Cuando la emoción se politiza

Un artículo de Paula Vega Muñiz

Este artículo forma parte de la sección "Red de Investigadoras" de Espacio Rebeldía, una comunidad donde producir y compartir pensamiento feminista.

“La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza.”

Enciendo la televisión y hay gritos. Salgo a la calle y hay crispación. Entro en las redes sociales y encuentro enfrentamiento. Ese paisaje, repetido hasta volverse casi normal, coincide con el auge de la extrema derecha, que ha hecho de esa tensión su gasolina para funcionar.

Es precisamente el avance de estos movimientos en la última década en las democracias contemporáneas lo que me obliga a cuestionarme qué está ocurriendo para que discursos que simplifican, enfrentan y borran los matices encuentren hoy tanta resonancia en sociedades que se creían sólidamente democráticas. Pues bien, considero que parte de la respuesta reside en la habilidad con la que estos movimientos han sabido situar la emoción en el centro mismo del discurso.

Y es que más allá de programas o propuestas concretas, lo que les caracteriza singularmente son las narrativas que emplean para atraer simpatizantes, narrativas en las que interpelan directamente a los afectos y los convierten en materia política. De este modo, el miedo, el resentimiento o la indignación dejan de ser reacciones dispersas para transformarse en vínculos de identificación. Ya no se trata únicamente de convencer al votante, sino de hacerle sentir que forma parte de una comunidad atacada, humillada o en peligro. 

Es precisamente en ese desplazamiento donde la emoción deja de ser un efecto colateral del discurso para convertirse en la condición misma de este. Ernesto Laclau llamó a este mecanismo razón populista: la construcción de una identidad colectiva a partir de demandas insatisfechas que se articulan en torno a un enemigo común, convirtiendo la frustración dispersa en fuerza política unificada.

En España probablemente el movimiento que ejemplifica mejor esta lógica es Vox, aunque no se trata de una excepción nacional. Líderes como Donald Trump (reelegido en 2024 como presidente de los Estados Unidos) o Giorgia Meloni han construido también buena parte de su fuerza en base a la capacidad de resignificar valores como el patriotismo, la identidad o incluso la libertad, utilizándolos como herramientas de confrontación. El politólogo Cas Mudde definió este tipo de movimientos como portadores de una ideología que divide la sociedad en dos campos antagónicos e irreconciliables: el pueblo puro frente a la élite corrupta, una lógica que, trasladada al discurso cotidiano, convierte cualquier debate en una batalla moral.

Pero, ¿por qué funciona tan bien? Pues parte de la clave está en que viste la emoción de aparente razón. El discurso suena lógico, se apoya en datos y argumentos que, aunque sesgados, parecen sólidos, pero en realidad no busca tanto convencer como activar. Apela al miedo o al enfado para que sintamos antes de pensar, para que reaccionemos antes de detenernos a deliberar. Así, el logos -la lógica- queda como una fachada de legitimidad, mientras el pathos -la emoción- toma el control y orienta la mirada hacia un «otro» presentado como amenaza -inmigrantes, feministas, okupas-. Mientras tanto, rara vez se pone el foco en quienes concentran poder o sostienen las desigualdades estructurales. Así, la rabia se canaliza hacia objetivos visibles y cercanos, más fáciles de señalar y culpar, mientras que los problemas estructurales de fondo permanecen intactos.

A esta lógica se suma un recurso especialmente eficaz: la apelación a la nostalgia. Todas hemos visto cómo estos líderes ultraderechistas invocan constantemente un pasado que se presenta como más ordenado, más seguro, más «auténtico», frente a un presente descrito como caótico o en decadencia. Pero ese pasado no es un recuerdo fiel, sino una construcción intencionada en la que se eligen ciertos elementos, se eliminan los conflictos y se compone una imagen simple, reconocible y emocionalmente cómoda.

