Una reflexión de Mireya Menchén Artacho
Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.
Me encanta la animación, aquello que durante décadas hemos llamado simplemente “dibujos animados”. A medida que me he hecho adulta y que mi mirada se ha vuelto más crítica con la sociedad y mi entorno, más claro tengo que la animación me acompañará siempre. También me acompaña, inevitablemente, mi mirada de socióloga: puede que donde otras personas solo vean animales que hablan, yo vea representaciones alternativas y profundamente críticas de la sociedad en la que vivimos.
No soy, ni mucho menos, una excepción. Cada vez somos más las personas adultas que consumimos animación occidental, en parte porque el catálogo de series explícitamente “no infantiles” ha crecido de forma exponencial con las plataformas de streaming. Sin olvidar a las pioneras que marcaron el camino, como Los Simpson, South Park o Padre de familia, hoy muchas creadoras y productoras han entendido que la animación puede ir mucho más allá. Hoy, la animación representa mundos donde no operan las imposiciones de belleza ni las reglas del heterocispatriarcado; muestra sociedades en conflicto sin necesidad de recurrir al drama, y lo hace, además, desde el color, el humor y lo absurdo.
Uno de los aspectos más evidentes es que la animación permite mostrar lo que otros formatos no pueden. A veces lo hace a través de una falsa neutralidad asociada a “lo infantil”, que funciona como cobertura política; otras, mediante el humor, lo grotesco o la exageración, herramientas especialmente eficaces para evidenciar las estructuras de poder. Esta capacidad de decir sin parecer que se está diciendo es, precisamente, lo que muchas personas no esperan encontrar cuando creen que están “solo viendo dibujitos”. En la serie Avatar: The Last Airbender se desarrolla un profundo cuestionamiento al militarismo, al colonialismo y a las masculinidades hegemónicas. Por su parte, Bojack Horseman articula una crítica feroz a la cultura del éxito y a la impunidad masculina, al tiempo que muestra cómo la depresión crónica es una condición estructural que atraviesa al protagonista.
Asimismo, esta capacidad para representar lo que no tiene forma en la realidad permite dar cuerpo a emociones, traumas y procesos internos que el realismo difícilmente podría mostrar sin banalizarlos. En Tuca & Berti, por ejemplo, se representa el trauma sexual mediante metáforas físicas invasivas (edificios que colapsan, criaturas que irrumpen en su cuerpo), evitando la espectacularización de la violencia. Big Mouth convierte la experiencia emocional adolescente en un universo poblado por criaturas simbólicas: la depresión como una gata que se acurruca sobre ti y no te deja moverte; la ansiedad como un mosquito que zumba sin parar en tu cabeza; la vergüenza como un mago que aparece cuando menos lo esperas; o la menopausia como una banshee desbordante y ruidosa. De este modo, la ilustración se convierte aquí en un lenguaje emocional y político a la vez. Sin alejarnos de Big Mouth, la narrativa animada demuestra también que puede mostrar experiencias que, en imagen real, serían censuradas, ridiculizadas o directamente imposibles. ¿En qué serie realista podríamos ver una vagina enseñando a masturbarte o a un tampón cantando sobre la primera menstruación sin que se convierta en escándalo?
Esta misma libertad se extiende al ámbito de las identidades sexoafectivas. Muchas series de animación presentan identidades queer y disidencias sin recurrir al relato habitual del castigo, la tragedia o el sufrimiento como destino inevitable. Los personajes queer existen más allá de su orientación o identidad, sin necesidad de pedagogías forzadas ni explicaciones constantes para justificar su presencia. La normalización se produce por acumulación, por convivencia y por relato compartido. En Steven Universe se representan identidades no binarias y relaciones queer sin necesidad de etiquetas explícitas. Además, la metáfora de la fusión entre personajes funciona a la perfección como una reflexión sobre el consentimiento, la intimidad y los límites emocionales. En Helluva Boss se reapropian de lo grotesco y lo obsceno para hablar de la culpa, el deseo y el trauma, presentando a personajes queer complejos y emocionalmente dañados, sin exigir ejemplaridad.
