Disponible en castellano, inglés, euskera y galego
El pelo alberga recuerdos
Un relato de Nerea Sánchez López
Encuentra a Nerea en Instagram y Tiktok:

—El pelo alberga recuerdos, joven —espeta la peluquera mirándome fijamente a los ojos. Es mayor, tiene los ojos más azules que el cielo de julio y el pelo cano.
¿Cuántos recuerdos albergará el suyo? Es corto, débil y está despeinado. No como el mío,
que es largo, moreno y tan sedoso que podría ser protagonista de un anuncio de la tele. Pero eso no se lo digo, claro. No quiero hacerle daño.
—Solo las puntas, por favor —le suplico.
Mamá me solía decir que el pelo recogido y corto me quedaba sensacional, que realzaba mis facciones. Ahora ya no hago caso a mamá, sino a las mujeres de mi edad. Ellas llevan el pelo largo enmarcando sus rostros, dotándolos de oscuridad y, por tanto, yo también. ¿Por qué querría ser diferente a ellas?
—¿No hay nada que quieras olvidar? —inquiere.
Pienso en la respuesta. ¿Hay algo que quiera olvidar? Por supuesto que sí.
El silencio se apodera del ambiente, y lo único que se oye dentro del establecimiento es la radio escacharrada de la que salen las primeras notas de una copla. Los azulejos están rayados y anticuados, y detrás de mí son otras dos señoras mayores las que esperan su turno.
Esperan a que acabe de cortarme las puntas. Porque solo quiero cortarme las puntas.
Niego con la cabeza. No sé por qué lo hago, porque quiero olvidar muchas cosas. Esa amiga con la que ya no hablo, esa ruptura amorosa que me dejó hecha polvo, las peleas con mi hermana, aquella tarde de verano en la que me sentí más sola que nunca, el final de esa
película en el que deseé no haberla visto jamás.
Wow. Cuántas cosas.
—¿Por qué lo dice usted? —La coplera ha arrancado a cantar. Las señoras tararean. Porque claro, se saben la canción de pe a pa, es de su época. Solo lo pienso, no lo digo en voz alta.
La peluquera me sonríe y su rostro se arruga. Qué bonito es hacerse mayor, qué pena que todas las chicas quieran modificar su belleza. Si no lo hicieran, yo seguiría sus pasos.
Qué bonito es ser natural aunque nadie quiera serlo. Ni yo. Yo tampoco.
—Se ha dicho de toda la vida. —Su voz es dulce. Es una voz de consejos, de esas que quieren lo mejor para ti, que no siguen a las demás chicas, que tienen iniciativa propia—. Las cosas
que duelen se enredan en el pelo y no se caen ni aunque las cepillemos.
Yo me cepillo mucho el pelo, y también se me cae. Quizá son las cosas que me duelen intentando marcharse. Pero yo no les dejo, porque nunca me lo corto.
—Lleva razón, muchacha —interviene una voz entrecortada a mi espalda—. Llegas a una edad en la que ya no importa el largo de tu pelo, sino que esté sano y bonito, sin piojos
malignos trepando por él. —Así es cómo la señora se refiere a los problemas, como piojos. Joder, si eso es así, entonces debería hacerles caso, ¿no?
—Córtamelo —Con mis dedos pálidos y finos, señalo justo a la altura de mis hombros—. Por aquí.
Sin mirarme siquiera, me recoge la larga melena en una coleta y agarra las tijeras metálicas. Son puntiagudas e intimidantes, y están a punto de deshacerse de mis problemas, de todo aquello que me pesa. ¿Me pesará el pelo por lo largo que lo tengo, o por la cantidad de
momentos tristes que carga? Quizá sea una mezcla de ambas, nunca lo sabré. Esas cosas nadie las sabe, son una incógnita.
Con un movimiento veloz, aprieta la tijera y los mechones caen al suelo tan livianos como
una pluma. ¿De qué trataba aquella película cuyo final me dejó trastocada? ¿El nombre de esa amiga empezaba por E o por L?
No lo recuerdo.
