¿Soy un mueble de IKEA?

Una reflexión de Ana Broca

Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.

El viernes pasado estuve en terapia. Mi psicóloga me preguntó qué tal habían sido las últimas semanas. Yo solo bebía mi infusión mientras escuchaba la pregunta. Pronto respondí: “Me siento… pragmática, práctica, aburrida, desabrida, sin sabor a nada. Siento que me han dejado de gustar muchas cosas, o incluso las formas de sostenerlas.”

Le dije que había mejorado mucho mi vida. Que ya no era la Ana que trabajaba doce horas seguidas. La que se escapaba al baño para respirar un poco de los gritos de las comandas, la que buscaba el atardecer desde una ventana cualquiera. La que cogía la moto, luego el bus, y caminaba toda una avenida con el cuerpo en tensión para llegar a una cocina donde todo era urgencia, ruido y exigencia. La que se limpiaba las ganas de llorar por la ansiedad de no lograrlo. La que sangraba, se quemaba, se cortaba y no sentía dolor, porque había comandas que sacar.

“Marchamos.”

“¿Puedes llevar esto a la mesa 10?” “¿La 5 está lista para postres?”

“¿Que si es sin gluten? Es una fruta.”

“¿Cómo que entra un menú degustación a las diez de la noche?”

Durante mucho tiempo pensé que recordaría los platos. Que mi vida se quedaría guardada en recetas, técnicas e ingredientes. Pero no. Lo único que recuerdo es cómo se sentía habitar ese cuerpo: el miedo, la adrenalina y la necesidad constante de demostrar que merecía estar ahí. Me enfoqué en eso, en lo que sentía mi cuerpo cuando habitaba esos espacios y tiempos. Y ahora esas memorias se han llenado de autocompasión. A esa chica que se emocionaba cuando le decían qué delicioso estaba el postre, o cuando veía los platos vacíos después de que una mesa había comido un chuletón y aun así daba entrada a sus postres.

La que poco a poco se ganó el respeto de sus compañeros (cabrones), hasta ganarse un lugar en su infierno.

Mi psicóloga me escuchó en silencio y luego dijo algo muy simple, pero dantesco:

—Quizás lo que llamas practicidad es solo otra forma de sobrevivir. Y algo hizo clic.

De repente empecé a observar mi casa: mi escritorio blanco desabrido, mis paredes blancas sin cuadros ni fotos (porque estoy de alquiler). No encuentro color ni textura donde habito, solo practicidad.

Rápidamente, lo entendí: había perdido la belleza.

Lo que me tomó dominar años—el “sabor” en mi trabajo— no lo encontraba en mi propia vida. Quizás mi sufrimiento viene de ahí. La vida bella y nada perfecta está ahí, y yo no quiero verla. Quizás por miedo a vivir fuera de lo práctico.

Recuerdo que muchas de las decisiones de esta casa, o de mi vida, no se tomaron desde el deseo genuino, sino desde el agotamiento. Desde no tener energía para elegir otra cosa. Porque trabajar doce horas diarias (de miércoles a domingo) no te deja mucho margen para desear. Veo esas decisiones aún plasmadas en el escritorio blanco desabrido de IKEA, que compramos porque no teníamos la energía ni la cabeza para pensar en el diseño. Y justo ahora escribo sobre ella. Y entonces me pregunté:

¿Soy un mueble de IKEA?

Práctica y carente de belleza. Me volví lo que juzgué en otros. Miedo a vivir de verdad.

Miedo a ser colorida. Miedo a tener textura. Miedo a tener cicatrices. A tener rayones.

A que, de vez en cuando, se me salga el cajón o tenga ensamblajes raros.

Desde ese día, esa pregunta recorre todos mis espacios. Observo lo fácil que es caer en la banalidad de la belleza de Pinterest o Instagram, donde los deseos se pueden comprar, alquilar o editar. Pero ¿es algo individual o colectivo esta falta de deseo genuino? ¿Soy yo la que decide ir ‘libremente cansada’ hacia esos museos de los “deseos” o vienen ellos a mí como en forma de cura que termina en estafa piramidal? Porque en esta estructura, si el deseo no está capitalizado, no es deseable. Nos venden la ‘practicidad’ como una solución estética, cuando en realidad es el síntoma de nuestras ganas de sobrevivir a este insaciable mundo.

