Una reflexión de Ángela Alaccio
Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.
Al techo parece que se le van a caer las grietas de tanto mirarlo. Los pósters de One Direction están a punto de descolgarse, parece que por el retumbar de tu portazo. El suelo lleno de la ropa junto a la maleta, la cama desecha. He vuelto a “tu casa”, que en teoría debería ser “nuestra casa”. Vuelvo y también vuelve el nudo en la garganta cada vez que escucho todo lo que nos hemos gritado, el bucle en mi cabeza. Retrocede y doy play, una y otra vez, el casete rallado de nuestra relación.
Conforme pasan los años, una a veces piensa que jamás dejará de ser una niña dentro de estas cuatro paredes. De camino a esta mi ciudad de origen tengo veinticinco años. Cuando voy a abrir la puerta, me veo con veinte, y cuando voy a abrazarte, mamá, me sorprendo con quince años, una mala adolescencia y un mechón teñido mal hecho. No sé si esto es una pataleta o realmente tengo motivos para cabrearme contigo.
¿Hasta cuándo se quedarán los peluches descosidos? Su relleno sobresale entre las costuras, se desmigaja, como poco a poco lo voy sintiendo con mi propia carne, la que tú engendraste. ¿Hasta cuándo seguirás haciéndome comentarios sin maldad alguna sobre los kilos que he pillado? La ropa no me queda como antes, es verdad, como cuando era tu niña pequeña. ¿Quizá me falte un nuevo trabajo, cubrir vuestras expectativas?
¿O mejor me quedo tal y como estoy? No sé ni de qué expectativas estamos hablando.
Pero siempre, siempre, una intenta volver a esos lugares donde vivió uno de los amores más grandes, el primer gran amor. Porque, genuinamente, tampoco lo pasé tan mal. Aún me acuerdo de todas las tardes hablando del modelito que te pondrías para salir con tus amigas. O encontrarme en la mesita de noche el nuevo libro que… te acordaste, pero ¿cómo te acordaste? Las muestras de afecto persisten y son latentes cada vez que te miro, me miras. Siempre nos quedarán los abrazos.
Una aparente rabieta escondes detrás de esos ojos de madre. Una inmensidad de la que poco podemos contradecir aquellas que aún no hemos parido. “Ya me entenderás”, o también es porque nos lo han recordado tantas veces que ya es inherente ese pensamiento a nuestro futuro y a nosotras. Nacimos con hambre de amor, vivimos con el hambre de ese cariño que nos dieron y hemos acabado añorándolo cada vez que hemos echado alas fuera de nuestro hogar. Transcendimos todo ese amor para acabar gritándonos en los pasillos por nuestras cosas mientras papá se fue a hacer la compra. Y digo cosas porque no es solo una nimiedad, sino el conjunto de esas perlas de pequeña rabia que nos deslumbran cuando ves que se me olvida hacer la cama.
Todas esas emociones han parasitado nuestros pozos mentales. Mutuamente, nos rebosamos por todo nuestro pasado, por algo que no tiene nada que ver en el momento. Nos sacamos los trapos sucios. “A mi hermano no le hablas así”. Ves como piensas que yo pienso que es el hijo favorito. Lo niego y reniego, pero tal vez tenga envidia por no sentir el mismo grado de comprensión que conmigo. O tal vez yo tampoco consiga hacer ese esfuerzo. Al final, fuiste quien me trajo al mundo, ¿quién me podría entender mejor que tú? ¿Acaso recelo de él?
Todo esto lo pienso aún tumbada en mi cama y con algún que otro lagrimón de esos que pican cuando te rozan. El nudo en la garganta ha vuelto a esconderse en mis recuerdos. Me levanto, con susto. Tres pequeños golpes y vuelves a llamar a mi puerta. Me traes la ropa lavada, la dejas sobre el borde donde estoy sentada y te vas. Vuelve el silencio.
Aunque piense todo esto, aunque explotemos y me sigas viendo igual de desordenada que siempre, lo siento muchísimo. Soy una extensión tuya, mi dolor se transmuta en ti. Quizá yo también esté viviendo lo mismo. Voy a terminar de colocar mi cuarto y solo me queda esperar a que nuestro pequeño vendaval pare, porque bueno, quiero que sigas siendo mi mamá.
