Una reflexión de Lívia Lloret (Dempere)
Esta lectura forma parte de la sección "Lecturas de domingo" de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.
Hace unos días me reencontré con un buen amigo y tuvimos una de esas conversaciones que remueven. Ambos somos de la misma generación, nacidos en el año 2000, y al hablar con otras personas de nuestra edad nos dimos cuenta de que la mayoría de los jóvenes entre veinte y treinta años, hoy en día, no tienen claro qué quieren hacer con su vida.
Este fenómeno nace, en parte, del hecho de tener que tomar decisiones importantes demasiado pronto. A partir de los dieciséis años ya tienes que decidir si harás bachillerato o no, qué itinerario seguirás e incluso qué camino profesional quieres recorrer. Más adelante, con diecisiete o dieciocho años, una vez superada la selectividad, hay que elegir un grado universitario. Son pocos los estudiantes que aciertan a la primera y encuentran unos estudios que realmente les conducen a la vida laboral que desean. ¿Y qué pasa con el resto?
Muchos jóvenes inician un grado y, al cabo de un tiempo, lo abandonan o comienzan otro. A menudo esto no responde a dejadez, sino a la necesidad de encontrar sentido a lo que se hace. Este proceso puede durar años. Algunos no se titulan hasta los veintiocho o veintinueve, y llegan al mundo laboral con la sensación de ir tarde. Y entonces aparece la comparación: nuestros padres, a nuestra edad, ya tenían trabajo estable, casa e incluso una familia en marcha. Esa comparación pesa, y mucho.
Pero la realidad actual es muy distinta. Hoy, vivir solo es casi un lujo. Alquilar un piso es viable, sí, pero compartiéndolo con tres o cuatro personas más. Los precios no dejan de subir, y los sueldos siguen igual. En este sentido, es legítimo preguntarse: ¿lo tuvieron más fácil nuestros padres?
Al mismo tiempo, nuestra generación ha empezado a romper con muchos modelos heredados. Decidimos ir a terapia antes de tener hijos para no reproducir patrones dañinos, priorizamos tener una base económica antes de independizarnos o formar una familia, y cuestionamos el orden establecido que nos dice que a los veinticinco ya deberíamos tener la vida resuelta. Quizás esa estabilidad deseada no llega a los veinticinco, sino a los treinta o incluso más adelante.
Quiero dejar claro que no hablo de toda la sociedad, sino de muchos jóvenes que han seguido el camino universitario y han descubierto que el trabajo al que pueden acceder no les satisface. Algunos han cambiado de estudios a mitad de camino, otros han empezado a trabajar, pero se han visto invadidos por la duda: ¿he elegido bien? ¿Debería emigrar para tener una vida mejor? ¿Debería volver a estudiar?
Quizás estamos ante una crisis de identidad generacional, causada por la presión social, por la desconexión con las expectativas impuestas o, simplemente, por darnos cuenta de que el sistema no funciona. En mi caso, seguí al pie de la letra el guion: estudia, trabaja, gana un sueldo, ten una pareja estable… Hasta que un día me detuve y vi que esa vida no era la que quería. Que había sido tan obediente con el sistema que me había olvidado de escucharme. Y desandar ese camino requiere humildad, porque es muy fácil confundir las exigencias externas con deseos propios.
Ahora bien, también hay que reconocer que no todo el mundo vive este proceso del mismo modo. Hay quienes encuentran sentido en seguir el esquema tradicional, quienes disfrutan del camino marcado, y eso es absolutamente legítimo. Lo que debemos evitar es caer en el juicio mutuo: ni despreciar a quien opta por una vida estructurada, ni culpabilizar a quien decide replanteárselo todo. El problema aparece cuando solo se acepta un único modelo de vida como válido.
Por eso creo que es necesaria una reflexión colectiva sobre el funcionamiento del sistema. No solo porque hay un evidente aumento de los trastornos de salud mental entre jóvenes, sino porque vivimos sometidos a una estructura que premia la rentabilidad y la productividad por encima del bienestar y el sentido. Y no todos estamos hechos para viajar, cambiar de carrera o hacer voluntariado en el extranjero, pero quizá sí que todos merecemos una vida menos condicionada por el miedo al fracaso.
