Esta lectura forma parte de la sección «Lecturas de domingo» de Espacio Rebeldía, y es posible gracias a la participación de nuestras colaboradoras y traductoras. Está disponible en castellano, inglés, euskera, galego y català.
Un relato de Zinnia Palas
Encuentra a Zinnia en Instagram:

Estaba a punto de llegar a la habitación donde se decidía el destino del mundo. Dos tramos de escaleras más. Luego fueron cuatro. Luego seis. A los ocho empecé a pensar en darme la vuelta y salir de la torre de marfil. Pero me quedé. Y, como supuse, fui recompensado viendo la puerta en lo alto de los últimos peldaños.
Me dijeron que habría fotografías en las paredes, pero no pensé que tantas mujeres a lo largo de los años me devolverían la mirada. Reconocí a Simone de Beauvoir, la filósofa que no llegamos a cubrir en el colegio. Habían colocado pegatinas con emoticonos riéndose a su alrededor y solo quedaba su cara a la vista. Intenté pasar del tema, pero entonces escuché aquella voz.
—¡Hay alguien más! —dijo, intentando recobrar el aliento—. Me llamo Úrsula.
Asentí, mirándola derretirse por las escaleras. Su vestido azul era de dos tonalidades por el sudor.
—¿Cómo has llegado aquí? —le dije, tendiéndole un único pañuelo de papel, aunque no iba a solucionar mucho. No quería manchar el de tela.
Ella sonrió.
—Pura fuerza de voluntad y constancia. Soy una de las primeras mujeres en conseguirlo —miró las paredes y su expresión cambió. Se convirtió en una sonrisa oscura—. Me encanta esta especie de «muro de la vergüenza». Yo lo haré mejor que todas ellas. Demostraré que nosotras no tenemos que recurrir a la misandria para hacerlo bien.
«¿Desde cuándo las dejan entrar aquí?». Miré alrededor mientras las gotas de sudor caían por mi frente. El aire quemaba y las paredes lo movían. Respirar allí era cosa de valientes.
No dije nada. Entonces llegaron las risas. Varios sujetos en traje subían las escaleras. Lo oyeron todo.
—Pero sí has obligado al muchacho a que te dé un pañuelo de papel, ¿no?
El primero llevaba un anillo con un escudo de apariencia regia. Se acercó a Úrsula y la tomó del mentón. La resistencia fue el silencio. Otro, con una corbata de terciopelo púrpura, le cogió el papel de la mano.
—¡Me lo ha dado él porque ha querido! —exclamó ella—. ¡Díselo, por favor!
Sus miradas eran horribles, en especial la de Úrsula, como un eco continuo que me pedía que volara cuando yo me consideraba un pez. A mí empezaron a sudarme las manos. Solo tenía dos opciones y una iba en contra del resto de la vida que me merecía. Las escaleras de la última torre de marfil eran lo único que me separaba del triunfo absoluto. Allí me abrirían la puerta y entre champán y caviar me ganaría su respeto. Las cosas eran así. Me parecía muy simple.
Negué con la cabeza.
El del anillo le soltó el mentón a Úrsula con desdén. «Cuanta menos competencia mejor», pensé.
—Sé lista y vete de aquí. No abrimos la puerta a locas que se aprovechan de los demás. ¿Es que las fotos no lo dejan claro?
Sus palabras calaron en los huesos de todos, pero a Úrsula le habían metido burbujas de aire en su estructura.
—¡Pero ha sido un malentendido! ¡Yo…!
El sonido de la mano del hombre con el anillo golpeando a Úrsula me asustó. Habría jurado que todas las fotos fruncían el ceño a la vez. Ella se llevó la mano a su mejilla enrojecida y me miró. Yo negué con la cabeza y desvié la mirada.
—Buen chico —comentó el tercero, un poco más rezagado, con su traje gris impoluto.
Así se veía el éxito.
—Nos vas a ser útil, lo huelo —dijo el de la corbata, que vino a colocarme el brazo alrededor de los hombros.
Úrsula se fue. Pensé que para siempre. Pero volvió, supongo que para reclamar su posición. Tenía sus manos vacías y caminaba como si de verdad pudiera hacer algo. Su vestido era rojo, o eso creo, porque solo vi lo suficiente mientras caía desde lo alto de la torre. En mi cabeza, además del miedo a espachurrarme contra el cemento, sonaban las palabras del hombre del traje antes de empujarme desde lo alto de la torre:
«Has sido un buen chico. Adiós».