Esa imagen pasada funciona como un punto de encuentro: un relato lo bastante claro y atractivo como para que muchas personas puedan reconocerse en él. Y ahí reside su fuerza, ya que no solo mira hacia atrás, sino que construye un «nosotros» en el presente. Un «nosotros» unido por la sensación de haber perdido algo valioso y por el deseo de recuperarlo. En ese proceso, deja de importar si ese pasado existió realmente tal y como se describe; lo decisivo es que resulte creíble a nivel emocional. Y por eso funciona: porque no apela tanto a lo que fue como a lo que se siente que se ha perdido.

Y es precisamente esa construcción de un «nosotros» la que permite entender su efecto más profundo. Chantal Mouffe advirtió que la política siempre implica una distinción entre amigo y enemigo, y que negar esa dimensión antagónica no la elimina sino que la desplaza hacia formas más peligrosas. Lo que hacen estos movimientos es explotar ese antagonismo al máximo: cuando la política se articula desde la emoción, el votante no solo escucha un discurso, sino que empieza a reconocerse en él y a verse a sí mismo dentro de ese «nosotros». La identificación con el partido o con su líder deja entonces de ser instrumental para volverse identitaria. Así, el apoyo ya no se basa solo en compartir ideas, sino en la sensación de pertenecer a una comunidad moral.

En el fondo, este mecanismo se apoya en algo tan primario como la necesidad de pertenencia humana. Al fin y al cabo, somos seres sociales y necesitamos sentir que formamos parte de algo que nos reconoce y nos da identidad, una comunidad que promete protección y un futuro prometedor.

En ese contexto, la promesa del futuro compartido que venden populistamente suele ir acompañada de dinámicas de exclusión, incluso cuando chocan con los propios intereses o valores de quienes las apoyan. No considero que sea tanto una contradicción consciente como el efecto de una política atravesada por la identidad, en la que las decisiones dejan de medirse por su coherencia y pasan a interpretarse desde la lealtad. Esto ayuda a entender por qué, a veces, el apoyo político se mantiene incluso contra los propios intereses materiales de los votantes. A partir de ahí se da el pensamiento en bloque, las posiciones se alinean y la crítica se percibe como amenaza. La cohesión se refuerza, pero a costa de la distancia crítica.

Por eso defiendo que este tipo de discurso no fortalece el debate democrático, sino que lo empobrece. Al insistir en enemigos permanentes -sea el inmigrante, el feminismo o el progresismo- se reducen conflictos complejos a una lógica simplista y emocional. En lugar de abrir preguntas, cierra filas.

Quizá lo más inquietante no sea que estos mecanismos funcionen, sino que funcionen también con quienes los conocen. Comprender cómo opera la emoción politizada no nos sitúa automáticamente fuera de su alcance. La necesidad de pertenencia, el miedo, la indignación, no desaparecen con el análisis: siguen ahí, esperando el relato adecuado.

Pero precisamente ahí está también la otra cara. La emoción no es el problema: es la materia prima. Y lo que determina su valor político es el uso que se hace de ella. La misma capacidad de indignarse puede alimentar el miedo al otro o sostener la empatía hacia él. El mismo sentido de pertenencia puede cerrarse en tribu o abrirse en comunidad. No creo que se trate por tanto de desemocionalizar la política -algo imposible y quizá indeseable- sino de disputar el relato que decide hacia dónde apunta esa energía.

Eso sí está en nuestras manos. No sé si es la solución, pero sí la dirección.

Bibliografía

  • Laclau, E. (2005). La razón populista. Fondo de Cultura Económica.
  • Mouffe, C. (2018). Por un populismo de izquierda. Siglo XXI Editores.
  • Mudde, C. y Kaltwasser, C. R. (2019). Populismo: Una breve introducción. Alianza Editorial.
  • Mudde, C. (2007). Populist Radical Right Parties in Europe. Cambridge University Press.
  • Orwell, G. (1949). 1984. Secker & Warburg.