Pretty, pretty girls

FANZINE ANUAL

Pretty, pretty girls

Pretty, pretty girls representa el choque entre lo que se espera de nosotras y lo que realmente somos. 

Buscábamos un espacio para hablar de la presión estética, y encontramos un universo donde nuestras voces se encuentran y se unen contra una narrativa que nos han impuesto.

Segunda edición ya disponible.

Tráiler oficial, por arrecío.estudio

Silvia es

La Princesa

La princesa representa la normatividad, la belleza exigida, la pasividad, el ser objeto de deseo. Ella cumple el estándar de belleza y normatividad, es ejemplar, falsamente segura de sí misma, dependiente de la validación masculina.

Ella acepta el sistema y lo acoge, ayuda a perpetuar los cánones evitando cuestionarlos y cambiarlos. Cumple el canon y se siente referente de belleza y normatividad, pero no es consciente ni hace esa reflexión.

Este arquetipo representa el miedo a no estar a la altura, a perder la validación social. Se le asocia a la sumisión y la obediencia, dentro de una performance estética que debe cumplir constantemente.

lía es

La Caballera

La caballera representa la disidencia, la agencia, la ruptura de normas, el cuerpo activo. No es percibida como una mujer de verdad, no es deseable, provoca rechazo, es compleja y no tiene privilegios por su belleza.

Ella lidera en autoaceptación, analiza y cuestiona los estándares. 

Quiere existir tranquila, no quiere tener que estar luchando pero asume el papel de inconformista y apuesta por un discurso emancipador.

Este arquetipo representa la dicotomía entre rendirte y forzarte a entrar en el canon, o existir en tus propios parámetros.

¿Tienes dudas?

Bienvenidas al universo

Pretty, pretty girls

Este fanzine tiene un objetivo político claro: visibilizar las tensiones internas en relación a la presión estética impuesta por la sociedad. Con ello buscamos incomodar a la vez que despertar la empatía, cuestionar esas normas sociales a la vez que sentirnos acompañadas al transitar diversas experiencias en relación a la presión estética.

Esta segunda edición presenta un escenario ficticio, ambientado en la época medieval, donde una princesa y una caballera no representan personajes, sino arquetipos políticos.

La princesa representa la normatividad, la belleza exigida, la pasividad, el ser objeto de deseo. Ella acepta el sistema y lo acoge, perpetúa el canon y evita cuestionarlo. La caballera representa la disidencia, la agencia, la ruptura de normas, el cuerpo activo. No es percibida como una mujer deseable, por ello es rechazada. Pero lidera en autoaceptación, analiza y cuestiona estándares.

Ninguna de ellas quiere tener que luchar, solo quieren existir tranquilas. Pero asumen roles: una referente, la otra inconformista.

No es más que un conflicto interno. La caballera representa el “amiga, date cuenta” mientras que la princesa no es consciente de todo el esfuerzo que dedica a mantener su belleza. Representan dos formas de habitar el mundo y de reaccionar a la presión estética. 

También representan la dicotomía normatividad/no normatividad, el tener belleza o no tenerla de cara a la sociedad.

Con su historia buscamos lanzar un mensaje de unión, una promesa feminista. Convertirnos en caballeras y luchar juntas contra las imposiciones de una sociedad que nos quiere sumisas, débiles y preocupadas por una apariencia que jamás estará a la altura de una mirada que siempre exigirá más.

Sumando espacios creativos

Esta publicación es fruto de un proyecto autogestionado como es Espacio Rebeldía. Si quieres apoyar una iniciativa política e independiente, con esta edición podéis hacerlo.

Dónde surgió la magia

Granada fue la ciudad elegida para la creación de este mundo medieval ficticio donde la princesa y la caballera dan vida a dos realidades en disputa por cuestiones de presión estética.

Concretamente, el Carmen de los Mártires fue el escenario que nos acogió y donde se hizo realidad la historia de la princesa y la caballera.

Infinitamente agradecidas a Nuria, Lucía y Pedro por recibirnos en Granada y hacer magia para dar vida a lo que durante meses solo veían nuestras mentes. Ha sido un placer compartir esta experiencia con vosotras.

Conceptos clave

Aquí recopilamos tres conceptos clave que atraviesan el fenómeno de la presión estética.

Ellos conforman el prisma desde el que abordamos este fanzine.

La falacia de la libertad individual

El propio concepto de libertad no se encuentra correctamente definido y delimitado, es decir, no tenemos claro que es la libertad ni cuales son sus límites, en caso de tenerlos. Esta falta de definición no es casual, pues la libertad es también una estratégia política. Al no definirse permite su uso como arma política, usándose para validar ideas y prácticas que sí que atacan directamente la libertad.

