Una reflexión de Irene Sevilla Bascones
Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.
Mi padre siempre cuenta que cuando vi por primera vez una foto de él en sus treinta, mis ojos se abrieron tanto que se adueñaron de mi rostro. Mi inocencia preguntó por qué ese señor tenía pelo si yo lo había conocido calvo. Ese señor, con una voz que no consiguió ocultar el luto que aún guarda por su preciada melena, me contestó que por suerte yo la había heredado. Durante años muchos peluqueros han elogiado mi melena y yo he recibido los cumplidos con gusto. Pero, al igual que me pesa la cabeza de cargar con tal cabellera, mi pelo también crece en lugares donde no se ve. Crece por arriba, por abajo, por delante, por detrás y en los costados. Esos pelos, por desgracia, no gustan tanto.
La depilación femenina es un hábito asentado en nuestras rutinas. Mientras existe camuflado hacia los demás, nosotras no olvidamos que crece salvaje bajo nuestro tanga desgastado. Procuramos siempre tenerlo siempre controlado. Podado. Escondido. Esta rutina, entendida casi como propia del hacerse una mujer, es en realidad una respuesta a las expectativas de género y arquetipos de feminidad que se nos exigen. El poder de estas ideas trasciende lo puramente estético. Es más, esta preocupación cotidiana por lucir unas axilas o piernas impolutas según el canon no es más que la consecuencia de una promesa social. Estamos en constante diálogo con la idea de lo bello y lo deseable como promesa de éxito, de triunfo en el arte de la seducción y, por lo tanto, de la aceptación. Estas promesas trascienden la validación externa para enraizarse incluso en nuestras propias identidades como mujeres. En el debate feminista, el dilema de la no depilación se sitúa como uno más en el largo etcétera que configura los cánones de género y belleza. Sin embargo, este me suscita un especial interés por la forma en la se aborda en mis núcleos cercanos, que considero seguros y feministas.
Una vergüenza común
Desde que las hormonas revolucionaron mi adolescencia, siempre me ha invadido un ejército de granitos rojos en las ingles cuando se acerca el verano. Lucir bikini implicaba lucir impoluta. Siempre sentí vergüenza, bien por no depilarme o bien por evidenciar que lo había hecho gracias a mi sarpullido de confianza. Finalmente, cuando cumplí la veintena, decidí luchar contra el impulso de depilarme las ingles. No fue fácil, ni mucho menos lo es ahora. Evidenciar mi vello rompe la promesa social de lo deseable, y por ello mi respuesta intuitiva fue la de no sentirme atractiva. Después de años de idas, venidas y reencuentros con los sarpullidos, caí en la cuenta: la única persona que me estaba juzgando era yo. Al menos, la única cuya opinión me importase. Nunca ha sido un proceso lineal, pero paulatinamente gané en tranquilidad. Mi mente está en calma sin preocuparme por comprar cuchillas y pudiendo caminar sin escozores. Vivo cualquier estación mucho más cómoda.
Dentro mi núcleo cercano —de mujeres occidentales y cisgénero, tanto del colectivo como heterosexuales— yo soy de las pocas que no se depila de forma consciente. Tanto como defiendo que lo hago por comodidad, también lo considero un acto político. Entenderlo como algo cómodo me permite continuar con ello y no caer ante la presión social que existe de manera imperante en este aspecto. Reivindicarlo como algo político me alienta a reimaginar mi posición como mujer en el mundo. Si no fuese así, me hubiese sometido hace años a la tortura del láser para rehuir los escozores de las cuchillas y las rojeces de la cera.
Entonces llegamos a la siguiente pregunta: ¿qué es la comodidad?
Siguiendo estas líneas, considero importante explorar la dualidad que el término comodidad adopta en este contexto. Al igual que con cualquier disidencia social, todo lo que se sale de la norma molesta. Por lo tanto, no podar el vello que crece de forma natural en las axilas incomoda porque, paradójicamente, no es corriente. Por el contrario, sí es común que todas tengamos una rutina depilatoria. Evitar que los pelos asomen a la superficie se transforma en un rito, en hábitos de cuidado que generan espacios comunes entre nosotras. De este modo, la depilación se manifiesta como medio de socialización aunque se haga en la intimidad. Es un lugar conocido para todas que permite tejer una conversación entre mujeres ajenas que comparten algo conocido: una expectativa social de expresión de género —dentro de un orden social donde el género continúa entendiéndose como un binarismo. Hacerse la láser duele, pero hablar de ello alivia una conversación lánguida o una cena con las amigas de las amigas de tu amiga.
