Una reflexión de Ita Isern
Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, galego y català.
“Descárgate Tinder”, me dicen mis amigos cuando digo que no ligo ni pa’atrás. O Bumble, o Hinge, o cualquier otra aplicación de citas.
No lo he hecho y las razones son dos.
La primera: la idea de exponerme en un escaparate virtual junto a miles de chicas —más guapas o, simplemente, más cómodas siendo observadas que yo misma— me da náuseas.
Me recuerda a cuando, de pequeña, iba al mercado con mi abuela al puesto del pollero. Detrás del cristal, las piezas de carne se amontonaban: pechugas, muslos, alas; todo dispuesto bajo un vaho de condensación. Mi abuela hacía el pedido y el pollero, con esa calma profesional, empezaba a manipular las piezas con las manos enguantadas. Entonces me caía encima la conciencia: ese bloque rosado que llamábamos “pechuga” había sido, hasta hacía poco, un animal vivo. Un pollo de granja con plumas apelmazadas y ojos de dinosaurio, reducido a un producto.
“Pero ligarías igual”, me dicen. Pues sí, tengo una apariencia normativa, dos tetas y una boca; claro que ligaría igual, coño. Pero no por ningún mérito mío, sino porque a alguien le apetece comerse una pechuga de pollo.
La segunda razón es más difícil de admitir. No me avergüenza tanto crearme un perfil en una app, fingiendo ser una versión más accesible y digerible de mí. Si a cambio pudiera encontrar al amor de mi vida, o al menos el amor de las próximas tres semanas, ese ritual de humillación me parecería incluso barato.
Lo que me avergüenza es que los demás se den cuenta. Hay una frase que espero no tener que escuchar jamás en mi vida: “Ey, te vi el otro día en Tinder”.
Que alguien sepa que he llegado a ese punto: fingir conversaciones superfluas en las que ambos hacemos como que no estamos demasiado interesados, aunque sepamos perfectamente por qué estamos ahí, solo para acabar compartiendo cuenta en un Vivari y un beso con lengua incómodo.
Aun así, me temo que ya es demasiado tarde para mí y mi generación. Basta salir un viernes por la noche para comprobar que esa lógica ya no se queda en la pantalla.
Hace un par de noches, mis amigas y yo estábamos en un bar cualquiera; tres chicas que, en teoría, lo tenían todo a su favor: juventud y esa mezcla de seguridad y vacío que solo da vivir sola en una gran ciudad.
Y allí estaban ellos: los tres tíos que nos toreaban. Cada una con su propio gilipollas de turno, su historia a medio cerrar, su “yo qué coño sé qué somos, tía”.
Mientras intentábamos mantener el tipo, lo ridículo de la situación me caló hasta los huesos. Ahí estábamos: tres chicas jóvenes, viviendo fuera de casa, con acceso a Tinder y una
T-mobilitat en el bolso. Todo parecía estar de nuestro lado y, aun así, seguíamos varadas en la orilla del rechazo constante, esperando que un pringado nos hiciera caso.
Porque no soy tonta. Sé que un porrero incapaz de acordarse de mi cumpleaños no va a ser un buen novio.
Lo sabe hasta él.
No estamos juntos a pesar de saberlo. Lo estamos precisamente porque lo sabemos. No hay tragedia ni destino: solo dos personas que prefieren ignorar un final anunciado.
Mejor malo conocido que bueno por conocer. Usando esa lógica, mejor estar levemente puteada por tu gilipollas de confianza que no responde al DM, que arriesgarte a conocer a alguien en la vida real y que te rechace, en vivo y en directo. Se vive más cómodamente en un rechazo punzante pero estable, mientras puedes compadecerte diciendo que “todos los hombres son malos”.
Por eso envidio a la gente que puede poner nombre y apellido a sus historias.
Es una mierda tener un ex, claro. Pero al menos sabes cómo reaccionar. Cuando alguien te pregunta por qué, de repente, has sentido la necesidad vital de huir del bar cuando aún tenías la caña a medio beber, puedes responder: “Es que ha entrado mi ex.”
Y ahí nadie hace preguntas. Te miran, asienten, lo entienden. Te siguen el juego.
Tener exes siempre me ha parecido una señal de glamour.
