Disponible en castellano, inglés, euskera y galego
Una genealogía de la desobediencia amorosa
Una reflexión de Mariana De León
Conecta con Mariana por mail: marianadleoon@gmail.com

Mi padre me contó hace poco una anécdota: mi abuelo encerraba a mi abuela en casa mientras él se iba. Con llave. Guardada. No vaya a ser que se escape el perro. Claro. Era normal en la época, me dice. “¿Y mi abuela le quería?”, pregunté. “Con toda su alma”, afirma. Nunca se enamoró de nadie más y nunca lo hará: él era su todo. “Es verdad ーadmitióー que tenía problemas con la bebida y, a veces, era un poco violento. Pero ojo: nunca le pegó”. Solo le alzaba la voz. O la encerraba. “Lo mejor que podías encontrar en la época”, agrega. No duraron tanto: mi abuelo se fue con otra después de ocho hijos juntos. La dejó en casa, y esta vez también le dio las llaves, pero ella no se movió. Cuidaba. Puede que esperara. Mi padre se ríe al contarlo: “En realidad tu abuelo era muy moderno ーdiceー, cuando la dejó le dio un coche y todo”. Pero ella nunca aprendió a conducir. Supongo que estaría ocupada cuidando a tanto niño. O no tuvo tiempo. O ganas. O el amor ya la había educado a obedecer. Nunca salió del pueblo. Nunca estuvo con otro hombre. “¿No se sentirá sola?”, pregunté. Mi padre me miró como si la pregunta no tuviera sentido. Yo nunca conocí a mi abuelo; murió poco antes de que yo naciera. Pero ella sigue teniendo una foto de él cuando era joven en el salón. La muestra con ternura cada vez que voy. Puede que siga esperando a entregarse, dispuesta a perdonar. Pero vamos, es normal: era su media naranja.
La sensibilidad romántica se ha infiltrado en nuestras narrativas de forma audaz, coherente: un guion ya escrito que se ha presentado como natural. Pero esta aparente espontaneidad oculta una cuestión crucial: un imaginario romántico que desde sus comienzos primitivos ya exaltaba el dolor como síntoma de profundidad. No soy la primera en chocar con una materialidad tan sórdida; Emma Bovary ya lo sabía: amar es perder, romperse. Y, al parecer, ser una desquiciada es la única forma de aguantarlo.
El modelo amoroso se ha sostenido por tres pilares: la idealización, la fusión absoluta y la exclusividad. Y, sin duda, estos elementos han articulado nuestras experiencias cotidianas, pero no como inspiraciones, sino como condicionantes, porque si no es eso, ¿qué más es? La concepción del amor se ha creado con base en una experiencia desgarradora que pone en evidencia la ambivalencia esencial del amor romántico: una vivencia que promete plenitud, pero que muchas veces la sostiene la carencia, la pérdida y la herida. María Zambrano advirtió en una entrevista que “lo que sale realmente del corazón sale acompasado, es una suerte de pensamiento”. Pero hoy, el amor está desacompasado, resguardado en cimientos de sufrimiento, rigidez y desigualdad.
El mito romántico fue la coartada perfecta para el capitalismo heteropatriarcal. La decepción de esa promesa generó la crisis. El amor fue la religión del patriarcado, y con ello nos arrebataron la intensidad amorosa que nos pertenecía, que era nuestra, y la pusieron al servicio de la obediencia. De la decepción nació una escapatoria: el arte como símbolo de rebeldía. Fleabag y otras protagonistas contemporáneas materializan el desarraigo y el anhelo de esa supuesta verdad. Pero no se limita a mostrar el vacío, sino que subvierte el rol tradicionalmente pasivo asignado a la mujer en la narrativa romántica. Rompiendo con la cuarta pared, rompe también con la sumisión, las expectativas y el silencio. Sin embargo, los hombres continúan reproduciendo los patrones de control que se disfrazan de amor: ofrecen cercanía, pero imponen distancia; prometen vínculo, pero ejercen poder. En ellos, el romanticismo se impone como coartada para perpetuar estructuras patriarcales que camuflan dominio bajo apariencia de sensibilidad. No es ternura: es estrategia.