Miro a la peluquera con los ojos cargados de ilusión. No son azules como los suyos, pero brillan tanto que veo el resplandor de luz reflejado en sus gafas.
—Córtame más —le exijo con voz dulce. Ya no me importa seguir a las demás chicas. Me ocuparé yo misma de crear tendencia. El pelo corto es el futuro, todas tenemos problemas. Todas tienen, porque yo ya no tengo.
Me niego. Pediré cita de nuevo la semana que viene si es necesario.
—¿Te sientes más ligera? —me pregunta—. Esto engancha, eh. —Se ríe. Tiene una risa melódica, tanto como la copla, que está acabando. Me pregunto qué sonará ahora. Espero que una bulería. Sabría cantar una de esas, a mamá le encantan las bulerías. Olé.
—No quiero que me roce la piel —le explico—. Todavía me acuerdo de cosas, y no quiero que los problemas tengan un sitio en el que colgarse, ¿y si usamos eso de ahí? —Señalo la maquinilla.
Ninguna se sorprende. Me avisó de que enganchaba, no le hice caso. Camina hacia el carrito donde está la maquinilla. Está sonando una bulería, lo predije.
Soy bruja, mamá también lo es. ¿No somos acaso brujas todas las mujeres? Si no, ¿por qué esta señora me diría que el pelo alberga recuerdos? ¿Y por qué yo me lo creería? Todas lo somos, lo sé.
La vibración del aparato es música para mis oídos. Me miro al espejo y me gusta lo que veo. Soy diferente. Podría ser modelo, de esas de internet que son ejemplos a seguir, que influencian. No voy rapada, pero no hay ni un solo mechón que roce mi piel.
¿Cómo se llamaba mi expareja? ¿Alguna vez me ha hecho daño alguna amiga? No lo creo. Me llevo genial con mi hermana, me encantan todas las películas que veo y el verano es mi estación preferida. Soy feliz.
—Volveré en cuanto crezca —le advierto tras pagarle. Me sonríe. Me encantan sus arrugas. Ojalá algún día sea como ella.
¡REBÉLATE REVISTA Nº 14 YA DISPONIBLE!

Hair holds memories
A short story by Nerea Sánchez López
Find Nerea on Instagram and Tiktok:

Translation by @inkinthisorder and @batordenador
‘Your hair holds memories, girl’, the hairdresser blurts out, looking directly into my eyes. She is old, her eyes are bluer than the July sky and her hair is grey.
How many memories does hers hold? It is short, thin, and dishevelled. Not like mine, mine is long, black and so silky that I could appear on a TV ad. But I don’t tell her that, of course. I don’t want to hurt her feelings.
‘Only the ends, please,’ I beg her.
Mum used to tell me that my hair tidied up and short looked sensational on me, that it enhanced my features. Now I don’t listen to mum, but I listen to women my age. They have long hair that frames their faces, providing them darkness and, therefore, I do too. Why would I want to be different?
‘Isn’t there anything you want to forget?’ she inquires.
I think about the answer. Is there anything I want to forget? Of course there is.
Silence falls, and the only thing you can hear inside the establishment is the damaged radio and the first notes of a copla. The tiles are scratched and outdated, and behind me are two other older women waiting for their turn.
They are waiting for me to cut only the ends of my hair.
Because I only want to cut the ends.
I shake my head. I don’t know why I do it, because I want to forget a lot of things. That friend I don’t talk to anymore, that painful breakup that teared me apart, the fights with my sister, that summer afternoon that I felt more alone than ever, the end of that film that I wished I’d never seen.
Wow. So many things.
‘Why do you say that?’ the copla singer has started to sing. The women hum. Because of course they know the song from start to finish, it’s from their time. I only think it, I don’t’ say it out loud.
The hairdresser smiles at me and her face wrinkles. How lovely it is to grow old, how sad it is that all the girls want to modify their beauty. If they didn’t do it, I would follow their steps.
How lovely it is to be natural even if no one wants to be. Neither do I.
‘It has always been said.’ Her voice is sweet. It is a voice for advice, a voice that wants the best for you, that doesn’t follow the other girls, a voice that has its own initiative. ‘The things that hurt get tangled in the hair and they don’t fall even if we brush it.’
