Una reflexión de María José Romero Ortega
Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.
Han pasado exactamente catorce días desde que regresé a Ecuador en medio de la zumbante expectativa de mi primer viaje sola. Antes de subir al avión y conocer compañeras temporales de asiento de un vuelo que muy probablemente tenía significados distintos para todas, me dije que tener pocas expectativas sobre las próximas semanas era la mejor forma de mantenerme intacta en un país que hace de todo para negar una existencia digna a los que provenimos de esta parte del mundo mientras, al mismo tiempo, se levanta cada día gracias a las manos de los migrantes que lo sostienen.
Pero incluso con toda la historia detrás de mí, también me dije que podía ser posible encontrar empatía hasta en los lugares más inhóspitos. La realidad fue que Nueva York me trató como a cualquier otro individuo, tal vez de manera un poco hostil a veces, pero siempre he sabido reírme de cualquier percance. La verdadera sorpresa fue el trato gentil de desconocidos a cuya sonrisa despreocupada me agarraba con tanta fuerza como a los barandales del metro un lunes a hora pico. Hice mi mejor esfuerzo por imitar tal despreocupación y pretender que sabía caminar tan rápido como ellos en las calles que solo he visto en mis comedias románticas favoritas.
Sin embargo, creo que es una ventaja que nunca he sido capaz de hacer de mí misma un lienzo en blanco. Todos los trazos de lo que me importa siguen ahí. Y es por eso que no podía evitar sonreír si un niño me sonreía o sostener la puerta para alguien más, no podía no sentir alivio al ver las palabras Save Gaza escritas en uno de los peldaños de una escalera eléctrica. Las probabilidades eran miles, pero ahí estaba. Y aunque no podía compartirlo con nadie, para mi significaba que estaba equivocada en algo que deseaba estarlo desde el principio. Antes de abordar ese avión una parte de mí creía firmemente que un lugar como al que me dirigía no era el espacio idóneo para alguien con mis perspectivas. Sobre todo, si estas eran consideradas disruptivas o controversiales.
En medio del chirriante sonido de los trenes y la humedad de un otoño que no llegaba, me di cuenta de que el hogar también se encuentra en las luchas comunes. En lo colectivo y en lo que consideramos sagrado. Lo que estaba buscando estaba dentro de otras personas que nunca había visto, pero con quienes guardábamos secretamente algo en común. Un deseo más antiguo que nosotros mismos. Tal vez era esperanza. Tal vez el nombre de lo que buscábamos era impronunciable. Pero estaba ahí, indudablemente estaba ahí. No se lo podía negar. No era blanco, ni tampoco negro. Ni siquiera gris. Era diverso de formas intricadas que solo un local podría explicar.
Entonces, ¿de dónde venía toda esta aprehensión por que no me gustara? Los días pasaban y el miedo se disipaba. Solo lo suficiente para convertirse en un ligero hormigueo que aparecía aquí y allá donde escuchara las noticias. Tal vez buena parte de mi aprehensión venía del elefante en la habitación del que nadie quería hablar, ni mirar. Y cuando mirar hacia otro lado se vuelve costumbre, la crueldad se legitima. Me encontraba a más de cuatro mil kilómetros de mi país, pero la crueldad que veía en las noticias sobre las redadas del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas y la brutal represión de las manifestaciones durante el Paro Nacional en Ecuador decía lo mismo. Era una réplica del autoritarismo que intenta resurgir cada tanto para recordarnos cuán irresponsables hemos sido como generación al creer que la política no nos concierne.
Si soy sincera, lo que más temía era que al que al llaman el imperio de nuestros tiempos pudiera borrar en mi lo que yo consideraba sagrado, mientras me agitaba y lanzaba a un ciclo sin retorno. Pero, ahí, en un lugar que no conocía, encontré muchas más similitudes de las que esperaba. Si es que esperaba alguna. Unas semanas en Nueva York me mostraron una frialdad que iba más allá del clima. Pero también me mostraron una esperanza que solo es posible cuando se deja todo atrás y se empieza de nuevo con todas las probabilidades en contra. Lo que deseaba que no pasara, pasó. Nueva York si cambió algo en mí. Me mostró cuán fácilmente una puede caer en la complicidad apolítica de mi generación y perderse en una huella digital que importa más que el yo corpóreo. Pero también logró enseñarme que lo importante permanece inmutable solo si somos lo suficientemente valientes para enfrentarlo. Solo basta con echar un vistazo. ¿Qué se dirá de nosotros en los próximos libros de historia si no lo hacemos?