Para concluir, pienso que lo que estamos haciendo muchos jóvenes —y que ya comenzaron a abrir camino los millennials— es, en realidad, un acto de resistencia. Romper moldes, explorar alternativas, priorizar el sentido antes que la seguridad, es una forma de rebeldía pacífica pero poderosa. Algunos viajan, otros hacen voluntariado, otros simplemente se detienen a pensar. El cómo no importa tanto. Lo que importa es que, detrás de esta aparente «crisis de los veinte-treinta», hay una oportunidad para redefinir qué significa vivir bien.
No se trata de romantizar la incertidumbre, sino de entenderla como una etapa legítima, natural y, a veces, necesaria. Tal vez, si dejáramos de imponer modelos únicos y nos atreviéramos a escuchar más y exigir menos, dejaríamos de tener generaciones enteras que se sienten perdidas y empezaríamos a tener generaciones que se reconocen.
A few days ago I caught up with a good friend, and we had one of those conversations that really get you thinking. We’re both from the same generation, born in 2000, and when talking to other people our age, we realised that most young people in their twenties and thirties these days aren’t sure what they want to do with their lives.
This phenomenon stems, in part, from having to make important decisions far too early. From the age of sixteen, you already have to decide whether or not to do A-levels, which course of study to follow, and even which career path you want to take. Later on, at seventeen or eighteen, once you’ve passed your A-levels, you have to choose a university degree. Few students get it right first time and find a course that truly leads them to the career they want. And what about the rest?
Many young people start a degree and, after a while, drop out or start another one. Often this is not down to laziness, but to the need to find meaning in what they are doing. This process can take years. Some do not graduate until they are twenty-eight or twenty-nine, and enter the world of work feeling as though they are running late. And then the comparison arises: our parents, at our age, already had a stable job, a home, and even a family of their own. That comparison weighs heavily on us, very heavily indeed.
But the reality today is very different. Nowadays, living alone is almost a luxury. Renting a flat is feasible, yes, but only if you share it with three or four other people. Prices keep rising, whilst wages remain the same. In this sense, it is fair to ask: did our parents have it easier?
At the same time, our generation has begun to break away from many inherited models. We decide to go to therapy before having children so as not to repeat harmful patterns; we prioritise establishing a financial foundation before becoming independent or starting a family; and we question the established order that tells us we should have our lives sorted by the age of twenty-five. Perhaps that desired stability doesn’t come at twenty-five, but at thirty or even later.
I want to make it clear that I am not talking about society as a whole, but about many young people who have followed the university route and have discovered that the jobs they can get do not satisfy them. Some have switched courses halfway through, others have started working but have been overcome by doubt: have I made the right choice? Should I emigrate to have a better life? Should I go back to studying?
Perhaps we are facing a generational identity crisis, caused by social pressure, by a disconnect from imposed expectations, or simply by realising that the system doesn’t work. In my case, I followed the script to the letter: study, work, earn a salary, have a stable partner… Until one day I stopped and realised that this wasn’t the life I wanted. That I had been so obedient to the system that I had forgotten to listen to myself. And retracing that path requires humility, because it is very easy to confuse external demands with one’s own desires.
That said, we must also recognise that not everyone experiences this process in the same way. There are those who find meaning in following the traditional path, who enjoy the well-trodden route, and that is entirely legitimate. What we must avoid is falling into mutual judgement: neither looking down on those who opt for a structured life, nor blaming those who decide to rethink everything. The problem arises when only a single model of life is accepted as valid.
That is why I believe we need to reflect collectively on how the system works. Not only because there is a clear rise in mental health issues among young people, but also because we live under a system that prioritises profit and productivity over well-being and meaning. And whilst not all of us are cut out for travelling, changing careers or volunteering abroad, perhaps we all deserve a life less constrained by the fear of failure.
To conclude, I think that what many young people are doing —and what the millennials have already begun to pioneer— is, in reality, an act of resistance. Breaking the mould, exploring alternatives, prioritising meaning over security, is a form of peaceful yet powerful rebellion. Some travel, others volunteer, others simply stop to think. How we do it doesn’t matter so much. What matters is that, behind this apparent ‘quarter-life crisis’, there lies an opportunity to redefine what it means to live well.
