La tercera persona

Una reflexión de Lucía Cánovas

Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.

Aprendemos a hablar mucho antes de descubrir que existe una gramática que nos conjuga sin pedirnos permiso. Y la primera lección, esa que nadie escribe en la pizarra, es que los hombres viven en primera persona y, las mujeres, en tercera. Él dice yo —yo quiero, yo voy, yo miro— y la sociedad le contesta con verbos. Ella, en cambio, se observa siendo observada, y por eso habita un poco fuera de sí misma, conjugada por otros, en ese pronombre que siempre nombra a alguien que no acaba de estar presente.

Ejemplifiquemos ahora la paradoja a través de la escena más banal del día como es vestirse. Un hombre se viste para ir a un sitio; una mujer viste para ser vista yendo a ese sitio. Él elige lo cómodo; ella calcula el ángulo, la luz y, lo más importante, la opinión que todavía no se ha pronunciado. Él es un verbo —ir, hacer, decidir—; ella es un adjetivo a la espera de la aprobación —acorde, arreglada, presentable—. Salir a la calle de noche confirma aún más la asimetría: mientras él piensa dónde va, ella piensa quién la mira, ensaya la cara que pondría frente al espejo, lleva las llaves entre los dedos y repasa, por si acaso, cómo se la juzgará mañana si algo sale mal.

No es una simple modernez. Hace medio siglo, John Berger explicó sin filtros atávicos que las mujeres llevan dentro un observador permanente, y ese observador es masculino. Antes que él, Simone de Beauvoir ya expuso que el varón es el Sujeto, lo Absoluto; la mujer, lo Otro, el segundo sexo, lo que se define siempre en relación con alguien. Y poco después Laura Mulvey trasladó la idea a la sala de cine, donde la cámara mira con ojos de hombre y la mujer no mira, es mirada.

Lo verdaderamente cruel de la historia no es que alguien nos mire, ojalá fuera eso. Es que el vigilante ya no necesita estar fuera porque lo hemos instalado dentro. La psicología incluso le pone nombre de bata blanca —autoobjetivación— a esa rara proeza de vivir como espectadora permanente de una misma, supervisando el propio cuerpo desde fuera mientras se intenta, a la vez, habitarlo desde dentro. Dos personas en un solo cuerpo, la que actúa y la que comprueba cómo queda la actuación.

Y qué fácil es confundir esta condena con la coquetería. Durante siglos se ha llamado vanidad a lo que no es más que vigilancia obligatoria y permanente. La mayoría de las veces, la que se mira al espejo no se admira, se inspecciona; no se gusta, se aprueba o se suspende. A Narciso los dioses le castigaron a enamorarse de su reflejo y a nosotras ese reflejo se nos entrega al nacer como herencia. Él eligió mirarse y murió de ello; nosotras no elegimos, y aun así se nos tilda de superficiales.

Entonces llegó la cámara frontal y volvió portátil aquel espejo. Berger hablaba de retratos y de lunas colgadas en la pared; nosotras llevamos el espejo en el bolsillo, listo para confirmar a cada hora cómo salimos. La pantalla ha instalado su religión que prohíbe las miradas de refilón en los escaparates y convierte al selfie en la tercera persona. Las cabezas de las creyentes rezan repitiendo en voz alta: mírate antes de que te miren, corrígete antes de que te corrijan, publícate ya editada para ahorrarle el trabajo al juez. Hemos automatizado al vigilante y, encima, le hemos comprado trípode.

Lo peor es que todo esto se paga. La atención que se gasta en auditarse es atención que no invierte en el mundo. Pensar en una misma desde fuera ocupa un espacio ilimitado; no es casual que tantas veces nos falte sitio para pensar el resto. La mirada ajena, una vez interiorizada, es un inquilino que no paga alquiler y se queda con la habitación que incluye baño propio.