Creo, aunque no estoy seguro, que lo último que le dije cuando ella vino a socorrerme fue:
—No entres otra vez, por favor.

How fast a good boy falls
A story by Zinnia Palas

Translation by @inkinthisorder and @batordenador
I was almost at the room where the destiny of the world is decided. Two more flights of stairs. Then it was four. Then six. At eight I started to think about turning back and getting out of the ivory tower. But I stayed. And, as I supposed, I was compensated by seeing the door at the last steps.
They told me that there would be photographs on the walls, but I didn’t think that so many women would stare back at me. I recognised Simone de Beauvoir, the philosopher we never covered at school. They had placed stickers of laughing faces around it and you could only see her face. I tried not to mind, but then I heard that voice.
—There’s someone else! —she said, trying to catch her breath—. My name is Úrsula.
I nodded, watching her melt on the stairs. Her blue dress had two shades because of her sweat.
—How did you get here? —I asked her, handing her a single tissue, although it wasn’t going to solve much. I didn’t want her to stain the one made of cloth.
She smiled.
—Pure will power and consistency. I’m one of the first women to achieve it—she looked at the walls and her expression changed. It turned into a dark smile—. I love this kind of ‘wall of shame’. I’ll do better than any of them. I’ll prove that we don’t have to turn to misandry to do it right.
‘Since when do they let them get in here?’. I looked around while drops of sweat fell from my forehead. The air stung and the walls were moving. Breathing in there was for the brave ones.
I didn’t say anything. Then the laughing came. Various individuals in suits were coming up the stairs. They had heard everything.
—But you did make the boy give you a tissue, didn’t you?
The first one was wearing a ring with a regal crest. He approached Úrsula and grabbed her by the chin. The resistance was the silence. Another, with a purple velvet tie, snatched the tissue from her hand.
—He gave it to me because he wanted to! —she exclaimed—. Tell him, please!
Their gazes were horrible, especially Úrsula’s, like a continuous echo asking me to fly when I considered myself a fish. My hands started sweating. I only had two options and one of them went against the life that I deserved. The last flight of stairs of the ivory tower was the only thing separating me from absolute triumph. They would open the door for me and among champagne and caviar I would earn their respect. That is how things were. It seemed very simple to me.
I shook my head no.
The one with the ring let go of Úrsula’s chin with disdain. ‘The less competition, the better’, I thought.
—Be smart and get out of here. We don’t open the door to crazy women who take advantage of others. Haven’t the photos made it clear?
His words sunk deeply in all of us, but they had put air bubbles in Úrsula’s structure.
—But it was a misunderstanding! I…!
The sound of the hand of the man with a ring striking Úrsula startled me. I could’ve sworn all the photographs were frowning at the same time. She touched her red cheek and looked at me. I shook my head and avoided her gaze.
—Good boy— the third one said, a little behind, with his pristine grey suit.
This is how success looked like.
—You’ll be of use to us, I can feel it— said the one with the tie, who came to put his arm over my shoulders.
Úrsula left. I thought that for good. But she came back, to reclaim her position I suppose. Her hands were empty and she walked like she could actually do something. Her dress was red, or so I thought, because I could only see so much while falling from the top of the tower. In my head, besides the fear of splattering all over the cement, the words of the man with the suit right before he pushed me from the top of the tower were ringing:
‘You’ve been a very good boy. Bye’.
I think, although I’m not too sure, that the last thing I said to her when she came to aid me was:
—Don’t enter it again, please.
Mutiko on bat erortzen den abiadura
Zinnia Palasen istorio bat

Traducido por Udara Pascual. IG: @udarapascual
Munduaren patua erabakitzen zen gelatik gertu nengoen. Bi eskailera zati gehiago. Gero, lau izan ziren. Gero sei. Zortzi izan zirenean, atzera bueltatzea eta bolizko dorretik ateratzea pentsatu nuen. Baina geratu nintzen. Eta suposatu nuen bezala, eskaileraren amaierako atea ikusiz saritua izan nintzen.
Pareetan argazkiak egongo zirela esan zidaten, baina ez nuen espero horrenbeste emakumek begirada itzuliko nindutenik. Simone de Beauvoir ezagutu nuen, eskolan ikasi ez genuen filosofoa. Irribarrezko emotikonozko pegatinak bere inguruan jarri zituzten, eta soilik bere aurpegia ikusi ahal zen. Gaiaz paso egiten saiatu nintzen, baina orduan ahots hori entzun nuen.