It is not a question of romanticising uncertainty, but of understanding it as a legitimate, natural and, at times, necessary stage. Perhaps, if we stopped imposing one-size-fits-all models and dared to listen more and demand less, we would no longer have entire generations who feel lost, and we would begin to see generations who recognise themselves.
Hai uns días reencontreime cun bo amigo e tivemos unha desas conversas que remexen. Ambos somos da mesma xeración, nacidos no ano 2000, e tras falarmos con outras persoas da nosa idade decatámonos de que, hoxe en día, a maioría dos xoves de entre vinte e trinta anos non ten claro que quere facer coa súa vida.
Este fenómeno nace, en parte, do feito de ter que tomar decisións importantes demasiado cedo. A partir dos dezaseis anos xa tes que decidir se farás bacharelato ou non, que itinerario seguirás e mesmo que camiño profesional queres percorrer. Máis adiante, con dezasete ou dezaoito anos, cando xa superaches a selectividade, hai que elixir un grao universitario. Son poucos os que acertan á primeira e atopan uns estudos que realmente os conducen á vida laboral que desexan. E que hai do resto?
Moitos xoves inician un grao e, ao cabo dun tempo, abandónano ou comezan outro. A miúdo isto non responde a abandono, senón á necesidade de lle atopar sentido ao que se fai. Este proceso ben pode durar anos. Algúns non se titulan até os vinte e oito ou vinte e nove anos, e chegan ao mundo laboral coa sensación de ir tarde de máis. E aí aparece a comparación: os nosos pais, coa nosa idade, xa tiñan traballo estábel, casa e mesmo unha familia en marcha. Esta comparación pesa, e moito.
Mais a realidade actual é moi distinta. Hoxe, vivir só é case un luxo. Alugar un apartamento é viábel, si, mais compartíndoo con tres ou catro persoas máis. Os prezos non deixan de subir, e os soldos permanecen sen cambio. Neste sentido, é lexítimo preguntarse: foilles máis doado aos nosos pais?
Ao mesmo tempo, a nosa xeración comeza a romper moitos dos modelos que herdamos. Decidimos ir a terapia antes de ter fillos para non reproducir patróns daniños, priorizamos ter unha base económica antes de nos independizar ou formar unha familia, e cuestionamos a orde estabelecida que nos di que con vinte e cinco xa deberiamos ter a vida resolta. Talvez esa estabilidade desexada non chega con vinte e cinco anos, senón que con trinta ou mesmo máis adiante.
Quero deixar claro que non falo de toda a sociedade, senón de moitos xoves que seguiron o camiño universitario e descubriron que o traballo ao que poden acceder non lles satisfai. Algúns cambiaron de estudos a metade do camiño, outros comezaron a traballar, mais víronse invadidos pola dúbida: elixín ben? Debería emigrar para ter unha vida mellor? Debería estudar de novo?
Pode que esteamos ante unha crise de identidade xeracional, causada pola presión social, pola desconexión coas expectativas impostas ou, simplemente, por caer na conta de que o sistema non funciona. No meu caso, seguín o guión ao pé da letra: estuda, traballa, gaña un soldo, ten unha parella estábel… Até que un día me detiven e vin que esa non era a vida que quería. Que fora tan obediente co sistema que esquecín escoitarme a min mesma. E desandar ese camiño require humildade, porque é moi fácil confundir as exixencias externas con desexos de noso.
Agora ben, tamén hai que recoñecer que non todo o mundo vive este proceso do mesmo xeito. Hai quen atopa o sentido en seguir o esquema tradicional, quen desfruta do camiño marcado, e iso é absolutamente lexítimo. O que debemos evitar é caer no xuízo mutuo: nin desprezar aqueles que optan por unha vida estruturada, nin culpabilizar aqueles que deciden reformulalo todo. O problema aparece cando tan só se acepta un único modelo de vida como válido.