Exactly fourteen days have passed since I returned to Ecuador, amidst the buzzing anticipation of my first solo trip. Before boarding the plane and meeting my temporary seatmates on a flight that most likely held different meanings for each of us, I told myself that having low expectations for the coming weeks was the best way to stay intact in a country that does everything it can to deny a dignified existence to those of us who come from this part of the world, whilst, at the same time, it gets back on its feet every day thanks to the hands of the migrants who sustain it.
But even with all that history behind me, I also told myself that it might be possible to find empathy even in the most inhospitable of places. The reality was that New York treated me like any other person, perhaps a little hostilely at times, but I have always known how to laugh off any mishap. The real surprise was the kindness shown by strangers, whose carefree smiles I clung to as tightly as I clung to the handrails on the Underground during Monday rush hour. I did my best to mimic that carefree attitude and pretend I could walk as fast as they did on streets I had only ever seen in my favourite romantic comedies.
However, I think it is an advantage that I have never been able to turn myself into a blank canvas. All the traces of what matters to me are still there. And that is why I could not help but smile if a child smiled at me or hold the door open for someone else; I could not help but feel relief at seeing the words ‘Save Gaza’ written on one of the steps of an escalator. The odds were against it, but there it was. And although I could not share it with anyone, to me, it meant I had been wrong about something I had hoped I had been wrong about from the start. Before boarding that plane, a part of me firmly believed that a place like the one I was heading to wasn’t the right fit for someone with my views. Especially if those views were considered disruptive or controversial.
Amidst the screeching sound of the trains and the dampness of an autumn that never quite arrived, I realised that home is also to be found in our shared struggles. In the collective, and in what we hold sacred. What I was searching for lay within other people I had never met, but with whom we secretly shared something in common. A desire older than ourselves. Perhaps it was hope. Perhaps the name of what we were seeking was unpronounceable. But it was there; it was undoubtedly there. I could not deny it. It was not white, nor was it black. Not even grey. It was diverse in intricate ways that only a local could explain.
So where did all the apprehension I might not like it come from? The days passed and the fear faded. Just enough to become a slight tingling sensation that would surface here and there whenever I heard the news. Perhaps much of my apprehension stemmed from the elephant in the room that nobody wanted to talk about or even look at. And when looking the other way becomes the norm, cruelty is legitimised. I was more than four thousand kilometres from my country, but the cruelty I saw in the news reports about the raids by US Immigration and Customs Enforcement and the brutal crackdown on demonstrations during the National Strike in Ecuador told the same story. It was a replica of the authoritarianism that tries to resurface every so often to remind us just how irresponsible we have been as a generation in believing that politics does not concern us.
If I am honest, what I feared most was that what they call the empire of our times might erase from me what I considered sacred, whilst unsettling me and plunging me into a cycle of no return. But there, in a place I did not know, I found far more similarities than I had expected. If, indeed, I had expected any at all. A few weeks in New York revealed a coldness that went beyond the weather. But it also showed me a hope that is only possible when you leave everything behind and start afresh, with all the odds stacked against you. What I hoped would not happen, happened. New York did change something in me. It showed me how easily one can fall into the apolitical complacency of my generation and lose oneself in a digital footprint that matters more than one’s physical self. But it also managed to teach me that what is important remains unchanged only if we are brave enough to face it. All it takes is a glance. What will future history books say about us if we fail to do so?
Pasaron exactamente catorce días desde que regresei ao Ecuador no medio da abafadora expectativa da miña primeira viaxe soa. Antes de subir para o avión e coñecer compañeiras temporais de asento dun voo que moi probabelmente tiña significados distintos para todas, díxenme que ter poucas expectativas sobre as próximas semanas era a mellor maneira de me manter intacta nun país que fai de todo para negar unha existencia digna aos que provimos desta parte do mundo mentres, asemade, érguese cada día grazas ás mans dos migrantes que o sosteñen.
Mais até con toda a historia detrás de min, tamén me dixen que podía ser posíbel atopar empatía até nos lugares máis inhóspitos. A realidade foi que Nova York me tratou como a calquera outro individuo, talvez de maneira un pouco hostil ás veces, mais sempre souben rir de calquera revés. A verdadeira sorpresa foi o tratamento xentil de descoñecidos a cuxo sorriso despreocupado me agarraba con tanta forza como aos pasamáns do metro na segunda feira en hora punta. Fixen o meu mellor esforzo por imitar tal despreocupación e finxir que sabía camiñar tan rápido coma eles por rúas que só vin nas miñas comedias románticas favoritas.