— Norbait gehiago dago! — esan zuen, arnasa berreskuratzen saiatzen—. Ursula dut izena.
Baieztatu nuen, eskaileretatik desegiten ikusten nuela. Izerdiaren ondorioz bere soinekoa bi urdin mota desberdinekoa zen.
— Nola iritsi zara honaino? — galdetu nion, paperezko zapi bat eskuratzen niola, nahiz eta horrek gehiegi ez konpondu. Ez nuen oihalekoa zikindu nahi.
Berak irribarre egin zuen.
— Borondate purua eta jarraitasuna. Lortu duen lehenengo emakumeetako bat naiz —- paretak begiratu zituen eta bere aurpegia aldatu zen. Irribarre ilun batean bilakatu zen—. Gustuko dut honako “lotsaren horma” antzekoa. Horiek guztiak baino hobeto egingo dut nik. Ondo egiteko misandria beharrezkoa ez dugula erakutsiko dut.
<< Noiztik ematen diete baimena hona sartzeko?>>. Ingurura begiratu nuen izerdi tantak nire kopetatik erortzen ziren bitartean. Aireak erretzen zuen eta paretek hura mugiarazten zuten. Bertan arnastea ausartentzako zerbait zen.
Ez nuen ezer esan. Orduan, barreak iritsi ziren. Jantziak zeramaten hainbat pertsona eskailerak igotzen zituzten. Guztia entzun zuten.
— Mutikoak paperezko zapi bat eman zaitzan behartu duzu, ezta?
Lehenengoak, ezkutu dotore bat zeukan eraztun bat zeraman. Ursularengana hurbildu egin zen eta kokotsetik hartu zuen. Erresistentzia isiltasunean izan zen. Beste batek, gorbata belus purpura batekin, papera eskutik kendu zion.
— Nahi izan duelako eman dit! —oihu egin zuen—. Esaiozu mesedez!
Haien begiradak ikaragarriak ziren, bereziki Ursularena, hegan egin nezan eskatzen ninduen oihartzun jarraitu baten moduan, baina nik arraintzat hartzen nuen nire burua. Eskuak izerditan nituen. Bi aukera besterik ez nituen, eta horietako batek merezi nuen bizitzaren aurka zihoan. Arrakasta absolututik bereizten ninduen bakarra azken bolizko dorrearen eskailerak ziren. Bertan, atea irekiko ninduten eta xanpain eta kabiar artean haien errespetua lortuko nuen. Horrela ziren gauzak. Osoa erraza zirudien.
Buruarekin ezeztatu nuen.
Eraztunarena mespretxuz askatu zion kokotsa Ursulari. <<Lehiaketa gutxien hobe>> pentsatu nuen.
— Izan zaitez azkarra eta alde egin hemendik. Ez ditugu beste pertsonez aprobetxatzen diren erotuentzat ateak irekitzen. Argazkiek ez dute argi uzten ala?
Hitz horiek gu guztien hezurrak zeharkatu zituzten, baina, Ursulari, bere egituran airezko burbuilak sartu zizkioten.
— Baina gaizki-ulertu bat besterik ez da izan! Ni…!
Gizonaren eskuak, eraztunarekin, Ursula jotzerakoan egindako soinuak izutu ninduen. Zin egin dezaket argazki guztiak batera bekozkotu zutela. Ursulak eskua masail gorritura eraman zuen eta begiratu ninduen. Nik ezeztatu nuen eta begirada desbideratu nuen.
— Mutiko ona — jardun zuen hirugarrenak, jantzi gris garbi-garbi batekin atzean zebilela.
Horrela irudikatzen zen arrakasta.
— Erabilgarria izango zara, usaindu dezaket — esan zuen gorbata jantzita zuenak, eta besoa nire sorbalden gainetik jartzera hurbildu zen.
Ursula joan zen. Betirako joan zela uste nuen. Baina orduan, bueltatu zen, seguruenik, bere postua erreklamatzeko. Eskuak hutsik zituen, eta benetan zerbait egin ahal izango bazuen bezala ibiltzen zen. Bere soinekoa gorria zen, edo hori uste dut, izan ere, nahikoa soilik ikusi nuen dorrearen tontorretik erortzen ari nintzen bitartean. Nire buruan, zementuaren aurka zanpatzearen beldurraz gain, dorrearen goialdetik bultzatu baino lehen jantzia zeraman gizonaren hitzak entzuten ziren:
<<Mutiko on bat izan zara. Agur>>
Uste dut, nahiz eta ziur ez egon, neska ni laguntzera etorri zenean esan nion azkeneko gauza honakoa izan zela:
— Ez zaitez berriz ere sartu, mesedez.