Hay un ser humano por ahí, quizá en otro país, quizá en tu misma ciudad, al que le juraste amor eterno y con el que ahora solo compartes un compromiso silencioso de no volver a coincidir. Eso, aparte de una putada, es épico.
Es haberte enamorado y haber fallado en el intento, y aun así haber seguido adelante. Es atreverte a cruzar la frontera de la distancia irónica con la que hoy se mira, se hace e incluso se folla todo.
Que te haya gustado una persona, que te haya encantado; sentirte prendada en ese segundo de más en el que te mira y, por tanto, de ese segundo de más en el que tú le permites mirarte.
Porque hoy desear a alguien implica aceptar el riesgo de ser humillada por desearle. Las relaciones afectivas están cada vez más mediadas por la humillación y el miedo al rechazo que por el deseo o la autenticidad. Las apps de citas no son la causa: son el síntoma de una inseguridad estructural.
Siempre que finjo desinterés —sobre todo cuando más emocionada estoy— siento que rechazo a mi propia piel, que palpita de pura anticipación ante el beso que claramente nos vamos a dar tras esa esquina. Mi propio deseo, mis pequeñas perversiones, convertidos en carne fría en el escaparate. Estoy harta de anestesiar mi propio deseo. No me quiero convertir en una adicta a la posibilidad de ser deseada.
Así que no, no me voy a descargar Tinder.
‘Download Tinder,’ my friends tell me when I say I can’t get a date to save my life. Or Bumble, or Hinge, or any other dating app.
I haven’t done it, and there are two reasons why.
The first: the idea of putting myself on display in a virtual shop window alongside thousands of girls —who are prettier or simply more comfortable being looked at than I am— makes me feel sick.
It reminds me of when, as a little girl, I used to go to the market with my grandmother to the butcher’s stall. Behind the glass, the cuts of meat were piled high: breasts, thighs, wings; all arranged beneath a mist of condensation. My grandmother would place the order and the butcher, with that professional calm, would start handling the cuts with his gloved hands. That’s when it would hit me: that pink lump we called a ‘breast’ had, until recently, been a living animal. A farm-raised chicken with matted feathers and dinosaur eyes, reduced to a product.
‘But you’d still get laid,’ they tell me. Well, yes, I have a standard appearance, two tits and a mouth; of course I’d still get laid, for fuck’s sake. But not because of any merit of my own, but because someone fancies eating a chicken breast.
The second reason is harder to admit. I’m not that embarrassed about creating a profile on an app, pretending to be a more approachable and palatable version of myself. If, in return, I could find the love of my life—or at least the love of the next three weeks—that ritual of humiliation would seem almost a bargain to me.
What embarrasses me is the thought of others finding out. There’s a phrase I hope I never have to hear in my life: ‘Hey, I saw you on Tinder the other day.’
The fact that someone knows I’ve reached that point: to faking superfluous conversations where we both pretend we’re not all that interested, even though we know perfectly well why we’re there, only to end up splitting the bill at a Vivari and sharing an awkward French kiss.
Even so, I fear it’s already too late for me and my generation. You only have to go out on a Friday night to see that this dynamic no longer stays on the screen.
A couple of nights ago, my friends and I were in some random bar; three girls who, in theory, had everything going for them: youth and that mix of confidence and emptiness that only comes from living alone in a big city.
And there they were: the three blokes playing us like fools. Each of us with our own idiot of the moment, our half-finished story, our ‘I don’t give a shit what we are, mate’.
As we tried to keep our cool, the ridiculousness of the situation sank right into my bones. There we were: three young girls, living away from home, with access to Tinder and a transport card in our bags. Everything seemed to be on our side and yet, we were still stranded on the shore of constant rejection, waiting for some loser to pay us any attention.
Because I’m not stupid. I know that a pothead who can’t even remember my birthday isn’t going to make a good boyfriend.
Even he knows that.
We’re not together despite knowing this. We’re together precisely because we know it. There’s no tragedy or fate: just two people who prefer to ignore an inevitable outcome.
Better the devil you know than the devil you don’t. Using that logic, it’s better to be slightly pissed off by your trusted arsehole who doesn’t reply to your DMs than to risk meeting someone in real life and having them reject you, right there and then. Life is more comfortable in a stinging but stable rejection, whilst you can feel sorry for yourself by saying that ‘all men are bad.’