Agora ben, creo que é unha vantaxe o feito de que nunca fun capaz de facer de min un lenzo en branco. Todos os trazos do que me importa seguen aí. E eis que non puidese evitar sorrir se un neno me sorría ou aguantar a porta para outra persoa, non puidese non sentir alivio ao ver as palabras Save Gaza escritas nun dos chanzos dunha escaleira eléctrica. As probabilidades eran miles, mais aí estaba. E aínda que non o puidese compartir con ninguén, para min significaba que estaba equivocada en algo que desexaba estalo desde o principio. Antes de abordar ese avión unha parte de min cría firmemente que un lugar como cara ao cal me dirixía non era o espazo idóneo para alguén coas miñas perspectivas. Sobre todo, se estas eran consideradas disruptivas ou controvertidas.
No medio do estridente barullo de trens e da humidade dun outono que non chegaba, decateime de que o fogar tamén se atopa nas loitas comúns. No colectivo e no que consideramos sagrado. O que estaba buscando estaba dentro doutras persoas que nunca vira, mais con quen gardabamos secretamente algo en común. Un desexo máis antigo ca nós mesmos. Talvez era esperanza. Talvez o nome do que buscabamos era impronunciábel. Mais estaba aí, indubidabelmente estaba aí. Non se podía negar. Non era branco, nin tampouco negro. Nin sequera gris. Era diverso de formas intricadas que só un local podería explicar.
Daquela, de onde viña toda esta aprehensión de que non me gustase? Os días pasaban e o medo disipábase. Só o suficiente para se converter nun lixeiro proído que aparecía aquí e acolá onde ouvise as noticias. Talvez boa parte da miña aprehensión viña do elefante na sala que ninguén quería falar nin mirar. E cando mirar para outro lado se torna un costume, a crueldade lexitímase. Encontrábame a máis de catro mil quilómetros do meu país, mais a crueldade que vía nas noticias sobre as redadas do Servizo de Inmigración e Control de Aduanas e a brutal represión das manifestacións durante o Paro Nacional no Ecuador dicía o mesmo. Era unha réplica do autoritarismo que intenta rexurdir cada tanto para nos lembrar como de irresponsábeis fomos como xeración ao crer que a política non nos atinxe.
Se son sincera, o que máis temía era que ao que chaman o imperio dos nosos tempos puidese borrar en min o que eu consideraba sagrado, mentres me axitaba e lanzaba a un ciclo sen retorno. Mais, aí, nun lugar que non coñecía, atopei moitas máis similitudes das que agardaba. Se é que esperaba algunha. Unhas semanas en Nova York mostráronme unha frialdade que ía para alén do clima. Mais tamén me mostraron unha esperanza que só é posíbel cando se deixa todo atrás e se comeza de novo con todas as probabilidades en contra. O que desexaba que non pasase, pasou. Nova York si mudou algo en min. Mostroume como de facilmente unha pode crer na complicidade apolítica da miña xeración e perderse nunha pegada dixital que importa máis que o eu corpóreo. Mais tamén logrou ensinarme que o importante permanece inmutábel só se somos abondo valentes para o enfrontar. Só basta con botar unha ollada. Que se dirá de nós nos próximos libros de historia se non o facemos?
Han passat exactament catorze dies des que vaig tornar a l’Equador enmig de la zumbant expectativa del meu primer viatge sola. Abans de pujar a l’avió i conèixer companyes temporals de seient d’un vol que molt probablement tenia significats diferents per a totes, em vaig dir que tenir poques expectatives sobre les pròximes setmanes era la millor manera de mantenir-me intacta en un país que fa de tot per a negar una existència digna als quals provenim d’aquesta part del món mentrestant, al mateix temps, s’aixeca cada dia gràcies a les mans dels migrants que el sostenen.
Però fins i tot amb tota la història darrere de mi, també em vaig dir que podia ser possible trobar empatia fins i tot en els llocs més inhòspits. La realitat va ser que Nova York em va tractar com a qualsevol altre individu, tal vegada de manera una mica hostil a vegades, però sempre he sabut riure’m de qualsevol contratemps. La veritable sorpresa va ser el tracte gentil de desconeguts al somriure despreocupat dels quals m’agarrava amb tanta força com als barandals del metro un dilluns a hora pico. Vaig fer el meu millor esforç per imitar tal despreocupació i pretendre que sabia caminar tan ràpid com ells als carrers que només he vist en les meves comèdies romàntiques favorites.