En cuanto a la feminidad, la animación rompe esquemas de forma especialmente contundente. Nos muestra mujeres imperfectas, contradictorias, cansadas o enfadadas, que rechazan el “modelo aspiracional” impuesto. Mujeres con derecho al error, al fracaso y, sobre todo, al deseo, sin que este deba ser castigado o corregido narrativamente. Arcane es un ejemplo especialmente significativo de mujeres poderosas sin romantizar el sufrimiento y evitando dividir a las mujeres entre “buenas” y “malas”, apostando por personajes atravesados por el conflicto. La protagonista de Disenchantment rechaza explícitamente el destino de la princesa obediente, parodiando el matrimonio y la feminidad normativa como instituciones opresivas.
Del mismo modo, estas series cuestionan las masculinidades hegemónicas. Aparecen hombres vulnerables, emocionalmente desorientados, lejos del ideal del héroe fuerte, autosuficiente y violento. También se ensayan nuevas masculinidades más cuidadoras, aunque atravesadas por la confusión propia de una sociedad patriarcal que sigue empujándolos hacia el rol del “macho dominante”. The Dragon Prince ofrece, en este sentido, varios modelos de masculinidad empática y vulnerable, alejados del arquetipo heroico tradicional.
Por todo ello, reivindico la animación como un medio con lenguaje político pleno. Este tipo de género abre espacio a relatos que no encajan en el realismo dominante y acoge lo femenino, lo queer, lo precario, lo alternativo y lo incómodo. Permite hablar de violencias sin reproducirlas, visibiliza experiencias excluidas de la jerarquía cultural heterocispatriarcal y ofrece un espacio desde el que pensar el mundo desde la vulnerabilidad sin renunciar al pensamiento crítico. Y, hoy más que nunca, eso no es un entretenimiento menor: es una necesidad política.
I love animation, what we’ve simply called ‘cartoons’ for decades. As I’ve grown into adulthood and my perspective on society and my surroundings has become more critical, it’s become increasingly clear to me that animation will always be a part of my life. My perspective as a sociologist also inevitably comes into play: whilst other people might just see talking animals, I see alternative and deeply critical representations of the society in which we live.
I am by no means an exception. More and more of us adults are watching Western animation, partly because the catalogue of series explicitly ‘not for children’ has grown exponentially with streaming platforms. Without forgetting the pioneers who paved the way, such as The Simpsons, South Park and Family Guy, many female creators and producers today have realised that animation can go much further. Today, animation depicts worlds where beauty standards and the rules of heterocispatriarchy do not apply; it portrays societies in conflict without resorting to drama, and does so through colour, humour and the absurd.
One of the most obvious aspects is that animation allows us to show what other formats cannot. Sometimes it does so through a false neutrality associated with ‘childishness’, which acts as a political cover; at other times, through humour, the grotesque, or exaggeration, tools that are particularly effective at exposing power structures. This ability to say something without appearing to do so is precisely what many people do not expect to find when they think they are ‘just watching cartoons’. The series Avatar: The Last Airbender explores a profound critique of militarism, colonialism and hegemonic masculinities. Likewise, Bojack Horseman articulates a fierce critique of the culture of success and male impunity, whilst showing how chronic depression is a structural condition that permeates the protagonist’s life.
Furthermore, this ability to represent what has no form in reality allows emotions, traumas and internal processes to be given substance, things that realism would struggle to portray without trivialising them. In Tuca & Berti, for example, sexual trauma is depicted through invasive physical metaphors (buildings collapsing, creatures invading her body), thereby avoiding the sensationalisation of violence. Big Mouth transforms the emotional experience of adolescence into a universe populated by symbolic creatures: depression as a cat that curls up on top of you and won’t let you move; anxiety as a mosquito buzzing incessantly in your head; shame as a magician who appears when you least expect it; or the menopause as an overwhelming, noisy banshee. In this way, illustration becomes here a language that is both emotional and political. Staying with Big Mouth, animated storytelling also demonstrates that it can depict experiences which, in live-action, would be censored, ridiculed or simply impossible to portray. In what realistic series could we see a vagina teaching you how to masturbate or a tampon singing about your first period without it causing a scandal?
