De turista a viajera

Una reflexión de Chiara Ferrarino

Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.

Me cansé de ser turista. De mirar sin ver. De pasar sin quedarme. De fotografiar sin sentir. Hace —casi— un año vendí todo y salí a conocer el mundo. O eso creía.

Porque al final terminé conociéndome a mí misma. Pero esa es otra historia.

Con el tiempo entendí que viajar también puede ser una forma de repetirse.

Cafés con nombres en inglés, los mismos murales, las mismas bicicletas, los mismos platos “locales” servidos para extranjeros. Una homogeneidad global que nos hace creer que estamos lejos, cuando en realidad seguimos dentro del mismo circuito, solo que con otra moneda.

Nos venden la versión “auténtica” de la realidad, empaquetada, curada y en oferta. Todo parece eco, consciente, espiritual. Y todo, absolutamente todo, tiene precio.

Hasta el silencio.

El capitalismo también aprendió a meditar. Y nosotros, los viajeros, a comprar la calma.

Nos dicen “Viajá como un local”, pero nadie te advierte que los locales ya no viven así. Que mientras vos buscás lo auténtico, ellos sobreviven en una economía que los empuja a vender la ilusión de lo que fueron. Que lo “rústico” y lo “ancestral” muchas veces son performances para nuestras cámaras.

Ahí entendí algo incómodo: hemos romantizado la pobreza.

Nos fascina lo “simple”, lo “natural”, lo “despojado”, pero solo cuando podemos irnos después. Cuando ese despojo no es nuestra realidad.

Idealizamos la vida sin wifi, sin horarios, sin comodidades, mientras la gente que realmente vive así sueña con tenerlas. Llamamos “vida auténtica” a lo que para otros es desigualdad estructural.

He visto viajeros posar con niños indígenas como si fueran parte del paisaje. He escuchado a influencers decir “Qué lindo lo simple” mientras regatean monedas por un almuerzo que para el dueño del puesto es su día de trabajo. A veces pienso que el turismo contemporáneo convirtió la precariedad en una estética. La pobreza en una postal. Y la empatía, en una forma de consumo.

Romantizar la pobreza no es conexión. Es una forma de apropiación. De mirar sin realmente ver.

Me cansé de esa búsqueda constante por la experiencia “única”. De que el viaje se mida en vistas o likes. De que las calles pierdan a sus vecinos y ganen carteles de “boutique hostel” o “coffee roasters”.

Las ciudades o pueblos se maquillan para ser consumidos. Y en ese intento por agradar, pierden lo que las hacía únicas. Calles que eran barrios ahora son escenarios. La vida cotidiana se vuelve espectáculo. Y el turismo masivo, un espejo que nos devuelve nuestra propia ansiedad por acumular experiencias.

Y no, no creo que viajar sea el problema. El problema es cómo lo hacemos. Cómo consumimos lo que deberíamos cuidar. Cómo llenamos itinerarios para evitar el silencio. Cómo miramos sin realmente mirar.

Entonces empecé a pensar en otra forma de moverme. No como turista. Como alguien que quiere volver a mirar el mundo sin filtros.

Empecé a quedarme más tiempo. A aprender los nombres, los olores, los ritmos. A conocer a la señora que vende pan en la esquina, al perro que siempre duerme bajo la misma mesa, al chico del café que ya sabe cómo pido el capuccino. A dejar que los lugares me transformen, en vez de intentar capturarlos.

Viajar se volvió un acto de escucha. De estar, sin expectativas. De perderme a propósito para encontrar otra cosa: lo humano.

Ya no busco los “imprescindibles” ni los “mejores atardeceres”. Busco conversaciones, oficios, silencios. Busco entender cómo se habita un lugar cuando no hay turistas mirando.

Aprendí que la experiencia más real no está en el tour ni en la foto. Está en mirar sin convertirlo en contenido. En aceptar que no todo lo que emociona tiene que mostrarse.

Ya no busco lo auténtico. Busco lo honesto. Aunque no sea instagrameable.

Porque viajar también es un espejo. Y a veces lo que más nos incomoda de un lugar no es lo que vemos, sino lo que nos devuelve de nosotros mismos.