El amor es irracional, es contingente y esta reivindicación no excluye la contradicción, sino que la abraza. El amor no sigue normas, no repite pautas, y es ahí donde reside el hechizo. Puede ser inestable, frágil y volátil. La estabilidad no siempre es sinónimo de plenitud; a veces, es cárcel. Bauman nos habla de un amor líquido, de compromisos fugaces, mas esto no resalta un problema en sí mismo, pues la liquidez no es un signo de vacío: es oportunidad. Oportunidad de experimentar, de reinventar el modelo amoroso que hemos heredado. Lo haremos torpemente, quizá, pero con la urgencia de redefinirlo desde otras coordenadas emocionales. La clara discordancia entre la precariedad de los vínculos y el deseo de sentir muestra de forma clara que lo que aprendimos no funciona. Hay otras maneras de amar: más libres, menos totalizantes, quizá finitas, pero, sobre todo, reales. El amor no debe significar renuncia: amores que no se midan en sacrificio, que no pidan obediencia ni exclusividad como prueba. El deseo como motor político, el cuidado como elección y no como condena. Vínculos que no se justifiquen en la eternidad, sino en la intensidad de lo vivido.
Desobedecer al amor romántico no significa dejar de amar, sino dejar de creer en esa promesa de entrega que siempre nos pide a nosotras la renuncia. Mi abuela esperó, mi madre justificó, y yo escribo: no hay redención en la media naranja, solo la amputación de media vida. La genealogía de la desobediencia empieza aquí: en la escritura, en el deseo que ya no se esconde ni se disculpa. No son grandes gestos; son ausencias, silencios, ganas guardadas. El amor no obedece; nosotras tampoco. Amar puede ser quedarse, irse, romper todo, inventar, volver. Amar es nuestro. Y lo haremos como nos dé la gana.

A genealogy of the disobedience of love
A reflection by Mariana De León
Connect with Mariana by email: marianadleoon@gmail.com

Translation by @inkinthisorder and @batordenador
My father recently told me a story: my grandfather locked my grandmother in the house while he was out. Under lock and key. Put away. Lest the dog escapes. Of course. It was normal at the time, he says. ‘And my grandmother loved him?’, I asked. ‘With all her being’, he affirms. She never fell in love with anyone else and never will: he was her everything. ‘It’s true that he had a drinking problem’ he admitted, ‘and that, sometimes, he was a little violent. But hey, he never hit her’. He only raised his voice. Or locked her up. ‘The best you could find at the time’, he adds. They didn’t last that long: my grandfather left my grandmother for another woman after having eight children together. He left her at home, and this time he also gave her the keys, but she didn’t move. She took care of things. Maybe she was waiting. My father laughs retelling it: ‘Actually your grandfather was a very modern man,’ he says, ‘when he left her he gave her a car and everything’. But she never learned how to drive. I suppose she was too busy taking care of so many children. Or she didn’t have the time. Or the energy to do it. Or love had already taught to be obedient. She never left her town. She never met another man. ‘Won’t she feel lonely?’, I asked. My father looked at me as if my question didn’t make any sense. I never met my grandfather; he died just before I was born. But she still has a photo of him of when he was young in the living room. She shows it to me with affection every time I visit her. Maybe she is still waiting to give herself up, ready to forgive. But that’s normal: he was her other half.
Romantic sensitivity has infiltrated our narrative boldly and coherently: an already written script that is presented as natural. But this apparent spontaneity hides a crucial question: a romantic imagery that since its primitive beginnings exalted pain as a symptom of depth. I’m not the first to crash into such a sordid materiality; Emma Bovary knew already: love is losing, breaking. And, apparently, being crazy is the only way to endure it.
The romantic model stands on three pillars: idealisation, absolute union and exclusivity. These elements have, without a doubt, articulated our everyday experience, but not as inspirations, but as restraints, because, if they aren’t that, then what else are they? The conception of love was created from a heartbreaking experience that shows the essential ambivalence of romantic love: an experience that promises plenitude, but that sometimes is held by deficiency, loss, and hurt. María Zambrano warned in an interview that “what really comes from the heart comes synchronised, it’s a fortunate thought”. But today, love is unsynchronised, kept in foundations of pain, strictness, and inequality.