This same freedom extends to the realm of sexual and intimate identities. Many animated series portray queer identities and non-conformity without resorting to the usual narrative of punishment, tragedy, or suffering as an inevitable fate. Queer characters exist beyond their orientation or identity, without the need for forced moralising or constant explanations to justify their presence. Normalisation occurs through accumulation, coexistence and a shared narrative. In Steven Universe, non-binary identities and queer relationships are portrayed without the need for explicit labels. Furthermore, the metaphor of fusion between characters works perfectly as a reflection on consent, intimacy and emotional boundaries. In Helluva Boss, the creators reappropriate the grotesque and the obscene to explore guilt, desire and trauma, presenting complex and emotionally scarred queer characters without demanding they be role models.
When it comes to femininity, the animation breaks the mould in a particularly forceful way. It shows us women who are imperfect, contradictory, weary, or angry, who reject the imposed ‘aspirational model’. Women with the right to make mistakes, to fail and, above all, to desire, without this being punished or narratively corrected. Arcane is a particularly significant example of powerful women, without romanticising suffering and avoiding the division of women into ‘good’ and ‘bad’, opting instead for characters torn by conflict. The protagonist of Disenchantment explicitly rejects the fate of the obedient princess, satirising marriage and normative femininity as oppressive institutions.
Similarly, these series challenge hegemonic masculinities. We see men who are vulnerable and emotionally adrift, a far cry from the ideal of the strong, self-sufficient and violent hero. New, more caring forms of masculinity are also explored, albeit fraught with the confusion inherent in a patriarchal society that continues to push them towards the role of the ‘dominant macho’. In this regard, The Dragon Prince offers various models of empathetic and vulnerable masculinity, far removed from the traditional heroic archetype.
For all these reasons, I champion animation as a medium with a fully-fledged political language. This genre opens up space for narratives that do not fit within the dominant realism and embraces the feminine, the queer, the precarious, the alternative and the uncomfortable. It allows us to discuss forms of violence without reproducing them, brings to light experiences excluded from the heterocispatriarchal cultural hierarchy, and offers a space from which to reflect on the world through the lens of vulnerability without relinquishing critical thinking. And, today more than ever, this is not mere light entertainment: it is a political necessity.
Encántame a animación, aquilo que durante décadas chamamos simplemente “debuxos animados”. A medida que virei adulta e que a miña mirada se tornou máis crítica coa sociedade e co meu ámbito, máis claro teño que a animación me acompañará sempre. Tamén acompáñame, inevitabelmente, a miña mirada de socióloga: pode que onde outras persoas só vexan animais que falan, eu vexa representacións alternativas e profundamente críticas da sociedade en que vivimos.
Non son, nin moito menos, unha excepción. Cada vez somos máis as persoas adultas que consumimos animación occidental, en parte porque o catálogo de series explicitamente “non infantís” medrou de forma exponencial coas plataformas de streaming. Sen esquecer as pioneiras que marcaron o camiño, como The Simpsons, South Park ou Family Guy, hoxe moitas creadoras e produtoras entenden que a animación pode ir moito máis alá. Hoxe, a animación representa mundos onde non operan as imposicións de beleza nin as regras do heterocispatriarcado; mostra sociedades en conflito sem necesidade de recorrer ao drama, e faimo, ademais, desde a cor, o humor e o absurdo.
Un dos aspectos máis evidentes é que a animación permite mostrar o que outros formatos non poden. Ás veces faino a través dunha falsa neutralidade asociada ao “infantil”, que funciona como cobertura política; outras, mediante o humor, o grotesco ou a exaxeración, ferramentas especialmente eficaces para evidenciar as estruturas de poder. Esta capacidade de dicir sen parecer que se está dicindo é, precisamente, o que moitas persoas non esperan encontrar cando cren que están “só vendo caricaturas”. Na serie Avatar: The Last Airbender desenvólvese un profundo cuestionamiento do militarismo, do colonialismo e das masculinidades hexemónicas. Por outra banda, Bojack Horseman articula unha crítica feroz da cultura do éxito e da impunidade masculina, ao mesmo tempo que mostra como a depresión crónica é unha condición estrutural por que o protagonista é atravesado.