Los ritos depilatorios se cuelan de este modo en el entramado de la identidad femenina, o lo que se espera de ella. Recapitulando a los básicos de la construcción del género, desde que comenzamos a habitar en este mundo se nos ha educado para servir en él. El espectro de lo femenino se ha configurado entorno a la complacencia y el agrado. Es decir, se nos ha inculcado que debemos velar por lo ajeno, tanto en virtud de madres, amigas, novias o posibles noviazgos. De esta premisa nace la imperante necesidad de estar siempre a la altura.
—Buf tía, he quedado en una hora con este tío y no tengo cuchillas. ¿No tendrás tú una por ahí?
—Tía déjalo, no te depiles y listo. Qué más da, al tío le gustas, ¿no?
—Ya bueno… ya sabes que no soy como tú.
Alguna vez mi vello púbico ha sido el elefante en una sala que apestaba a sexo. Irónicamente, es un ideal antinatural esperar de mujeres adultas una ausencia total de vello corporal. Solo las niñas tienen un pubis o axilas imberbes. Entonces, ¿es un castigo tener un cuerpo vivo y mutante? ¿O se espera que seamos niñas eternamente? Considerar a lo femenino inferior, infantil, ingenuo y puro no hace más que limitar nuestro deseo y poner trabas a nuestro disfrute sexual. ¿Qué tenía la virgen que quedó encinta sin ser siquiera tocada? Seguro que muchísimo vello, porque por aquel entonces no existía ni el láser ni la epilady. Supongo que lo que quiero decir es que la depilación, influenciada en gran medida por el imaginario pornográfico, infantiliza nuestros cuerpos.
La jardinería corporal: una cuestión de lenguaje
Empleo verbos como podar, mutilar o talar porque considero la depilación una acción agresiva hacia nuestros cuerpos. Nos referimos a nuestro vello corporal como si de malas hierbas se tratase, y no es baladí. Existen mitos sociales que han cimentado esta creencia, como considerar “poco higiénico” el vello axilar o que con su presencia el sudor adquiere un olor más fuerte. Mitos. Precisamente, el vello corporal protege la piel de agentes externos, como rozaduras o infecciones. Por lo tanto, el diccionario entorno a la depilación reitera lo violenta que resulta esta práctica hacia nuestros cuerpos.
Lo que más me inquieta de este fenómeno es la vivencia personal que experimenta cada una con ello. Como, pese a mostrarnos tan reivindicativas a diario, nos seguimos depilando sistemáticamente cuando llega el verano o queremos ponernos un top de tirantes. Como se ha mencionado en un inicio, los cánones de belleza son poderosos por su trasfondo.
¿Soy menos feminista si me depilo?
Desde inicios del siglo veinte, con el auge del capitalismo y la creación de marcas por doquier, las principales empresas de cuidado e higiene lanzaron las primeras campañas de cuchillas femeninas. Pasadas muchas décadas y con la colaboración de muchos agentes sociales, se ha configurado un discurso que monetiza la desconexión con nuestros cuerpos.
Anuncios de cuchillas en la tele, panfletos de ofertas de depilación láser en los buzones, representación en películas clásicas y actuales, comentarios desafortunados sobre tus “mochos en las axilas”. Todos estos ejemplos evidencian cómo un sistema fundamentado en el consumo crónico ha problematizado la madurez del cuerpo para construir un imaginario de lo femenino que responda a una necesidad consumista. Efectivamente, nos han vuelto a engañar. Tus preocupaciones tienen un precio ya no solo monetario, sino social. Es decir, capitalizan unas necesidades autoimpuestas en una condena vitalicia por sentirte a gusto con tu cuerpo. Una vez más, buscan un problema con tu físico para darte, casi sin esfuerzo, soluciones que siempre terminan en el consumo.
Considero que poner la depilación en el centro del debate no debe conllevar crítica ni mucho menos culpa. Es ingenuo ignorar que, como humanas, habitamos en sociedad y necesitamos sentirnos parte del grupo. Habitamos un mundo cada vez más volátil, al que lo ahoga una ola conservadora que condiciona nuestra estética. Los cánones de belleza clásicos parecen fortalecerse. Sin embargo, la consciencia feminista sobre la estética no desaparece. Cuando hablo sobre depilación con mis amigas mantengo los pies en la tierra. Cuando un día me depilo sin realmente haberlo querido, me hablo desde la compasión. Cuando mi madre me compre cuchillas, seguiré pidiéndole que no lo haga y yo seguiré guardando alguna de repuesto en el cajón. Mientras las clínicas de belleza y los centros de depilación parecen proliferar como hongos, entender las contradicciones que guían nuestras acciones es lo realmente liberador.