No obstant això, crec que és un avantatge que mai he estat capaç de fer de mi mateixa un llenç en blanc. Tots els traços del que m’importa segueixen aquí. I és per això que no podia evitar somriure si un nen em somreia o sostenir la porta per a algú més, no podia no sentir alleujament en veure les paraules Save Gaza escrites en un dels esglaons d’una escala elèctrica. Les probabilitats eren milers, però aquí estava. I encara que no podia compartir-ho amb ningú, per a mi significava que estava equivocada en alguna cosa que desitjava estar-ho des del principi. Abans d’abordar aquest avió una part de mi creia fermament que un lloc com al que em dirigia no era l’espai idoni per a algú amb les meves perspectives. Sobretot, si aquestes eren considerades disruptives o controversials.
Enmig del grinyolant so dels trens i la humitat d’una tardor que no arribava, em vaig adonar que la llar també es troba en les lluites comunes. En el col·lectiu i en el que considerem sagrat. El que estava buscant estava dins d’altres persones que mai havia vist, però amb els qui guardàvem secretament alguna cosa en comú. Un desig més antic que nosaltres mateixos. Tal vegada era esperança. Tal vegada el nom del qual buscàvem era impronunciable. Però era aquí, indubtablement era aquí. No li ho podia negar. No era blanc, ni tampoc negre. Ni tan sols gris. Era divers de formes intricades que només un local podria explicar.
Llavors, d’on venia tota aquesta aprehensió perquè no m’agradés? Els dies passaven i la por es dissipava. Només prou per a convertir-se en un lleuger formigueig que apareixia aquí i allà on escoltés les notícies. Tal vegada bona part de la meva aprehensió venia de l’elefant a l’habitació del qual ningú volia parlar, ni mirar. I quan mirar cap a un altre costat es torna costum, la crueltat es legitima. Em trobava a més de quatre mil quilòmetres del meu país, però la crueltat que veia en les notícies sobre les batudes del Servei d’Immigració i Control de Duanes i la brutal repressió de les manifestacions durant l’Atur Nacional a l’Equador deia el mateix. Era una rèplica de l’autoritarisme que intenta ressorgir cada punt per a recordar-nos que irresponsables hem estat com a generació en creure que la política no ens concerneix.
Si soc sincera, la qual cosa més temia era que al qual al diuen l’imperi dels nostres temps pogués esborrar en el meu el que jo considerava sagrat, mentre m’agitava i llançava a un cicle sense retorn. Però, aquí, en un lloc que no coneixia, vaig trobar moltes més similituds de les que esperava. Si és que esperava alguna. Unes setmanes a Nova York em van mostrar una fredor que anava més enllà del clima. Però també em van mostrar una esperança que només és possible quan es deixa tot enrere i es comença de nou amb totes les probabilitats en contra. El que desitjava que no passés, va passar. Nova York si va canviar alguna cosa en mi. Em va mostrar que fàcilment una pot caure en la complicitat apolítica de la meva generació i perdre’s en una empremta digital que importa més que el jo corpori. Però també va aconseguir ensenyar-me que l’important roman immutable solo si som prou valents per a enfrontar-ho. Només n’hi ha prou amb donar un cop d’ull. Què es dirà de nosaltres en els pròxims llibres d’història si no ho fem?
Hamalau egun igaro dira Ekuadorrera itzuli nintzenetik, nire bakarkako lehen bidaiaren espektatibaren erdian. Hegazkinera igo aurretik eta ziurrenik denentzat esanahi desberdinak zituen hegaldi bateko eserleku-lagunak ezagutu aurretik, pentsatu nuen: hurrengo asteekiko espektatiba gutxi izateak, munduaren zati honetatik gatozenei existentzia egoki bat ukatzeko denetarik egiten duen, eta era berean, mantendu egiten dituzten migranteen eskuei esker altxatzen den herrialde horretan mantentzeko aukera hoberena zen.
Baina nire atzean istorio horiek guztiak izan arren, toki babesgabeetan ere enpatia aurkitzea posible dela esan nion neure buruari. Errealitatea, New Yorkek beste norbanako bat bezala tratatu zidala izan zen, batzuetan modu oldarkor batez agian, baina ustekabeez barre egiten jakin izan dut beti. Benetako sorpresa, astelehen batean ordu okerrenean metroko eskubandetara heltzen naizen bezala, horren beste indarrez heltzen nintzen arduragabez betetako irribarreak zituzten ezezagunen tratu atsegina izan zen. Lasaitasun hori imitatzeko eta nire komedia erromantiko gustukoenetan ikusten ditudan kaleetatik haiek ibiltzen diren bezain azkar ibiltzeko ahalegin handiak egin nituen.