Conviene aclarar, antes que nada, lo que aquí no se dice, porque arreglarse no es una rendición, ni mirar es un delito. Mirar es humano, y gustar, un placer legítimo. El problema del espejo es quién está al otro lado cuando ahondamos la cabeza. El problema es que para tantas mujeres no haya un solo gesto —levantar la mano en una reunión, cruzar un portal—que no venga de la mano de su propia visión vista desde fuera, subtitulada y evaluada.

Crecer siendo mujer consiste, en buena parte, en aprender a traducirse de vuelta a la primera persona. En caminar sin mirarse caminar a través del reflejo que devuelven las ventanillas del coche. En decir yo y no encogerse al instante midiendo cómo le queda a una ese yo. No se trata de que nos miren menos —eso no depende de nosotras—, sino de dejar de ser nuestra propia voyeur. De recuperar el verbo. De ser la primera persona.

Bibliografía

Beauvoir, S. de (2005). El segundo sexo (A. Martorell, trad.). Madrid: Cátedra. (Orig. 1949).

Berger, J. (2000). Modos de ver (J. G. Beramendi, trad.). Barcelona: Gustavo Gili. (Orig. 1972).

Fredrickson, B. L. y Roberts, T.-A. (1997). Objectification theory: Toward understanding women’s lived experiences and mental health risks. Psychology of Women Quarterly, 21(2), 173-206.

Mulvey, L. (1975). Visual pleasure and narrative cinema. Screen, 16(3), 6-18.

Soundtrack. Los hombres miran a las mujeres. Las mujeres se observan a sí mismas siendo miradas [artículo en línea]

We learn to speak long before we discover that there is a grammar which conjugates us without asking our permission. And the first lesson, the one nobody writes on the blackboard, is that men live in the first person and women in the third. He says ‘I’ —‘I want’, ‘I go’, ‘I look’— and society answers him with verbs. She, on the other hand, observes herself being observed, and so she lives somewhat outside herself, conjugated by others, in that pronoun that always refers to someone who is not quite present.

Let us now illustrate this paradox through the most mundane scene of the day: getting dressed. A man gets dressed to go somewhere; a woman dresses to be seen going to that place. He chooses comfort; she calculates the angle, the light and, most importantly, the opinion that has not yet been voiced. He is a verb —to go, to do, to decide—; she is an adjective awaiting approval —appropriate, well-groomed, presentable. Going out at night further confirms this asymmetry: whilst he thinks about where he is going, she thinks about who is looking at her; she rehearses the expression she would put on in front of the mirror, twirls her keys between her fingers and goes over, just in case, how she will be judged tomorrow if something goes wrong.

This is not merely a modern phenomenon. Half a century ago, John Berger explained, without any atavistic filters, that women carry within them a permanent observer, and that observer is male. Before him, Simone de Beauvoir had already argued that the man is the Subject, the Absolute; the woman, the Other, the second sex, that which is always defined in relation to someone else. And shortly afterwards, Laura Mulvey transferred the idea to the cinema, where the camera looks through a man’s eyes and the woman does not look; she is the object of the gaze.

The truly cruel thing about this story is not that someone is watching us; if only it were that simple. It is that the watcher no longer needs to be outside, because we have installed it within. Psychology even gives this strange feat, of living as one’s own permanent spectator, supervising one’s own body from the outside whilst simultaneously attempting to inhabit it from within, a white-coat term: ‘self-objectification’. Two people in a single body: the one who acts and the one who checks how the performance turns out.

And how easy it is to confuse this condemnation with coquetry. For centuries, what is nothing more than compulsory and constant self-scrutiny has been called vanity. Most of the time, the person looking in the mirror does not admire but inspects herself; she does not like what she sees, but either approves or disapproves of it. The gods punished Narcissus by making him fall in love with his own reflection, whilst that reflection is handed down to us at birth as an inheritance. He chose to gaze at himself and died for it; we did not choose, and yet we are still branded as superficial.

Then came the front-facing camera, and that mirror became portable. Berger spoke of portraits and mirrors hung on the wall; we carry the mirror in our pocket, ready to check every hour how we look. The screen has established its own religion, which forbids sidelong glances at shop windows and turns the selfie into the third person. The heads of the believers pray, repeating aloud: look at yourself before others look at you, correct yourself before others correct you, post yourself already edited to save the judge the trouble. We’ve automated the watchdog and, to top it all, we’ve bought it a tripod.

