Todas las mujeres

Una reflexión de Sonia T.

Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.

Vuelvo a mi casa un fin de semana y el humor de papá, otra vez, ha cambiado. Lo último que sabía era que había acompañado a mi madre a la manifestación por el día de la mujer y que ese día nos felicitó también a mi hermana y a mí por WhatsApp. Al irnos las dos de casa, para trabajar y estudiar, parecía que mi padre había tomado conciencia de lo mucho que le importábamos. Yo no tengo hermanos y, a pesar de que yo muchas veces haya tenido un conflicto con mi feminidad y perseguido por ello todo lo contrario, mi padre no había ocultado en ocasiones que se sentía desplazado. En mi opinión, él había decidido aislarse. Solía generalizar con nosotras tres, como si ser mujer se tratase de ser la misma persona o existiese un único tipo de mujer. Aún peor, a veces era como si existieran dos bandos y nosotras tres fuéramos, juntas, su enemigo. Mi madre, mi hermana mayor y yo, como el mismo individuo con la misma personalidad, gustos, y defectos. Quizá por eso yo me revelara en contra de esa imposición de ser mujer solo de una determinada manera, porque ni en otro entorno ni en mi casa se me veía solo a mí, como un individuo diferente y peculiar,  aparte del resto de mujeres. 

Hace poco encontré, además, algo que escribí hace tiempo. Parece que pensaba entonces en un futuro en el que ya me había convertido en una mujer. Sin embargo, a día de hoy lo interpreto como si, a pesar de la evolución, el proceso de encontrarme a mí misma (y como mujer) no hubiese terminado todavía. Dice así:

«Al lado de una niña, que fui yo, una adolescente.

Al lado de una niña y una adolescente, que fui yo, una mujer.

Al lado una niña, una adolescente y una mujer, que fui yo».

Puedo decir que, por suerte, tuve nuevos ejemplos de mujeres que admirar y con las que decidí por primera vez identificarme. Sin embargo, no encontré todos esos ídolos fuera de mi casa. Con el tiempo me di cuenta de que, sin querer darle la razón a mi padre sobre cómo eran iguales las mujeres de la casa, sí había aprendido mucho de mi madre. Lo que descubrí de mí misma en otros lugares solo fortalecía mi personalidad, en la medida en la que tenía un origen en la educación que ella había recibido primero. Si hablamos concretamente de feminismo, estaba claro que mi madre había estado muy adelantada a su época. Yo solo había hallado otras opiniones con las que reconocía estar de acuerdo, una confirmación de los valores que ella se había esforzado antes en transmitirnos a mi hermana y a mí.

En verdad, desde niña siempre me había sorprendido el hecho de que se casara con mi padre y que, aunque hubiera intentado hacer el mismo esfuerzo con él, siguieran juntos aún con esos momentos en los que parecía que de nada había servido. Cíclicamente, se repite una escena como hoy: mi madre y yo rebatiendo a mi padre por atacar en algún sentido a las mujeres (espero que la mayoría de estas sin que él mismo se dé cuenta). En este caso su pregunta es acerca de las víctimas de violencia de cualquier tipo. Mi padre no entiende cómo ellas pueden permitirlo. Aparentemente, parece que hay preocupación en sus palabras, pero juzga a quien no debe: a la víctima. Él cree que con decir eso las defiende porque critica que el maltrato que sufren es tan terrible que no concibe cómo lo soportan, pero a la vez vuelve a poner en juicio las decisiones de las mujeres como si fuera su responsabilidad el dolor que reciben de otra persona, alejando del punto de mira a los verdaderos culpables. De nuevo generaliza porque, según él, todas las mujeres se suelen ir con los chicos que peor las tratan. Mi madre y yo, una vez más, coincidimos: deberíamos preguntarnos por qué existen esos chicos malos que se creen con el poder de tratar así a otras personas. Lo que es difícil de entender no es cómo ellas acaban atrapadas en ese tipo de relaciones, sino por qué en un principio ese tipo de relaciones son solo las que algunos hombres deciden ofrecer y cómo el resto del mundo parece más preocupado por cuestionar desde afuera a las mujeres, en lugar de preguntarse qué estaremos haciendo mal todos para que ellos se sientan con el poder de seguir actuando de la misma manera. Quizá es porque saben que no se les juzgará tanto como a ellas, que tendrán que justificarse como si hubieran sido ellas las que han cometido un error, o decidieran voluntariamente su propio sufrimiento. Nos olvidamos entonces de quién hace realmente daño a otro y de quién sufre las consecuencias, mirando hacía otros lados y, ya sea evitando hablar de ellos o juzgando equivocadamente, lo seguimos permitiendo. Vuelvo a ser consciente en este viaje, de que desde la juventud de mi madre y desde mi niñez, el mundo todavía no ha cambiado tanto y las mismas situaciones y discusiones, por desgracia, se siguen repitiendo.