De igual xeito, esta capacidade para representar o que non ten forma na realidade permite dar corpo a emocións, traumas e procesos internos que o realismo dificilmente podería mostrar sen os banalizar. En Tuca & Berti, por exemplo, represéntase o trauma sexual mediante metáforas físicas invasivas (edificios que colapsan, criaturas que irrompen no seu cuerpo), evitando a espectacularización da violencia. Big Mouth converte a experiencia emocional adolescente nun universo habitado por criaturas simbólicas: a depresión como unha gata que se arrecuncha sobre ti e non te deixa mover; a ansiedade como un mosquito que zumba sen parar na túa cabeza; a vergoña como un mago que aparece cando menos o esperas; ou a menopausia como unha banshee desbordante e ruidosa. Deste modo, a ilustración transfórmase aquí nunha linguaxe emocional e política á vez. Sen afastarnos de Big Mouth, a narrativa animada demostra tamén que pode mostrar experiencias que, en imaxe real, serían censuradas, ridiculizadas ou directamente imposíbeis. ¿En que serie realista poderiamos ver unha vaxina mostrando a masturbarte ou a un tampón cantando sobre a primeira menstruación sen que se torne en escándalo?
Esta mesma liberdade esténdese ao ámbito das identidades sexoafectivas. Moitas series de animación presentan identidades queer e disidencias sen recorrer ao relato habitual do castigo, a traxedia ou o sufrimento como destino inevitábel. As personaxes queer existen alén da súa orientación ou identidade, sen necesidade de pedagoxías forzadas nin explicacións constantes para xustificar a súa presenza. A normalización prodúcese por acumulación, por convivencia e por relato compartido. En Steven Universe represéntanse identidades non binarias e relacións queer sen necesidade de etiquetas explícitas. Ademais, a metáfora da fusión entre personaxes funciona á perfección como unha reflexión sobre o consentimento, a intimidade e os límites emocionais. En Helluva Boss reaprópianse do grotesco e do obsceno para falar da culpa, o desexo e o trauma, presentando a personaxes queer complexas e magoadas emocionalmente, sen exixir exemplaridade.
Canto á feminidade, a animación rompe esquemas de forma especialmente contundente. Móstranos mulleres imperfectas, contraditorias, cansas ou enfadadas, que rexeitan o “modelo aspiracional” imposto. Mulleres con dereito ao erro, ao fracaso e, sobre todo, ao desexo, sen que este deba ser castigado ou corrixido narrativamente. Arcane é un exemplo especialmente significativo de mulleres poderosas sen romantizar o sufrimento e evitando dividir as mulleres entre “boas” e “malas”, apostando por personaxes atravesadas polo conflito. A protagonista de Disenchantment rexeita explicitamente o destino da princesa obediente, parodiando o matrimonio e a feminidade normativa como institucións opresivas.
Do mismo xeito, estas series cuestionan as masculinidades hexemónicas. Aparecen homes vulnerabéis, emocionalmente desorientados, lonxe do ideal do heroe forte, autosuficiente e violento. Tamén ensáianse novas masculinidades máis coidadoras, aínda que atravesadas pola confusión propia dunha sociedade patriarcal que continúa a empurrar en dirección ao rol do “macho dominante”. The Dragon Prince ofrece, neste sentido, varios modelos de masculinidade empática e vulnerábel, afastados do arquetipo heroico tradicional.
Por todo isto, reivindico a animación como un medio con linguaxe política plena. Este tipo de xénero abre espazo a relatos que non encaixan no realismo dominante e acolle o feminino, o queer, o precario, o alternativo e o incómodo. Permite falar de violencias sen as reproducir, visibiliza experiencias excluídas da xerarquía cultural heterocispatriarcal e ofrece un espazo do cal pensar o mundo a partir da vulnerabilidade sen renunciar ao pensamento crítico. E, hoxe máis ca nunca, iso non é un entretemento menor: é unha necesidade política.
M’encanta l’animació, allò que durant dècades hem anomenat simplement “dibuixos animats”. A mesura que m’he fet adulta i que la meva mirada s’ha tornat més crítica amb la societat i el meu entorn, tinc més clar que l’animació m’acompanyarà sempre. També m’acompanya, inevitablement, la meva mirada sociòloga: pot ser que, on altres persones només vegin animals que parlen, jo hi vegi representacions alternatives i profundament crítiques de la societat on vivim.
