Soy intensa

Una reflexión de Michelle Correa

Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.

A los once años me enteré de que era una mujer intensa. A esa edad no conocía bien el significado de esa palabra. Mis compañeros de clase me recriminaban hablar tan alto. “No grites”, me decían, y yo no entendía bien a qué se referían, si desde siempre mi voz había sido fuerte. “No participes tanto, no cuentes las anécdotas de tu familia. ¿Por qué siempre hablas de tus hermanas?”

Pero, ¿desde cuándo ser intensa tiene una connotación negativa? Si buscamos la palabra en el diccionario, es definida como el femenino de intenso, que describe algo con gran fuerza, energía o profundidad emocional. Como adjetivo, se usa para describir situaciones, sentimientos o personalidades profundas, fuertes y a menudo apasionadas.

Y entonces, realmente, ¿qué tenía de malo que mi voz fuera fuerte, que quisiera contar historias, que participara en clases, que me gustara hablar y expresarme, que no me quedara callada ni guardara mis opiniones, que fuera intensa?

Creo que mis compañeros no entendían cómo una niña de once años podía hacer y deshacer tanto sin ningún tipo de escrúpulo; veían en casa e internalizaban las actitudes de sus madres y hermanas como apacibles y bondadosas. Dudo mucho que alguna de ellas se expresara de la forma en la que yo lo hacía.

Sin embargo, seguía sin responder a mi pregunta. No entendía bien de qué se quejaban mis compañeros si la escuela era justamente el lugar en el cual debía desarrollarme y expresarme.

¿Por qué sentía tanto rechazo de ellos?

No me malentiendan, esto no es una historia de bullying per se, pero sí creo que conocí el rechazo a mi personalidad y mi forma de ser desde una edad muy temprana. Me atrevo a decir que somos muchas las que tomamos conciencia de los aspectos negativos de nuestro cuerpo, nuestra personalidad o nuestra emocionalidad a una edad en la que lo único que debería importar es divertirnos.

Yo sé que mis compañeros esperaban que no fuera disruptiva y que encajara con el molde que les habían enseñado de lo que una buena niña hace, pero no recuerdo haber nacido para complacerlos. Claro que esto lo digo ahora, que tengo las herramientas suficientes y que entiendo desde dónde venían sus comentarios, pero esto no fue siempre así.

Yo misma me encontré juzgando mis historias, dudaba si realmente debería participar o hacer las cosas. “¿Otra vez tú, Michelle?”

Poco a poco fui creyendo esas mentiras de que ser intensa era malo y que tenía que adoptar una actitud mucho más sumisa si no quería tener problemas.

Cuando denuncié una situación de acoso en mi colegio, la respuesta del director fue que yo me lo había buscado porque mi personalidad era muy fuerte. Como siempre en este tipo de situaciones, se buscaba culpabilizar a la víctima y no hacerse responsable de las situaciones abusivas que pasaban en el colegio.

Un profesor escuchaba cuando yo reía y participaba en el salón que estaba en la segunda planta, encima de donde yo tomaba clases, por lo que más de una vez se quejó con sus alumnos, diciendo que esos no eran los tonos para hablar y me humillaba. Incluso llegó a silenciarme desde un piso arriba, ¿se imaginan?

No conforme con todo lo que había vivido ya en la escuela, en el amor también se me juzgó por ser intensa.

Yo no sé amar poco, mi naturaleza no me lo permite. Si me gustas, quiero entregarte mi corazón y mi riñón, quiero saber de tu día, quiero saber de tu familia, quiero entenderte y amarte como te gusta ser amado.

Sin embargo, mis amores (o eso quise pensar) no entendían mi franqueza y mis preguntas; decían que todo era demasiado para ellos. “Relájate”, me decían. Pero, ¿qué mejor manera de disfrutar la vida que amando a las personas y demostrarlo cada día?

Me da pereza pensar que tengo que ser menos intensa, que tengo que ignorar tus mensajes por lo menos dos horas y luego contestarte. Jugar al juego de hacerme “la interesante”, ¿y todo para qué?

¿Por qué estamos buscando relaciones efímeras y nos da tanto miedo sentir y vivir? ¿Por qué nos da miedo ser intensos? ¿Y cuándo el interés se convirtió en un adjetivo negativo, si en realidad es profundo, fuerte y a menudo apasionado?

Porque sí, ahora lo veo y con gran orgullo sé que soy una mujer intensa. Me encanta mi voz fuerte, me encanta opinar y dialogar, denuncio las injusticias, no permito que me falten al respeto, río en alto, cuento chistes en alto, no dejo que un hombre no me deje opinar y, aunque soy la más pequeña en la mayoría de mis círculos profesionales, eso nunca me ha impedido serme fiel a mí misma.