I brush my hair a lot, and it also falls. Mybe they are the things that hurt me trying to leave. But I don’t let them. Because I never cut my hair.
‘She’s right, girl’, a faltering voice intervenes from behind. ‘You’ll reach an age when the length of your hair doesn’t matter, rather that it is healthy and beautiful, with no evil lice crawling in it.’ That’s how the lady refers to problems, as lice. Fuck, if that’s how it is, then I should listen to them, right?
‘Cut it’, with my pale and thin fingers I point exactly at shoulder length. ‘Here.’
Without even looking at me, she pts my long hair into a ponytail and grabs the metal scissors. They are pointy and intimidating, and they are about to get rid of my problems, of all those things that weigh me down. Is my hair heavy because of its length or because of the number of sad moments it carries? Maybe it is a mix of both, I’ll never know. No one knows those kinds of things; they are a mystery.
With a fast movement, she closes the scissors and the locks fall to the ground as light as feathers. What was that film whose ending left me so torn up about? Did the name of that friend begin with an E or an L?
I don’t remember.
I look at the hairdresser with eyes full of wonder. They are blue like hers, but they shine so much that I can see the gleam of light reflected on her glasses.
‘Cut more’, I demand in a sweet voice. I don’t care anymore about doing the same as other girls. I’ll create a trend myself. Short hair is the future, we all have problems. They all have, because I don’t anymore.
I refuse. I’ll make another appointment next week if it’s necessary.
‘Do you feel lighter?’, she asks me. ‘This is addictive, right?’, she laughs. She has a melodic laugh, as melodic as the copla, which is ending. I wonder what will play now. I hope it is a bulería. I could sing one of those, my mum loves bulerías. Olé.
‘I don’t want it to graze my skin’, I explain. ‘I still remember some things, I don’t want to let my problems hang onto anything. What if we use that?’, I point at the razor.
No one is surprised. She warned me that it was addictive, I didn’t listen. She walks towards the trolley where the razor is. A bulería is playing, I predicted it.
I’m a witch, and my mum is too. Aren’t we all women witches? If not, why would this lady tell me that hair holds memories? And why would I believe it? We all are, I know it.
The vibration of the machine is music to my ears. I look at the mirror ad I like what I see. I’m different, I could be a model, those social media ones that are role models, that influence.
I’m not completely shaven, but there are no locks grazing my skin.
What was the name of my ex-partner? Have I ever hurt a friend? I don’t think so. I get along great with my sister, I love all the films I watch, and summer is my favourite season. I’m happy.
‘I’ll come back when it grows’, I warn her after paying. She smiles at me. I love her wrinkles. I hope to be like her one day.
ILEAK OROITZAPENAK GORDETZEN DITU
NEREA SÁNCHEZ LÓPEZ-REN KONTAKIZUN BAT
Bilatu Nerea Instagram eta Tiktok-en:

Traducido por Udara Pascual. IG: @udarapascual
—Ileak oroitzapenak gordetzen ditu, gazte —aurpegiratzen du ile-apaintzaileak begietara zuzen begiratzen nauela.
Heldua da, uztailako zerua baino begi urdinagoak ditu eta ile zuria dauka.
Zenbat oroitzapen gordeko ditu bereak? Motza da, ahula eta orraztu gabe dago. Ez nirea bezala, luze, marroia eta horren leuna, telebistako iragarpen baten protagonista izan zitekeela. Baina ez diot hori esaten, noski. Ez diot minik egin nahi.
—Puntak soilik, mesedez —eskatu egiten diot.
Amak, ile motza eta bilduarekin txundigarri nengoela esaten zidan, nire bisaia nabarmentzen zuela. Orain ez diot amari kasurik egiten, nire adineko emakumeei baizik. Hauek, aurpegia markoztatzen duten ile luzeak daramatzate, iluntasunez hornituz, eta ondorioz, ni ere. Zergatik nahiko nuke desberdina izan?
—Ez ahal dago ahaztu nahi duzun ezer? —aztertzen du.