The romantic myth was the perfect alibi for heteropatriarchal capitalism. The breach of that promise created a crisis. Love was the religion of the patriarchy, and with it, they took away the romantic intensity that belonged to us, that was ours, and they put it at the service of obedience. An escape was born from disappointment: art as a symbol of rebellion. Fleabag and other contemporary protagonists materialise the alienation and longing for that supposed truth. But it’s not limited to showing that void, as it also subverts the role traditionally passive assigned to women in a romantic narrative. By breaking the fourth wall, they also break the submission, expectations, and silence. However, men continue to reproduce the patterns of control disguised as love: they offer closeness but impose distance; they promise bonds but exert power. With them, romanticism is imposed as an excuse to perpetuate patriarchal structures that cover dominance under an appearance of sensitivity. It’s not tenderness; it’s strategy.
Love is irrational, it’s conceivable, and this vindication doesn’t exclude contradiction, it embraces it. Love doesn’t follow rules, doesn’t repeat patterns, and that’s where the magic is. It can be unstable, fragile, and volatile. Stability is not always a synonym of plenitude; sometimes it is imprisonment. Bauman talks about a liquid love, of fleeting commitments, though that doesn’t mean it is a problem in itself, as liquidness is not a sign of emptiness: it’s opportunity. An opportunity to experiment, to reinvent the romantic model we have inherited. We’ll do it clumsily, maybe, but with the urgency of redefining it from other emotional coordinates. The clear discrepancy between the uncertainty of bonds and the desire to feel shows clearly that what we learned doesn’t work. There are other ways of loving: more freely, less totalitarian, maybe finite, but mostly real. Love mustn’t mean giving something up: love that is not measured in sacrifices, that doesn’t ask for obedience or exclusivity as proof. Desire as a political drive, care as a choice and not as condemnation. Bonds that do not justify themselves with eternity, but with the intensity of what was lived.
Disobeying romantic love doesn’t mean to stop loving, it means to stop believing in that promise of surrender that always is expected of us. My grandmother waited, my mother justified, and I write: there is no redemption in the other half, only the amputation of half your life. The genealogy of disobedience starts here: in writing, in the desire that no longer hides or apologises. They aren’t grand gestures; they are absences, silences, kept wants. Love doesn’t obey; neither do we. Love can be staying, leaving, break everything, creating, coming back. Loving is ours. And we’ll do it however we want to.
Maitasun-desobedientziaren genealogia bat
Mariana De Leónen hausnarketa
Jarri harremanetan Marianarekin posta elektronikoz: marianadleoon@gmail.com

Traducido por Udara Pascual. IG: @udarapascual
Duela gutxi, aitak anekdota bat kontatu zidan: nire aitonak, kanpoan zebilen bitartean, nire amona etxean giltzaperatzen zuen. Giltzarekin. Gordeta. Bestela, txakurrak eskapo egingo du eta. Noski. Normala zen garai horretan, dio. “Eta nire amonak maite zuen?”, galdetu nuen. “Bihotz-bihotzez”, baieztatzen du. Ez zen inoiz beste norbaitez maitemindu, eta ez du inoiz egingo: bere osotasuna zen. “Egia da -aitortu zuen- edariarekin arazoak zituela, eta batzuetan pixka bat bortitz jokatzen zuela. Baina kontuz: ez zuen inoiz jo egin”. Ahotsa altxatzen zion soilik. Edo giltzaperatzen zuen. “Garaian aurkitu zenezakeen hoberena”, gehitzen du. Ez zuten horrenbeste iraun: zortzi seme-alaba elkarrekin izan ondoren, nire aitona beste batekin joan zen. Etxean utzi zuen amona eta oraingoan giltzak ere eman zizkion, baina bera ez zen mugitu. Zaintzen zuen. Izan zitekeen itxaroten zebilela. Aitak barre egiten du kontatzerakoan: “Egia esanda, zure aitona oso modernoa zen – dio-, utzi zuenean, kotxe eta guzti eman zion”. Baina amonak ez zuen inoiz gidatzen ikasi. Horrenbeste ume zaintzen lanpetuta zebilelakoan nago. Edo ez zuen denborarik izan. Edo gogorik. Edo maitasunak jada obeditzera irakatsi zuen. Ez zen herritik inoiz atera. Ez zen inoiz beste gizon batekin egon. “Ez ahal da bakarrik sentituko?”, galdetu nuen. Aitak, galdera zentzurik izango ez balu bezala begiratu egin ninduen. Ez nuen inoiz nire aitona ezagutu; ni jaio baino lehentxeago hil egin zen. Baina amonak, bere gazteko argazki bat egongelan izaten jarraitzen du. Samurtasunez erakusten du joaten naizen bakoitzean. Agian, bere burua emateko prest jarraitzen du, barkatzeko prest. Baina beno, normala da: bere laranja erdia zen.
