Perdona, ¿puede repetirme la pregunta?

Una reflexión de Elisabeth Zubiaguirre Indabe

Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.

“¿Crees que aún hay desigualdad de género en España?”, le preguntaba un tiktoker a una chica por la calle. Seguramente buscando likes, visualizaciones o incluso el linchamiento desmesurado de incels anónimos en los comentarios.

“Ojalá me lo preguntara a mí”, pensé. No porque ella lo respondiera mal. No es que haya respuestas incorrectas. Si no porque yo llevaba un día de mierda, uno de esos en los que me sentía tan agotada que tenía ganas de cogerle el micrófono a cualquiera de esos hombres con podcast y hablarles sin parar.

No le contaría ninguna de las experiencias de abuso que hemos sufrido yo o cualquiera de las mujeres que conozco. Tampoco le soltaría datos de todos los feminicidios de este año, ni del anterior, ni del que viene, que ya casi se pueden calcular. Ni tampoco la cantidad de violaciones y abusos sexuales que ocurren al día, ni las cifras del techo de cristal en España. Ni siquiera le hablaría de la creciente oleada de extrema derecha. Aunque todas esas sean cosas en las que pienso a diario. Cosas que, como mujer, me aterran.

Le diría, simplemente, que me he despertado con la cara pegajosa por una crema antiarrugas que me regalaron en el amigo invisible estas navidades. Le diría que me he lavado la cara y me han entrado ganas de maquillarme, aunque casi nunca lo haga, porque últimamente me veo fea. Le diría lo que he tardado en vestirme. Que no iba depilada y que hoy no me sentía con fuerzas para ir mostrando mis pelos. Pero que no encontraba nada que me sentara bien; muy escotada, muy holgada, muy poco “yo”, muy llamativa, muy provocativa, muy pija, muy tapada, muy aburrida, demasiado “yo”. Le diría que he desayunado fruta con yogur, que no me apetecía, porque se lo vi a una influencer de nutrición. Le diría que se me han ido las pocas ganas de desayunar que tenía al leer las noticias sobre Julio Iglesias.

Le diría que, nada más salir de casa, me he mirado en el reflejo del escaparate de debajo de mi casa, arreglándome el pelo sin dejar de andar y sacando un poco de culo. Como hago siempre. Le diría que, camino a la universidad, un hombre me ha guiñado el ojo y se ha empezado a reír, aunque yo no lo hiciera. Le diría que me duele la cabeza por la regla y que una amiga me ha contado en el bus que a ella ya no le duele tanto porque el médico le recetó anticonceptivas, aunque eso le ha traído otros tantos problemas. Le diría que, al entrar en la facultad, me he encontrado con ese profesor que un día me dijo que soy “muy borde” y que debería “sonreír más”. Quería ignorarlo, pero he terminado saludándole simpáticamente. Le diría que en el baño había una cola larguísima y no he podido cambiarme el tampón.

Le diría que he llegado corriendo a clase, sudada, y que al quitarme el jersey me lo he vuelto a poner en seguida porque no llevaba sujetador y me estaba sintiendo incómoda por el compañero de al lado. Le diría que en el descanso he bajado a la cafetería con una amiga que no compró nada porque “tiene que parar de comer azúcar y adelgazar ya”. Le diría que unos compañeros de clase hablaban de que “todos los hombres ven porno lésbico”, y que no he podido aguantar esa conversación y me he ido. Le diría que en la biblioteca me han recomendado el último libro de Carmen Mola; que ni mola ni es Carmen. Le diría que de vuelta a casa he visto un video de una chica cocinando para su marido y hablando sobre las ventajas de no trabajar para dedicarse a la familia. Le diría que, mientras veía el video, he visto cómo una pareja heterosexual discutía delante de mí en el bus. Hasta que él la ha mandado a callar. Y ella se ha callado.

Le diría que estoy cansada, agotada y que quiero volver a casa ya. Le diría que no sé de qué hablo. Le diría que no sé ni qué me preguntaba. Le diría, sonriendo y en un tono suave, “perdona, ¿puedes repetirme la pregunta?”.