No soc, ni de bon tros, una excepció. Cada cop som més les persones adultes que consumim animació occidental, en part perquè el catàleg de sèries explícitament “no infantils” ha crescut de forma exponencial amb les plataformes de streaming. Sense oblidar a les pioneres que van marcar el camí, com Els Simpson, South Park o Pare de família, avui moltes creadores i productores han entès que l’animació pot anar molt més enllà. Avui, l’animació representa mons on no operen les imposicions de bellesa ni les regles de l’heterocispatriarcat; mostra societats en conflicte sense necessitat de recórrer al drama, i ho fa, a més, des del color, l’humor i allò absurd.
Un dels aspectes més vidents és que l’animació permet mostrar el que altres formats no poden. A vegades ho fa a través d’una falsa neutralitat associada a “allò infantil”, que funciona com a cobertura política; altres, mitjançant l’humor, allò grotesc o l’exageració, eines especialment eficaces per evidenciar les estructures de poder. Aquesta capacitat de dir sense semblar que es diu és, precisament, el que moltes persones no esperen trobar quan creuen que estan “veient només dibuixos”. A la sèrie Avatar: The Last Airbender, es desenvolupa un profund qüestionament al militarisme, al colonialisme i a les masculinitats hegemòniques. Per altra banda, Bojack Horseman articula una crítica feroç a la cultura de l’èxit i a la impunitat masculina, alhora que mostra com la depressió crònica és una condició estructural que travessa el protagonista.
Així mateix, aquesta capacitat per representar el que no té forma a la realitat permet donar cos a emocions, traumes i processos interns que el realisme difícilment podria mostrar sense banalitzar-los. A Tuca & Berti, per exemple, es representa el trauma sexual mitjançant metàfores físiques invasores (edificis que col·lapsen, criatures que irrompen en el seu cos), evitant l’espectacularització de la violència. Big Mouth converteix l’experiència emocional adolescent en un univers poblat per criatures simbòliques: la depressió com a gata que s’arrauleix sobre teu i no et deixa moure; l’ansietat com a un mosquit que zumzeja sense parar al teu cap; la vergonya com a un mag que apareix quan menys ho esperes; o la menopausa com a una banshee desbordant i sorollosa. D’aquesta forma, la il·lustració es converteix aquí en un llenguatge emocional i polític a la vegada. Sense allunyar-nos de Big Mouth, la narrativa animada demostra també que pot mostrar experiències que, en imatge real, serien censurades, ridiculitzades o directament impossibles. A quina sèrie realista podríem veure una vagina ensenyant a masturbar-te o a un tampó cantant sobre la primera menstruació sense que es converteixi en escàndol?
Aquesta mateixa llibertat s’estén a l’àmbit de les identitats sexoafectives. Moltes sèries d’animació presenten identitats queer i dissidències sense recórrer al relat habitual del càstig, la tragèdia o el patiment com a destí inevitable. Els personatges queer existeixen més enllà de la seva orientació o identitat, sense necessitat de pedagogies forçades ni explicacions constants per justificar la seva presència. La normalització es produeix per acumulació, per convivència i per relat compartit. A Steven Universe es representen identitats no binàries i relacions queer sense necessitat d’etiquetes explícites. A més, la metàfora de la fusió entre personatges funciona a perfecció com una reflexió sobre el consentiment, la intimitat i els límits emocionals. A Helluva Boss es reapropien d’allò grotesc i allò obscè per parlar de la culpa, el desig i el trauma, presentant a personatges queer complexos i emocionalment danyats, sense exigir exemplaritat.
Pel que fa a la feminitat, l’animació trenca els esquemes de forma especialment contundent. Ens mostra dones imperfectes, contradictòries, cansades o enfadades, que rebutgen el “model inspiracional” imposat. Dones amb drets a l’error, al fracàs i, sobretot, al desig, sense que aquest hagi de ser castigat o corregit narrativament. Arcane és un exemple especialment significatiu de dones poderoses sense romantitzar el patiment i evitant dividir les dones entre “bones” i “dolentes”, apostant per personatges travessats pel conflicte. La protagonista de Disenchantment rebutja explícitament el destí de la princesa obedient, parodiant el matrimoni i la feminitat normativa com a institucions opressives.