That’s why I envy people who can put a name to their stories.
Having an ex is a right pain, of course. But at least you know how to react. When someone asks you why, out of the blue, you felt the urgent need to bolt from the bar when your drink was still half-finished, you can reply: ‘It’s just that my ex walked in.’
And then nobody asks any questions. They look at you, nod, understand. They play along.
Having exes has always struck me as a sign of glamour.
There’s a human being out there, perhaps in another country, perhaps in your own city, to whom you swore eternal love and with whom you now share only a silent agreement never to cross paths again. That, apart from being a right pain, is epic.
It’s falling in love and failing in the attempt, and yet still moving on. It’s daring to cross the boundary of the ironic distance with which everything is viewed, done and even fucked these days.
It’s the fact that you liked someone, that you adored them; feeling captivated in that extra second when they look at you and, therefore, in that extra second when you allow them to look at you.
Because these days, desiring someone means accepting the risk of being humiliated for desiring them. Romantic relationships are increasingly driven by humiliation and the fear of rejection rather than by desire or authenticity. Dating apps aren’t the cause: they’re the symptom of a structural insecurity.
Whenever I feign disinterest —especially when I’m most excited— I feel as though I’m rejecting my own skin, which throbs with pure anticipation of the kiss we’re clearly going to share just round that corner. My own desire, my little perversions, turned into cold meat in the shop window. I’m fed up with numbing my own desire. I don’t want to become addicted to the possibility of being desired.
So no, I’m not going to download Tinder.
“Descarga Tinder”, dinme os meus amigos cando lles digo que non moceo de ningún xeito. Ou Bumble, ou Hinge, ou calquera aplicación de citas.
Non o fixen e por dúas razóns.
A primeira: a idea de exporme nun escaparate virtual canda miles de mozas —máis guapas ou, simplemente, máis cómodas sendo observadas ca min— dáme náuseas.
Recórdame a cando, de pequena, ía ao mercado coa miña avoa xunta o vendedor de polos. Detrás do cristal amoreábanse as pezas de carne: peitugas, coxas, ás; todo disposto baixo dun bafo de condensación. Miña avoa facía o pedido e o vendedor de polos, con esa calma profesional, comezaba a manipular as pezas coas mans enluvadas. Entón era cando caía na conta máis profunda: ese bloque rosado que chamabamos “peituga” fora, até había ben pouco, un animal vivo. Un polo de granxa con plumas compactadas e ollos de dinosauro, reducido a un produto.
“Mais tamén mocearías”, dinme. Pois si, teño unha aparencia normativa, dúas tetas e unha boca; claro que tamén mocearía, arre demo. Mais non por ningún mérito meu, senón porque a alguén lle presta comer unha peituga de polo
A segunda razón é máis difícil de admitir. Non me avergoña tanto crear un perfil nunha app, finxindo ser unha versión máis accesíbel e dixeríbel de min mesma. Se a cambio puidese atopar o amor da miña vida, ou polo menos o amor das próximas tres semanas, ese ritual de humillación pareceríame até barato.
O que me avergoña é que se decate o resto da xente. Hai unha frase que espero non ter que escoitar endexamais na vida: “Ei, vinte o outro día en Tinder”.
Que alguén saiba que cheguei a ese punto; a finxir conversas superfluas en que ambos facemos coma se non estivésemos demasiado interesados, aínda que saibamos perfectamente por que estamos aí, unicamente para acabarmos compartindo conta nun Vivari e un bico con lingua incómodo.
Así e todo, temo que xa é demasiado tarde para min e a miña xeración. Abonda saír un venres pola noite para comprobar que esa lóxica xa non queda na pantalla.
Hai un par de noites, as miñas amigas e mais eu estabamos nun bar calquera; tres mozas que, en teoría, tiñan todo ao seu favor: xuventude e esa mestura de seguridade e baleiro que unicamente dá vivir soa nunha gran cidade.
E alí ían eles: os tres tíos que nos moneaban. Todas con cadanseu imbécil do momento, a súa historia a medio fechar, o seu “eu que carallo sei que somos, tía”.