‘Do you think there’s still gender inequality in Spain?’ a TikToker asked a girl on the street. No doubt he was after likes, views, or even the excessive online abuse from anonymous incels in the comments.

‘I wish he’d asked me,’ I thought. Not because she answered wrongly. It’s not as if there are any wrong answers. But because I’d had a rubbish day, one of those days when I felt so exhausted that I fancied snatching the microphone from any of those men with podcasts and talking at them non-stop.

I wouldn’t tell him about any of the experiences of abuse that I or any of the women I know have endured. Nor would I reel off the figures for all the femicides this year, or last year, or next year; figures that can almost be calculated. Nor would I mention the number of rapes and sexual assaults that occur every day, or the statistics on the glass ceiling in Spain. I wouldn’t even talk to him about the growing wave of far-right extremism. Even though these are all things I think about every day. Things that, as a woman, terrify me.

I’d simply tell him that I woke up with a sticky face from an anti-wrinkle cream I was given in a Secret Santa this Christmas. I’d tell him that I washed my face and felt like putting on make-up, even though I hardly ever do, because I’ve been feeling rather ugly of late. I’d tell him how long it took me to get dressed. That I hadn’t shaved and that today I didn’t feel up to showing off my body hair. But that I couldn’t find anything that suited me; too low-cut, too baggy, not ‘me’ enough, too flashy, too provocative, too posh, too covered up, too boring, too much ‘me’. I’d tell him I had fruit and yoghurt for breakfast, even though I didn’t feel like it, because I saw a nutrition influencer doing it. I’d tell him that whatever little appetite I had for breakfast vanished when I read the news about Julio Iglesias.

I’d tell him that, as soon as I left the house, I caught my reflection in the shop window below my flat, fixing my hair as I walked and sticking my bum out a bit. Just like I always do. I’d tell him that, on my way to uni, a man winked at me and started laughing, even though I wasn’t. I’d tell him that my head hurts because of my period and that a friend told me on the bus that hers doesn’t hurt as much any more because the doctor prescribed her the pill, even though that’s caused her plenty of other problems. I’d tell him that, as I walked into the faculty, I bumped into that lecturer who once told me I was ‘really rude’ and that I should ‘smile more’. I wanted to ignore him, but I ended up greeting him cheerfully. I’d tell him there was a massive queue in the loo and I couldn’t change my tampon.

I’d tell him that I’d rushed into class, all sweaty, and that when I took off my jumper, I put it straight back on because I wasn’t wearing a bra and I was feeling self-conscious about the boy sitting next to me. I’d tell him that at break time I went down to the café with a friend who didn’t buy anything because ‘she has to stop eating sugar and lose weight already’. I’d tell him that some classmates were talking about how ‘all men watch lesbian porn’, and that I couldn’t stand that conversation and walked away. I’d tell him that in the library they recommended Carmen Mola’s latest book to me; that it’s neither cool nor by Carmen*. I’d tell him that on the way home I watched a video of a girl cooking for her husband and talking about the benefits of not working so she could devote herself to her family. I’d tell him that, whilst watching the video, I saw a straight couple arguing in front of me on the bus. Until he told her to shut up. And she shut up.

I’d tell him I’m tired, exhausted, and that I want to go home now. I’d tell him I don’t know what I’m talking about. I’d tell him I don’t even know what he was asking me. I’d say, smiling and in a gentle tone, ‘Sorry, could you repeat the question?’

 

*TN: Wordplay with “Carmen Mola”, collective pseudonym of three male Spanish writers of crime thrillers. Mola also means ‘cool’ in Spanish. They started publishing without anyone knowing they were three men instead of a woman, and have won several prizes, including the Premio Planeta de Novela, the richest literary book or author prize in the world.

“Cres que aínda hai desigualdade de xénero en España?”, preguntáballe un tiktoker a unha rapaza pola rúa. Seguramente procurando likes, visualizacións ou mesmo o linchamento desmesurado de incels anónimos nos comentarios.

“Ben podían preguntarmo a min”, pensei. Non porque ela respondese mal. Non é que haxa respostas incorrectas. Senón porque eu levaba un día de merda, un deses en que estaba tan esgotada que tiña gana de collerlle o micrófono a calquera deses homes con podcast e falarlles sen parar. 