Sentikortasun erromantikoa gure narratibetan bide ausart eta koherente batez infiltratu egin da: naturala balitz bezala aurkeztutako jada idatzitako gidoi bat. Bina itxurazko bat-batekotasun honek kontu garrantzitsu bat ezkutatzen du: jatorritik, mina sakontasunaren seinale gisa goratzen zuen iruditeria erromantikoa. Ez naiz horrelako materialtasun latzarekin topo egiten duen lehena; Emma Bovaryk jada bazekien: maitatzea galtzea da, apurtzea. Eta dirudienez, erotuta egotea da hura jasateko modu bakarra.
Amodiozko eredua hiru zutabek eutsi dute: idealizazioa, fusio absolutua eta esklusibotasuna. Eta, zalantzarik gabe, elementu hauek gure eguneroko esperientziak artikulatu egin dituzte, baina ez inspirazio gisa, baizik eta baldintzatzaile modura, izan ere, hori ez bada, zer gehiago da? Maitasuna ikusteko modua, maitasun erromantikoaren funtsezko anbibalentzia ebidentzian jartzen duen esperientzia lazgarri baten arabera sortu egin da: osotasuna hitzematen duen bizipen bat, baina gehienetan, gabezia, galera eta zauria eusten duena. Maria Zambranok elkarrizketa batean ohartarazi zuen: “bihotzetik benetan ateratzen dena, konpasatuta ateratzen da, pentsamendu baten antzera”. Baina gaur egun, maitasuna erritmoz kanpo dago, neurririk jarraitu gabe, sufrimendu, zurruntasun eta desberdintasunaren zimenduetan babestuta.
Mito erromantikoa, kapitalismo heteropatriarkalarentzako aitzaki bikaina izan zen. Hitzematen horren etsipenak krisialdia sortu zuen. Maitasuna, patriarkatuaren erlijioa izan zen, eta horrela, gurea zen maitasunaren intentsitatea kendu egin ziguten eta obedientziaren menpe jarri zuten. Etsipenetik irtenbide bat jaio zen: artea errebeldiaren ikur gisa. Felabag eta bestelako garaikideko protagonistek suposiziozko egia horren deserrotze eta grina gauzatu egiten dute. Baina ez da hutsune hori erakustera mugatzen, baizik eta emakumeari narratiba erromantikoan tradizionalki esleitutako rol pasiboari buelta ematen dio. Laugarren pareta apurtuz, mendekotasuna, espektatibak eta isiltasuna ere apurtzen du. Hala ere, gizonezkoek, maitasunez mozorrotzen diren kontrolezko patroiak errepikatzen jarraitzen dute: hurbiltasuna eskaintzen dute, baina distantzia inposatzen dute; lotura bat hitzematen dute, baina botereaz baliatzen dira. Hien kasuetan, nagusitasuna sentiberatasunaren itxurapenean ezkutatzen duten egitura patriarkalak betikotzeko, erromantizismoa aitzakia gisa ezartzen da. Ez da samurtasuna: estrategia da.