Esa urgencia por documentar, por “aprovechar el tiempo”, por hacer del descanso una productividad más.

Quizás por eso me cansé. De esa ansiedad colectiva de estar en todas partes, de “conocerlo todo”. De la ilusión de que moverse es sinónimo de libertad, cuando muchas veces es solo otra forma de escape.

Ahora viajo más lento. Con menos expectativas y más preguntas. Con menos fotos y más memoria. Intentando entender que cada lugar merece respeto, que no todo es experiencia, que no todo tiene que ser contenido.

Viajar dejó de ser un proyecto de consumo y se volvió un proceso de presencia. Una forma de recordar que el mundo no está ahí para entretenernos, sino para ser habitado.

I grew tired of being a tourist. Of looking without seeing. Of passing through without staying. Of taking photos without feeling. 

Almost a year ago, I sold everything and set off to see the world. Or so I thought.

Because in the end, I ended up getting to know myself. But that’s another story.

Over time, I realised that travelling can also be a way of repeating oneself. Cafés with English names, the same murals, the same bicycles, the same ‘local’ dishes served to foreigners. A global homogeneity that makes us believe we’re far away, when in reality we’re still on the same circuit, just with a different currency.

They sell us the ‘authentic’ version of reality, packaged, curated and on offer. Everything seems eco-friendly, mindful, spiritual. And everything, absolutely everything, has a price. Even silence.

Capitalism has also learnt to meditate. And we, the travellers, to buy peace of mind.

They tell us: ‘Travel like a local’, but no one warns you that the locals no longer live that way. That whilst you seek the authentic, they survive in an economy that pushes them to sell the illusion of what they once were. That the ‘rustic’ and the ‘ancestral’ are often just performances for our cameras.

That’s when I realised something uncomfortable:

We have romanticised poverty.

We’re fascinated by what’s ‘simple’, ‘natural’ and ‘unadorned’, but only when we can leave afterwards. When that simplicity isn’t our reality.

We idealise a life without Wi-Fi, without schedules, without comforts, whilst the people who actually live that way dream of having them. We call what is, for others, structural inequality an ‘authentic life’.

I’ve seen travellers posing with indigenous children as if they were part of the scenery. I’ve heard influencers say: ‘How lovely the simple life is’ whilst haggling over a few coins for a lunch that, for the stall owner, is a day’s work. Sometimes I think that contemporary tourism has turned precariousness into an aesthetic. Poverty into a postcard. And empathy into a form of consumption.

Romanticising poverty is not connection. It is a form of appropriation. Of looking without really seeing.

I’ve grown tired of that constant search for the ‘unique’ experience. Of the journey being measured in views or likes. Of the streets losing their residents and gaining signs for ‘boutique hostels’ or ‘coffee roasters’.

Cities and towns put on a show to be consumed. And in that attempt to please, they lose what made them unique. Streets that were once neighbourhoods are now stages. Everyday life becomes a spectacle. And mass tourism, a mirror that reflects our own anxiety to accumulate experiences.

And no, I don’t think travelling is the problem. The problem is how we do it. How we consume what we should be cherishing. How we fill our itineraries to avoid silence. How we look without really seeing.

So, I started thinking about a different way of getting around. Not as a tourist. As someone who wants to look at the world anew, without filters.

I started staying longer. Learning the names, the smells, the rhythms. To get to know the lady who sells bread on the corner, the dog that always sleeps under the same table, the lad at the café who already knows how I like my cappuccino. To let places transform me, rather than trying to capture them.

Travelling became an act of listening. Of simply being, without expectations. Of getting lost on purpose to find something else: the human touch.

I no longer seek out the ‘must-sees’ or the ‘best sunsets’. I seek conversations, trades, silences. I seek to understand how a place is lived in when there are no tourists watching.

I’ve learnt that the most real experience isn’t in the tour or the photo. It’s in looking without turning it into content. In accepting that not everything that moves us has to be shown.

I no longer seek the authentic. I seek the honest. Even if it isn’t Instagrammable.

Because travelling is also a mirror. And sometimes what makes us most uncomfortable about a place isn’t what we see, but what it reflects to us about ourselves.

That urge to document, to ‘make the most of the time’, to turn rest into yet another form of productivity.