A velocidade á que cae un bo rapaz
Unha historia de Zinnia Palas

Traducido por Flavia. IG: @ffflva. Bluesky: @ozonosfera.bsky.social
Estaba a piques de chegar á habitación onde se decidía o destino do mundo. Dous tramos de esqueiras máis. Logo foron catro. Logo seis. Aos oito comecei a pensar en volverme e saír da torre de marfil. Mais quedei. E, coma supuxen, fun recompensado vendo a porta no alto dos últimos chanzos.
Dixéronme que habería fotografías nas paredes, mais non pensaba eu que tantas muller ao longo dos anos me devolverían a ollada. Recoñecín a Simone de Beauvoir, a filósofa que non chegamos a ver no colexio. Colocaran autocolantes de emotícones que rían dela ao seu redor, tapando todo agás a súa cara. Intentei pasar do tema, mais logo escoitei aquela voz.
—Hai alguén máis! —dixo, intentando recobrar o alento—. Chámome Úrsula.
Asentín, mirando como se derretía polas esqueiras. O seu vestido azul era de dúas tonalidades por causa da suor.
—Como chegaches aquí? —díxenlle, tendéndolle un único pano de papel, aínda que non había solucionar moito. Non quería manchar o de tela.
Ela sorriu.
—Pura forza de vontade e constancia. Son unha das primeiras mulleres en o conseguir —mirou para as paredes e a súa expresión mudou. Converteuse nun sorriso escuro—. Encántame esta especie de «muro da vergoña». Eu fareino mellor que todas elas. Demostrarei que nós non temos que recorrer á misandria para o facermos ben.
«Desde cando as deixan entrar aquí?». Mirei ao redor mentres as pingas de suor caín pola miña fronte. O aire queimaba e as paredes movíano. Respirar aí era cousa de valentes.
Non dixen nada. Logo chegaron as risas. Varios individuos en traxe subían as esqueiras. Ouvírano todo.
—Mais obrigaches o rapaz a te dar o pano de papel, non si?
O primeiro levaba un anel cun escudo de aparencia rexia. Achegouse a Úrsula e asiuna polo queixo. A resistencia foi o silencio. Outro, cunha gravata de veludo púrpura, colleulle o papel da man.
—Deumo el porque quixo! —exclamou ela—. Dillo, por favor!
As súas olladas eran horríbeis, en especial a de Úrsula, coma un eco continuo que me pedía que voase cando eu me tiña por peixe. Comezáronme a suar as mans. Non tiña máis ca dúas opcións e unha delas ía en contra do resto da vida que merecía. As esqueiras da última torre de marfil eran o único que me separaba do triunfo absoluto. Alí abriríanme a porta e entre champaña e caviar gañaríame o seu respecto. As cousas eran así. Parecíame moi simple.
Neguei coa cabeza.
O do anel soltoulle o queixo con desdén. «Canta menos competencia mellor», pensei.
—Sé lista e vaite de aquí. Non abrimos a porta a tolas que se aproveitan dos demais. Será que non o deixan claro as fotos?
As súas palabras calaron nos ósos de todos, mais a Úrsula metéranlle burbullas de aire na súa estrutura.
—Só foi un malentendido! Eu…!
O son da man do home do anel golpeando a Úrsula asustoume. Xuraría que todas as fotos mirraron o bico de vez. Ela levouse a man á meixela encarnada e miroume. Eu neguei coa cabeza e apartei a ollada.
—Bo rapaz—comentou o terceiro, un pouco máis arredado, co seu traxe gris impoluto.
Esa era a imaxe do éxito.
—Usmo que nos serás útil —dixo o da gravata, que veu colocarme o brazo arredor dos ombreiros.
Úrsula marchou. Pensei que para sempre. Mais voltou, supoño que para reclamar a súa posición. Tiña as mans baleiras e camiñaba como se de verdade puidese facer algo. O seu vestido era vermello, ou iso é o que penso, porque só vin un pouco mentres caía desde o alto da torre. Na miña cabeza, amais do medo de destriparme contra o chan, soaban as palabras do home do traxe antes de me empurrar desde a altura:
«Fuches un bo rapaz. Adeus.
Creo, aínda que non estou seguro, que o último que dixen cando ela me veu socorrer foi:
—Non entres de novo, por favor.