Mentres intentabamos aguantar mecha, o ridículo da situación caloume até os ósos. Aí estabamos nós: tres rapazas mozas, vivindo fóra da casa, con acceso a Tinder e unha T-mobilitat no bolso. Todo parecía estar do noso lado e, aínda así, seguiamos encalladas na beira do rexeitamento constante, agardando que un xan calquera reparase en nós.
Porque non son parva. Sei que un macoñeiro incapaz de lembrar o meu aniversario non vai ser un bo noivo.
Mesmo o sabe el.
Non estamos xuntos a pesar de sabelo. Estámolo precisamente porque o sabemos. Non hai traxedia nin destino: apenas dúas persoas que prefiren ignorar un final anunciado.
Mellor malo coñecido que bo por coñecer. Usando esa lóxica, mellor estar levemente xiringada polo teu panoco de confianza que non che responde o DM, que arriscarte a coñecer alguén na vida real e que te rexeite, en vivo e en directo. Vívese máis comodamente nun rexeitamento punxente mais estábel, mentres podes compadecerte dicindo que “todos os homes son malos”.
De aí que envexe a xente que pode pór nome e apelido ás súas historias.
É unha merda ter un ex, abofé que si. Mais ao menos sabes como reaccionar. Cando alguén che pregunta por que, de repente, sentiches a necesidade vital de fuxir do bar cando aínda tiñas media cana por beber, podes responder: “Entrou o meu ex”.
E daquela ninguén fai máis preguntas. Mírante, asenten, enténdeno. Séguenche o xogo.
Ter exes sempre me pareceu un sinal de glamour.
Hai un ser humano por aí, ben noutro país, ben na túa mesma cidade, a quen lle prometiches o amor eterno e con quen agora mesmo unicamente compartes un compromiso silencioso de non coincidir xamais. Iso, á parte dunha putada, é épico.
É terte namorado e fallar no intento, e malia todo seguir adiante. É atreverte a cruzar a fronteira da distancia irónica coa que hoxe a xente mira, fai e mesmo fode todo
Que che gustara unha persoa, que che encantara; sentirte enfeitizada nese segundo a maiores en que te mira e, por tanto, dese segundo a maiores en que ti lle permites mirarte.
Porque hoxe desexar alguén implica aceptar o risco de ser humillada por o desexar. As relacións afectivas están cada vez máis mediadas pola humillación e polo medo ao rexeitamento que polo desexo ou pola autenticidade. As apps de citas non son a causa: son o síntoma dunha inseguridade estrutural.
Sempre que finxo desinterese —sobre todo cando máis emocionada estou— sinto que rexeito a miña propia pel, que palpita de pura anticipación ante o bico que claramente imos darnos detrás daquel recanto. O meu propio desexo, as miñas pequenas perversións, convertidos en carne fría no escaparate. Estou farta de anestesiar o meu propio desexo. Non quero converterme nunha adicta á posibilidade de ser desexada.
Así que non, non vou descargar Tinder.
“Descarrega’t Tinder”, em diuen els meus amics quan dic que no lligo “ni pa’atrás”. O Bumble, o Hinge, o qualsevol altra aplicació de cites.
No ho he fet i les raons són dues.
La primera: la idea d’exposar-me en un aparador virtual juntament amb milers de noies —més guapes o, simplement, més còmodes sent observades que jo mateixa— em dona nàusees.
Em recorda a quan, de petita, anava al mercat amb la meva àvia a la parada del pollastraire. Darrere el vidre, les peces de carn s’amotinaven: pits, cuixes, ales; tot disposat sota un baf de condensació. La meva àvia feia la comanda i el pollastraire, amb aquella calma professional, començava a manipular les peces amb les mans enguantades. Llavors, queia a sobre la consciència, un animal viu. Un pollastre de granja amb plomes endurides i ulls de dinosaure, reduït a un producte.
“Però lligaries igual”, em diuen. Doncs sí, tinc una aparença normativa, dos pits i una boca; clar que lligaria igual, cony. Però per cap mèrit meu, sinó perquè a algú li vindria de gust menjar-se un pit de pollastre.