De la mateixa manera, aquestes sèries qüestionen les masculinitats hegemòniques. Apareixen homes vulnerables, emocionalment desorientats, lluny de l’ideal de l’heroi fort, autosuficient i violent. També s’assagen noves masculinitats més cuidadores, encara travessades per la confusió pròpia d’una societat patriarcal que segueix empenyent-los cap al rol del “mascle dominant”. The Dragon Prince ofereix, en aquest sentit, diversos models de masculinitat empàtica i vulnerable, allunyats de l’arquetip heroic tradicional.
Per tot això, reivindico l’animació com un medi amb llenguatge polític ple. Aquest tipus de gènere obre espais a relats que no encaixen en el realisme dominant i acull allò femení, queer, precari, alternatiu i incòmode. Permet parlar de violències sense reproduir-les, visibilitza experiències excloses de la jerarquia cultural heterocispatriarcal i ofereix un espai des d’on pensar el món des de la vulnerabilitat sense renunciar al pensament crític. I, avui més que mai, això no és un entreteniment menor: és una necessitat política.
Animazioa oso gustukoa dut, hamarkadak zehar “marrazki bizidunak” besterik ez deitu dugun hori. Heldua egin naizen neurrian eta nire begirada gizartearekin eta nire ingurumenarekin kritikoagoa bilakatu den heinean, geroz eta ziurrago daukat animazioa nirekin beti izango dudala. Ezinbestean, nire begirada psikologikoak ere akonpainatzen nau: izan daiteke beste pertsonek, hitz egiten dituzten animaliak besterik ez ikusten duten horretan, ni bizitzen dugun gizartearen inguruko irudikapen alternatibo eta sakonki kritikoak ikustea.
Ez naiz, ezta pentsatu ere, salbuespen bat. Geroz eta gehiago gara mendebaldeko animazioa kontsumitzen dugun helduak, neurri batean, esplizituki “umeentzako ez diren” serieen katalogoa streaming plataformei esker esponentzialki hazi delako. Bidea seinalatu zuten aitzindariak ahaztu gabe, esate baterako, The Simpson, South Park edo Family Guy. Gaur egun, sortzaile eta produkzio-etxe askok, animazioa haratago joan daitezkeela ulertu dute. Egun, animazioak, edertasunaren inposizioak eta heteropatriarkatuaren arauak jokatzen ez duten munduak irudikatzen ditu; dramarengana jo gabe, gizarteak gatazkan irudikatzen ditu, eta benetan lortzen du, gainera, kolorearen, umorearen eta zentzugabetasunaren bitartez.
Nabari den alderdi bat, animazioak beste formatu batzuk irudikatu ezin duten hori erakustea lortzen duela da. Batzuetan, “umeentzako” den horrekin lotuta dagoen neutraltasun faltsu batekin egiten du, estalki politiko bide balio duena; bestetan, umorearen, irrigarri den horren edo gehiegikeriaren bitartez, boterearen egiturak agerian jartzeko bereziki eraginkorrak diren tresnak. Gauzak esateko gaitasuna, baina benetan esaten ari ez direla itxuraz, da hain zuzen ere, pertsona askok “marrazki bizidunak besterik ez” ikusten ari direla uste dutenean, aurkitzea espero ez dutena. Avatar: The Last Airbender seriean, militarismo, kolonialismo eta maskulinitate hegemonikoen inguruko zalantza jartze sakon bat garatzen da. Bojack Horsemanek, arrakastasunaren kultura eta inpunitate maskulinoa gogor kritikatzen ditu, eta era berean, depresio kronikoa nola protagonista zeharkatzen duen baldintza estrukturala den adierazten du.
Halaber, errealitatean formarik ez duen hori irudikatzeko gaitasun honek, errealismoak gu banalizatu gabe nekez adieraztea lortzen dituen emozioak, traumak eta barneko prozesuak sakontzen ahalbidetzen du. Tuca & Berti seriean adibidez, trauma sexuala metafora fisiko inbaditzaileen bidez irudikatzen da (kolapsatzen diren eraikinak, bere gorputzean bat-batean sartzen diren sorkariak), indarkeriaren espekulazioa saihestuz. Big Mouth serieak, gaztaroaren esperientzia emozionala sorkari sinbolikoez betetako unibertso batean bilakatzen du: depresioa, zure gainean hozmintzen den eta mugitzea ahalbidetzen ez duen katu bat bezala; antsietatea, zure buruan etengabe burrunbatzen duen moskito bat bezala; lotsa, gutxien espero duzunean agertzen den mago bat bezala; edo menopausia, banshee gehiegizko eta zaratatsu bat bezala. Horrela, ilustrazioa hizkuntza emozional eta politikoan bilakatzen da. Big Mauthetik urrundu gabe, narratiba bizidunak, errealitatean zentsuratuak, irrigarri utzita edo zuzenean ezinezkoak izango ziren esperientziak irudikatu ahal dituela adierazten du. Ze serie errealistan izango genuke masturbatzen erakusten dizun bagina bat edo bere lehen hilekoaren inguruan abesten duen tanpoi bat ikusteko aukera eskandalu batean bilakatu gabe?
