Anónimo es nombre de mujer
Un relato de Nerea Sánchez
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Portada de la publicación: Pérola Navarro. Encuentra a Pérola en Instagram y su página web.
Aquí abajo el ambiente está cargado de polvo. Tanto, que me cuesta hacer eso que los humanos llaman “respirar”. Sé lo que significa porque a veces tienen la osadía de presentarse en mi lugar y aspirar por la nariz. Se llevan con ellos las pelusas que bailan de un lado para otro, así que no me importa demasiado.
A mi alrededor todas permanecen en silencio, calladas, sumisas. No somos muchas, pero las pocas que seguimos aquí abajo tenemos algo en común: una firma. No una firma cualquiera, sino la ausencia de ella. La incertidumbre de no saber quién nos creó, quién nos trajo a la vida.
¿Quién fue la responsable de vestirme con este traje tan bello? ¿De representar mi larga cabellera rizada con estas pinceladas tan preciosas (y precisas)?
Anónimo. Anónima.
El repiqueteo de unos zapatos sobre las anticuadas tablas de madera me provoca un sobresalto. Miro a ambos lados de mi habitación, tan pequeña y refinada que me ahoga estar en ella, aunque no tenga más remedio. Luego miro al almacén que se levanta frente a mis ojos.
Tan oscuro, maquiavélico y tortuoso.
Las dos misteriosas figuras aparecen en el umbral de la roñosa puerta, cargadas de seres como nosotras. Dos tipos extraños intercambian un par de frases que me desconciertan.
—El jefe quiere que dejemos estas en el almacén y subamos unas cinco más. Ha sido claro, quiere que estén pintados por mujeres.
Pego tal brinco, que creo estar a punto de delatarme. La expresión agónica de mi vecina de enfrente parece estar de acuerdo conmigo. Esto que está sucediendo es raro. Inusual.
—¿Qué? ¿Cómo demonios sabremos cuáles son? Son viejos y están desgastados. —Busca los que no tengan firma, esos son.
—…
—¿Qué?
—También podemos llevarle los más feos. —Entreabre la boca para reírse, pero un cuadro se le cae al suelo, aterrizando sobre su pie derecho. Ahoga un grito ensordecedor tan vergonzoso que, a pesar de no sentir emoción alguna, me estremezco.
Todos dicen que ni sentimos ni padecemos, pero yo siento un fuego creciente en el pecho cada vez que bajan a mi lugar y me apartan sin pena alguna.
—Echemos un ojo.
Agarran a las flores marchitas, a la bailarina de ballet y al ventanal del palacio. Mis esperanzas estaban perdidas hasta que unos ojos oscuros y enrojecidos aparecen en mi campo de visión. Analizan cada poro de mi piel y me juzgan. Lo hacen. Y me deja una sensación de angustia que debe ser fruto de mi imaginación.
Todos dicen que ni sentimos ni padecemos, pero yo siento un fuego creciente en el pecho cada vez que bajan a mi lugar y me miran como si fuese un objeto.
Aunque lo soy, a veces se siente como si no.
—¿Estás seguro de que servirán? Esta tiene cara de amargada y un vestido horrendo. —Me zarandea. Mis ojos se llenan de lágrimas.
Todos dicen que ni sentimos ni padecemos, pero yo siento un fuego creciente en el pecho cada vez que bajan a mi lugar y me juzgan, criticando cada parte de mí.
—Hay que acatar las órdenes del jefe.
Dejando atrás la mirada agonizante de mi vecina, subimos por las escaleras hasta que una luz sobrenatural me quema las pupilas.
Pum. Un golpe seco.
Me ponen sobre la mesa, y una mujer de mediana edad con una sonrisa más que agradable me agarra con delicadeza y me ofrece una vista panorámica del museo, paseándome a lo largo de la sala.
Frena en seco delante de una pared y, con ayuda de una escalera metálica, me cuelga como si fuese importante, como si formara parte de la exposición. ¿Es eso cierto? ¿No estoy soñando ni siendo víctima de una broma?
Delante de mí todas mis compañeras me sonríen, aprovechando que el museo está cerrado y no tienen que mantener la compostura. La mujer permanece erguida, observándome como quien mira una obra de arte.
Qué cosas.
—Eres preciosa. La mujer que te pintó debió ser muy talentosa. —Me piropea—. Me alegro de que por fin estés aquí arriba. Es una pena que en cuestión de meses vuelvas a estar ahí abajo, cogiendo polvo. Si tuviera dinero te llevaría a casa. Las exposiciones temporales son crueles para los cuadros, pero lo son más para las mujeres pintoras, a quien solo se las quiere durante un corto tiempo. —Suspira tan fuerte que mis rizos casi vuelan hacia atrás.
Y es entonces cuando lo entiendo.
Estoy condenada. Estamos condenadas.
La bailarina, las flores, el ventanal y yo. Todas a las que ni han mirado. Todos dicen que ni sentimos ni padecemos, pero no es cierto.
Una lágrima se desliza por mi mejilla. La mujer, lejos de parecer asustada, apoya la yema de su dedo sobre mi rostro, secándome las lágrimas, calmando mis sollozos. Y es entonces cuando lo entiendo.
Solo podemos sanarnos entre nosotras.