I go back home for the weekend and Dad’s mood has, once again, changed. The last I’d heard, he’d accompanied my mum to the International Women’s Day march and had also sent my sister and me a congratulatory message on WhatsApp that day. When we both left home, to work and study, it seemed as though my father had realised just how much we meant to him. I don’t have any brothers, and although I’ve often struggled with my femininity and, as a result, strived for the exact opposite, my father hadn’t always made a secret of the fact that he felt sidelined. In my view, he had decided to isolate himself. He used to lump the three of us together, as if being a woman meant being the same person or as if there were only one type of woman. Worse still, at times it was as if there were two sides and the three of us, together, were his enemy. My mother, my older sister and I, as if we were a single person with the same personality, tastes and flaws. Perhaps that is why I rebelled against this imposition of having to be a woman in only one specific way, because neither in other environments nor at home was I ever seen simply as myself, as a distinct and unique individual, separate from the rest of the women. 

I also recently came across something I wrote a while ago. It seems that back then I was thinking of a future in which I had already become a woman. However, looking at it now, I interpret it as though, despite the progress I’ve made, the process of finding myself (and as a woman) is not yet complete. It reads as follows: 

“Next to a little girl, who was me, a teenager. 

Next to a little girl and a teenager, who was me, a woman. 

Next, a little girl, a teenager and a woman, who was me.”

I can say that, fortunately, I had new role models to admire and with whom I decided, for the first time, to identify. However, I didn’t find all those role models outside my home. Over time, I realised that, without wishing to agree with my father’s view that the women in our household were all the same, I had indeed learnt a great deal from my mother. What I discovered about myself elsewhere only served to strengthen my personality, insofar as it had its roots in the upbringing she had first given me. When it came specifically to feminism, it was clear that my mother had been far ahead of her time. I had simply come across other views with which I found myself in agreement, a confirmation of the values she had previously striven to instil in my sister and me. 

In truth, ever since I was a child, I had always been struck by the fact that she had married my father and that, even though she had tried to make the same effort with him, they were still together despite those moments when it seemed as though it had all been in vain. Time and again, a scene like today’s repeats itself: my mother and I, confronting my father for attacking women in some way (I hope that in most cases he does so without even realising it). In this instance, his question concerns victims of violence of any kind. My father cannot understand how they can put up with it. On the surface, his words seem to reflect concern, but he is judging the wrong person: the victim. He believes that by saying this he is defending them, because he criticises the fact that the abuse they suffer is so terrible that he cannot conceive how they endure it; yet at the same time, he once again calls into question the women’s decisions, as if the pain they receive from another person were their own responsibility, thereby shifting the focus away from the real culprits. Once again, he’s generalising because, according to him, all women tend to end up with the men who treat them the worst. My mum and I, once again, agree: we should be asking ourselves why these ‘bad’ men exist, who believe they have the power to treat other people like that. What is difficult to understand is not how women end up trapped in such relationships, but why, from the outset, these are the only kinds of relationships some men choose to offer, and how the rest of the world seems more concerned with questioning women from the outside, rather than asking what we are all doing wrong that makes these men feel empowered to carry on behaving in the same way. Perhaps it’s because they know they won’t be judged as harshly as the women are; that the women will have to justify themselves as if they were the ones who’d made a mistake, or had voluntarily chosen their own suffering. We then forget who is actually causing harm to another and who is suffering the consequences; we look the other way and, whether by avoiding talking about them or by judging them unfairly, we continue to allow it to happen. On this journey, I am once again made aware that, since my mother’s youth and my own childhood, the world has not changed all that much, and the same situations and arguments, unfortunately, continue to repeat themselves.