Non lle contaría ningunha das experiencias de abuso que sufrimos eu ou calquera das mulleres que coñezo. Tampouco lle chantaría datos de todos os feminicidios deste ano, nin do anterior, nin do vindeiro, que xa case que se poden calcular. Nin tampouco a cantidade de violacións e abusos sexuais que ocorren cada día, nin as cifras do teito de cristal en España. Nin sequera lle falaría da crecente vaga de extrema dereita. Aínda que todas esas sexan cousas en que penso decote. Cousas que, como muller, me aterran.

Diríalle, simplemente, que acordei coa cara pegañenta por mor dunha crema antiengurras que me agasallaron no amigo invisíbel destas festas. Diríalle que lavei a cara e que me veu gana de maquillarme, aínda que case nunca o faga, porque ultimamente véxome fea. Diríalle o que tardei en vestirme. Que non ía depilada e que hoxe non me sentía coa forza suficiente para ir mostrando os pelos. Mais que non atopaba nada que me quedase ben; moi escotada, moi folgada, moi pouco “eu”, moi rechamante, moi provocativa, moi nena de papá, moi tapada, moi aburrida, demasiado “eu”. Diríalle que almorcei froita con iogur, que non me apetecía, porque llo vin a unha influencer de nutrición. Diríalle que me marchou a pouca gana de almorzar que tiña ao ler as novas sobre Julio Iglesias.

Diríalle que, nada máis saír de casa, mireime no reflexo do escaparate de debaixo da miña casa, amañándome o cabelo sen deixar de andar e sacando un pouco o cu. Coma fago sempre. Diríalle que, de camiño cara á universidade, un home me chiscou un ollo e se botou a rir, aínda que eu non o fixese. Diríalle que me doe a cabeza pola regra e que unha amiga me contou no bus que a ela xa non lle doe tanto porque o médico lle receitou anticonceptivas, aínda que iso lle trouxo outros tantos problemas. Diríalle que, ao entrar na facultade, topeime con ese profesor que un día me dixo que son “moi borde” e que debería “sorrir máis”. Queríao ignorar, mais terminei saudándoo simpaticamente. Diríalle que no baño había unha fila longuísima e ao final non puiden cambiar o tampón.

Diríalle que cheguei correndo a clase, suada, e que ao quitar o xersei axiña o puxen de novo porque non tiña suxeitador e sentíame incómoda polo compañeiro do lado. Diríalle que no descanso baixei até a cafetería cunha amiga que non comprou nada porque “ten que parar de comer

azucre e adelgazar dunha vez”. Diríalle que uns compañeiros de clase falaban de que “todos os homes ven porno lésbico”, e que como non din aturado esa conversación marchei. Diríalle que na biblioteca me recomendaron o último libro de Carmen Mola; que nin mola nin é Carmen. Diríalle que voltando para a casa vin un vídeo dunha rapaza que cociñaba para o seu marido e falaba sobre as vantaxes de non traballar para se dedicar á familia. Diríalle que, mentres vía o vídeo, vin como unha parella heterosexual discutía diante de min no bus. Até que el a mandou calar. E ela calou.

Diríalle que estou cansa, derreada e que quero volver para a casa. Diríalle que non sei de que falo. Diríalle que non sei nin cal era a pregunta que me facía. Diríalle, sorrindo e cun ton suave, “desculpa, pódesme repetir a pregunta?”.

“Creus que encara hi ha desigualtat de gènere a Espanya?”, li preguntava un tiktoker a una noia pel carrer. Segurament buscant likes, visualitzacions o, fins i tot, el linxament desmesurat d’incels anònims als comentaris.

“Tant de bo em preguntessin a mi”, vaig pensar. No perquè ella ho respongués malament. No és que hi hagi respostes incorrectes. Si no perquè jo portava un dia de merda, un d’aquells en el que em sentia tan esgotada que tenia ganes d’agafar-li el micròfon a qualsevol d’aquells homes amb pòdcast i parlar-los sense parar.