The ceiling looks as though the cracks are about to fall out from staring at it so much. The One Direction posters are on the verge of falling down, as if from the thud of you slamming the door. The floor is littered with clothes next to the suitcase, the bed is a mess. I’ve come back to ‘your house’, which in theory should be ‘our house’. I’m back, and so is the lump in my throat every time I hear everything we shouted at each other, the loop in my head. I rewind and press play, over and over again, the scratched cassette of our relationship.
As the years go by, you sometimes thinks you’ll never stop being a little girl within these four walls. On my way to this, my hometown, I’m twenty-five. When I go to open the door, I see myself as twenty, and when I go to hug you, mum, I’m surprised to find myself fifteen, with a troubled adolescence and a badly dyed streak of hair. I don’t know if this is just a tantrum or if I really have reasons to be angry with you.
How long will the stuffed toys stay unstitched? Their stuffing pokes out from the seams, crumbling away, just as I’m gradually feeling it in my own flesh, the flesh you brought into the world. How long will you keep making those harmless comments about the weight I’ve put on? My clothes don’t fit me like they used to, it’s true, like when I was your little girl. Perhaps I need a new job, to live up to your expectations?
Or should I just stay as I am? I don’t even know what expectations we’re talking about.
But you always, always try to go back to those places where you experienced one of your greatest loves, your first great love. Because, honestly, it wasn’t all that bad. I still remember all those afternoons talking about the outfit you’d wear to go out with your friends. Or finding the new book on the bedside table that… you remembered, but how did you remember? The signs of affection linger and are palpable every time I look at you, you look at me. We’ll always have the hugs.
You hide an apparent tantrum behind those motherly eyes. A vastness that we who haven’t yet given birth can hardly dispute. ‘You’ll understand me one day,’ or perhaps it’s because we’ve been reminded of it so many times that this thought has become inherent to our future and to us. We were born hungry for love, we lived with a hunger for that affection we were given, and we’ve ended up longing for it every time we’ve spread our wings beyond our home. We transcended all that love only to end up shouting at each other in the hallways over our things whilst Dad went out to do the shopping. And I say ‘things’ because it’s not just a trifle, but the sum of those little bursts of anger that dazzle us when you see that I’ve forgotten to make the bed.
All those emotions have taken over our minds. We end up dredging up our entire past, over something that has nothing to do with the present moment. We air our dirty laundry. ‘You don’t talk to my brother like that.’ You see how you think I think he’s the favourite child. I deny it and protest, but perhaps I’m jealous because I don’t feel the same level of understanding towards me and towards him. Or perhaps I can’t manage to make that effort either. In the end, you were the one who brought me into the world; who could understand me better than you? Do I perhaps resent him?
I’m still thinking all this whilst lying in bed, with the odd tear rolling down my cheek, the kind that stings when they brush against your skin. The lump in my throat has gone back into hiding in my memories. I sit up, startled. Three soft knocks, and you’re knocking on my door again. You bring me my washed clothes, leave them on the edge of the bed where I’m sitting, and leave. Silence returns.
Even though I’m thinking all this, even though we’ve had a row and you still see me as messy as ever, I’m so very sorry. I’m an extension of you; my pain becomes yours. Perhaps I’m going through the same thing too. I’m going to finish tidying my room and all I can do is wait for our little storm to pass, because, well, I want you to keep being my mum.
Ao teito parece que lle van caer as lañas de tanto que o miro. Os pósteres de One Direction están a piques de descolgarse, parece que polo retumbar da porta que batiches. O chan repleto de roupa ciscada xunta a maleta, a cama desfeita. Voltei para “a túa casa”, que en teoría debería ser “a nosa casa”. Volto e tamén volta o nó na gorxa cada vez que escoito todo o que nos gritamos, o bucle na cabeza. Retrocede e doulle play, unha e outra vez, o casete raiado da nosa relación.
Conforme pasan os anos, unha ás veces pensa que xamais deixará de ser unha nena dentro destas catro paredes. De camiño a esta miña cidade de orixe teño vinte e cinco anos. Cando vou abrir a porta, véxome con vinte, e cando vou darche unha aperta, mamá, sorpréndome con quince anos, unha mala adolescencia e un guecho tinguido mal feito. Non sei se isto é unha perrencha ou realmente non teño motivos para me cabrear contigo.