Maitasuna irrazionala da, kontingentea da, eta aldarrikapen honek ez du kontraesana baztertzen, baizik eta besarkatzen du. Maitasunak ez ditu arauak jarraitzen, ez ditu ereduak errepikatzen, eta horixe da bere xarma. Ezegonkor, hauskorra eta hegakorra izan daiteke. Egonkortasuna ez da beti osotasunaren sinonimo: batzuetan, kartzela da. Baumanek maitasun likidoaz hitz egiten digu, konpromiso iragankorrez, baina horrek ez du berez arazo bat azpimarratzen, likidotasuna ez baita hutsaren seinale; aukera bada. Esperimentatzeko aukera, oinordetu dugun maitasun eredua berrasmatzeko. Trakets ibiliko gara, agian, baina beste ikuspuntu emozional bat berridazteko larrialdiarekin. Harremanen ezegonkortasun eta sentitzeko desiraren arteko desadostasunak, ikasitakoa balio ez duela argi eta garbi erakusten du. Maitatzeko beste moduak badira: askeagoak, ez horren totalizatzaileak, agian finituak, baina, batez ere, errealak. Maitasunak ez luke uko egitea esan nahi: sakrifizioen arabera neurtzen ez den maitasuna, froga gisa mendekotasuna eta esklusibotasuna eskatzen ez duena. Desira motor politiko gisa, zaintza aukera gisa eta ez zigor gisa. Betikotasunean arrazoitu ordez, bizitako intentsitatean arrazoitzen diren loturak.
Maitasun erromantikoa desobeditzea ez du esan nahi maitatzeari uztea, baizik eta beti guri uko egitea eskatzen digun emate-promesa horretan sinesten uztea. Nire amonak itxaron zuen, nire amak arrazoitu zuen, eta nik idazten dut: ez dago erredentziorik laranja erdian, soilik bizitza erdi baten galera. Desobedientziaren genealogia hemen hasten da: idazkeran, jada ezkutatzen ez den eta barkamena eskatzen ez duen desiran. Ez dira keinu handiak: isiltasuna da, gabezia, gordetako gogoak. Maitasunak ez du obeditzen; gu ezta ere. Maitatzea geratzea izan daiteke, urruntzea, dena haustea, asmatzea, itzultzea. Maitatzea gurea da. Eta nahi dugun bezala egingo dugu.
Unha xenealoxía da desobediencia amorosa
Unha reflexión de Mariana De León
Ponte en contacto con Mariana por correo electrónico: marianadleoon@gmail.com

Traducido por Flavia. IG: @ffflva. Bluesky: @ozonosfera.bsky.social
Meu pai contoume hai pouco unha anécdota: o meu avó pechaba a miña avoa na casa cando el saía. Con chave. Gardada. Por se fuxía o can. Abofé. Era normal na época, dime. “E miña avoa queríao?”, preguntei. “Con toda a súa alma”, afirma. Nunca máis se namorou nin se namorará de novo: el era o seu todo. “É verdade ーadmitiuー que tiña problemas coa bebida e, ás veces, era un pouco violento. Pero eh: nunca mallou nela”. Só lle alzaba a voz. Ou encerrábaa. “O mellor que podías atopar na época”, engade. Non duraron moito: o meu avó marchou con outra após oito fillos xuntos. Deixouna na casa, e desta vez tamén lle deu as chaves, pero a ela tanto lle tivo. Quedou na casa, coidando. Pode que agardase. O meu pai ri así que o conta: “En realidade o teu avó era moi moderno ーdiー, cando a deixou deulle un coche e todo”. Pero ela xamais aprendeu a conducir. Supoño que estaría ocupada coidando tanto rapaz. Ou non tivo tempo. Ou azos. Ou o amor xa a educara para obedecer. Nunca saíu da vila. Nunca andou con outro home. “Non se sentirá soa?”, preguntei. O meu pai quedóuseme mirando como se a pregunta non tivese sentido. Eu nunca coñecín o meu avó; morreu pouco antes de eu nacer. Con todo, ela segue tendo unha foto del de rapaz no salón. Móstrama con tenrura cada vez que vou. Pode que siga esperando a entregarse, disposta a perdoar. Vaites, é normal: era a súa media laranxa.