Por iso creo que é precisa unha reflexión colectiva sobre o funcionamento do sistema. Non só porque hai un evidente aumento dos trastornos de saúde mental entre os xoves, senón porque vivimos sometidos a unha estrutura que premia a rentabilidade e a produtividade por riba do benestar e o sentido. E non todos estamos feitos para viaxar, mudar de carreira ou facer voluntariado no estranxeiro, mais talvez si que todos merecemos unha vida menos condicionada polo medo ao fracaso.
Para concluír, coido que o que andamos a facer moitos xoves —e que xa comezaran a abrir camiño os millennials— é, en realidade, un acto de resistencia. Romper moldes, explorar alternativas, priorizar o sentido antes que a seguridade, é unha forma de rebeldía pacífica mais poderosa. Algúns viaxan, outros fan voluntariado, outros simplemente páranse a pensar. O cómo non importa tanto. O que importa é que, detrás desta aparente “crise dos vinte-trinta”, hai unha oportunidade para redefinir o que significa vivir ben.
Non é cuestión de romantizar a incerteza, senón de entendela como unha etapa lexítima, natural e, ás veces, necesaria. Pode que, se deixásemos de impor modelos únicos e nos atrevésemos a escoitar máis e exixir menos, deixariamos de ter xeracións enteiras que se senten perdidas e empezariamos a ter xeracións que se recoñecen.
Fa uns dies, em vaig retrobar amb un bon amic i vam tenir una d’aquelles converses que remouen. Els dos som de la mateixa generació, nascuts l’any 2000, i al parlar amb altres persones de la nostra edat, ens vam adonar que la majoria dels joves entre vint i trenta anys, avui dia, no tenen clar què volen fer amb la seva vida.
Aquest fenomen neix, en part, del fet d’haver de prendre decisions importants massa aviat. A partir dels setze anys ja has de decidir si faràs batxillerat o no, quin itinerari seguiràs i, fins i tot, quin camí professional vols recórrer. Més endavant, amb disset o divuit anys, una vegada superada la selectivitat, s’ha d’escollir un grau universitari. Són pocs els estudiants que encerten a la primera i troben uns estudis que realment els condueixin a la vida laboral que desitgen. I, què passa amb la resta?
Molts joves inicien un grau i, al cap de poc temps, l’abandonen o en comencen un altre. Sovint això no respon a deixadesa, sinó a la necessitat de trobar sentit al que es fa. Aquest procés pot durar anys. Alguns no es titulen fins als vint-i-vuit o vint-i-nou, i arriben al món laboral amb la sensació d’anar tard. I llavors apareix la comparació: els nostres pares, a la nostra edat, ja tenien feina establa, casa i, fins i tot, una família en camí. Aquesta comparació pesa, i molt.
Però la realitat actual és molt diferent. Avui, viure sol és quasi un luxe. Llogar un pis és viable, sí, però compartint-lo amb tres o quatre persones més. Els preus no deixen de apujar, i els sous segueixen igual. En aquest sentit, és legítim preguntar-se: ho van tenir més fàcil els nostres pares?
A la vegada, la nostra generació ha començat a trencar molt motlles heretats. Decidim anar a teràpia abans de tenir fills per a no reproduir els patrons danyosos, prioritzem tenir una base econòmica abans d’independitzar-nos o formar una família, i qüestionem l’ordre establert que ens diu que als vint-i-cinc ja hauríem de tenir la vida resolta. Potser aquesta estabilitat desitjada no arriba als vint-i-cinc, sinó als trena o, fins i tot, més endavant.
Vull deixar clar que no parlo de tota la societat, sinó de molts joves que han seguit el camí universitari i han descobert que la feina a la qual poden accedir no els satisfà. Alguns han canviat els estudis a mig camí, altres han començat a treballar, però s’han vist envaïts pel dubte: he escollit bé? Hauria d’emigrar per tenir una millor vida? Hauria de tornar a estudiar?
Potser estem davant una crisi d’identitat generacional, causada per la pressió social, per la desconnexió amb les expectatives imposades o, simplement, per adonar-nos que el sistema no funciona. En el meu cas, vaig seguir al peu de la lletra el guió: estudia, treballa, guanya un sou, tingues una parella estable… Fins que un dia em vaig aturar i vaig veure que aquesta vida no era la que volia. Que havia estat tan obedient amb el sistema que s’havia oblidat d’escoltar-me. I defensar aquest camí requereix humilitat, perquè és molt fàcil confondre les exigències extremes amb desitjos propis.