Até cando quedarán os peluches descosidos? O recheo sobresáelles entre as costuras, esfarélase, como vou sentindo aos poucos que tamén pasa coa miña propia carne, a que ti enxendraches. Até cando seguirás facéndome comentarios sen ningunha maldade sobre os quilos que pillei? A roupa non me queda coma antes, é certo, coma cando era a túa meniña pequerrecha. Pode que me falte un novo traballo, cubrir as vosas expectativas?
Ou é mellor que quede tal como estou? Non sei nin de que expectativas estamos a falar.
Mais sempre, sempre, unha intenta voltar para eses lugares onde viviu un dos máis grandes amores, o primeiro grande amor. Porque, xenuinamente, tampouco é que o pasara tan mal. Aínda lembro todas as tardes falando do modelo que levarías para saír coas amigas. Ou atopar na mesa de cabeceira o novo libro que… lembráchelo, mais como o lembraches? As mostras de afecto persisten e son latentes cada vez que te miro e miras. Sempre quedarán os brazos.
Unha aparente rabecha agachas tras deses ollos de nai. Unha inmensidade que pouco podemos contradicir aquelas que aínda non parimos. “Xa me entenderás”, ou tamén é porque nolo recordaron tantas veces que xa é inherente ese pensamento ao noso futuro e a nosoutras. Nacemos con fame de amor, vivimos con fame dese cariño que nos deran e acabamos añorándoo cada vez que botamos ás e marchamos do fogar. Transcendemos todo ese amor para acabarmos berrando nos corredores polas nosas cousas namentres papá vai facer a compra. E digo cousas porque non é tan só unha nimiedade, senón o conxunto desas perlas de pequena rabia que nos cegan cando ves que esquezo facer a cama.
Todas esas emocións parasitaron os nosos pozos mentais. Mutuamente, rebordamos por todo o noso pasado, por algo que non ten nada a ver no momento. Abrimos a porta e a arca. “A meu irmán non lle falas dese xeito”. Ves como pensas que eu penso que é o fillo favorito. Négoo e renégoo, mais talvez teña envexa por non sentir o mesmo grao de comprensión que comigo. Ou talvez eu tampouco consiga facer ese esforzo. No fin de contas, fuches ti quen me trouxo ao mundo, quen me podería entender mellor? Acaso receo eu del?
Todo isto pénsoo aínda estomballada na cama e con algunha que outra lágrima desas que proen cando te rozan. O nó na gorxa agáchase de novo nos meus recordos. Érgome, con susto. Tres pequenos golpes e volves chamar á miña porta. Tráesme a roupa lavada, déixala sobre o bordo en que sento e marchas. Volta o silencio.
Aínda que pense todo isto, aínda que rebentemos e me sigas vendo igual de desordenada ca sempre, síntoo moitísimo. Son unha extensión de ti, a miña dor transmútase en ti. Quizá eu tamén estea vivindo o mesmo. Vou terminar de amañar o cuarto e só queda esperar a que o noso pequeno vendaval pare, porque vaites, quero que sigas a ser a miña nai.
Al sostre sembla que li cauran les escletxes de tant mirar-lo. Els pòsters de One Direction estan a punt de despenjar-se, sembla que pel retrunyir del teu cop de porta. El terra ple de la roba al costat de la maleta, el llit desfet. He tornat a “casa teva”, que en teoria hauria de ser “casa nostra”. Torno i també torna el nus a la gola cada vegada que escolto tot el que ens hem cridat, el bucle al meu cap. Retrocedeixo i li dono play, una i altra vegada, el casset rallat de la nostra relació.
A mesura que passen els anys, una a vegades pensa que mai deixarà de ser una nena dins d’aquestes quatre parets. De camí a aquesta, la meva ciutat d’origen, tinc vint-i-cinc anys. Quan obro la porta, em veig amb vint, i quan t’abraço, mama, em sorprenc amb quinze anys, una mala adolescència i un tros de cabells tenyits mal fet. No sé si això és una rebequeria o realment tinc motius per cabrejar-me amb tu.