En un mundo en el que se nos castiga y se nos reprime, ser leales a nuestra forma de ser también es un acto político.

Me declaro una intensa porque me niego a sentir menos, me niego a bajar mi voz, a no decir lo que pienso, a quedarme callada, a no expresar mi sentir y a no gozar de la vida. Porque ser intensa no debería ser una debilidad o una red flag. Me atrevo a decir que ser intensa debería ser la norma.

Pasamos tanto tiempo juzgando a las personas de al lado que a veces se nos olvida vivir y sentir.

When I was eleven, I realised I was an intense woman. At that age, I didn’t really understand the meaning of that word. My classmates would tell me off for speaking so loudly. ‘Don’t shout,’ they’d say, and I didn’t quite understand what they meant, as my voice had always been loud. ‘Don’t speak up so much, don’t tell stories about your family. Why do you always talk about your sisters?’

But since when has being ‘intense’ had a negative connotation? If we look up the word in the dictionary, it is defined as the feminine form of ‘intense’, describing something with great strength, energy or emotional depth. As an adjective, it is used to describe situations, feelings or personalities that are profound, strong and often passionate.

So, really, what was wrong with my voice being strong, with me wanting to tell stories, with me participating in lessons, with me enjoying talking and expressing myself, with me not keeping quiet or holding back my opinions, with me being intense?

I think my classmates didn’t understand how an eleven-year-old girl could cause such a stir without a shred of scruples; they saw their mothers and sisters at home and internalised their attitudes as gentle and kind. I very much doubt that any of them expressed themselves in the way that I did.

However, I still hadn’t answered my own question. I didn’t quite understand what my classmates were complaining about if school was precisely the place where I was meant to develop and express myself. Why did I feel so much rejection from them?

Don’t get me wrong, this isn’t a story of bullying per se, but I do believe I experienced rejection of my personality and my way of being from a very early age. I’d go so far as to say that there are many of us who become aware of the negative aspects of our bodies, our personalities or our emotions at an age when the only thing that should matter is having fun.

I know my classmates expected me not to be disruptive and to fit the mould they’d been taught about what a ‘good girl’ does, but I don’t recall being born to please them. Of course, I’m saying this now, having the tools I need and understanding where their comments were coming from, but it wasn’t always like that.

I found myself judging my own stories; I wondered whether I really should get involved or do certain things. ‘You again, Michelle?’

Little by little, I started to believe those lies, that being intense was a bad thing and that I had to adopt a much more submissive attitude if I didn’t want to get into trouble.

When I reported a case of bullying at my school, the headteacher’s response was that I’d brought it on myself because I had such a strong personality. As is always the case in this sort of situation, the aim was to blame the victim rather than take responsibility for the abusive behaviour taking place at the school.

A teacher could hear whenever I laughed or joined in in the classroom on the second floor, above where I was having lessons, so on more than one occasion he complained to his pupils, saying that wasn’t the sort of tone one should use, and he humiliated me. He even went so far as to silence me from a floor above, can you imagine?

As if everything I’d already been through at school wasn’t enough, in matters of love too I was judged for being intense.

I don’t know how to love half-heartedly, my nature won’t let me. If I like you, I want to give you my heart and my kidney; I want to know about your day, I want to know about your family, I want to understand you and love you the way you like to be loved.

However, my lovers (or so I liked to think) didn’t understand my candour and my questions; they said it was all too much for them. ‘Relax,’ they’d tell me. But what better way to enjoy life than by loving people and showing it every day?

It’s a bother to think that I have to be less intense, that I have to ignore your messages for at least two hours and then reply. Playing the game of acting ‘mysterious’, and all for what?

Why are we seeking fleeting relationships and so afraid to feel and live? Why are we afraid of being intense? And when did ‘intense’ become a negative adjective, when it actually means deep, strong and often passionate?

Because yes, I can see it now, and I’m incredibly proud to say that I’m an intense woman. I love my strong voice, I love having my say and engaging in dialogue, I speak out against injustice, I won’t let anyone disrespect me, I laugh out loud; I tell jokes out loud, I won’t let a man silence me, and although I’m the youngest in most of my professional circles, that’s never stopped me from staying true to myself.

In a world where we are punished and repressed, remaining true to who we are is also a political act.

I declare myself to be intense because I refuse to feel any less, I refuse to lower my voice, to hold back what I think, to stay silent, to suppress my feelings, and to deny myself the joy of life. Because being intense shouldn’t be seen as a weakness or a red flag. I’d go so far as to say that being intense should be the norm.

We spend so much time judging those around us that we sometimes forget to live and feel.

Con once anos decateime de que era unha muller intensa. A esa idade non coñecía ben o significado desa palabra. Os meus compañeiros de clase recriminábanme por falar tan alto. “Non berres”, dicían, e eu non entendía ben a que se referían, se desde sempre a miña voz fora forte. “Non participes tanto, non contes as anécdotas da túa familia. Por que falas sempre das túas irmás?”