Ara bé, també s’ha de reconèixer que no tot el món viu aquest procés de la mateixa manera. Hi ha qui troba el sentit en seguir l’esquema tradicional, qui gaudeix del camí marcat, i això és absolutament legítim. El que hem d’evitar és caure en el judici mutu: ni menysprear a qui opta per una vida estructurada, ni culpabilitzar a qui decideix replantejar-s’ho tot. El problema apareix quan només s’accepta un únic model de vida com a vàlid.
Per això crec que és necessària una reflexió col·lectiva sobre el funcionament del sistema. No només perquè hi ha un evident augment dels trastorns de salut mental entre joves, sinó perquè vivim sotmesos a una estructura que premia la rendibilitat i la productivitat per sobre del benestar i el sentit. I no tots estem fets per viatjar, canviar de carrera o fer voluntariats a l’estranger, però potser sí que tots mereixem una vida menys condicionada per la por al fracàs.
Per concloure, penso que el que estem fent molts joves –i que ja van començar a obrir camí els millenials– és, en realitat, un acte de resistència. Trencar motlles, explorar alternatives, prioritzar el sentit abans que la seguretat, és una forma de rebel·lia pacífica però poderosa. Alguns viatgen, altres fan voluntariats, altres simplement s’aturen a pensar. El com no importa tant. El que importa és que, rere aquesta aparent “crisi dels vint-trenta”, hi ha una oportunitat de redefinir què significa viure bé.
No es tracta de romantitzar la incertesa, sinó d’entendre-la com una etapa legítima, natural i, a vegades, necessària. Potser, si deixéssim d’imposar models únics i ens atrevíssim a escoltar més i exigir menys, deixaríem de tenir generacions senceres que se senten perdudes i començaríem a tenir generacions que es reconeguin.
Duela egun batzuk, lagun on batekin topo egin nuen eta hunkitzen zaituen horietako elkarrizketa bat izan genuen. Biak belaunaldi berdinekoa gara, 2000. urtean jaiota, eta gure adin bereko beste pertsonekin hitz egiterakoan, gaur egun hogei eta hogeita hamar urteen arteko gazte gehienek haien bizitzarekin egin nahi dutena argi ez daukatela konturatu ginen.
Gertakari hau, hein batean, erabaki garrantzitsuak goizegi hartzetik jaiotzen da. Hamasei urteetatik aurrera batxilergoa egin edo ez egin erabaki behar duzu, baita jarraituko duzun bide edo jarraitu nahi duzun ibilbide profesionala ere. Aurrerago, hamazazpi edo hemezortzi urteekin, behin selektibitatea gaindituta, unibertsitateko ikasketak aukeratu behar dira. Gutxi dira lehenengoan asmatzen duten ikasleak eta desiratzen duten bizitza laboralera bideratzen dieten ikasketak aurkitzen dituztenak. Eta zer gertatzen da besteekin?
Gazte askok gradu bat hasten dute, eta denboraren buruan alde batera uzten dute edo beste berri bat hasten dute. Sarritan honako hau ez da utzikeriaren erantzun bat, baizik eta egiten denari zentzua aurkitzearen beharra. Prozesu honek urteak iraun ditzake. Batzuk ez dira hogeita zortzi edo hogeita bederatzi urte izan arte graduatzen, eta berandu iristen direla sentsazioarekin ailegatzen dira lan-mundura. Eta orduan, konparaketa agertzen da: gure gurasoek, gure adinarekin jada lan egonkor bat, etxe bat, baita familia bat prozesuan ere zuten. Konparazio horrek pisatzen du, eta asko.
Baina egungo errealitatea oso desberdina da. Gaur, bakarrik bizitzea luxu bat da ia. Pisu bat alokatzea bideragarria da, bai, baina beste hiru edo lau pertsonekin partekatuta. Prezioak etengabe igotzen ari dira eta soldatek berdin jarraitzen dute. Egoera honetan, bidezkoa da galdetzea: gure gurasoek errazago izan zuten?