Regreso para a miña casa unha fin de semana e o humor de meu pai xa mudou de novo. O último que sabía era que acompañara a miña nai á manifestación polo día da muller e que ese día nos felicitou tamén a miña irmá e a min por WhatsApp. Ao marchar as dúas da casa, para traballar e estudar, parecía que o meu pai tomara conciencia do moito que lle importabamos. Eu non teño irmáns e, a pesar de que eu moitas veces teña tido un conflito coa miña feminidade e perseguido por iso todo o contrario, meu pai non ocultara en ocasións que se sentía desprazado. Na miña opinión, el decidiu illarse. Adoitaba xeneralizar con nós as tres, como se ser muller tratase de ser a mesma persoa ou existise un único tipo de muller. Aínda peor, ás veces como se existisen dous bandos e nós as tres fósemos xuntas o seu inimigo. Miña nai, miña irmá máis vella e eu, coma o mesmo individuo coa mesma personalidade, gustos e defectos. Talvez por iso eu me rebelei en contra desa imposición de ser muller só dunha determinada maneira, porque nin noutro entorno nin na miña casa se me vía só a min, como un individuo diferente e peculiar, á parte do resto de mulleres.

Hai pouco atopei, ademais, algo que escribín hai tempo. Parece que pensaba daquela nun futuro en que xa me convertera nunha muller. Porén, hoxe en día interprétoo como se, a pesar da evolución, o proceso de atoparme a min mesma (e como muller) non terminase aínda. Di así:

“Ao lado dunha nena, que fun eu, unha adolescente.

Ao lado dunha nena e unha adolescente, que fun eu, unha muller.

Ao lado unha nena, unha adolescente e unha muller, que fun eu”.

Podo dicir que, por sorte, tiven novos exemplos de mulleres que admirar e cos cales decidía por primeira vez, eu mesma, querer identificarme. Agora ben, non atopei todos eses ídolos fóra da miña casa. Co tempo decateime de que, sen querer darlle a razón a meu pai sobre como eran iguais as mulleres da casa, si aprendera moito de miña nai. O que descubría de min mesma noutros lugares só fortalecía a miña personalidade, na medida en que tiña unha orixe na educación que ela recibiu primeiro. Se falamos concretamente de feminismo, estaba claro que miña nai estivera moi adiantada á súa época. Eu só achara noutras opinións con que recoñecía estar de acordo unha confirmación dos valores que ela se esforzara antes en transmitirnos a miña irmá e a min.

Na verdade, desde cativa sempre me sorprendera que casase con meu pai e que, aínda que tivese intentado facer o mesmo esforzo con el, seguisen xuntos aínda neses momentos en que parecía que de nada servira. Ciclicamente repite unha escena coma hoxe: miña nai e eu rebatendo a meu pai por atacar nalgún sentido as mulleres (espero que as máis destas sen que el mesmo se decate). Neste caso a súa pregunta é acerca das vítimas de violencia de calquera clase. Meu pai non entende como elas poden permitilo. Aparentemente parece que hai preocupación nas palabras del, mais así e todo xulga a quen non debe: A vítima. El cre que con dicir iso deféndeas porque critica que o maltrato que sofren é tan terríbel que non concibe como o aturan, mais á vez volve a pór en xuízo as decisións das mulleres como se fose a súa responsabilidade a dor que reciben doutra persoa, afastando do punto de mira os verdadeiros culpábeis. De novo xeneraliza porque, segundo el, todas as mulleres adoitan ir cos homes que peor as tratan. Eu e miña nai, máis unha vez, coincidimos: Deberiamos, pola contra, preguntarnos por que existen eses homes malos que cren ter o poder de tratar así a outras persoas. O que é difícil de entender non é como elas acaban atrapadas nese tipo de relacións, senón por que nun principio ese tipo de relacións son só as que algúns homes deciden ofrecer e como o resto do mundo parece máis preocupado por cuestionar de fóra as mulleres, en lugar de preguntarse que estaremos facendo mal todos para que eles sintan que teñen o poder de continuar actuando do mesmo xeito. Talvez porque saben que non serán xulgados tanto como elas, que terán que xustificarse como se fosen elas as que cometeron un erro, ou decidisen voluntariamente o seu propio sufrimento. Esquecemos entón quen fai realmente dano a outro e quen sofre as consecuencias, mirando para outros lados e, ben evitando falar deles ou ben xulgando equivocadamente, seguimos a permitilo. Volvo a ser consciente nesta viaxe de que desde a xuventude de miña nai e desde a miña nenez, o mundo aínda non cambiou tanto e as mesmas situacións e discusións, por desgraza, continúan a repetirse.