Perhaps that’s why I grew tired. Because of that collective anxiety to be everywhere, to ‘know it all’. Of the illusion that moving around is synonymous with freedom, when so often it’s just another form of escape.

Now I travel more slowly. With fewer expectations and more questions. With fewer photos and more memories. Trying to understand that every place deserves respect, that not everything is an experience, that not everything has to be captured.

Travelling ceased to be a consumerist endeavour and became a process of presence. A way of remembering that the world isn’t there to entertain us, but to be lived in.

Farteime de ser turista. De mirar sen ver. De pasar sen quedarme. De fotografar sen sentir. Hai —case— un ano vendín todo e saín a coñecer o mundo. Ou iso cría.

Porque ao final rematei coñecéndome a min mesma. Mais esa é outra historia.

Co tempo entendín que viaxar tamén pode ser unha forma de repetirse.

Cafés con nomes en inglés, os mesmos murais, as mesmas bicicletas, os mesmos pratos “locais” servidos para estranxeiros. Unha homoxeneidade global que nos fai crer que estamos lonxe, cando en realidade seguimos dentro do mesmo circuíto, só que con outra moeda..

Véndennos a versión “auténtica” da realidade, empaquetada, curada e en oferta. Todo parece eco, consciente, espiritual. E todo, absolutamente todo, ten prezo.
Até o silencio.

O capitalismo tamén aprendeu a meditar. E nós, os viaxeiros, a comprar a calma.

Dinnos “Viaxa coma un local”, mais ninguén che advirte que os locais xa non viven así. Que mentres procuras o auténtico, eles sobreviven nunha economía que os leva a vender a ilusión do que foron. Que o “rústico” e o “ancestral” moitas veces son performances para as nosas cámaras.

Aí entendín algo incómodo: temos romantizada a pobreza.

Fascínanos o “simple”, o “natural”, o “despoxado”, mais só cando podemos marchar despois. Cando ese despoxo non é a nosa realidade.

Idealizamos a vida sen wifi, sen horarios, sen comodidades, mentres a xente que realmente vive así soña con telas. Chamamos “vida auténtica” aquilo que para outros é desigualdade estrutural.

Vin viaxeiros posar con nenos indíxenas como se fosen parte da paisaxe. Ouvín influencers dicir “Que bonito o simple” mentres regatean moedas por un almorzo que para o dono do posto é todo un día de traballo. Ás veces penso que o turismo contemporáneo converteu a precariedade nunha estética. A pobreza nunha postal. E a empatía, nunha forma de consumo.

Romantizar a pobreza non é conexión. É unha forma de apropiación. De mirar sen realmente ver.

Farteime desa busca constante pola experiencia “única”. De que a viaxe se mida en vistas ou likes. De que as rúas perdan os seus veciños e gañen letreiros de “boutique hostel” ou “coffee roasters”.

As cidades ou vilas disfrázanse para ser consumidos. E nese intento por agradar, perden o que as facía únicas. Rúas que eran barrios agora son escenarios. A vida cotiá tórnase un espectáculo. E o turismo masivo, un espello que nos devolve a nosa propia ansiedade por acumular experiencias.

E non, non creo que viaxar sexa o problema. O problema é como o facemos. Como consumimos o que deberiamos coidar. Como enchemos itinerarios para evitar o silencio. Como miramos sen realmente mirar.

Entón comecei a pensar noutra forma de moverme. Non como turista.
Como alguén que quere mirar o mundo sen filtros.

Comecei a quedar por máis tempo. A aprender os nomes, os olores, os ritmos. A coñecer a señora que vende pan na esquina, o can que sempre dorme baixo a mesma mesa, o mozo do café que xa sabe como pido o capuccino. A deixar que os lugares me transformen, en vez de intentar capturalos.

Viaxar converteuse un acto de escoita. De estar, sen expectativas. De perderme a propósito para encontrar outra cousa: o humano.

Xa non busco os “imprescindíbeis” nin os “mellores seráns”. Busco conversas, oficios, silencios. Busco entender como se habita un lugar cando non hai turistas mirando.