My father always says that when I first saw a photo of him in his thirties, my eyes widened so much they took over my face. In my innocence, I asked why that man had hair when I’d known him to be bald. That man, his voice unable to hide the sorrow he still feels for his beloved mane, replied that, luckily, I’d inherited it. For years, many hairdressers have praised my hair, and I have gladly accepted the compliments. But, just as my head feels the weight of carrying such a mane, my hair also grows in places where it cannot be seen. It grows on top, underneath, at the front, at the back and on the sides. Those hairs, unfortunately, are not so well-liked.
Female hair removal is a habit firmly embedded in our routines. Whilst it remains hidden from others, we never forget that it grows wild beneath our worn thongs. We always strive to keep it under control. Trimmed. Hidden. This routine, almost seen as part of becoming a woman, is in reality a response to the gender expectations and archetypes of femininity demanded of us. The power of these ideas transcends the purely aesthetic. Indeed, this daily concern with presenting armpits or legs that are immaculate according to the canon is nothing more than the consequence of a social promise. We are in constant dialogue with the idea of beauty and desirability as a promise of success, of triumph in the art of seduction and, therefore, of acceptance. These promises go beyond external validation to become ingrained even in our own identities as women. In the feminist debate, the dilemma of not shaving is just one more item in the long list that shapes the canons of gender and beauty. However, this one arouses a particular interest in me because of the way it is addressed within my close circles, which I consider safe and feminist.
A shared embarrassment
Ever since hormones turned my teenage years upside down, I’ve always been beset by an army of red spots in my bikini line as summer approaches. Wearing a bikini meant looking flawless. I always felt embarrassed, either for not shaving or for giving away that I had done so thanks to my trusty rash. Finally, when I turned twenty, I decided to fight the urge to shave my bikini line. It wasn’t easy, and it certainly isn’t now. Showing my hair breaks the social promise of what is desirable, and so my instinctive reaction was to feel unattractive. After years of ups and downs and recurring rashes, I realised: the only person judging me was myself. At least, the only one whose opinion mattered to me. It has never been a linear process, but I gradually gained peace of mind. My mind is at ease, no longer worrying about buying razors and able to walk without itching. I find every season much more comfortable.
Within my close circle —of Western, cisgender women, both from the LGBTQ+ community and heterosexual— I am one of the few who consciously chooses not to remove body hair. As much as I argue that I do it for comfort, I also see it as a political act. Seeing it as a matter of comfort allows me to continue with it and not succumb to the social pressure that is so pervasive in this regard. Claiming it as a political act encourages me to reimagine my position as a woman in the world. If it weren’t for that, I would have subjected myself to the torture of laser hair removal years ago to avoid the stinging of razors and the redness of wax.
This brings us to the next question: what is comfort?
In this vein, I believe it is important to explore the dual nature of the term ‘comfort’ in this context. As with any form of social dissent, anything that deviates from the norm causes discomfort. Therefore, not trimming the hair that grows naturally under the armpits is uncomfortable because, paradoxically, it is not the norm. Conversely, it is common for us all to have a hair removal routine. Preventing hairs from appearing on the surface becomes a ritual, a grooming habit that creates shared spaces between us. In this way, hair removal manifests as a means of socialisation, even when done in private. It is a familiar territory for all of us that allows us to weave a conversation between strangers who share something familiar: a social expectation of gender expression —within a social order where gender continues to be understood as a binary. Laser hair removal hurts but talking about it livens up a dull conversation or a dinner with your friend’s friend’s friends.
Hair removal rituals thus weave their way into the fabric of female identity, or what is expected of it. To recap the basics of gender construction: from the moment we begin to inhabit this world, we have been brought up to serve within it. The spectrum of femininity has been shaped around compliance and pleasing others. In other words, we have been taught that we must look after others, whether as mothers, friends, girlfriends or potential partners. From this premise springs the overriding need to always measure up.
—Ugh, girl, I’ve got a date with this bloke in an hour and I’ve got no razors. Do you have one lying about?
—Forget it, girl, just don’t shave and that’s that. What does it matter? The bloke likes you, doesn’t he?
—Yeah, well… you know I’m not like you.
At times, my pubic hair has been the elephant in a room that reeked of sex. Ironically, it’s an unnatural ideal to expect adult women to be completely hairless. Only girls have hairless pubic areas or armpits. So, is having a living, changing body a punishment? Or are we expected to remain girls forever? Viewing the feminine as inferior, childish, naive and pure does nothing but limit our desire and hinder our sexual enjoyment. What did the virgin have that got her pregnant without even being touched? Surely a lot of hair, because back then there was no such thing as laser hair removal or the Epilady. I suppose what I mean is that hair removal, heavily influenced by pornographic imagery, infantilises our bodies.