Torno a casa meva un cap de setmana i l’humor del papa, un altre cop, ha canviat. L’últim que sabia era que havia acompanyat a la meva mare a la manifestació pel dia de la dona i que aquell dia ens va felicitar també a la meva germana i a mi per WhatsApp. Al marxar les dues de casa, per treballar i estudiar, semblava que el meu pare havia pres consciència del molt que li importàvem. Jo no tinc germans i, encara que jo moltes vegades hagi tingut un conflicte amb la meva feminitat i perseguit per això tot el contrari, el meu pare havia ocultat a vegades que se sentia desplaçat. Al meu entendre, ell havia decidit aïllar-se. Solia generalitzar amb nosaltres tres, com si ser dona es tractés de ser la mateixa persona o existís un únic tipus de dona. Encara pitjor, a vegades com si existissin dos bàndols i nosaltres tres fóssim juntes el seu enemic. La meva mare, la meva germana gran i jo, com el mateix individu amb la mateixa personalitat, gustos, i defectes. Potser per això jo em revelava en contra d’aquella imposició de ser dona només d’una determinada manera, perquè ni en un altre entorn ni a casa meva se’m veia només a mi, com un individu diferent i peculiar, a part de la resta de dones.

Fa poc vaig trobar a més, alguna cosa que vaig escriure fa temps. Sembla que pensava llavors en un futur, en el qual ja m’havia convertit en una dona. No obstant això, avui dia ho interpreto com si, malgrat l’evolució, el procés de trobar-me a mi mateixa (i com a dona) no hagués acabat encara. Diu així:

«Al costat d’un nena, que vaig ser jo, una adolescent.

Al costat d’una nena i una adolescent, que vaig ser jo, una dona.

Al costat una nena, una adolescent i una dona, que vaig ser jo».

Puc dir que, per sort, vaig tenir nous exemples de dones que admirar i amb els quals decidia per primera vegada, jo mateixa, voler identificar-me. No obstant això, no vaig trobar tots aquests ídols fora de la meva casa. Amb el temps em vaig adonar que, sense voler donar-li la raó al meu pare sobre com eren iguals les dones de la casa, sí havia après molt de la meva mare. El que descobria de la meva mateixa en altres llocs només enfortia la meva personalitat, en la mesura en la qual tenia un origen en l’educació que d’ella havia rebut primer. Si parlem concretament de feminisme, era clar que la meva mare havia estat molt avançada a la seva època. Jo només havia trobat en altres opinions amb les quals reconeixia estar d’acord, una confirmació dels valors que ella s’havia esforçat abans a transmetre’ns a la meva germana i a mi.

En veritat, des de nena sempre m’havia sorprès que es casés amb el meu pare i que, encara que hagués intentat fer el mateix esforç amb ell, continuessin junts encara amb aquests moments en els quals semblava que de res havia servit. Cíclicament es repeteix una escena com avui: la meva mare i jo rebatent al meu pare per atacar en algun sentit a les dones (espero que la majoria d’aquestes sense que ell mateix se de compte). En aquest cas la seva pregunta és sobre les víctimes de violència de qualsevol tipus. El meu pare no entén com elles poden permetre-ho. Aparentment sembla que hi ha preocupació en les seves paraules, però no obstant això jutja a qui no deu: A la víctima. Ell creu que amb dir això les defensa perquè critica que el maltractament que sofreixen és tan terrible que no concep com ho suporten, però alhora torna a posar en judici les decisions de les dones com si fos la seva responsabilitat el dolor que reben d’una altra persona, allunyant del punt de mira als veritables culpables. De nou generalitza perquè, segons ell, totes les dones se solen anar amb els nois que pitjor les tracten. La meva mare i jo, una vegada més, coincidim: Hauríem, al revés,  de preguntar-nos per què existeixen aquests nois dolents que es creuen amb el poder de tractar així a altres persones. El que és difícil d’entendre no és com elles acaben atrapades en aquesta mena de relacions, sinó per quines en un principi aquest tipus de relacions són sol les que alguns homes decideixen oferir i com la resta del món sembla mes preocupat per qüestionar des de fora a les dones, en lloc de preguntar-se què estarem fent mal tots perquè ells se sentin amb el poder de continuar actuant de la mateixa manera. Potser perquè saben que no se’ls jutjarà tant com a elles, que hauran de justificar-se com si haguessin estat elles les que han comès un error, o decidissin voluntàriament el seu propi sofriment. Ens oblidem llavors de qui fa realment mal a un altre i de qui sofreix les conseqüències, mirant feia altres costats i, ja sigui evitant parlar d’ells o jutjant equivocadament, ho continuem permetent. Torno a ser conscient en aquest viatge, que des de la joventut de la meva mare i des de la meva infantesa, el món encara no ha canviat tant i les mateixes situacions i discussions, per desgràcia, es continuen repetint.