The worst thing is that all this comes at a price. The attention spent on scrutinising oneself is attention not invested in the world. Thinking about oneself from the outside takes up an unlimited amount of space; it’s no coincidence that so often we lack the space to think about the rest. The gaze of others, once internalised, is a tenant who pays no rent and takes up the room that comes with its own en-suite bathroom.

It’s worth clarifying, first and foremost, what isn’t being said here, because grooming oneself isn’t a surrender, nor is looking a crime. To look is human, and to be liked is a legitimate pleasure. The problem with the mirror is who’s on the other side when we peer into it. The problem is that, for so many women, there isn’t a single gesture—raising a hand in a meeting, walking through a doorway—that isn’t accompanied by their own self-image as seen from the outside, captioned and judged.

Growing up as a woman consists, to a large extent, of learning to translate oneself back into the first person. In walking without watching oneself walk through the reflection in the car windows. In saying ‘I’ and not instantly shrinking back, gauging how that ‘I’ suits us. It is not about others looking at us less—that does not depend on us—but about ceasing to be our own voyeur. About reclaiming the verb. About being the first person.

Aprendemos a falar moito antes de descubrir que existe unha gramática que nos conxuga sen nos pedir permiso. E a primeira lección, esa que ninguén escribe no encerado, é que os homes viven en primeira persoa e, as mulleres, en terceira. El di eu —eu quero, eu vou, eu miro— e a sociedade respóndelle con verbos. Ela, en cambio, obsérvase sendo observada, e por iso habita un pouco fóra de si mesma, conxugada por outros, nese pronome que sempre nomea alguén que non acaba de estar presente.

Exemplifiquemos agora o paradoxo a través da escena máis banal do día como é vestirse. Un home vístese para ir a un sitio; unha muller viste para ser vista indo a ese sitio. El escolle o cómodo; ela calcula o ángulo, a luz e, o máis importante, a opinión que aínda non se ten pronunciado. El é un verbo —ir, facer, decidir—; ela é un adxectivo á espera da aprobación —acorde, amañada, presentábel—. Saír á rúa de noite confirma aínda máis a asimetría: mentres el pensa onde vai, ela pensa quen olla para ela, ensaia a cara que poría fronte ao espello, leva as chaves entre os dedos e repasa, por acaso, como a xulgarán mañá se algo sae mal.

Non é unha simple modernidade. Hai medio século, John Berger explicou sen filtros atávicos que as mulleres levan dentro un observador permanente, e ese observador é masculino. Antes que el, Simone de Beauvoir xa expuxo que o varón é o Suxeito, o Absoluto; a muller, o Outro, o segundo sexo, o que se define sempre en relación con alguén. E pouco despois Laura Mulvey trasladou a idea á sala de cinema, onde a cámara olla con ollos de home e a muller non olla, é ollada.

O verdadeiramente cruel da historia non é que alguén olle para nós, oxalá fose iso. É que o vixilante xa non necesita estar fóra porque o temos instalado dentro. A psicoloxía incluso lle pon nome de bata branca —autoobxectivación— a esa estraña proeza de vivir como espectadora permanente dunha mesma, supervisando o propio corpo de fóra mentres se intenta, ao mesmo tempo, habitalo de dentro. Dúas persoas nun único corpo, a que actúa e a que comproba como queda a actuación.

E que fácil é confundir esta condena coa coquetaría. Durante séculos chamouse vaidade ao que non é máis que vixilancia obrigatoria e permanente. A maioría das veces, a que se olla no espello non se admira, inspecciónase; non se gusta, ou se aproba ou se suspende. A Narciso os deuses castigáronlle a namorar do seu reflexo e a nós ese reflexo entrégasenos cando nacemos como herdanza. El escolleu ollarse e morreu por iso; nós non escollemos, e aínda así táchasenos de superficiais.