Body gardening: a question of language
I use verbs such as ‘prune’, ‘mutilate’ or ‘cut down’ because I consider hair removal to be an aggressive act towards our bodies. We refer to our body hair as if it were weeds, and this is no trivial matter. There are social myths that have cemented this belief, such as considering underarm hair ‘unhygienic’ or that its presence makes sweat smell stronger. Myths. In fact, body hair protects the skin from external agents, such as chafing or infections. Therefore, the vocabulary surrounding hair removal reiterates just how violent this practice is towards our bodies.
What worries me most about this phenomenon is the personal experience each of us has with it. How, despite appearing so assertive in our daily lives, we continue to remove our hair systematically when summer arrives, or we want to wear a strappy top. As mentioned at the outset, beauty standards are powerful because of their underlying context.
Am I less of a feminist if I shave?
Since the early twentieth century, with the rise of capitalism and the proliferation of brands everywhere, the major personal care and hygiene companies launched the first advertising campaigns for women’s razors. Many decades on, and with the involvement of numerous social actors, a narrative has taken shape that profits from our disconnection from our own bodies.
Advertisements for razors on TV, leaflets for laser hair removal offers in letterboxes, portrayals in classic and contemporary films, and unfortunate comments about your ‘armpit stubble’. All these examples demonstrate how a system based on chronic consumption has problematised the body’s maturation to construct an image of femininity that responds to a consumerist need. Indeed, we have been deceived once again. Your concerns come at a price, no longer just monetary, but social. In other words, they capitalise on some self-imposed needs, turning them into a life sentence for feeling comfortable in your own skin. Once again, they seek out a problem with your physique to offer you, almost effortlessly, solutions that always end in consumption.
I believe that placing hair removal at the centre of the debate should not entail criticism, let alone blame. It is naive to ignore that, as human beings, we live in society and need to feel part of the group. We inhabit an increasingly volatile world, one that is being suffocated by a conservative wave that dictates our aesthetics. Traditional beauty standards seem to be gaining ground. However, feminist awareness regarding aesthetics is not disappearing. When I talk about hair removal with my friends, I keep my feet on the ground. When one day I remove my hair without really wanting to, I speak to myself with compassion. When my mum buys me razors, I’ll keep asking her not to, and I’ll keep a spare one tucked away in the drawer. Whilst beauty clinics and hair removal centres seem to be springing up like mushrooms, understanding the contradictions that guide our actions is what is truly liberating.
Meu pai sempre conta que cando vin unha foto del nos seus trinta por primeira vez, abríronseme tanto os ollos que se apoderaron do meu rostro todo. A miña inocencia preguntou por que o señor ese tiña cabelo se eu o coñecera calvo. Ese señor, cunha voz que non daba ocultado o loito que aínda garda pola súa prezada melena, respondeume que por sorte eu a herdara. Durante anos moitos perruqueiros encomiaron a miña melena e eu recibín con pracer os cumprimentos. Mais, da mesma forma que me pesa a cabeza de cargar con tal cabeleira, o meu cabelo crece tamén en lugares en que non se ve. Crece por arriba, por abaixo, por diante, por detrás e nos costados. Ese cabelo, por desgraza, non gusta tanto.
A depilación feminina é un hábito asentado nas nosas rutinas. Namentres existe camuflado cara aos demais, nós non esquecemos que crece salvaxe baixo o noso tanga desgastado. Procuramos sempre telo controlado. Podado. Agachado. Esta rutina, entendida case como propia dentro de se facer unha muller, é en realidade unha resposta ás expectativas de xénero e arquetipos de feminidade que nos son exixidos. O poder destas ideas transcende o puramente estético. É máis, esta preocupación cotiá por lucir unhas axilas ou pernas impolutas conforme o canon non é máis que a consecuencia dunha promesa social. Estamos en constante diálogo coa idea do belo e o desexábel como promesa de éxito, de triunfo na arte da sedución e, xa que logo, da aceptación. Estas promesas transcenden a validación externa para se enraizar até nas nosas propias identidades como mulleres. No debate feminista, o dilema da non depilación sitúase como un dilema máis no longo etcétera que configura os canons de xénero e beleza. Non obstante, este suscítame un especial interese pola maneira en que se aborda nos meus núcleos máis achegados, que considero seguros e feministas.