Estamos contaminados por marcas, influencers o discursos de branding que se encargan de decirnos qué desear. Y claro, eso es lo más práctico: si estás agotada, no tienes tiempo ni energía para desear de verdad. No se trata de llenarte de cosas bonitas o de cosas cozy, sino de transformar tus silencios, tus vacíos, tus miedos y tus ilusiones en algo que te permita ver la belleza. Y resurge la pregunta obvia: ¿Existen esos espacios para desear de verdad o hay que crearlos? Hoy clavo el cuchillo en la mantequilla, para mis intentos de encontrar ese espacio. Escribir esto es mi forma de decir que no soy minimalista, ni práctica, ni pretendo serlo más. Soy, más bien, barroca. Y mi deseo está empezando a brotar fuera de cualquier carta. Si la belleza es una necesidad política, mi rebelión empieza en este plato.

Last Friday I was at my therapy session. My psychologist asked me how the last few weeks had been. I just sipped my herbal tea whilst listening to the question. I soon replied: ‘I feel… pragmatic, practical, bored, dull, as if nothing has any flavour. I feel like I’ve stopped enjoying lots of things, or even the ways of holding on to them.’

I told her that my life had improved a lot. That I was no longer the Ana who used to work twelve hours straight. The one who’d slip off to the loo to catch her breath from the shouts of the orders, the one who’d look out for the sunset from any old window. The one who’d hop on her motorbike, then catch the bus, and walk the whole length of an avenue, her body tense, to get to a kitchen where everything was rushing, noise and demands. The one who’d fight back the urge to cry because of the anxiety of not managing it. The one who’d bleed, get burnt, cut herself and feel no pain, because there were orders to fulfil.

‘Let’s get going.’

‘Can you take this to table 10?’ 

‘Is table 5 ready for dessert?’

‘What do you mean, is it gluten-free? It’s a piece of fruit.’

‘What do you mean, a tasting menu at ten o’clock at night it’s coming in?’

For a long time, I thought I would remember the dishes. That my life would be preserved in recipes, techniques and ingredients. But no. The only thing I remember is how it felt to inhabit that body: the fear, the adrenaline, and the constant need to prove that I deserved to be there. I focused on that, on what my body felt when I inhabited those spaces and moments. And now those memories have become filled with self-pity. That girl who would get all excited when people told her how delicious the dessert was, or when she saw the empty plates after a table had eaten a steak and still made room for dessert.

The one who gradually earned the respect of her colleagues (bastards), until she earned herself a place in their hell.

My psychologist listened to me in silence and then said something very simple, yet Dantesque:

‘Perhaps what you call practicality is just another way of surviving.’

And something clicked.

Suddenly I began to look around my flat: my bland white desk, my white walls without any pictures or photos (because I’m renting). I find no colour or texture where I live, only practicality.

I quickly realised: I’d lost sight of beauty.

 

What had taken me years to master—the ‘flavour’ in my work—I couldn’t find in my own life. Perhaps that’s where my suffering comes from. The beautiful, far-from-perfect life is right there, and I don’t want to see it. Perhaps out of fear of living outside the realm of practicality.

I remember that many of the decisions about this house, or about my life, weren’t made from genuine desire, but out of exhaustion. Out of not having the energy to choose anything else. Because working twelve hours a day (from Wednesday to Sunday) doesn’t leave you much room for desire. I can still see those decisions reflected in the bland white IKEA desk we bought because we didn’t have the energy or the mental space to think about design. And right now, I’m writing about it. And so, I asked myself:

Am I a piece of IKEA furniture?

Practical and devoid of beauty. I’ve become what I judged in others. 

Afraid of truly living.

Afraid to be colourful. 

Afraid to have texture. 

Afraid to have scars. 

To have scratches.

Afraid that, every now and then, my drawer might come loose, or I might have odd joints.

Ever since that day, that question has been on my mind. I notice how easy it is to fall into the banality of the beauty found on Pinterest or Instagram, where desires can be bought, rented or edited. But is this lack of genuine desire an individual or a collective phenomenon? Is it me who chooses to wander ‘freely weary’ towards these museums of ‘desires’, or do they come to me as a sort of cure that turns out to be a pyramid scheme? Because within this structure, if desire isn’t capitalised on, it isn’t desirable. They sell us ‘practicality’ as an aesthetic solution, when in reality it is a symptom of our desire to survive in this insatiable world.