Mais, desde cando ser intensa ten unha connotación negativa? Se buscamos a palabra no dicionario, é definida como o feminino de intenso, que describe algo con gran forza, enerxía ou profundidade emocional. Como adxectivo, é usado para describir situacións, sentimentos ou personalidades profundas, fortes e a miúdo apaixonadas.

Entón, realmente, que había de malo en que a miña voz fose forte, que quixese contar historias, que participase nas aulas, que me agradase falar e expresarme, que non quedase calada nin gardase as miñas opinións, que fose intensa?

Creo que os meus compañeiros non entendían como unha nena de once anos podía facer e desfacer tanto sen ningún tipo de escrúpulo; vían na casa e internalizaban as actitudes das súas nais e irmás como apracíbeis e bondadosas. Dubido moito que algunha delas se expresase da forma en que me expresaba eu.

Con todo, seguía sen responder a miña pregunta. Non entendía ben de que se queixaban os meus compañeiros se a escola era xustamente o lugar no cal debía desenvolverme e expresarme.

Por que sentía tanto rexeitamento vindo deles?

Non me entendan mal, isto non é unha historia de bullying per se, mais si creo que coñecín o rexeitamento á miña personalidade e á miña forma de ser desde unha idade moi precoz. Atrévome a dicir que somos moitos os que tomamos conciencia dos aspectos negativos do noso corpo, da nosa personalidade ou da nosa emocionalidade a unha idade en que o único que debería importar é divertirnos.

Eu sei que os meus compañeiros esperaban que non fose disruptiva e que encaixase co molde que lles ensinaran do que fai unha nena boa, mais non recordo ter nacido para os compracer. Claro que isto o digo agora que teño as ferramentas suficientes e que entendo de onde viñan os seus comentarios, mais isto non foi sempre así.

Eu mesma encontreime xulgando as miñas historias, dubidaba se realmente debería participar ou facer as cousas. “Outra vez ti, Michelle?”

Aos poucos fun crendo esas mentiras de que ser intensa era malo e que tiña que adoptar unha actitude moito máis submisa se non quería ter problemas.

Cando denunciei unha situación de acoso no meu colexio, a resposta do director foi que eu o busquei porque a miña personalidade era moi forte. Coma sempre neste tipo de situacións, buscábase culpabilizar a vítima e non se facer responsábel das situacións abusivas que pasaban no colexio.

Un profesor escoitaba cando eu ría e participaba no salón que estaba no segundo andar, enriba de onde eu recibía aulas, polo que máis dunha vez se queixou cos seus alumnos, dicindo que eses non eran os tons para falar e humillábame. Mesmo chegou a silenciarme desde un piso arriba, imaxinádesvos?

Non conforme con todo o que vivira xa na escola, no amor tamén fun xulgada por ser intensa.

Eu non sei amar pouco, a miña natureza non mo permite. Se me gustas, quero entregarte o meu corazón e o meu ril, quero saber do teu día, quero saber da túa familia, quero entenderte e amarte como che gusta ser amado.

Ora ben, os meus amores (ou iso quixen pensar) non entendían a miña franqueza e as miñas preguntas; dicían que todo era demasiado para eles. “Acouga”, dicíanme. Mais, que mellor maneira de desfrutar da vida que amando as persoas e demostrándoo cada día?

Dáme preguiza pensar que teño que ser menos intensa, que teño que ignorar as mensaxes polo menos dúas horas e despois responderte. Xogar ao xogo de facerme “a interesante”, e todo para que?

Por que estamos procurando relacións efímeras e dános tanto medo sentir e vivir? Por que nos dá medo ser intensos? E cando o interese se converteu nun adxectivo negativo, se en realidade é profundo, forte e a miúdo apaixonado?

Porque si, agora véxoo e con grande orgullo sei que son unha muller intensa. Encántame a miña voz forte, encántame opinar e dialogar, denuncio as inxustizas, non permito que me falten ao respecto, río en voz alta, conto chistes en voz alta, non deixo que un home non me deixe opinar e, aínda que son a máis pequena na maioría dos meus círculos profesionais, iso nunca me impediu serme fiel a min mesma.

Nun mundo en que somos castigadas e reprimidas, ser leais á nosa forma de ser tamén é un acto político.

Declárome unha intensa porque me nego a sentir menos, me nego a baixar a voz, a non dicir o que penso, a quedar calada, a non expresar o meu sentir e a non gozar da vida. Porque ser intensa non debería ser unha debilidade o unha red flag. Atrévome a dicir que ser intensa debería ser a norma.

Pasamos tanto tempo xulgando as persoas do lado que ás veces esquecemos vivir e sentir.