Entón chegou a cámara frontal e tornou portátil aquel espello. Berger falaba de retratos e de lúas penduradas na parede; nós levamos o espello no peto, listo para confirmar a cada hora como saímos. A pantalla instalou a súa relixión que prohibe as olladas de esguello nos escaparates e converte o selfie na terceira persoa. As cabezas das crentes rezan a repetir en voz alta: óllate antes de que te ollen, corríxete antes de que te corrixan, publícate xa editada para aforrarlle o traballo ao xuíz. Automatizamos o vixilante e, por riba, comprámoslle trípode.

O peor é que todo isto págase. A atención que é gastada en auditarse é atención que non é investida no mundo. Pensar nunha mesma de fóra ocupa un espazo ilimitado; non é casual que tantas veces nos falte sitio para pensar o resto. A ollada allea, unha vez interiorizada, é un inquilino que non paga aluguer e queda co cuarto que inclúe baño propio.

Cómpre aclarar, antes de nada, o que aquí non se di, porque amañarse non é unha rendición, nin ollar é un delito. Ollar é humano, e gustar, un pracer lexítimo. O problema do espello é quen está do outro lado cando afondamos a cabeza. O problema é que para tantas mulleres non haxa un só xesto —levantar a man nunha reunión, cruzar un portal—que non veña da man da súa propia visión vista de fóra, subtitulada e avaliada.

Crecer sendo muller consiste, en boa parte, en aprender a traducirse de volta á primeira persoa. En camiñar sen ollar para o reflexo que devolven as xanelas do coche. En dicir eu e non encollerse ao instante medindo como lle queda a unha ese eu. Non se trata de que ollen menos para nós —iso non depende de nós—, mais de deixar de ser a nosa propia voyeur. De recuperar o verbo. De ser a primeira persoa.

Baimena eskatu gabe aditz batekin jokatzen gaituen gramatika bat existitzen dela deskubritu baino askoz lehenago hitz egitera ikasten dugu. Eta lehenengo irakaspena, arbelean inork idazten duen hura, gizonak lehen pertsonan bizi direla, eta emakumeak, hirugarrenean da. Gizonak nik dio –-nik nahi dut, ni noa, nik begiratzen dut—. Emakumeak, aldiz, behatua den bitartean behatzen dio bere buruari, eta horregatik, bere onetatik atetara bizi da, besteengandik hizkeran jokatua, egiatan presente ez dagoen pertsona hori izendatzen duen izenordain horretan. 

Irudikatu dezagun paradoxa hau eguneroko ekintza hutsalegiarekin, janzkera. Gizon bat toki batera joateko janzten da; emakume bat, toki horretarako bidean ikusia izateko janzten da. Gizonak, erosoa dena aukeratzen du; emakumeak, anguloa, argia, eta garrantzitsuena, oraindik azaleratu ez den iritzia kalkulatzen ditu. Gizona aditz bat da —joan, egin, erabaki—; emakumea, onarpena itxaroten duen adjektibo bat da —zerbaitekin bat, dotore, aurkezgarria—. Kalera gauez ateratzeak asimetria are gehiago baieztatzen du; gizonak nora doan pentsatzen duen bitartean, emakumeak nork begiratzen dion pentsatzen du, ispilu aurrean jarriko duen aurpegia praktikatzen du, giltzak behatzen artean eramaten ditu eta, bada ez bada, zerbait gaizki ateraz gero hurrengo egunean nola epaituko duten errepasatzen du. 

Ez da sinpleki moderno den zerbait. Duela mende erdi, John Bergerek, filtro zaharkiturik gabe, emakumeak barnean ikusle iraunkor bat daramatela eta ikusle hori maskulinoa dela azaldu zuen. Bera baino lehen, Simone de Beauvoirrek Subjektua gizonezkoa dela azaldu zuen, Absolutua den hori; emakumea, Bestea, bigarren sexua, beste norbaiti dagokionez definitzen den hori. Eta gutxi geroago, Laura Mulveyek ideia zinema-aretora eraman zuen, non kamarek gizon begiekin begiratzen duen, eta non emakumeak begiratzen ez duen, baizik eta begiratua izaten den. 