Erantzunean pentsatzen dut. Ba ahal dago ahaztu nahi dudan zerbait? Noski baietz.
Isiltasunak ingurunea hartzen du, eta logelaren barruan entzuten den bakarra, kopla baten lehenengo notak aurkezten dituen erradio suntsitu bat da. Lauzak marratuta eta zahartuak daude, eta nire atzean, haien txanda itxaroten dabiltzaten beste bi emakume dira.
Puntak mozteari bukatu dezadan itxaroten dute.
Izan ere, puntak soilik moztea da nahi dudana.
Buruarekin ezeztatzen dut. Ez dakit zergatik egiten dudan, gauza asko ahaztu nahi baititut. Jada hitz egiten ez dudan lagun hori, jota utzi ninduen amaitutako maitasun hori, nire ahizparekin izandako borrokak, inoiz baino bakarrago sentitu nintzen udako arratsalde hori, inoiz ikusi ez nezan desiratu nuen pelikula horren bukaera.
Wow. Zenbat gauza.
—Zergatik diozu? —Abeslaria hasi da kopla abesten. Emakumeek ere kantatzen dute. Ez da harrigarria, primeran ezagutzen dute abestia, haien garaikoa da eta. Pentsatzen dut soilik, ez dut altuan esaten.
Ile-apaintzaileak irribarre egiten du eta aurpegia zimurtzen zaio. Zein ederra den zahar egitea, eta ze pena neska guztiek haien edertasuna aldatu nahi izatea. Egingo ez bazuten, haien pausoak jarraituko nituen.
Zein ederra den naturala izatea, inork izan nahi ez badu ere. Ezta nik ere. Ni ez.
—Betidanik esan da. —Bere ahotsa gozoa da. Aholkuen ahotsa bezalakoa, zuretzat hoberena nahi duten horietakoak, beste neskak jarraitzen ez dituztenak, ekimen propioa dutenak—. Min egiten dituzten gauzak ilean korapilatu egiten dira, eta orrazten ditugun arren, ez dira erortzen.
Nik ilea asko orrazten dut, eta erortzen zait. Izan liteke min egiten nauten gauzak izatea, alde egiten saiatzen. Baina nik ez diet aukera hori ematen, ez baitut inoiz mozten.
—Arrazoia duzu, neskatxa —esaten du atzean dudan ahots batek—. Iristen da adin bat non zure ilearen luzerak jada hainbeste garrantzirik ez duen eta horren ordez, osasuntsu eta polita egoteak garrantzia hartzen duen, zorri gaiztorik gabe. —Hori da emakumeak arazoei deitzen dien modua, zorriak.
Ze arraio, hori horrela bada, kasu egin beharko nieke, ezta?
—Moztu iezadazu —Nire behatz zurbil eta meheekin, sorbaldaren altuera seinalatu egiten dut—. Hemendik.
Niri begiratu ere egin gabe, iledi luzea motots batean bildu eta metalezko guraizeak hartzen ditu. Zorrotzak eta beldurgarriak dira, eta nire azaroak desegitearen bidean daude, pisatzen nauen hori guztia. Ilea horren pisutsua sentitzen dut luzea delako, edo biltzen dituen momentu tristeen kopuruagatik? Agian bien nahasketa bat da, ez dut inoiz jakingo.
Gauza horiek ez dakizki inork, ezezagunak dira.
Mugimendu azkar batez, guraizeak estutu egiten ditu eta ile-sortak luma leun batzuk bezala lurrera erortzen dira. Zein zen horren gaizki utzi ninduen pelikula horren gaia? Lagun horren izena E edo L letraz hasten zen?
Ez dut oroitzen.
Ilusioz beteriko begiekin begiratzen diot ile-apaintzaileari. Ez dira urdinak emakumearen bezalakoak, baina distira egiten dute eta argiaren islapena bere betaurrekoan ikusten dut.
—Gehiago moztu —eskatu egiten diot ahots gozo batez. Jada bost axola zait beste neskak jarraitzea. Mugimendu bat sortzeaz arduratuko naiz. Ile motza etorkizuna da, denok arazoak ditugu. Denek dituzte, nik jada ez ditut eta.