Hala ere, ez naiz inoiz kapaz izan nire burua horma txuri bat bezala ikusteko edo irudikatzeko, eta hori abantaila bat delakoan nago. Niretza garrantzitsuak diren trazuek bertan jarraitzen dute. Eta horregatik, ezin nuen irribarreari eutsi ume batek irribarre egiten zidanean edo beste norbaiti atea irekitzeari utzi, ezin nuen Save Gaza eskalera mekanikoen maila batean ikusterakoan lasaitasuna ez sentitu. Aukerak izugarriak ziren, baina bertan zegoen. Eta inorekin partekatu ezin izan arren, hasieratik okertuta egotea desiratzen nuen horrekin hain zuzen ere oker nengoela esan nahi zuen. Hegazkin horretara igo baino lehen, nire zati batek, bidaiatzen ari nintzen bezalako toki batek nire espektatibak dituen pertsona batentzako egokia ez zela pentsatzen zuen. Batez ere, hauek disruptibotzat edo eztabaidazkotzat hartzen baziren.
Trenen soinu karrankariaren artean eta ailegatzen ez den udazken baten hezetasunaren artean, norberaren etxea borroka komunetan ere aurkitzen dela konturatu nintzen. Gizataldean eta sakratutzat hartzen dugun horretan. Bilatzen ari nintzena, inoiz ikusi ez nituen baina ezkutuan zerbait amankomunean gordetzen genuen pertsonen barnean zegoen. Gu baino zaharragoa den desira bat. Izan daiteke esperantza izatea. Agian, bilatzen dugun horren izena ahoskaezina da. Baina bertan dago, zalantzarik gabe, bertan dago. Ezin zen ukatu. Ez zen zuria, ezta beltza ere. Ez zen grisa. Desberdina zen, tokiko batek soilik azaldu dezakeen forma nahaspilatuaz.
Orduan, nondik zetorren gustatu ez zitzaidan presio horrek? Egunak pasatzen ziren eta beldurra desagertzen zen. Noiz behinka, berrietan entzuterakoan, agertzen zen inurridura sentsazio txiki batean bilakatu zen. Agian, presio horren zati handi bat, aipatu nahi ez nuen eta ikusi nahi ez nuen logelaren elefantetik zetorren. Eta beste alde batera begiratzeak ohitura bilakatzen denean, bihozgabekeria egiaztatzen da. Nire herrialdetik lau mila baino kilometro gehiagotara nengoen, baina berrietan ikusten nuen Aduanen eta Immigrazioaren Kontrol Zerbitzuen inguruko bihozgabekeriak eta Ekuatoreko langabezi nazionaleko manifestazioetan egondako errepresio izugarriak gauza bera esaten zuten. Noiz behinka berragertzen saiatzen den autoritarismoaren erreplika bat zen, helburua, belaunaldi bezala politikarekin zer ikusia dugula pentsatzeagatik arduragabeak izan garela oroitzea izanda.
Zintzo banaiz, beldur gehien ematen zidanak, gure garaiaren inperioa deitzen dioten horrek niretzat sakratua dena ezabatzeko aukera izan zezan zen, astintzen ninduen bitartean eta bueltarik gabeko ziklo batera botatzen ninduen bitartean. Baina bertan, ezagutzen ez nuen toki batean, espero nituen baina antzekotasun gehiago aurkitu nituen. Baten bat espero banuen. New Yorken egondako aste horiek, klimatik haratago zihoan hoztasun bat erakutsi zidaten. Baina era berean, dena atzean uzten denean eta berriz ere (probabilitate guztiak aurka izanda) hasieratik hasten denean soilik posible den itxaropen bat erakutsi zidaten. Gertatzea nahi ez nuen hori gertatu zen. New Yorkek nire barnean zerbait aldatu zuen. Nire belaunaldiaren konplizitate apolitikoan erortzea zeinen erreza den eta ni gorpuzduna baino garrantzitsuagoa den aztarna digitalean galtzea zeinen erreza den erakutsi zidan. Hala ere, aldi berean, benetan garrantzitsua den hori aldaezina dela erakutsi zidan, baldin eta horri aurre egiteko bezain ausartak bagara. Begirada bat besterik ez da behar. Zer esango da guri buruz hurrengo historiako liburuetan egiten ez badugu?