La velocitat a la que cau un bon noi
Un relat de Zinnia Palas

Traducido por Ekhine Espinosa. IG: @ekhiineespiinosa
Estava a punt d’arribar a l’habitació on es decidia el destí del món. Dos trams d’escala més. Després van ser quatre. Després, sis. A les vuit vaig començar a pensar a fer mitja volta i sortir de la torre de marfil. Però em vaig quedar. I, com vaig suposar, vaig ser recompensat veient la porta a la part alta dels últims esglaons.
Em van dir que hi hauria fotografies a les parets, però no vaig pensar que tantes dones al llarg dels anys em tornessin la mirada. Vaig reconèixer a Simone de Beauvoir, la filòsofa que no vam arribar a donar a l’escola. Havien col·locat adhesius amb emoticones rient-se al seu voltant i només quedava la seva cara a la vista. Vaig intentar passar del tema, però llavors vaig escoltar aquella veu.
– Hi ha algú més! — va dir, intentant recobrar l’alè–. Em dic Úrsula.
Vaig assentir, mirant-la, fondre’s per les escales. El seu vestit blau era de dues tonalitats per la suor.
– Com has arribat aquí? –vaig dir, donant-li l’únic mocador de paper, encara que no solucionaria gaire. No volia tacar el de tela.
Ella va somriure.
– Pura força de voluntat i constància. Sóc una de les primeres dones a aconseguir-ho –va mirar les parets i la seva expressió va canviar. Es va convertir en un somriure fosc –. M’encanta aquesta espècie de “mur de la vergonya”. Jo ho faré millor que totes elles. Demostraré que nosaltres no hem de recòrrer a la misàndria per fer-ho bé.
“Des de quan les deixen entrar aquí?”. Vaig mirar al voltant mentre les gotes de suor queien pel meu front. L’aire cremava i les parets el movien. Respirar allà era cosa de valents.
No vaig dir res. Llavors, van arribar els riures. Diversos subjectes en tratge pujaven les escales. Ho van sentir tot.
– Però si has obligat al noi a què et doni un mocador de paper, no?
El primer portava un anell d’aparença règia. Es va acostar a Úrsula i la va prendre del mentó. La resistència va ser el silenci. Un altre, amb corbata de vellut púrpura, la va agafar de la mà.
– Me l’ha donat ell perquè ha volgut! – va exclamar ella–. Digues-li-ho, si us plau!
Les seves mirades eres horribles, en especial la d’Úrsula, com un ressò continu que em demanava que volés quan jo em considerava un peix. A mi, em van començar a suar les mans. Només tenia dues opcions i una anava en contra de la resta de la vida que em mereixia. Les escales de l’última torre de marfil eren l’única cosa que em separava del triomf absolut. Allà, m’obririen la porta i, entre xampany i caviar, em guanyaria el seu respecte. Les coses eren així. Em semblava molt simple.
Vaig negar amb el cap.
El de l’anell va deixar anar el mentó a Úrsula amb desdeny. “Com menys competència millor”, vaig pensar.
– Sigues llesta i ves-te’n d’aquí. No obrim la porta a boges que s’aprofiten de la resta. És que les fotos no ho deixen clar?
Les seves paraules van calar en els ossos de tots, però a Úrsula li havien ficat bombolles d’aire a la seva estructura.
– Però ha sigut un malentès! Jo…!
El so de la mà de l’home de l’anell colpejant a Úrsula em va espantar. Hauria jurat que totes les fotos arrufaven les celles a la vegada. Ella es va emportar la mà a la seva galta envermellida i em va mirar. Jo vaig negar amb el cap i vaig desviar la mirada.
– Bon noi – va comentar el tercer, una mica més ressagat, amb un tratge gris impol·lut.
Així es veia l’èxit.
– Ens seràs útil, ho sé – va dir el de la corbata, que va venir a col·locar-me el braç al voltant de les espatlles.
Úrsula se’n va anar. Vaig pensar que per sempre. Però va tornar, suposo que per reclamar la seva posició. Tenia les seves mans buides i caminava com si de veritat pogués fer alguna cosa. El seu vestit vermell, o això crec, perquè només el vaig veure mentre queia des de dalt de la torre. En el meu cap, a part de la por d’esclafar-me contra el ciment, sonaven les paraules de l’home del tratge abans d’empènyer-me des de dalt de la torre:
“Has sigut un bon noi. Adéu”.
Crec, encara que no estic segur, que l’últim que vaig dir quan ella va venir a socórre-me va ser:
– No entris una altra vegada, si us plau.

Deja un comentario