Istorio honetan benetan krudela dena ez da norbait begira gaitzan, begiratuko baligute. Gauza da begiralea jada ez duela kanpoan egon behar gure barnean instalatu dugulako. Psikologiak, norberaren ikusle iraunkor gisa bizitzearen balentria arraro horri mantal txuri izena ere jartzen dio —autoobjetibazioa—, gorputz propioa kanpotik gainbegiratzea, era berean barrutik habitatzea saiatzen den bitartean. Bi pertsona gorputz bakar batean, jarduten duena eta jokaera nola geratzen den egiaztatzen duena. 

Eta zeinen erreza den kondena limurtzearekin nahastea. Mendeetan zehar, derrigorrezko zaintza iraunkorra besterik ez denari harrokeria deitu zaio. Gehienetan, ispiluan begiratzen dena ez da miresten, aztertzen da; ez du ikusten duena gustuko, gainditzen du edo suspenditzen du. Jainkoek Narciso bere islapenarekin maitemintzera zigortu zuten, eta guri isla hori jaiotzerakoan oinorde gisa ematen zaigu. Berak bere burua begiratzea erabaki zuen, eta horregatik hil zen; guk ez dugu erabakitzen, eta hala ere azaleko pertsonak garela aurpegiratzen gaituzte. 

Orduan, kamara frontala ailegatu zen eta ispilu hori eramangarria bihurtu zuen. Bergerek erretratuei buruz eta paretan zintzilikatutako ilargiei buruz hitz egiten zuen; guk ispilua poltsikoan eramaten dugu, edozein ordutan nola gauden baieztatzeko prest. Pantailak, erakusleihoetan zeharkako begiradak debekatzen dituen eta selfiea hirugarren pertsonan bilakatzen duen erlijio bat ezarri du. Sinesleen buruek otoitz egiten dute ozenki errepikatuz: begira zaitzaten baino lehen begira zaitez, zuzendu zaitzaten baino lehen zuzendu zaitez, epaileari lana aurrezteko jada editatuta publikatu zaitez. Begiralea automatizatu dugu eta, gainera, tripode bat erosi diogu. 

Okerrena hau guztia ordaintzen dela da. Ikuskatzean erabiltzen den arreta munduan inbertitzen ez den arreta da. Kanpotik norberari buruz pentsatzeak toki mugatu bat okupatzen du: beste guztiari buruz pentsatzeko lekua faltan horrenbeste izatea ez da kasualitatea. Besteen begirada, behin barneratuta, alokairua ordaintzen ez duen eta komun propioa duen logelarekin geratzen den errentaria da. 

Ezer baino lehen, hemen esaten ez dena argitzea komeni da, izan ere, apaintzea ez da errendizio bat, eta begiratzea ere ez da delitu bat. Begiratzea gizatiarra da, eta gustatzea, plazer legitimo bat. Ispiluaren arazoa, burua makurtzen  dugunean beste aldean nor dagoen da. Arazoa da horrenbeste emakumeentzat ez dagoela keinu bakar bat ere —bilera batean esku bat altxatzea, atari bat zeharkatzea— bere ikuskera propioa kanpotik ikusia izanarekin –azpititulatuta eta ebaluatuta— eskutik bat ez datorrena. 

Emakumea izanda handitzea, norbera lehenengo pertsonara bueltan itzultzera ikastea esan nahi du. Kotxeetako leihoek bueltatzen duten islapenean nola ibiltzen garen begiratu gabe ibiltzea esan nahi du. Ni esatea esan nahi du, baina momentuan txikitu gabe eta ni hori nola geratzen zaidan neurtu gabe. Kontua ez da gutxiago begira gaitzaten —hori ez dago gure eskuetan—, baizik eta gure voteur propioa izateari uztea. Aditza berreskuratzea. Lehenengo pertsona izatea.