We are polluted by brands, influencers and branding narratives that take it upon themselves to tell us what to desire. And of course, that’s the most practical thing: if you’re exhausted, you have neither the time nor the energy to truly desire. It’s not about filling yourself with pretty things or cosy things, but about transforming your silences, your voids, your fears and your hopes into something that allows you to see beauty. And the obvious question arises again: do those spaces for true desire exist, or must we create them? Today I’m cutting right to the chase in my attempts to find that space. Writing this is my way of saying that I’m not a minimalist, nor am I practical, nor do I intend to be any more so. I am, rather, baroque. And my desire is beginning to burst forth beyond any letter. If beauty is a political necessity, my rebellion begins on this plate.

Esta sexta feira estiven en terapia. A miña psicóloga preguntoume que tal foran as últimas semanas. Eu apenas bebía a miña infusión no que escoitaba a pregunta. Axiña respondín: “Síntome… pragmática, práctica, aburrida, eslamiada, sen sabor a nada. Sinto que me deixaron de gustar moitas cousas, ou inclusive as formas de sostelas.”

Díxenlle que mellorara moito a miña vida. Que xa non era a Ana que traballaba doce horas seguidas. A que escapaba ao baño para respirar un pouco dos berros dos pedidos, a que buscaba o atardecer nunha xanela calquera. A que collía a moto, despois o bus, e camiñaba toda unha avenida co corpo en tensión para chegar a unha cociña onde todo era urxencia, ruído e exixencia. A que limpaba a gana de chorar pola ansiedade de non o lograr. A que sangraba, se queimaba, se cortaba e non sentía dor, porque había pedidos que sacar.

“Marchamos.”

“Podes levar isto até a mesa 10?”

“A 5 está lista para a sobremesa?”

“Que se non ten glute? É unha froita.”

“Como vai entrar un menú degustación ás dez da noite?”

 

Durante moito tempo pensei que lembraría os pratos. Que a miña vida quedaría gardada en receitas, técnicas e ingredientes. Mais non. O único que lembro é como se sentía habitar ese corpo: o medo, a adrenalina e a necesidade constante de demostrar que merecía estar aí. Centreime niso, no que sentía o meu corpo cando habitaba eses espazos e tempos. E agora esas memorias enchéronse de autocompaixón. Desa rapaza que se emocionaba cando lle dicían que delicioso estaba a sobremesa, ou cando vía os pratos limpos despois de que unha mesa comera unha costeleta e aínda así daba entrada á sobremesa.

A que aos poucos gañou o respecto dos seus compañeiros (cabróns), até gañar un lugar no seu inferno.

A miña psicóloga escoitoume en silencio e logo dixo algo moi simple, mais dantesco:

 

—Talvez o que chamas practicidade é só outra forma de sobrevivir. E algo fixo clic.

De repente comecei a observar a miña casa: o meu escritorio branco anódino, as miñas paredes brancas sen cadros nin fotos (porque estou de aluguer). Non atopo cor nin textura onde habito, só practicidade.

Rapidamente, entendino: perdera a beleza.

O que me levou anos dominar —o “sabor” no meu traballo— non o atopaba na miña propia vida. Talvez o meu sufrimento vén de aí. A vida bela e nada perfecta está aí, e eu non a quero ver. Se cadra por medo a vivir fóra do práctico.

Lembro que moitas das decisións desta casa, ou da miña vida, non se tomaron desde o desexo xenuíno, senón desde o esgotamento. Desde non ter enerxía para escoller outra cousa. Porque traballar doce horas diarias (de terceira feira a domingo) non che deixa moita marxe para desexar. Vexo esas decisións aínda plasmadas no escritorio branco anódino do IKEA, que compramos porque non tiñamos a enerxía nin a cabeza para pensar no deseño. E xusto agora escribo sobre ela. E entón pregunteime:

¿Son un móbel do IKEA?

Práctica e carente de beleza. Torneime o que xulguei noutros. 

Medo a vivir de verdade.

Medo a ser colorida.

Medo a ter textura.

Medo a ter cicatrices.

A ter raións.

A que, de cando en vez, me saia a gabeta ou teña ensamblaxes estrañas.