No li explicaria cap de les experiències d’abús que hem patit jo o qualsevol de les dones que conec. Tampoc li deixaria anar dades de tots els feminicidis d’aquest any, ni de l’anterior, ni del que ve, ja que quasi es poden calcular. Ni tampoc la quantitat de violacions i abusos sexuals que passen al dia, ni les xifres del sostre de vidre a Espanya. Ni tan sols li parlaria de la creixent onada de l’extrema dreta. Encara que totes aquestes siguin coses en les quals penso cada dua. Coses que, com a dona, m’aterren.

Li diria, simplement, que m’he despertat amb la cara enganxifosa per una crema antiarrugues a l’amic invisible aquest Nadal. Li diria que m’he rentat la cara i m’han entrat ganes de maquillar-me, encara que quasi mai ho faci, perquè últimament em veig lletja. Li diria que he tardat an vestir-me. Que no anava depilada i que avui no em sentia amb forces per anar ensenyant els meus pèls. Però que no trobava res que em sentés bé; molt escotat, molt folgat, molt poc “jo”, molt cridanera, molt provocativa, molt pija, molt tapada, molt avorrida, massa “jo”. Li diria que he esmorzat fruita amb iogurt, que no em venia de gust, perquè li vaig veure a una influences de nutrició. Li diria que se me n’han anat les poques ganes d’esmorzar que tenia al llegir les notícies sobre en Julio Iglesias.

Li diria que, només sortir de casa, he mirat el reflex de l’aparador de sota de casa meva, arreglant-me els cabells sense deixar de caminar i traient una mica de cul. Com faig sempre. Li diria que, camí a la universitat, un home m’ha guinyat l’ullet i ha començat a riure, encara que jo no ho fes. Li diria que em fa mal el cap de la regla i que una amiga m’ha explicat en el bus que a ella ja no li fa tant mal perquè el metge li va receptar anticonceptives, encara que això li ha portat molts altres problemes. Li diria que, en entrar a la facultat, m’he trobat amb aquell professor que un dia em va dir que soc “molt borde” i que hauria de “somriure més”. Volia ignorar-lo, però he acabat saludant-lo simpàticament. Li diria que en el lavabo hi havia una cua llarguíssima i no he pogut canviar-me el tampó.

Li diria que he arribat corrent a classe, suada, i quem enl treure’m el jersei, me l’he tornat a posar de seguida perquè no portava sostens i em sentia incòmoda pel company del costat. Li diria que, al descans, he baixat a la cafeteria amb una amiga que no ha comprat res perquè “havia de parar de menjar sucre i aprimar-se ja”. Li diria que uns companys de classe parlaven que “tots els homes veuen porno lèsbic”, i que no he pogut aguantar aquella conversa i me n’he anat. Li diria que a la biblioteca m’han recomanat l’últim llibre de Carmen Mola; que ni mola ni és Carmen. Li diria que de tornada a casa he vist un vídeo d’una noia cuinant pel seu marit i parlant sobre els avantatges de no treballar per dedicar-se a la família. Li diria que, mentre veia el vídeo, he vist com una parella heterosexual discutia davant meu al bus. Fins que ell li ha dit que calli. I ella ha callat.

Li diria que estic cansada, esgotada i que vull tornar a casa ja. Li diria que no sé de què parlo. Li diria que no sé ni què em preguntava. Li diria, somrient i en un to suau, “Perdona, pots repetir-me la pregunta?”.

“Espainian oraindik genero desberdintasuna dagoela uste duzu?”, galdetzen zion kaletik tiktoker batek neska bati. Seguruenik, liken, ikusle edo iruzkinetan incels anonimoen lintxamendu neurrigabearen bila. 

“Niri galdetzea gustatuko litzaidake”, pentsatu nuen. Ez bera gaizki erantzun zuelako. Ez da erantzun oker bat egongo balitz bezala. Baizik eta egun kakatsua bat izaten ari nintzelako, horren nekatuta sentitzen nintzen horietako bat, zeinetan edozein horietako gizonen bati mikrofonoa kentzeko eta etengabe hitz egiteko gogoak nituen. 