Aprendín que a experiencia máis real non está no tour nin na foto. Está en mirar sen convertelo en contido. En aceptar que non todo o que emociona ten que mostrarse.

Xa non busco o auténtico. Busco o honesto. Aínda que non sexa instagramábel.

Porque viaxar tamén é un espello. E ás veces o que máis nos incomoda dun lugar non é o que vemos, senón o que nos devolve de nós mesmos.
Esa urxencia por documentar, por “aproveitar o tempo”, por facer do descanso unha produtividade máis.

Talvez por iso me fartei. Desa ansiedade colectiva de estar en todas partes, de “coñecelo todo”. Da ilusión de que moverse é sinónimo de liberdade, cando moitas veces é só outra forma de escape.

Agora viaxo máis amodo. Con menos expectativas e máis preguntas. Con menos fotos e máis memoria. Intentando entender que cada lugar merece respecto, que non todo é experiencia, que non todo ten que ser contido.

Viaxar deixou de ser un proxecto de consumo e converteuse nun proceso de presenza. Unha forma de lembrar que o mundo non está aí para nos entreter, senón para ser habitado.

M’he de ser turista. De mirar sense veure. De passar sense quedar-me. De fotografiar sense sentir. 

Fa —gairebé— un any vaig vendre-ho tot i vaig sortir a conèixer el món. O això creia.
Perquè al final vaig acabar coneixent-me a mi mateixa. Però aquesta és una altra història.
Amb el temps vaig entendre que viatjar també pot ser una manera de repetir-se.
Cafès amb noms en anglès, els mateixos murals, les mateixes bicicletes, els mateixos plats “locals” servits per a estrangers. Una homogeneïtat global que ens fa creure que estem lluny, quan en realitat seguim dins del mateix circuit, només que amb una altra moneda.

Ens venen la versió “autèntica” de la realitat, empaquetada, curada i en oferta. Tot sembla ressò, conscient, espiritual. I tot, absolutament tot, té preu.
Fins i tot el silenci.
El capitalisme també ha après a meditar. I nosaltres, els viatgers, a comprar la calma.
Ens diuen “Viatja com un local”, però ningú t’adverteix que els locals ja no viuen així. Que mentre tu busques allò autèntic, ells sobreviuen en una economia que els empeny a vendre la il·lusió del que van ser. Que allò “rústic” i allò “ancestral” moltes vegades són performances per a les nostres càmeres.

Aquí vaig entendre una cosa incòmoda: hem romantitzat la pobresa.

Ens fascina allò “simple”, allò “natural”, allò “restant”, però només quan podem marxar després. Quan aquestes restes no són la nostra realitat.

Idealitzem la vida sense wifi, sense horaris, sense comoditats, mentre la gent que realment viu així somia a tenir-les. Diem “vida autèntica” al que per a uns altres és desigualtat estructural.

He vist viatgers posar amb nens indígenes com si fossin part del paisatge. He escoltat a influencers dir “Que bonic lo simple” mentre regategen monedes per un esmorzar que per a l’amo del lloc és el seu dia de treball. A vegades penso que el turisme contemporani va convertir la precarietat en una estètica. La pobresa en una postal. I l’empatia, en una forma de consum.

Romantitzar la pobresa no és connexió. És una forma d’apropiació. De mirar sense realment veure.

M’he cansat d’aquesta cerca constant per l’experiència “única”. Que el viatge es mesuri en visites o likes. Que els carrers perdin als seus veïns i guanyin cartells de “boutique hostel” o “coffee roasters”.
Les ciutats o pobles es maquillen per a ser consumits. I en aquest intent per agradar, perden el que les feia úniques. Carrers que eren barris ara són escenaris. La vida quotidiana es torna espectacle. I el turisme massiu, un mirall que ens retorna la nostra pròpia ansietat per acumular experiències.
I no, no crec que viatjar sigui el problema. El problema és com ho fem. Com consumim el que hauríem de cuidar. Com omplim itineraris per a evitar el silenci. Com mirem sense realment mirar.

Llavors vaig començar a pensar en una altra manera de moure’m. No com a turista. Com algú que vol tornar a mirar el món sense filtres.