Dentro de esta falta de concreción teórica en torno al concepto de libertad, Michel Foucault desarrollaba la falacia de la libertad individual. Esta es la falsa creencia de que las personas actúan de manera totalmente autónoma, ignorando las determinaciones sociales, económicas y contextuales que limitan sus opciones. Foucault argumenta que la libertad no es una esencia natural, sino un producto socialmente producido.

Al conformarse ese constructo se determina el cuerpo femenino como espacio político, dando lugar a diferentes relaciones y luchas de poder. Las mujeres deben encajar en los ideales de feminidad impuestos por un orden social, de no hacerlo deberían de transformar sus propios cuerpos. Esto debe preocupar, adaptar el cuerpo a una norma estética es una gran estrategia de control que pretende generar cuerpos dóciles y débiles. Las prácticas estéticas, dependiendo de la cultura, preparan a los cuerpos de las mujeres para obedecer y ser dependientes, así cada una está dispuesta a hacer lo que sea en favor de la normatividad social impuesta por los grupos dominantes. 

En este contexto, el capitalismo construye todo un mercado entorno cualquier herramienta que ayude a las mujeres a conseguir la normatividad (dietas, cirugías, retoques, rutinas fitness…), amparándose en la libertad individual. De este modo, la construcción del discurso capitalista es sencillo: si puedo pagarlo, puedes elegirlo y, por ende, si puedo elegirlo, soy libre de hacerlo.

La male gaze

El male gaze no es solo una mirada masculina literal, sino un sistema visual patriarcal que fragmenta el cuerpo femenino en partes consumibles. Este fenómeno, teorizado por Laura Mulvey en 1975 en su ensayo “Placer visual y cine narrativo”, permea cine, publicidad, series y redes sociales, donde la cámara (o algoritmo) adopta perspectiva masculina, objetivando personajes femeninos y reforzando estereotipos: anuncios que sexualizan excesivamente, comedias románticas que subordinan a la mujer al hombre, o superheroínas hipersexualizadas que priorizan estética sobre agencia.

Así, todo el sistema cultural patriarcal logra que la mujer se convierta en un objeto pasivo de contemplación, mientras que el hombre ocupa la posición de sujeto activo que observa, valida y, en última instancia, define los estándares de belleza y deseabilidad. Ahora bien, esta mirada, con el tiempo, deja de operar exclusivamente desde fuera para instalarse en el interior de las propias mujeres, generando dinámicas de autovigilancia y autorregulación.

No se trata de una mirada concreta, sino de una forma de ver que se ha ido filtrando en nosotras, determinando la forma en la que nos percibimos a nosotras mismas. Así, con el tiempo, esa mirada deja de venir de fuera y se instala dentro. De esta forma, ya no hace falta que nadie juzgue, porque una misma anticipa el juicio

La visión masculina no solo atraviesa la forma en la que lucimos, sino cómo nos comportamos. Sentarse de cierta manera, cruzar las piernas, hablar con un tono de voz ajustado, etc. Pequeños detalles conductuales que se asumen como una elección, pero que son una elección dentro de un marco que ya está definido. Así, las mujeres eligen cómo verse y cómo actuar desde un sistema de expectativas que nos precede.

La no normatividad

La no normatividad nombra todos aquellos cuerpos, identidades y formas de expresarse que no encajan en lo que la sociedad define como “correcto”, “bello” o “femenino”. No es solo una diferencia estética, sino una posición política.

Los cánones hegemónicos o dominantes como la delgadez, la juventud, la suavidad, la feminidad “correcta” o la masculinidad clara, no son neutrales. Es decir, todos ellos funcionan como un sistema que clasifica qué cuerpos serían válidos y cuáles no. A esto se le llama violencia estética, una presión constante que empuja a corregirse, esconderse o tratar de aparentar ser quien no eres para ser aceptada.

No se trata solo de apariencia, sino de legitimidad: parecer “suficientemente mujer” o “suficientemente hombre” se convierte en un requisito para ser reconocida socialmente. Hay cuerpos que, para ser aceptados, deben “pasar” por lo que el sistema espera de una mujer o de un hombre.

Lo cual revela algo clave, la norma no solo regula la belleza, sino también la forma en que se reconoce el género. En este sentido, la no normatividad no implica solo “ser diferente”, sino también cargar con las consecuencias sociales de esa diferencia: mirada de extrañeza, rechazo, corrección o invisibilización.