Ez dut nahi. Behar izanez gero, hurrengoa hastean hitzordua berriz ere eskatuko dut.
—Arinago sentitzen zara? —galdetzen dit—. Honek harrapatzen zaitu, eh. —Barre egiten du. Irribarre melodiko bat du, bukatzen ari den kopla bezala. Ze entzungo da orain? Buleria bat ondo egongo litzateke. Horietako bat abesten jakingo nuke, amak oso gustuak ditu buleriak. Ole.
—Ez dut azala ukitu dezan nahi —azaltzen diot—. Oraindik gauza batzuk oroitzen ditut, eta ez dut arazoak zintzilikatu daitezen leku bat izatea nahi, eta bertako hori erabiltzen badugu? —Ilea mozteko makina seinalatu egiten dut.
Ez da inor harritzen. Harrapatzen zaituela ohartarazi zidan, ez nion kasurik egin. Ilea mozteko makina dagoen gurditxoarengana hurbiltzen da. Buleria bat hasten da, aurreikusi nuen.
Sorgina naiz, ama ere bada. Ez al gara emakume guztiak sorginak? Bestela, zergatik esango zidan emakume honek ileak oroitzapenak gordetzen dituela? Eta zergatik sinetsiko nuen?
Guztiak gara, ziur nago.
Tresnaren dardarak nire belarrientzako musika da. Ispilura begiratzen dut eta gustuko dut ikusten dudana. Desberdina naiz. Modelo bat izan nintekeen, jarraitzeko eredu diren interneteko horietakoak, eragina dutenak. Ez nago arrasatuta, baina ez dago azala ukitzen nauen ilerik.
Nola deitzen zen nire bikote oila? Lagunen bat min egin dit noizbait? Ez dut uste. Nire ahizparekin dudan harremana bikaina da, ikusten ditudan pelikula guztiak zoratzen naute eta uda nire urtaro gustukoena da. Zoriontsu naiz.
—Hazi bezain laster itzuliko naiz —ohartarazten diot ordaindu ondoren. Irribarre egiten dit. Bere zimurrak oso atseginak ditut. Egunen batean bera bezala izatea nahiko nuke.
O cabelo alberga lembranzas
Un relato de ‘Nerea Sánchez López
Atopa a Nerea en Instagram e TikTok:

Traducido por Flavia. IG: @ffflva. Bluesky: @ozonosfera.bsky.social
—O cabelo alberga lembranzas, moza —chanta a perruqueira mirándome en fite, cravándome os ollos. É maior, ten os ollos máis azuis có ceo de xullo e o cabelo cano.
Cantas lembranzas albergará o seu? É curto, feble e desguedellado. Non coma o meu, que é longo, moreno e tan sedoso que podería ser protagonista dun anuncio da tele. Mais iso non llo digo, claro. Non quero facerlle dano.
—Só as puntas, se fai o favor —suplícolle.
Mamá adoitaba dicirme que o cabelo recollido quedábame sensacional, que realzaba as miñas faccións. Agora xa non fago caso a mamá, senón ás mulleres da miña idade. Elas levan o cabelo longo enmarcando os seus rostros, dotándoos de escuridade e, por conseguinte, eu tamén. Por que querería ser diferente a elas?
—Non hai nada que queiras esquecer? —inquire.
Penso na resposta. Hai algo que queira esquecer? Abofé que si.
O silencio apodérase do ambiente, e o único que se ouve dentro do estabelecemento é a radio escacharrada da que saen as primeiras notas dunha copla. Os azulexos están raiados e anticuados, e detrás de min son outras dúas señoras maiores as que agardan pola súa quenda.
Agardan por que eu acabe de cortarme as puntas. Porque só quero cortarme as puntas.
Nego coa cabeza. Non sei por que o fago, porque quero esquecer moitas cousas. Esa amiga coa que xa non falo, esa ruptura amorosa que me deixou moída como a sal, as leas coa miña irmá, aquela tarde do verán en que me sentín máis soa que nunca, o final desa película en que me arrepentín por sempre de vela.
Wow. Cantas cousas.
