeztea edo sortzea— eta ez aktibista moduan aritzeko. Ez da posizionamendu politiko bat hartzeko eginbehar formal bat existitzen, baina ikusgaitasunak eragin mediatiko saihestezina esan nahi du.

Paradoxa horrela hasten da: “feminista naiz” esaten saihestea ez du terminoa normalizatzen laguntzen, baina famatuei erreferente moral eztabaidaezin moduan joka dezaten exijitzea ere ez du irtenbiderik ekartzen. Esposizio mediatikoak ez du pertsona bat militante zuzenean bilakatzen, baina era berean ez da inozentea: hitz bakoitzak —eta isiltasun bakoitzak— eztabaida kolektiboan ondorioak ekartzen ditu.

Ondorioz, gizartea posizionamendua exijitzen du, baina jarrera horiek hartzen dituztenak zigortzen dituzte. Bide honetan, feminismoak marka batean bilakatzearen arriskua jasaten du; ahalduntzeak bere dimentsio politikoa galtzen du eta diskurtso publikoa, arazoak saihestea helburuz, arretatsuago bilakatzen da. Testuinguru honetan, teoria feministek eta Las Volcánicas bezalako komunikabideek izendatzen duten aldameneko feminismoa sortzen da: emakume ikusgai, indartsu eta arrakastatsuak goraipatzen duen diskurtso bat, baina boterezko egiturak, klase, arraza eta genero desberdintasunak, eta feminismoak identifikatu eta borrokatzen dituen indarkeri sistematikoak zalantzan jartzen saihesten duena. Emaitza kontakizun seguru, estetikoki indartsu eta politikoki disolbatuta.

Feminismo hitzaren dimentsio politikoa berreskuratzea ezinbestekoa da, alde batetik, estigmekin bukatzeko, eta bestetik, berdintasuna kontaketa sinboliko batera mugatu ordez, aldaketa errealak bultza ditzan ziurtatzeko. Erronka ez da soilik artisten erabakientzako, baizik eta politikarik gabeko ahalduntzea saritzen duen sistema kulturalarentzat ere. Feminismoak ez ditu ikono perfektuak behar, deserosotasuna eragiten dutenean ere transformatzeko gaitasuna mantentzen duten diskurtsoak baizik.