Vaig començar a quedar-me més temps. A aprendre els noms, les olors, els ritmes. A conèixer a la senyora que ven pa a la cantonada, al gos que sempre dorm sota la mateixa taula, al noi del cafè que ja sap com demano el caputxino. A deixar que els llocs em transformin, en comptes d’intentar capturar-los.

Viatjar es va tornar un acte d’escolta. D’estar, sense expectatives. De perdre’m a propòsit per a trobar una altra cosa: allò humà.

Ja no busco els “imprescindibles” ni les “millors postes de sol”. Busco converses, oficis, silencis. Busco entendre com s’habita un lloc quan no hi ha turistes mirant.

Vaig aprendre que l’experiència més real no està en el tour ni a la foto. Està a mirar sense convertir-ho en contingut. A acceptar que no tot el que emociona ha de mostrar-se. 

Ja no busco allò autèntic. Busco allò honest. Encara que no sigui instagrameable.
Perquè viatjar també és un mirall. I a vegades el que més ens incomoda d’un lloc no és el que veiem, sinó el que ens retorna de nosaltres mateixos.
Aquesta urgència per documentar, per “aprofitar el temps”, per fer del descans una productivitat més.
Potser per això m’he cansat. D’aquesta ansietat col·lectiva d’estar a tot arreu, de “conèixer-ho tot”. De la il·lusió que moure’s és sinònim de llibertat, quan moltes vegades és només una altra forma d’escapar.
Ara viatjo més lent. Amb menys expectatives i més preguntes. Amb menys fotos i més memòria. Intentant entendre que cada lloc mereix respecte, que no tot és experiència, que no tot ha de ser contingut.

Viatjar ha deixat de ser un projecte de consum i s’ha tornat un procés de presència. Una forma de recordar que el món no està allà per entretenir-nos, sinó per ser habitat.

Turista izateak aspertu nau. Ikusi gabe begiratzeak aspertu nau. Sentitu gabe argazkiak ateratzeak aspertu nau. 

Duela —ia— urte bat, dena saldu nuen eta mundua ezagutzera atera nintzen. Edo hori zen uste nuena. 

Izan ere, nire burua ezagutzen amaitu nuen. Baina hori beste istorio bat da. 

Denborarekin, bidaiatzea errepikatzearen bide bat izan daitekeela ulertu nuen. 

Izenak ingelesez dituzten kafeak, mural berdinak, txirrildula berdinak, atzerritarrentzat prestatutako “lekuko” plater berdinak. Urrun gaudela sinestarazten gaituen homogeneotasun orokor bat, nahiz eta errealitatean, zirkuitu berdinaren barruan jarraitzen dugun. Beste txanpon batekin, bai, baina zirkuitu berean. 

Errealitatearen bertsio “autentikoa” saltzen digute, ondo bilduta, onduta eta beherapenekin. Dena oihartzuna dirudi, kontzientea, espirituala. Eta dena prezio bat dauka. 

Baita isiltasunak ere. 

Kapitalismoak meditatzen ere ikasi zuen. Eta guk, bidaiariak, lasaitasuna erosten.

“Tokiko bat bezala bidaia ezazu” esaten digute, baina inork ez dizu esaten tokikoek jada horrela bizi ez direla. Zuk autentikoa dena  bilatzen duzun bitartean, haiek, izan zirenaren ilusioa saltzera bultzatzen dieten ekonomia bat bizirauten dute.  “Landatarra” eta “aspaldikoa” dena, askotan, gure kamerentzako performances besterik ez direla. 

Bertan, zerbait deserosoa ulertu nuen: pobrezia erromantizatu dugu. 

“Sinplea”, “naturala” dena liluratzen gaitu, baina soilik geroago hortik joan gaitezkeenean. Egoera hori gure errealitatea ez denean. 

Wifirik gabeko, ordutegirik gabeko, erosotasunik gabeko bizitza idealizatzen dugu, horrela benetan bizi diren pertsonek hauek izatearekin amesten duten bitartean. Besteentzat desberdintasun estrukturala den horri “bizitza autentikoa” deitzen diogu. 