Unha vergoña común
Desde que as hormonas revolucionaron a miña adolescencia, sempre me invadiu un exército de granciños vermellos nas inguas cando se comeza a sentir o verán. Lucir bikini implicaba lucir impoluta. Sempre sentín vergoña, ben por non me depilar ou ben por evidenciar que o facía grazas ao meu sarabullo de confianza. Finalmente, cando fixen a vintena, decidín loitar contra o impulso de me depilar as inguas. Non foi fácil, nin moito menos é fácil agora. Evidenciar a miña peluxe rompe a promesa social do desexábel, e por tanto a miña resposta intuitiva foi a de non me sentir atractiva. Despois de anos de idas, vindas e reencontros cos sarabullos, caín na conta: a única persoa que me xulgaba era eu mesma. Polo menos, a única cuxa opinión me importase. Nunca foi un proceso lineal, mais paulatinamente gañei en tranquilidade. A miña mente está en calma sen me preocupar por comprar coitelas e podendo camiñar sen proídos. Vivo calquera estación moito máis cómoda.
Dentro do meu núcleo máis achegado —de mulleres occidentais e cisxénero, tanto do colectivo como heterosexuais— eu son das poucas que non se depila de forma consciente. Tanto como defendo que o fago por comodidade, tamén o considero un acto político. Entendelo como algo cómodo permíteme continualo sen caer ante a presión social que existe de maneira imperante neste aspecto. Reivindicalo como algo político aléntame a reimaxinar a miña posición como muller no mundo. Se non fose o caso, xa me sometería hai anos á tortura do láser para fuxir dos proídos das coitelas e das cabritas da cera.
Entón chegamos á seguinte pregunta: que é a comodidade?
Seguindo estas liñas, considero importante explorar a dualidade que o termo comodidade adopta neste contexto. Igual que con calquera disidencia social, todo o que sae da norma molesta. Polo tanto, non podar a peluxe que medra de forma natural nas axilas incomoda porque, paradoxalmente, non é corrente. Pola contra, si é común que todas teñamos unha rutina depilatoria. Evitar que os pelos asomen á superficie transfórmase nun rito, en hábitos de coidado que xeran espazos comúns entre nós. Deste modo, a depilación maniféstase como medio de socialización aínda que se faga na intimidade. É un lugar coñecido para todas que permite tecer unha conversa entre mulleres alleas que comparten algo coñecido: unha expectativa social de expresión de xénero —dentro dunha orde social onde o xénero continúa a se entender como un binarismo. Facerse a láser doe, mais falar da láser alixeira unha conversa lánguida ou unha cea coas amigas das amigas da túa amiga.
Os ritos depilatorios métense deste xeito na trama da identidade feminina, ou o que se espera dela. Recapitulando aos básicos da construción do xénero, desde que comezamos a habitar neste mundo educóusenos para servir nel. O espectro do feminino configurouse á beira da compracencia e do agrado. É dicir, inculcóusenos que debemos velar polo alleo, tanto por virtude de nais, amigas, noivas ou posíbeis noivados. Desta premisa nace a imperante necesidade de estar sempre á altura.
—Buf tía, quedei dentro dunha hora con este tío e non teño coitelas. Non terás ti unha por aí?
—Tía, esquéceo, non te depiles e listo. Que máis dará, ao tío gústaslle, non si?
—Xa, pero… xa sabes que non son coma ti.
Algunha vez a miña peluxe pubiana foi o elefante nunha sala que apestaba a sexo. Ironicamente, é un ideal antinatural esperar de mulleres adultas unha ausencia total de peluxe no corpo. Só as cativas teñen unha pube ou axilas imberbes. Daquela, é un castigo ter un corpo vivo e mutante? Ou espérase que sexamos cativas eternamente? Considerar o feminino inferior, infantil, inxenuo e puro non fai máis que limitar o noso desexo e pór trabas ao noso gozo sexual. Que tiña a virxe que quedou encinta sen ser sequera tocada? Seguro que moitísima peluxe, porque daquela non existía nin o láser nin a epilady. Supoño que o que quero dicir é que a depilación, influenciada en grande medida polo imaxinario pornográfico, infantiliza os nosos corpos.
A xardinaxe corporal: unha cuestión de linguaxe
Emprego verbos como podar, mutilar ou desbrozar porque considero a depilación unha acción agresiva cara aos nosos corpos. Referímonos á nosa peluxe corporal como se de malas herbas se tratase, e non é algo trivial. Existen mitos sociais que cimentaron esta crenza, como considerar “pouco hixiénica” a peluxe axilar ou que coa súa presenza a suor adquire un cheiro máis forte. Mitos. Precisamente, a peluxe corporal protexe a pel de axentes externos, como rozaduras ou infeccións. Polo tanto, o dicionario sobre a depilación reitera o violenta que resulta esta práctica cara aos nosos corpos.
