Fragmentos sobre el amor
Escrito por degea

Fragmentos sobre el amor
I. Amor moribundo
moribundo | moribunda
Etimología: del lat. moribundus, -a, -um, participio futuro pasivo del lat. vg. morīre ‘morir’. 1.ª fuente: 1696, DLac.
Adjetivo y masculino y femenino: Que se muere, próximo a la muerte.
El amor muere, como todo aquello que tiene vida. Lo perenne es un engaño o es inerte, falto de espíritu (nunca podríamos imaginar un amor falto de espíritu, es un oxímoron). Aunque todos los amores mueren, no todos mueren igual.
Como pasa con las personas, algunos amores mueren de repente. Parecían estar sanos, fuertes, se auguraban grandes planes, un futuro próspero, proyectos por construir y toda una historia por delante, cuando de pronto algo provoca un incendio violento que nadie pudo prever ni del que nadie pudo salvarse. En un abrir y cerrar de ojos todo se deshace como un castillo de arena en la orilla del mar, sin últimos besos, sin un último instante de pasión.
Como pasa con las personas, algunos mueren muy lentamente, enfermos, pero resistiendo y luchando hasta el último aliento. Incluso, por momentos, puede parecer que tengan recuperaciones milagrosas, que un día, por arte de magia, hayan sanado y estén preparados para saltar y correr de nuevo. Normalmente, sin embargo, no es más que la última chispa de alegría antes del adiós definitivo.
A diferencia de las personas, hay amores que mueren muchas veces, sin haber llegado nunca a resucitar del todo. Despedidas que se suceden, estocadas finales que siempre acaban precediendo a otras nuevas, un primer adiós, exagerado, efervescente; un encuentro para hablar, un domingo por la tarde, como el médico que recibe al paciente para decirle que quizá ya no vale la pena tener esperanza, que conviene dejarlo todo bien atado antes de partir; una nueva muerte recogiendo las cosas, llenando cajas, derramando lágrimas y cargando el coche. Esta puede ser la muerte definitiva, aunque cada hilo colgando (una camiseta olvidada, una factura sin pagar, una carta recibida en una dirección antigua) puede hacer centellear a ese amor, darle una bocanada intermitente de aire que causa un movimiento como de espasmo post mortem. ¿Se puede resucitar un amor muerto?
Otros vínculos dependen de la respiración asistida. La rutina los mantiene, los empuja con un ritmo lento y maquinal: unos hijos, una hipoteca, unos gatos, un mercado del alquiler imposible, la misma inercia cómoda de ir tirando, y mañana será otro día. Amores muertos en vida que respiran pero no laten.
Hay amores que mueren jóvenes, demasiado jóvenes, y otros que llevan demasiado tiempo muriéndose y acaban siendo una carga. Otros que mueren resplandecientes, que mueren cuando tocaba, después de un camino de alegría. Los hay que mueren embriagados de nostalgia, de tristeza, de alivio y de esperanza por lo que vendrá.
Como pasa con las personas, quizás las muertes son necesarias para dejar paso a una nueva vida. La muerte es la condición de posibilidad del nacimiento de un nuevo amor.
II. Amor ucrónico
ucronía
Etimología: del fr. uchronie, creado por el filósofo francés Charles Renouvier (1815-1903) como título de su obra Uchronie… (1901), comp. a partir del gr. οὐ (ou, ‘no’) y χρόνος (khrónos, ‘tiempo’), por analogía con utopía.
Femenino. Desarrollo imaginario de un hecho histórico como si hubiera tenido lugar realmente.
Todo el mundo ha tenido amores ucrónicos. Una puede decir que nunca se ha enamorado, que jamás ha confundido el norte con el sur por alguien, que solo ha conocido el afecto templado, el deseo medido de quien no está dispuesto a perder la cabeza por arriesgar el corazón; pero el amor ucrónico es, quizá, el más practicado de todos los amores.
El amor ucrónico está infravalorado. Lo vive quien observa atentamente a alguien sentado en un Cercanías, fijándose en el porte de quien se sienta enfrente, su gracia, su lectura, su no sé qué que te hace soñar con una noche de pasión o una vida juntas; amores que se desvanecen en lo que dura el transbordo de la R4. Ucronizamos cuando miramos con nostalgia nuestros vínculos pasados: y si hubiera dicho o hecho esto y no lo otro; si en lugar de reprochar hubiera dicho te quiero, si la inquietud hubiera hablado con abrazos y no con silencios penitentes y acusadores. También ucronizamos con ilusión: y si le gusté, que no lo creo, pero y si… Seguro que estoy soñando despierta, pero si fuera que sí, creo que ya no tendría nunca más ni sed ni hambre, ni desearía hacer ninguna revolución más que la de construirnos una vida en un mundo que se derrumba. Incluso ucronizamos anónimamente: encontraré a ese alguien, aún no tiene nombre, no tiene rostro, tiene una vida que se está acercando a mí, pero aún no lo sabe; le escribo cartas de amor para tener el trabajo hecho, para decirle te estaba esperando, has tardado, pero lo más importante es que ya estás aquí, hacía tiempo que me dirigía a ti sin saber quién eras.
El amor ucrónico está sobrevalorado. Nos acompaña en las mañanas ajetreadas y en los domingos de cielo nublado y llovizna fina, pero nos deja el estómago vacío y poca comida en la despensa. Nos produce una fantasía agradable, un sorbo de cicuta suave y dulce, pero tarde o temprano tenemos que volver al presente, como el globo que, atado con un cordel, sueña con elevarse sin poder llegar nunca a romper su límite. Retorna bien poco cuando despertamos de estas simulaciones amorosas necesarias, pero, al fin y al cabo, ¿son? pasiones inútiles que se disuelven con la vuelta inevitable a un presente que a menudo nos desencanta o no nos distrae lo suficiente.
El ideal siempre es perfecto (de ahí el peligro de entregarnos plenamente a él), pero no es real ni material. Este es el riesgo y el precio de la ucronía, un viaje que todas compartimos en silencio, con secretos que una solo puede tener consigo misma.
III. Amor con extrañeza
Un nuevo amor está acompañado de múltiples experiencias maravillosas: las primeras seducciones, el primer beso, degustar platos y descubrir grupos musicales que ni sabías que existían. Este encantamiento inaugura nuevas dinámicas, estrena maneras de hacer, aunque nuestra mente siempre tiende al camino que ya conoce, como quien, yendo en coche por una carretera ya transitada, tiene el impulso inconsciente de tomar la salida que siempre tomaba en el pasado, aunque no se dirija en esa dirección. La mente es un animal de costumbres, que a menudo no entiende de cambios ni de nuevas dinámicas vitales al ritmo que quisiéramos. En esos momentos familiarmente nuevos es donde aparece la sensación de extrañeza.
La extrañeza se manifiesta cuando haces tu plato estrella a una persona nueva; cuando vas a un lugar donde habías ido con la otra persona; cuando cantas de forma compartida las mismas canciones; en cierta manera, él/ella/elle se hace presente, tu conciencia proyecta el rostro de quien asocia con ese escenario, ese plato, esa canción, que de algún modo está conquistada o impregnada de pasado. Esa sensación es la extrañeza.
Las canciones nos hablan de que Lo que pasó pasó, entre tú y yo, o de Ven y sana mi dolor, tú eres la cura de este amor, hago este llamado para que tú vuelvas, pero no tanto de mira, estoy bien, mi memoria me trae tu recuerdo porque aquí estuvimos, aquí nos quisimos, aquí nos abrazamos y me apoyé en tu cuello para sentir aquel olor tan cálido y familiar que nunca me cansaba de respirar, pero no pienses que te extraño, que aún te necesito, porque hace tiempo que no es así, pero tampoco te odio ni mucho menos eh y espero que todo te vaya genial. Supongo que tiene menos gancho comercial.
Aun así, en el camino de descubrir y construir nuevos vínculos es inevitable recorrer caminos que parecen ya transitados, mirar con miedo hacia los mismos abismos. Para ir a lugares nuevos a veces hay que pasar por rutas conocidas, caminar sobre huellas ya pisadas, no porque queramos repetir la misma ruta, sino, precisamente, porque queremos ir más allá.