 

Desde ese día, esa pregunta percorre todos os meus espazos. Observo o fácil que é caer na banalidade da beleza de Pinterest ou Instagram, onde os desexos poden comprarse, alugarse ou editar. Mais esta falta de desexo xenuíno é algo individual ou colectivo? Son eu a que decide ir ‘libremente cansa’ cara a eses museos dos “desexos” ou veñen eles a min como en forma de cura que termina en estafa piramidal? Porque nesta estrutura, se o desexo non está capitalizado, non é desexábel. Véndennos a ‘practicidade’ como unha solución estética, cando en realidade é o síntoma da nosa gana de sobrevivir a este insaciábel mundo.

Estamos contaminados por marcas, influencers ou discursos de branding que se encargan de dicirnos o que desexar. E claro, iso é o máis práctico: se estás esgotada, non tes tempo nin enerxía para desexar de verdade. Non se trata de encherte de cousas bonitas ou de cousas cozy, senón de transformar os teus silencios, os teus baleiros, os teus medos e as túas ilusións en algo que te permita ver a beleza. E xorde de novo a pregunta obvia: Existen eses espazos para desexar de verdade ou hai que crealos? Hoxe cravo o coitelo na manteiga, para os meus intentos de encontrar ese espazo. Escribir isto é a miña forma de dicir que non son minimalista, nin práctica, nin pretendo selo máis. Son, ora ben, barroca. E o meu desexo está comezando a brotar fóra de calquera carta. Se a beleza é unha necesidade política, a miña rebelión comeza neste prato.

Divendres passat vaig estar a teràpia. La meva psicòloga em va preguntar què tal havien anat les últimes setmanes. Jo només bevia la meva infusió mentre escoltava la pregunta. Aviat vaig respondre: “Em sento… pragmàtica, pràctica, avorrida, insípida, sense gust de res. Sento que m’han deixat d’agradar moltes coses, o fins i tot les formes de sostenir-les.”

Li vaig dir que havia millorat molt la meva vida. Que ja no era l’Ana que treballava dotze hores seguides. La que s’escapava al lavabo per respirar una mica dels crits de les comandes, la que buscava la posta de sol des d’una finestra qualsevol. La que agafava la moto, després l’autobús, i caminava tota una avinguda amb el cos en tensió per arribar a una cuina on tot era urgència, soroll i exigència. La que s’eixugava les ganes de plorar per l’ansietat de no aconseguir-ho. La que sagnava, es cremava, es tallava i no sentia dolor, perquè hi havia comandes per treure.

“Marxem.”
“Pots portar això a la taula 10?”
“La 5 està preparada per a les postres?”
“Que si és sense gluten? És una fruita.”
“Com que entra un menú degustació a les deu de la nit?”

Durant molt de temps vaig pensar que recordaria els plats. Que la meva vida quedaria guardada en receptes, tècniques i ingredients. Però no. L’únic que recordo és com se sentia habitar aquell cos: la por, l’adrenalina i la necessitat constant de demostrar que mereixia ser allà. Em vaig centrar en això, en el que sentia el meu cos quan habitava aquells espais i aquells temps. I ara aquests records s’han omplert d’autocompassió. Per aquella noia que s’emocionava quan li deien que deliciós que estava el postre, o quan veia els plats buits després que una taula s’hagués menjat un entrecot i, tot i així, donés entrada a les seves postres.

La que a poc a poc es va guanyar el respecte dels seus companys (cabronassos), fins a guanyar-se un lloc a l’infern.

La meva psicòloga em va escoltar en silenci i després va dir una cosa molt simple, però dantesca:

—Potser això que anomenes practicitat és només una altra manera de

sobreviure. I alguna cosa va fer clic.

De sobte vaig començar a observar casa meva: el meu escriptori blanc i insípid, les meves parets blanques sense quadres ni fotos (perquè estic de lloguer). No trobo color ni textura allà on habito, només practicitat.

Ràpidament, ho vaig entendre: havia perdut la bellesa.

El que em va costar anys dominar —el “sabor” en la meva feina— no el trobava a la meva pròpia vida. Potser el meu patiment ve d’aquí. La vida bella i gens perfecta és allà, i jo no la vull veure. Potser per por de viure fora d’allò pràctic.