O que máis me preocupa deste fenómeno é a vivencia persoal que experimenta cada unha neste tema. Como, malia nos mostrar tan reivindicativas a diario, seguimos depilándonos sistematicamente cando chega o verán ou nos queremos pór un top de tirantes. Como se mencionou nun inicio, os canons de beleza son poderosos polo fondo que teñen.
Son menos feminista se me depilo?
Desde principios do século vinte, co auxe do capitalismo e a creación de marcas por todas as partes, as principais empresas de coidado e hixiene lanzaron as primeiras campañas de coitelas femininas. Pasadas moitas décadas e coa colaboración de moitos axentes sociais, configurouse un discurso que monetiza a desconexión cos nosos corpos.
Anuncios de coitelas na televisión, panfletos de ofertas de depilación láser nas caixas de correo, representación en películas clásicas e actuais, comentarios desafortunados sobre as túas “fregonas nas axilas”. Todos estes exemplos evidencian como un sistema fundamentado no consumo crónico problematiza a madureza do corpo para construír un imaxinario do feminino que responda a unha necesidade consumista. Efectivamente, fomos enganadas outra vez. As túas preocupacións teñen un prezo xa non só monetario, senón social. É dicir, capitalizan unhas necesidades autoimpostas nunha condena vitalicia por te sentires a gusto co teu corpo. Unha vez máis, buscan un problema co teu físico para darche, case sen esforzo, solucións que sempre terminan no consumo.
Considero que colocar a depilación no centro do debate non debe comportar crítica nin moito menos culpa. É inxenuo ignorar que, como humanas, habitamos en sociedade e necesitamos sentirnos parte do grupo. Habitamos un mundo cada vez máis volúbel, que o afoga unha vaga conservadora que condiciona a nosa estética. Os canons de beleza clásicos parecen fortalecerse. Non obstante, a conciencia feminista sobre a estética non desaparece. Cando falo sobre depilación coas miñas amigas manteño os pés na terra. Cando un día me depilo sen realmente querelo, fálome desde a compaixón. Cando a miña nai merque coitelas para min, seguirei pedíndolle que non o faga e eu seguirei gardando algunha de reposto na gabeta. Mentres as clínicas de beleza e os centros de depilación parecen proliferar coma fungos, entender as contradicións que guían as nosas accións é o verdadeiramente liberador.
Aitak beti kontatzen du hogeita hamar urte zitueneko argazki bat ikusi nuen lehen aldian nire begiak horrenbeste ireki ziren nire aurpegi osoa bete zutela. Nire tolesgabetasunak, ezagutu nuen gizon burusoil horrek zergatik ilea zeukan galdetu zuen. Gizon horrek, bere iledi preziatu horrengatik gordetzen duen dolua ezkutatzea lortu ez zuen ahots batez, zorte handiz ni oinordetu nuela erantzun zidan. Urteetan zehar, ile-apaintzaile askok nire ilea goratu dute eta nik konplimendu horiek gogoz jaso ditut. Baina, ile hori eramateagatik burua pisatzen zaidan moduan, nire ilea ikusten ez den beste lekuetan era hazten da. Aurretik hazi egiten da, atzetik, azpitik, goitik eta alboetan. Ile horiek, zori txarrez, ez dira horren gustukoak.
Depilazio femeninoa gure errutinetan finkatutako ohitura bat da. Besteekiko kamuflatuta existitzen den arren, guk ez dugu gure tanga azpitik basati hazten dela ahazten. Beti kontrolatuta egon dadin saiatzen dugu. Inausita. Ezkutatua. Errutina hau, emakumea egitearen propioa ulertzen dena, egiatan, exijitzen gaituzten genero espektatiben eta feminitatearen arketipoen erantzun bat da. Ideia hauen botereak, estetikotasuna gainditzen du. Are gehiago, kanonaren arabera besapeak edo hankak garbi erakusteko eguneroko kezka hau, promes sozial baten ondorioa besterik ez da. Ederra eta desiragarria dena arrakastaren bide dela promesaren ideiarekin elkarrizketa konstante batean gaude, xarmatzearen artearen arrakastaren bide, eta ondorioz, onarpenaren bide. Promes hauek, kanpoko balioestea gainditzen dute, gure identitate propioetan sustraituz. Eztabaida feministan, depilazio ezaren dilema, generoaren eta edertasunaren kanonak ezartzen dituen eta abar luzean beste bat bezala kokatzen da. Hala eta guztiz ere, honako hau seguruak eta feministak kontsideratzen ditudan gertuko nukleoetan ematen den moduagatik, interes berezi bat sorrarazten nau.