Paisaiaren parte izango balira bezala umeekin argazki bat ateratzeko kokatzen diren bidaiariak ikusi ditut. Saltzailearentzat lan egun bat den txanpon batzuengatik kezkatzen diren bitartean, “zeinen ederra den sinpletasuna” esaten zuten influenzerrak entzun ditut. Batzuetan, oraingo turismoak prekarietatea estetika batean bihurtu duela pentsatzen dut. Pobrezia postal batean. Eta enpatia, kontsumoaren forma batean. 

Pobrezia erromantizatzea ez da konexioa. Zerbait eskuratzearen bide da. Benetan ikusi gabe begiratzea. 

Esperientzia “paregabea” bilatzeak aspertu nau. Bidaia likes edo ikusitakoagatik neurrituta izateak aspertu nau. Kaleek haien bizilagunak galtzeak eta horren ordez, “boutique hostel” edo “coffee roasters” bezalako horma-irudiz beteta egoteak aspertu nau. 

Herriak edo hiriak, kontsumituak izatea helburuz, makillatu egiten dira. Eta atseginak izatearen saiakera horretan, bereziak egiten zituzten ezaugarriak galtzen dituzte. Auzoak ziren kaleak orain eszenatokiak dira. Eguneroko bizitza antzerki bilakatzen da. Eta turismo masiboa, esperientziak pilatzeagatik daukagun antsietatea islatzen duen ispilua. 

Eta ez, ez dut uste arazoa bidaiatzea denik. Arazoa, nola egiten dugun da. Nola zaindu beharko genuena kontsumitzen dugun. Nola isiltasuna saihestearren gure ordutegiak betetzen ditugun. Nola begiratzen dugun egiatan begiratu gabe. 

Orduan, mugitzeko beste bide batean pentsatzen hasi nintzen. Ez turista bezala. Mundua berriz ere filtrorik gabe begiratu nahi duen pertsona bezala. 

Denbora luzeagoz geratzen hasi nintzen. Izenak ikasteko, usainak, erritmoak. Izkinan ogia saltzen duen emakumea ezagutzeko, mahai berdinaren azpian beti lo egiten duen txakurra, cappucinoa nola eskatzen dudan jada dakien mutikoa. Tokiak harrapatzen saiatzea ordez, hauek transformatu nazaten uzteko. 

Bidaiatzea entzutearen ekintza bilakatu zen. Bertan egotearena, espekatibarik gabe. Nahita galtzea beste gauza bat aurkitzea helburuz: gizatiarra den hori. 

Orain ez ditut “nahitaezkoak” ezta “iluntze hoberenak” bilatzen. Elkarrizketak bilatzen ditut, lanbideak, isiltasunak. Turistak begiratzen ez daudenean toki bat nola bizitzen den ulertzea bilatzen dut. 

Esperientziarik errealena tourrean edo argazkian ez dagoela ikasi nuen. Edukian bilakatu gabe begiratzean dago. Hunkitzen duen guztia erakutsi behar ez dela onartzean. 

Ja ez dut autentikoa den hori bilatzen. Zintzoa dena bilatzen dut. Instagramerako ez den arren. 

Izan ere, bidaiatzea ispilu bat ere bada. Eta batzuetan, leku batetik gehien eragozten gaituena ez da ikusten duguna, baizik eta gure baitatik itzultzen gaituena. 

Dokumentatzearen behar hori, “denbora aprobetxatzearena”, atsedena produktibitate batean bilakatzearena. 

Agian horregatik nekatu nintzen. Leku guztietan egotearen antsietate kolektibo horrengatik, “guztia ezagutzeagatik”. Mugitzea askatasunaren sinonimoa delaren ilusioagatik, nahiz eta askotan ihesaren beste bide bat den. 

Orain motelago bidaiatzen dut. Espektatiba gutxiagorekin eta galdera gehiagorekin. Argazki gutxiagorekin eta memoria gehiagorekin. Toki bakoitzak errespetua merezi duela ulertzen saiatuz, guztia esperientzia ez dela ulertuz, guztia edukia izan behar ez dela. 

Bidaiatzeak kontsumoaren proiektua izateari utzi zion eta presentziaren prozesu batean bilakatu zen. Mundua, harekin entretenitu gaitezen ordez, bertan bizi dezagun existitzen dela oroitu dezagun bide bat.