—Por que o di vostede? —A cantareira xa se botou a cantar. As señoras cantaruxaban. Porque claro, sábense a cantiga da cima ao cabo, é da súa época. Só o penso, non o digo en voz alta. A perruqueira sorrí e o seu rostro engúrrase. Que bonito é facerse maior, que mágoa que todas as rapazas queiran modificar a súa beleza. Se non o fixesen, eu seguiría os seus pasos. Que bonito é ser natural aínda que ninguén queira selo. Nin eu. Eu tampouco.
—Lévase dicindo toda a vida. —A súa voz é agarimosa. É unha voz de consellos, desas que queren o mellor para ti, que non seguen ás demais rapazas, que teñen iniciativa propia—. As cousas que doen enguedéllanse no cabelo e non caen nin aínda que as cepillemos.
Eu cepíllome moito o cabelo, e tamén me cae. Talvez son as cousas que me doen intentando marcharse. Mais eu non lles deixo, porque nunca o corto.
—Leva razón, muller —intervén unha voz entrecortada ás miñas costas—. Chegas a unha idade en que xa non importa a longura do teu cabelo, senón que estea san e bonito, sen piollos malignos gabeando por el. —Así é como a señora se refire aos problemas, como piollos. Manda carallo, se iso é así, entón debería facerlles caso, non é?
—Córtamo —Cos meus dedos esbrancuxados e finos, sinalo xusto á altura dos meus ombreiros—. Por aquí.
Sen mirarme sequera, recólleme a longa melena nunha coleta e agarra as tesoiras metálicas. Son puntiagudas e intimidantes, e están a piques de desfacerse dos meus problemas, de todo aquilo que me pesa. Pesarame o cabelo polo longo que o teño, ou pola cantidade de momentos tristes que carga? Talvez sexa unha mestura de ambas, nunca o saberei. Esas cousas ninguén as sabe, son unha incógnita.
Cun movemento veloz, aperta a tesoira e os guechos caen ao chan tan liviáns como unha pluma. De que trataba aquel filme cuxo final me deixou fatal? O nome desa amiga comezaba por E ou por L?
Non me lembro.
Miro a perruqueira cos ollos cargados de ilusión. Non son azuis como os seus, pero brillan tanto que vexo o fulgor reflectido nos seus lentes.
—Córtame máis —exíxolle cunha voz doce. Xa non me importa seguir as demais rapazas. Ocupareime eu mesma de crear tendencia. O cabelo curto é o futuro, todas temos problemas. Todas teñen, porque eu xa non teño.
Négome. Pedirei cita de nova a semana que ven se é necesario.
—Sénteste máis lixeira? —pregúntame—. Isto é adictivo, eh. —Ri. Ten unha risa melódica, tanto como a copla, que está a acabar. Pregúntome que soará agora. Espero que unha bulería. Sabería cantar unha desas, a mamá encántalle as bulerías. Olé.
—Non quero que me roce a pel —explícolle—. Aínda me lembro de cousas, e non quero que os problemas teñan un sitio en que colgarse, e se usamos iso de aí? —Sinalo a máquina de afeitar.
Ningunha se sorprende. Avisoume de que era adictivo, non lle fixen caso. Camiña cara ao carro onde está a máquina. Está a soar unha bulería, predíxeno.
Son bruxa, mamá éo tamén. Non somos acaso bruxas todas as mulleres? Se non, por que esta señora me diría que o cabelo alberga lembranzas? E por que eu mo crería? Todas sómolo, dígocho eu.
A vibración do aparello é música para os meus ouvidos. Mírome no espello e préstame o que vexo. Son diferente. Podería ser modelo, desas de internet que son exemplos a seguir, que influencian. Non vou rapada, mais non hai guecho que roce a miña pel.
Como se chamaba a miña exparella? Algunha vez fíxome dano algunha amiga? Non o creo. Leiro coa miña irmá, encántame todas as películas que vexo e o verán é a miña estación favorita. Son feliz.
—Hei regresar cando creza —advírtolle tras pagarlle. Sorrí para min. Encántanme as súas engurras. Oxalá algún día sexa como ela.

Deja un comentario