Lotsaizun amankomun bat
Hormonek nire gaztaroa asaldatu zutenetik, uda ailegatzen denean, iztai-ondoak pikorta gorrien armadez bete zaizkit. Bikiniz janzteak, orbangabe janztea esan nahi du. Lotsa sentitzen nuen beti, bai depilatu ez izateagatik edo bai depilatu nintzela nabarmentzeagatik, konfiantzazko legenari esker. Azkenean, hogei urteak betetzerakoan, iztai-ondoak depilatzearen bultzadaren aurka borrokatzea erabaki nuen. Ez zen erraza izan, eta ez da erraza izaten hari. Nire ilea nabarmentzeak, desiragarria den horren promesa apurtzen du, eta ondorioz, nire erantzun intuitiboa erakargarria ez sentitzea izan zen. Legenekin izandako joan eta etorri asko ondoren, konturatu egin nintzen: epaitzen ari ninduen pertsona bakarra ni neu nintzen. Gutxienez, bere iritzia inporta zaidan bakarra. Ez da inoiz prozesu lineal bat izan, apurka-apurka lasaitasuna irabazi nuen. Nire burua lasai dago bizar-orririk erostearen beharrik gabe eta erresuminik gabe oinez ibiltzeko aukerarekin. Edozein urtaro askoz lasaiago bizitzen dut.
Nire gertuko nukleoaren barnean – mendebaldeko emakumeena eta zisgeneroena, kolektiboaren pare direnak zein heteroxexualak direnak– ni naiz modu jakitu batez depilatzen ez den bakarretariko bat. Erosotasunagatik egiten dudala defendatzen dudan moduan, ekintza politiko moduan ere gogoan hartzen dut. Erosotasuna dakarren zerbait bezala ulertzeak, aurrera jarraitzeko aukera ematen dit, eta presio sozialean ez erortzean laguntzen dit. Zerbait politiko bezala aldarrikatzeak, munduan emakume bezala dudan posizioa berriz ere imajinatzera bultzatzen nau. Horrela izan ez balitz, bizar-orrien erremina eta ezkek sortutako gorritasuna saihestea helburuz, laserraren tortura aukeratu izan nukeen.
Orduan, hurrengo galderara iristen gara: zer da erosotasuna?
Lerro hauek jarraituz, testuinguru honetan erosotasunaren hitzak hartzen duen dualtasuna esploratzea garrantzitsua dela uste dut. Edozein disidentzia sozialekin gertatzen den moduan, arauetatik ateratzen den guztia eragozten du. Ondorioz, besapeetan naturalki hazten den ilea ez mozteak eragozten du, izan ere, paradoxikoki, ez da ohikoa. Aldiz, ohikoa dena, gu guztiak depilatzeko errutina bat izan dezagun da. Ileak azalera irten daitezen saihestea erritu batean bilakatzen da, gure artean inguru amankomunak sortzen dituzten zaintzen ohiturak. Bide honez, depilazioa sozializazioaren bide azaltzen da, intimitatean egiten den arren. Denentzat ezaguna den eta zerbait amankomunean partekatzen duten emakumeen arteko elkarrizketa baimentzen duen inguru bat da: genero adierazpenaren espektatiba sozial bat — generoa binarismo bezala ulertzen jarraitzen den orden sozial baten barnean. Laserra egiteak mina ematen du, baina horri buruz hitz egiteak, elkarrizketa hil bat arindu egiten du edo zure lagunen lagunen lagunarekin duzun afaria ere arindu egiten du.
Horrela, depilazioaren errituak identitate femeninoan sartzen dira, edo gutxienez, beraz espero denean. Generoaren eraikuntzaren oinarrizkoetara bueltatzen bagara; mundu honetan existitu garenetik, generoaren eraikuntza horretan zerbitzu egin dezagun irakatsi gaituzte. Hau da, gurea ez den horretaz arduratu behar garela buruan sartu gaituzte, bai amen bertutean, lagunena edo bai neska-lagunenean. Premisa honetatik, beti goi mailan egoteko beharra jaiotzen da.
– Buf, ordu batean mutil honekin geratu naiz eta ez daukat bizar-orririk. Ez duzu zu bat hortik izango?
– Utz ezazu, ez depilatu eta listo. Zer axola dio, mutikoak gustuko zaitu, ezta?
– Ja beno… badakizu ez naizela zu bezala.