Fins quan es quedaran els peluixos descosits? El seu farciment sobresurt entre les costures, s’engruna, com a poc a poc ho vaig sentint a la meva pròpia carn, la que tu vas engendrar. Fins quan seguiràs fent-me comentaris sense cap maldat sobre els quilos que he agafat? La roba no em queda com abans, és veritat, com quan era la teva nena petita. Pot ser que em falti una nova feina, cobrir les vostres expectatives?
O millor em quedo tal com estic? No sé ni de quines expectatives estem parlant.
Però sempre, sempre, una intenta tornar a aquells llocs on va viure un dels amors més grans, el primer gran amor. Perquè, genuïnament, tampoc ho vaig passar tan malament. Encara m’en recordo de totes les tardes parlant del modelet que et posaries per sortir amb les teves amigues. O trobar-me a la tauleta de nit el nou llibre que… te’n vas en recordar, però, com t’en vas en recordar? Les mostres d’afecte persisteixen i són latents cada vegada que et miro, em mires. Sempre ens quedaran les abraçades.
Una aparent rebequeria amagues darrere d’aquells ulls de mare. Una immensitat de la qual poc podem contradir aquelles que encara no hem parit. “Ja m’entendràs”, o també és perquè ens ho han recordat tantes vegades, que ja és inherent aquest pensament al nostre futur i a nosaltres. Naixem amb gana d’amor, vivim amb la gana d’aquell carinyo que ens van donar i hem acabat enyorant-lo cada vegada que hem obert les ales fora de la nostra llar. Vam transcenir tot aquest amor per acabar cridant-nos als passadissos per les nostres coses mentre el papa se’n va anar a fer la compra. I dic coses perquè no és només una nimietat, sinó el conjunt d‘aquelles peles de petita ràbia que ens enlluernen quan veus que m’oblido de fer el llit.
Totes aquestes emocions han parasitat els nostres pous mentals. Mútuament, ens desbordem per tot el nostre passat, per alguna cosa que no té res a veure en el moment. Ens traiem els draps bruts. “Al meu germà no li parles així”. Veus com penses que jo penso que és el fill favorit. Ho nego i renego, però tal vegada té enveja per no sentir el mateix grau de comprensió que amb mi. O tal vegada jo tampoc aconsegueix fer aquest esforç. Al final, vas ser qui em va portar al món, qui em podria entendre millor que tu? Potser recel d’ell?
Tot això ho penso encara tombada en el meu llit i amb alguna llàgrima d’aquestes que piquen quan et freguen. El nus en la gola ha tornat a amagar-se en els meus records. M’aixeco, espantada. Tres petits cops i tornes a trucar a la meva porta. Em portes la roba rentada, la deixes sobre la vora on estic asseguda i te’n vas. Torna el silenci.
Encara que pensi tot això, encara que explotem i em continuïs veient igual de desordenada que sempre, ho sento moltíssim. Soc una extensió teva, el meu dolor es transmuta en tu. Potser jo també estic vivint el mateix. Acabaré de col·locar la meva habitació i solo em queda esperar que el nostre petit vendaval pari, perquè bé, vull que continuïs sent la meva mama.
Horrenbeste begiratzeagatik zeruari pitzadurak eroriko zaizkiola dirudi. One Direction taldearen posterrak erortzeko gertu daude, ate kolpe batez agian. Maletaren ondoan lurra arropaz beteta, ohea egin gabe. “Zure etxera” bueltatu naiz, teorikoki “gure etxea” izan behar zena. Ni bueltatzen naiz eta eztarrian sortzen zaidan korapiloa ere bueltatzen da, elkarri oihu egin duguna entzuten dudan bakoitzean datorren korapiloa, nire buruan bueltaka. Atzera egiten du eta play sakatzen dut, behin eta berriz, gure abestiaren kasete birrinduta.
Urteak pasa ahala, norberak lau pareta hauen artean egonda ume bat izateari utziko ez diola pentsatzen du noizbehinka. Nire jatorrizko hirirako bidean, hogeita bost urte ditut. Atea irekitzerakoan, hogei urteekin ikusten dut nire burua, eta zu besarkatzeko bidean, ama, hamabost urteekin, nerabezaro txar bat eta gaizki egindako ile-sorta tindatu batekin. Ez dakit honako hau amorrualdi bat den edo egiatan zurekin haserretzeko arrazoiak ditudan.