A sensibilidade romántica infiltrouse nas nosas narrativas con afouteza, con coherencia: un guión xa escrito que se presenta como o natural. Mais esta aparente espontaneidade oculta unha cuestión crucial: un imaxinario romántico que nos seus comezos primitivos xa enxalzaba a dor como síntoma de fondura. Non son a primeira en chocar cunha materialidade tan sórdida; Emma Bovary xa o sabía: amar é perder, crebarse. E, ao parecer, ser unha desequilibrada é a única maneira de aguantalo.
O modelo amoroso sostívose grazas a tres ideas fundamentais: a idealización, a fusión absoluta e a exclusividade. E, sen dúbida, estes elementos articularon as nosas experiencias cotiás, mais non como inspiracións, senón como condicionantes, porque se o amor non é iso, que máis pode ser? A concepción do amor baseouse nunha experiencia lancinante que pon en evidencia a ambivalencia esencial do amor romántico: unha vivencia que promete plenitude, mais que moitas veces é sostida pola carencia, a perda e a ferida. María Zambrano advertiu nunha entrevista que “o que sae realmente do corazón sae compasado, é unha sorte de pensamento”. Porén, hoxe o amor está descompasado, resgardado en alicerces de sufrimento, rixidez e desigualdade.
O mito romántico foi a coartada perfecta para o capitalismo heteropatriarcal. A decepción desa promesa xerou a crise. O amor foi a relixión do patriarcado, e con isto arrebatáronnos a intensidade amorosa que nos pertencía, que era nosa, e puxérona ao servizo da obediencia. Da decepción naceu unha escapatoria: a arte como símbolo de rebeldía. Fleabag e outras protagonistas contemporáneas materializan o desarraigamento e o anhelo desa suposta verdade. Mais non se limita a amosar o baleiro, senón que subverte o rol tradicionalmente pasivo asignado á muller na narrativa romántica. Rompendo coa cuarta parede, rompe tamén coa submisión, as expectativas e o silencio. Non obstante, os homes continúan reproducindo os seus patróns de control que se disfrazan de amor: eles ofrecen achego, mais impón distancia; prometen vínculo, mais exercen poder. Neles, o romanticismo imponse como coartada para perpetuar estruturas patriarcais que camuflan o dominio baixo a aparencia da sensibilidade. Non é agarimo: é estratexia.
O amor é irracional, é continxente e esta reivindicación non exclúe a contradición, senón que a abraza. O amor non segue normas, non repite pautas, e é niso onde reside o feitizo. Pode ser inestábel, fráxil e volátil. A estabilidade non sempre é sinónimo de plenitude; ás veces, é cárcere. Bauman fálanos dun amor líquido, de compromisos fugaces, mais isto non resalta un problema en si mesmo, pois a liquidez non é un signo de baleiro: é oportunidade. Oportunidade de experimentarmos, de reinventarmos o modelo amoroso que herdamos. Farémolo torpemente, talvez, mais coa urxencia de redefinilo a partir doutras coordenadas emocionais. A clara discordancia entre a precariedade dos vínculos e o desexo de sentir mostra de xeito claro que o que nos aprenderon non funciona. Hai outras maneiras de amarmos: máis libres, menos totalizantes, quizais finitas, pero, ante todo, reais. O amor non debe significar renuncia: amores que non se midan en sacrificio, que non pidan obediencia nin exclusividade como proba. O desexo como motor político, o coidado como elección e non como condena. Vínculos que non se xustifiquen na eternidade, senón na intensidade do vivido.
Desobedecermos o amor romántico non significa deixarmos de amar, senón deixarmos de crer na promesa de entrega que sempre nos pide a nosoutras unha renuncia. Miña avoa agardou, miña nai xustificou, e eu escribo: non hai redención na media laranxa, só a amputación de media vida. A xenealoxía da desobediencia comeza aquí: na escritura, no desexo que agora non se agacha nin se desculpa. Non son grandes xestos; son ausencias, silencios, ganas gardadas. O amor non obedece; nosoutras tampouco. Amar pode ser ficar, marchar, romper todo, inventar, regresar. Amar é noso. E farémolo como nos dea a gana.

Deja un comentario