Noizbehinka, nire pubiseko ilea sexu usaina duen logela batean dagoen elefantea izan da. Ironikoki, emakume helduak gorputzetik ilerik ez izatea espero izatea ideal antinatural bat da. Soilik umeek dituzte pubis edo besape bizargabeak. Beraz, gorputz bizi eta mutante bat izatea zigor bat da? Edo betirako umeak izan gaitezen espero da? Femeninoa dena gutxiago, inozente edo puru moduan ulertzeak, gure desira mugatzen eta gure gozamen sexualari oztopoak jartzen besterik ez du egiten. Zer zen birjinak zeukana, ukituta izan gabe haurdun geratu zela? Seguru ile asko, garai horretan laserra eta epilady existitzen ez ziren eta. Esan nahi dudana da, depilazioak, irudizko pornografiak gehien bat eraginda, gure gorputzak haurrenena hurbiltzen dituela.
Gorputzaren lorezaintza: hizkuntzaren eztabaida bat
Inausi, mutilatu edo ebaki bezala hitzak erabiltzen ditut, depilazioa gure gorputzekiko ekintza agresibo bat dela uste dudalako. Gure gorputzaren ileari buruz belar txarrak izango balira bezala hitz egiten dugu, eta ez da ziztrina. Sinesmen hau finkatu dituzten mito sozialak existitzen dira, adibidez, besapeetako ileak “higiene eskasekoa” bezala ulertzea edo hauek izerdiaren usaina nagusitzen dutela pentsatzea. Mitoak. Gorputzean zehar dugun ilea, gure azala urraduretatik eta infekzioetatik babeste du. Ondorioz, depilazioaren inguruko hiztegiak, praktika hau gure gorputzentzako zein nolako bortitza den behin eta berriz errepikatzen du.
Gertakari honi buruz gehien urduritzen nauena, emakume bakoitzak bizitzen duen esperientzia pertsonala da. Nola egunero horrenbeste aldarrikatzen garen arren, uda iristen denean sistematikoki depilatzen garen edo top tirantedun bat jartzeko nahia izaten dugun. Hasieran esan den bezala, edertasunaren kanonak haien oinarriengatik boteretsuak dira.
Depilatzeagatik ez naiz horren feminista?
Hogeigarren mendearen hasieratik, kapitalismoaren goraldiarekin eta marka askoren sorkuntzarekin, zaintza eta higienearen enpresa nagusiak bizar-orri femeninoen lehen kanpainak sortu zituzten. Hamarkada asko pasata, eta gizarte-eragile askoren laguntzaz, gure gorputzekiko deskonexioa monetizatzen duen diskurtso bat eratu da.
Bizar-orrien iragarkiak telebistan, depilazio laserraren eskaintzak postontzietan, egungo pelikuletan eta pelikula klasikoetan errepresentazioa, zure “besapeetako ile sorten” inguruko komentario zoritxarrak. Adibide hauek guztiak, kontsumo kronikoan oinarritutako sistema bat nola gorputzaren heldutasuna oztopatu duen erakusten du, helburua, behar kontsumista bati erantzuten dion irudizko feminitate bat eraikitzea izanda. Berriz ere engainatu gaituzte. Zure kezkek prezio bat dute, eta ez soilik prezio monetario bat, baizik eta soziala ere. Hau da, zure gorputzarekin gustura sentitzeagatik indartzen den zigor batean automatikoki inposatutako behar batzuk kapitalizatu egiten dituzte. Berriz ere, ia esfortzurik gabe, zure fisikoarekin arazo bat bilatzen dute, geroago kontsumismoan amaitzen duten konponketak proposatuz.
Depilazioa eztabaidaren erdian jartzeak kritikarik eta errurik ekarri behar ez duelakoan nago. Gizakiak garen moduan, gizarte batean bizi garela eta taldearen parte sentitzeko beharra dugula ahaztea ez da zuzena. Geroz eta aldakorra den eta gure estetikan eragiten duen olatu kontserbadore batek itotzen duen mundu batean bizi gara. Edertasunaren kanon klasikoak indartzen direla dirudi. Hala ere, estetikaren inguruko kontzientzia feminista ez da desagertzen. Lagunekin depilazioaren inguruz hitz egiten dudanean, oinak lurrean mantentzen ditut. Benetan nahi izan gabe depilatzen naizenean, gupidatik hitz egiten diot nire buruari. Amak bizar-orriak erostean, egin ez dezan eskatzen jarraituko dut, eta baten bat gordetzen jarraituko dut ere. Edertasun klinikak eta depilazio zentroak onddoak bezala ugaritzen diren bitartean, egiatan askatzen gaituena, gure ekintzak gidatzen dituzten kontraesanak ulertzea da.