Ez nioke nik edo ezagutzen dudan edozein emakumek sufritutako abusu esperientziarik kontatuko. Ez nioke ia kalkulaezinak diren aurtengo, iazko edo hurrengo urteko feminizidioen daturik emango ere. Ezta egunero gertatzen diren bortxaketak eta abusu sexualak, edo Espainiako kristalezko teilatuaren zenbakiak. Ez nioke ezta eskuin-muturraren boladaren goraldiari buruz ere hitz egingo. Nahiz eta gauza horietan guztietan egunero pentsatzen dudan. Emakumea naizelarik, beldurtzen nauten gauzak. 

Gabonetan lagun ezkutuan oparitu zidaten zimur-kontrako krema batengatik aurpegi itsaskor batekin altxatu naizela esango nioke. Aurpegia garbitu dudala eta, nahiz eta ia inoiz egin, makillatzeko gogoak izan ditudala esango nioke, azkenaldian itsusia ikusten bainaiz. Janzten luzatu naizela esango nioke. Ez nagoela depilatuta, eta gaur ez nintzela nire ileak erakusteko indarrarekin sentitzen. Baina ez nuen ongi ematen ninduen ezer aurkitzen; oso eskotatuta, oso zabala, oso gutxi “zu”, oso deigarria, oso probokatzailea, oso pija, oso estalita, oso aspergarria, “zu” gehiegi. Jogurt bat fruituekin gosaldu nuela esango nioke, ez nuen hori jateko gogorik, baina nutriziozko influencer bati ikusi nion. Julio Iglesiasen inguruko berriak irakurtzerakoan gosaltzeko nituen gogo guztiak joan zaizkidala esango nioke. 

Etxetik atera bezain laster kaleko erakusleihoko erreflexuan begiratu naizela, ibiltzeari utzi gabe ilea konpontzen eta ipurdi pixka bat kanpora ateraz, esango nioke. Beti egiten dudan modura. Unibertsitaterako bidean, gizon batek begi-keinu bat egin didala eta barrez hasi dela, nahiz eta ni barre ez egin, esango nioke. Hilerokoaren ondorioz buruko mina dudala esango nioke, baita lagun batek medikuak antikontzeptiboak errezetatu zizkiolako horrenbeste mina ez sentitzen duela  kontatu didala ere, horrek bestelako arazoak ekarri izan arren. Fakultatera sartzerakoan, egun batean “oso desatsegina” nintzela eta “irribarre gehiago” egin beharko nukeela esan zidan irakaslearekin topo egin dudala esango nioke. Ez ikusiarena egin nahi nuen, baina modu atsegin batez agurtu dut. Komunean ilara luze bat zegoela eta tanpoia aldatzeko aukera izan ez dudala esango nioke. 

Klasera korrika eta izerdituta ailegatu naizela esango nioke, eta jertsea kentzerakoan, bularretakorik eramaten ez nuelako eta ondoan neukan kideagatik deseroso sentitzen ari nintzelako berriz ere jarri egin dudala esango nioke. Atsedenaldian, “azukrea jateari utzi behar diolako eta behingoz argaldu behar delako” ezer erosi ez duen lagun batekin kafetegira jaitsi naiz. Klaseko kide batzuk “gizon guztiek porno lesbikoa ikusten zutelari” buruz hitz egiten ari zirela, eta elkarrizketa hori jasan ezin nuenez alde egin dudala esango nioke. Liburutegian Carmen Molaren azkeneko liburua gomendatu didatela esango nioke; ez dela Carmen, ez duela molatzen. Etxeko bidean, bere senarrarentzat sukaldatzen duen eta familian arreta jartzearren lan ez egitearen abantailei buruz hitz egiten duen neska baten bideo bat ikusi dudala esango nioke. Bideoa ikusten nuen bitartean, bikote heterosexual baten eztabaida bat ikusi dudala esango nioke. Mutikoak isiltzeko agindu duen arte. Eta neska isildu da. 

Nekatuta, akituta nagoela eta etxera bueltatu nahi dudala esango nioke. Zertaz ari naizen ez dakidala esango nioke. Galdetzen ari zidanari buruz ez nekiela esango nioke. Irribarre batekin eta tonu suabe batez esango nioke, “barkatu, galdera errepikatu dezakezu?”.