Noiz arte geratuko dira panpinak urratuta? Haien barrubetea josturen artean ateratzen da, xehatu egiten da, nire haragi propioarekin pixkanaka-pixkanaka sentitzen dudan modura, zuk eratu zenuena. Noiz arte jarraituko duzu irabazi ditudan kiloen inguruko gaiztakeriarik gabeko komentarioak egiten? Arropa ez datorkit lehen bezala, egia da, zure txikitxoa nintzenean bezala. Agian lan berri bat falta zait, zuen espektatibak betetzea?
Edo hobe orain nagoen bezala geratzen naiz? Ez dakit ezta ze espektatibei buruz hitz egiten ari garen ere.
Baina beti, beti, maitasunik handienetako bat bizi zuen toki horietara bueltatzen saiatzen da
norberak, lehen maitasun handia. Izan ere, ez nuen horren gaizki pasa. Oraindik oroitzen ditut arratsalde horiek, zure lagunetik ateratzeko jantzi behar zenituen arropei buruz hitz egiten. Edo ohe ondoko mailan liburu berri hori aurkitzea, irakurri nahi … oroitu zinen, baina, nola oroitu zinen? Maitasun keinuak irauten dute eta ezkutuak dira begiratzen zaitudan bakoitzean, begiratzen nauzu.
Besarkadak beti izango ditugu.
Itxurazko amorrualdia bat ezkutatzen duzu begi horien atzean ama. Oraindik erditu ez dugunok ezeztatu ezin dezakegun handitasun bat. “Ulertuko nauzu”, edo ere izan daiteke horrenbestetan gogoratu digutelako, pentsamendu hori gure etorkizunera eta geure izanetara jada atxikita egotea. Maitasunaren gose jaio ginen, jaso genuen maitasun horren gosearekin bizi gara eta hura samintasunez oroitu dugu etxetik hegan atera garen bakoitzean. Maitasun guzti hori transzenditu genuen, aita erosketak egitera zihoan bitartean pasilloetatik gure gauzengatik elkar oihukatzen amaitzeko. Eta “gauzak” esaten dut ez delako soilik txikikeri bat, baizik eta ohea egitea ahazten zaidala ikusten duzunean sortzen diren eta liluratzen gaituzten amorruz osaturiko perlen multzoa.
Emozio horiek guztiak gure putzu mentalak parasitatu dituzte. Elkarri gure iraganagatik gainezka egiten dugu, momentuan zerikusirik ez duen zerbaitengatik. Trapu zaharrak ateratzen diogu elkarri. “Nire nebari ez diozu horrela hitz egiten”. Ikusten duzu nola nire seme-alaba kutunena dela pentsatzen dudala uste duzun. Ukatu eta ezeztatu egiten dut, baina beharbada, nirekin duen konpresio maila berdina ez dela sentitzeagatik inbidia daukat. Edo agian ni ere ez dut lortzen esfortzu hori egitea. Azken finean, mundura ekarri ninduena izan zinen, nork ulertu nazake hobe zu baino? Mesfidantza sentituko ote dut?
Hau guztia nire ohean etzanda eta igurzten zaituztenean eragozten duten horietako malkoekin pentsatzen dut. Eztarriko korapiloa nire oroitzapenetan berriz ere ezkutatu da. Izututa altxatzen naiz. Hiru kolpe txiki eta nire atera berriz ere deitze duzu. Arropa garbia ekartzen didazu, eserita nagoen ertz berean uzten duzu eta joaten zara. Isiltasuna bueltatzen da.
Hau guztia pentsatzen dudan arren, esplotatzen dugun arren eta beti bezain nahastuta ikusten nauzun arren, asko sentitzen dut. Zure hedadura bat naiz, nire mina zurea ere bada. Beharbada ni gauza bera ere bizitzen nabil. Nire logela kokatzen amaituko dut, eta gure ekaitz txikia geldi dadin itxarotea besterik ez zait falta, izan ere, nire ama izaten jarraitu dezazun nahi dut.