Recordo que moltes de les decisions d’aquesta casa, o de la meva vida, no es van prendre des del desig genuí, sinó des de l’esgotament. Des de no tenir energia per triar una altra cosa. Perquè treballar dotze hores diàries (de dimecres a diumenge) no et deixa gaire marge per desitjar. Veig aquestes decisions encara plasmades en l’escriptori blanc i insípid d’IKEA, que vam comprar perquè no teníem ni l’energia ni el cap per pensar en el disseny. I justament ara escric sobre ella. I aleshores em vaig preguntar:

Soc un moble d’IKEA?
Pràctica i mancada de bellesa. Em vaig convertir en allò que jutjava en els altres.
Por de viure de veritat.
Por de ser acolorida.
Por de tenir textura.
Por de tenir cicatrius.
De tenir esgarrapades.
Que, de tant en tant, se’m surti el calaix o tingui encaixos estranys.

Des d’aquell dia, aquesta pregunta recorre tots els meus espais. Observo com n’és de fàcil caure en la banalitat de la bellesa de Pinterest o Instagram, on els desitjos es poden comprar, llogar o editar. Però, és una cosa individual o col·lectiva aquesta falta de desig genuí? Soc jo qui decideix anar “lliurement cansada” cap a aquells museus dels “desitjos” o són ells els que venen a mi com una forma de cura que acaba sent afirmativa? Perquè en aquesta estructura, si el desig no està capitalitzat, no és desitjable. Ens venen la “practicitat” com una solució estètica, quan en realitat és el símptoma de les nostres ganes de sobreviure en aquest món insaciable.

Estem contaminats per marques, influencers o discursos de branding que s’encarreguen de dir-nos què hem de desitjar. I, és clar, això és el més pràctic: si estàs esgotada, no tens temps ni energia per desitjar de veritat. No es tracta d’omplir-te de coses boniques o de coses cozy, sinó de transformar els teus silencis, els teus buits, les teves pors i les teves il·lusions en alguna cosa que et permeti veure la bellesa. I ressorgeix la pregunta òbvia: Existeixen aquests espais per desitjar de veritat o cal crear-los? Avui clavo el ganivet a la mantega, pels meus intents de trobar aquest espai. Escriure això és la meva manera de dir que no soc minimalista, ni pràctica, ni pretenc ser-ho més. Soc, més aviat, barroca. I el meu desig està començant a brotar fora de qualsevol carta. Si la bellesa és una necessitat política, la meva rebel·lió comença en aquest plat.

Aurreko ostiralean terapian egon nintzen. Azkeneko asteak nolakoak izan ziren galdetu zidan nire psikologoak. Galdera entzuten nuen bitartean nire infusioa besterik ez nuen edaten. Azkar erantzun nuen: “Pragmatika, praktikoa, aspertuta, gozogabea, zaporerik gabekoa… sentitzen naiz. Gustuko nituen gauza asko jada gustatzen ez badidate bezala sentitzen naiz, baita horiek eusteko forma ere.”

Nire bizitza asko hobetu zela esan nion. Hamabi ordu jarraian lan egiten zituen Ana ja ez nintzela. Eskarien oihuetatik arnasa hartzea helburuz komunera eskapo egiten zuena, edozein lehiotatik arrastua bilatzen zuena. Motorra hartzen zuena, gero autobusa eta gorputz osoa tentsioz beteta etorbide oso bat ibiltzen zuena, hori guztia larrialdiz, soinuz eta exijentziaz betetako sukaldera iristearren. Lortu ez izanaren antsietateagatik negar egiteko gogoak garbitzen zituena. Odoletan zegoena, erretzen zena, mozten zena eta minik sentitzen ez zuena, izan ere, atera beharreko eskariak zeuden. 

“Irteera”

“10. mahaira eraman dezaket hau?”

“5. mahia prest dago postreentzako?”

“Glutenik gabekoa ea den? Fruta bat da”

“Nola izan daiteke dastatze menu bat gaueko hamarretan izatea?”

Denbora luzez, platerrak oroituko nituela uste nuen. Nire bizitza errezetetan, tekniketan eta osagaietan gordeta geratuko zela. Baina ez. Oroitzen dudan bakarra, gorputz horretan bizitzea nola sentitzen zen da: beldurra, adrenalina eta bertan egotea merezi nuela demostratzearen behar konstantea. Horretan kontzentratu nintzen, garai eta toki horietan nire gorputzak sentitzen zuenean. Eta orain, oroitzapen horiek gupidaz bete naute. Postrea zeinen gozoa zegoen esaten ziotenean hunkitzen zen neska hori, edo txuletoi bat jan ondoren platerrak hutsik ikusten zituenean eta hala eta guztiz ere, postreak ere eskatzen zituztenean. 