La segona raó és més difícil d’admetre. No m’avergonyeix tant crear-me un perfil en una app, fingint ser una versió més accessible i digerible de mi. Si a canvi pogués trobar l’amor de la meva vida, o almenys l’amor de les properes tres setmanes, aquell ritual d’humiliació em semblaria barat i tot.
El que m’avergonyeix és que la resta se n’adonin. Hi ha una frase que espero no haver d’escoltar mai en la meva vida: “Ei, et vaig veure l’altre dia a Tinder”.
Que algú sàpiga que he arribat a aquest punt: fingir converses supèrflues en les quals tots dos fem com que no estem massa interessats, encara que sapiguem perfectament per què som allà, només per acabar compartint compte a un Vivari i un petó amb llengua incòmode.
Així i tot, em temo que ja és massa tard per a mi i la meva generació. Només fa falta sortir un divendres a la nit per comprovar que aquesta lògica ja no es queda a la pantalla.
Fa un parell de nits, les meves amigues i jo estàvem a un bar qualsevol, tres noies que, en teoria, ho tenien tot a favor, joventut i aquella barreja de seguretat i buit que només dona viure a una gran ciutat.
I allà estaven ells: els tres nois que ens torejaven. Cadascuna amb el seu propi gilipolles de torn, la seva història a mig tancar, el seu “jo què cony sé què som, tia”.
Mentre intentàvem mantenir el tipus, el ridícul de la situació em va calar fins als ossos. Allà érem: tres noies joves, vivint fora de casa, amb accés a Tinder i una T-mobilitat en el bolso. Tot semblava estar de la nostra banda i, tot i això, seguíem encallades a la vora del rebuig constant, esperant que un pringat ens fes cas.
Perquè no soc tonta. Sé que un porreta incapaç de recordar-se del meu aniversari no va ser un bon nòvio.
Ho sap fins i tot ell.
No estem junts malgrat saber-ho. Ho estem precisament perquè ho sabem. No hi ha tragèdia ni destí: només hi ha dues persones que prefereixen ignorar un final anunciat.
Més val dolent conegut que bo per conèixer. Fent servir aquesta lògica, millor estar lleument putejada pel teu gilipolles de confiança que no respon al DM, que arriscar-te a conèixer a algú a la vida real i que et rebutgi, en viu i en directe. Es viu més còmodament en un rebuig punçant però estable, mentre puguis comparèixer-te dient que “tots els homes són dolents”.
Per això envejo a la gent que pot posar nom i cognom a les seves històries. És una merda tenir un ex, clar. Però almenys saps com reaccionar. Quan algú et pregunta per què, de cop, has sentit la necessitat vital de fugir del bar quan encara tenies la canya a mig beure, pots respondre “És que ha entrat el meu ex”. I allà ningú fa preguntes. Et miren, assenteixen, ho entenen. Et segueixen el joc.
Tenir exs sempre m’ha semblat un senyal de glamour. Hi ha un ésser humà per allà, potser en un altre país, potser a la teva mateixa ciutat, al qual li vas jurar amor etern i amb el qual avui només comparteixes un compromès silenciós de no tornar a coincidir. Això, a part d’una putada, és èpic.
És haver-te enamorat i haver fallat en l’intent, i encara i així, haver seguit endavant. És atrevir-te a creuar la frontera de la distància irònica amb la qual avui es mira, es fa i inclús es folla tot.
Que t’hagi agradat una persona, que t’hagi encantat; sentir-te presa en aquell segon de més en el que et mira i, per tant, d’aquell segon de més en el que tu li permets mirar-te.
Perquè avui desitjar a algú implica acceptar el risc de ser humiliada per desitjar-lo. Les relacions afectives estan cada vegada més mesurades per la humiliació i la por al rebuig que pel desig o l’autenticitat. LEs apps de cites no són la causa: són el símptoma d’una inseguretat estructural.
Sempre que fingeixo desinterès –sobretot quan més emocionada estic– sento quie rebutjo a la meva pròpia pell, que palpita de pura anticipació davant el petó que clarament ens donarem després d’aquesta cantonada. El meu propi desig, les meves petites perversions, convertits en carn freda en l’aparador. Estic farta d’anestesiar el meu propi desig. No em vull convertir en una addicta a la possibilitat de ser desitjada.
Així que no, no em descarregaré Tinder.