Era berean, gure belaunaldiak oinordetutako eredu askokin apurtzen hasi da. Patroi kaltegarriak ez errepikatzearren, seme-alabak izan baino lehen terapiara joatea erabakitzen dugu, independizatu edo familia bat sortu baino lehen oinarri ekonomiko bat izatea lehenesten dugu, eta hogeita bost urteekin bizitza ziurtatuta izan behar dugula esaten digun ezarritako ordena zalantzan jartzen dugu. Izan daiteke egonkortasun hori hogeita bostetan ez ailegatzea, baizik eta hogeita hamarretan, edo beranduago ere.
Argi utzi nahi dut ez naizela gizarte guztiaren arabera hitz egiten ari, baizik eta unibertsitatearen bidea jarraitu duten eta lortu dezaketen lana asetzen ez dietela deskubritu duten gazteei buruz. Batzuk bidearen erdian ikasketak aldatu dituzte, beste batzuk lanean hasi dira, baina hurrengo zalantzarekin topo egin dute: ondo aukeratu egin dut? Emigratu beharko nukeen bizitza on bat izateko? Ikasketetara bueltatu beharko nukeen?
Izan daiteke presio sozialak, ezarritako espektatibekiko deskonexioa edo sistema ez funtzionatzeak eragindako belaunaldi identitate krisi baten aurrean egotea. Nire kasuan, hitzez hitz jarraitu nuen gidoia: ikasi ezazu, lan egin ezazu, soldata bat irabazi ezazu, bikote egonkor bat izan ezazu… Egun batean gelditu nintzen arte, eta bizitza hori nahi nuen bizitza ez zela ikusi nuen arte. Sistemarekin horren esanekoa izan nintzelako nire burua entzuteaz ahaztu nintzen. Eta bide hori jarraitzen uzteko umiltasuna behar da, izan ere, oso erraza da kanpoko exijentziak nahi propioekin nahastea.
Hala ere, egia da jende guztiak ez duela prozesu hori modu berean bizitzen. Badaude eskema tradizional hori jarraitzeari zentzua ikusten diotenek, seinalatutako bidea disfrutatzen dutenek, eta hori guztiz legitimoa da. Elkarrekiko epaiketa da saihestu behar duguna: bizitza egituratu bat aukeratzen duena ez mespretxatzea, eta guztia birpentsatzen dutenei errua ez botatzea. Arazoa, eredu bakar bat onartzen denean agertzen da.
Horregatik, sistemaren funtzionamenduaren inguruzko talde hausnarketa bat beharrezkoa dela uste dut. Ez soilik gazteen artean osasun mentalaren nahasmenduak ugaritu direlako, baizik eta errentagarritasuna eta produktibitatea ongizatearen gainetik saritzen duen egitura baten menpe bizitzen dugulako. Eta guztiok ez gaude bidaiatzeko, ikasketak aldatzeko edo atzerritarrean boluntariotza bat egiteko prest, baina agian huts egiteko beldurrak gutxiago baldintzatzen gaituen bizitza bat bai merezi dugula.
Amaitzeko, nire ustez gazte askok egiten ari garena – eta millennilals jada hasi zutena – egiatan, erresistentzia egintza bat da. Ereduak apurtzea, alternatibak esploratzea, edo segurtasunari ordez zentzuari lehentasuna ematea, errebeldiaren bide bakezale baino indartsu bat da. Batzuk bidaiatzen dute, beste batzuk borondatezko lanak egiten dituzte, beste batzuek pentsatzen dute besterik. Nola egiten den berez ez da horren garrantzitsua. Benetan garrantzitsua dena, itxurazko “hogei-hogeita hamar urteko krisiaren” atzean, ondo bizitzea zer esan nahi duen berriz ere definitzeko aukera bat dagoela da.
Ez da ziurgabetasuna erromantizatzea, baizik eta garai legitimo, beharrezko eta natural baten moduan ulertzea. Beharbada, eredu bakar bat inposatzeari utzi eta gehiago entzutera eta gutxiago exijitzera ausartuko bagina, galduta sentitzen diren belaunaldi osoak izateari utziko genioke, eta elkar onartzen duten belaunaldiak izaten hasiko ginateke.