Pixkanaka-pixkanaka bere taldekideen (kabroiak) errespetua irabazi zuena, bere infernuan toki bat irabazi arte. 

Nire psikologoak isiltasunez entzun ninduen eta ondoren, gauza oso sinple baina ikaragarria esan zuen: 

– Agian praktikotasuna deitzen duzun hori bizirik irauteko beste bide bat besterik ez da.

Eta zerbaitek klik egin zuen. 

Bat-batean, nire etxea miatzen hasi nintzen: nire gustugabeko idaztegi zuria, argazkirik eta margolanik gabeko pareta zuriak (alokatzen bainago). Ez dut bizi naizen tokian kolorerik ez testurarik aurkitzen, praktikotasuna soilik. 

Azkar ulertu nuen: edertasuna galdu nuen.

Urte luzez menderatzea kostatu zitzaidan hori –nire lanaren “zaporea”– ez nuen nire bizitza propioan aurkitzen. Izan daiteke nire sufrimendua hortik etortzea. Bizitza ederra eta ez perfektua bertan dago, eta nik ez dut ikusi nahi. Agian praktikotasunaren kanpo bizitzearen beldurragatik. 

Oroitzen dut nire bizitzaren edo etxe honen inguruko erabaki asko desira purutik ez, baina neketasunetik hartu zirela. Besterik aukeratzeko energia ez izanagatik. Izan ere, hamabi orduz egunero lan egiteak (asteazkenetik igandera) ez dizu desiratzeko tarte askorik uzten. Erabaki horiek, diseinuan pentsatzeko bururik eta energiarik ez genuelako erosi genuen IKEAko gustugabeko idaztegi zurian islatuak ikusten ditut. Eta orain, hari buruz hitz egiten dut. Orduan, nire buruari galdetu nion: 

IKEAko altzari bat naiz?

Praktikoa eta edertasunik gabekoa. Besteak epaitu nituen horretan bilakatu nintzen. 

Benetan bizitzeko beldurra. 

Koloretsua izateko beldurra.

Testura izateko beldurra. 

Orbainak izateko beldurra. 

Marradurak izateko.

Noiz behinka kaxoia aterako zailadala edo nire muntatzea arraroa izango dela beldurrez. 

Harrezkero, galdera hori nire ingurumen guztietan dago. Pinteresten edo Instagramen edertasunaren hutsalkerian erortzea zeinen erreza den ikusten dut, non desirak erosi, alokatu edo editatu daitekeen. Baina desira puru honen falta, banakoa hala kolektiboa da? “Desiren” museo horiengana “aske nekaturik” joatea erabakitzen duena ni neu naiz, edo izugarrizko maula batean amaitzen duten baina sendabide itxurarekin niregana etortzen dira haiek? Izan ere, egitura honetan, desira kapitalizatua ez badago, ez da desiragarria. ’Praktikotasuna’ konponbide estetiko moduan saltzen digute, baina egiatan, mundu aseezin honetan bizirauteko gure gogoen sintoma da. 

Desiratu behar duguna esaten diguten markaz, influencerrez edo branding inguruko diskurtsoz kutsatuak gaude. Eta noski, hori praktikoena da: akituta bazaude, benetan desiratzeko energiarik eta denborarik ez baduzu. Helburua ez da gauza politaz edo cozy diren gauzaz betetzea, baizik eta zure isiltasunak, zure hutsuneak, zure beldurrak eta zure ilusioak, edertasuna ikustea baimentzen dizun zerbaitetan transformatzea. Eta argi dagoen galdera berragertzen da: Benetan desiratzako ingurumen horiek existitzen dira edo sortu behar dira? Gaur labana gurinean iltzatzen dut, ingurumen hori aurkitzeko nire saiakerentzako. Hau idaztea, minimalista ez naizela, ezta praktikoa, ezta ja izaten ahalegintzen ez naizela esateko nire modua da. Hobeto esanda, konplexua naiz. Eta nire desira, edozein kartaz kanpo hazten hasi da. Edertasuna behar politiko bat baldin bada, nire matxinada plater honetan hasten da.