Askatasun hau, identitate sexuafektiboen eremura zabaltzen da. Animaziozko serie askok, identitate queerrak eta disidentziak erakusten dituzte, zigorraren, tragediaren edo sufrimendua destino saihestezinaren kontakizun ohikoa erabili gabe. Pertsonai queerrak haien orientazio edo identitatea baino haratago existitzen dira, haien presentzia justifikatzeko beharturiko pedagogiarik edo azalpen konstanterik gabe. Normalizazioa, pilaketa, bizikidetasuna eta kontaketa partekatuagatik gertatzen da. Steven Universe seriean, etiketa esplizituen beharrik gabe, identitate ez bitarrak eta harreman queerrak irudikatzen dira. Gainera, pertsonaien arteko fusioaren metaforak, baimenaren, intimitatearen eta limite emozionalen inguruko hausnarketa bide balio du. Helluva Bosses, likits eta gordina den horretaz egokitzen da, errua, desira eta traumari buruz hitz egiteko, pertsonai queer konplexu eta emozionalki zaurituak aurkeztuz, eredugarritasuna exijitu gabe.
Feminitateari dagokionez, animazioak, eskemak bide bereziki sendo batez apurtzen ditu. Emakume ez-perfektuak, kontraesankorrak, nekatutak edo haserretutak erakusten dizkigu, inposatutako “helburuzko eredua” errefusatzen dutenak. Akatsak izateko, porrot egiteko, eta batez ere, desira izateko eskubideak dituzten emakumeak, hau guztia zigortuta edo narratiban zuzenduta izan gabe. Arcane, sufrimendua erromantizatu gabe eta emakumeak “onak” eta “txarrak” izenetan sailkatzea saihestuta, emakume boteretsuen adibide bereziki garrantzitsua da, gatazkak zeharkatutako pertsonaien alde eginez. Disenchantment seriearen protagonistak, printzesa obedientearen patua esplizituki errefusatzen du, ezkontza eta feminitate normatiboa erakunde zapaltzaile gisa parodiatuz.
Bide berean, serie hauek maskulinitate hegemonikoak zalantzan jartzen dituzte. Gizon zaurgarriak agertzen dira, emozionalki nahasiak, heroi indartsu, autosufiziente eta bortitzaren idealetik urrun. Horretaz gain, maskulinitate zaintzaileagoak ere erabiltze dira, nahiz eta hauek, “ar menderatzailearen” rola hartzera bultzatzen dieten gizarte patriarkal baten nahaste-borraste batengatik zeharkatuta egon. Zentzu honetan, The Dragon Princek, maskulinitate enpatiko eta zaurgarri baten eredu batzuk eskaintzen ditu, heroi tradizionalaren arketipotik urrunduta.
Hau guztiagatik, animazioa hizkuntza politikoa duen bide gisa aldarrikatzen dut. Genero mota honek, errealismo menperatzailearekin bat etortzen ez diren kontakizunei lekua irekitzen die, eta femeninoa den hori, queerra, ezegonkorra, alternatiboa eta deserosoa den hori babesten du. Indarkeriei buruz hitz egitea baina hauek berriz ere errepikatu gabe ahalbidetzen du, heteropatriarkatuaren hierarkia kulturaletik baztertutako esperientziak agerian jartzen ditu, eta pentsamendu kritikoari uki egin gabe zaurgarritasunetik mundua ikusteko eta pentsatzeko tokia eskaintzen du. Eta gaur egun, inoiz baino gehiago, hori ez da denbora-pasa txiki bat: behar politiko bat da.