Fragments sobre l’amor
Escrits per degea

Fragments sobre l’amor
I. Amor moribund
moribund | moribunda
Etimologia: del ll. moribundus, -a, -um, participi futur passiu del ll. vg. morīre ‘morir’ 1a font:
1696, DLac. adjectiu i masculí i femení Que es mor, pròxim a la mort.
L’amor mor, com tot allò que té vida. El perenne és un engany o és inert, mancat d’esperit (mai podríem imaginar-nos un amor mancat d’esperit, és un oxímoron). Tot i que tots els amors moren, no tots moren igual.
Com passa amb les persones, alguns amors moren sobtadament. Semblaven estar sans, forts, s’auguraven grans plans, un futur pròsper, projectes per construir i tota una història per endavant, quan de sobte una llampegada desperta un incendi violent que ningú ha pogut preveure ni se n’ha pogut salvar. En un aclucar d’ulls tot es desfà com un castell de sorra a la vora del mar, sense últims petons, sense un darrer moment passió.
Com passa amb les persones, alguns moren molt lentament, emmalaltits però resistint i lluitant fins a l’últim alè. Fins i tot, per moments, pot semblar que tinguin recuperacions miraculoses, que un dia, per art de màgia, hagin guarit i estiguin preparats per saltar i córrer de nou. Normalment, però, només és l’última espurna de joia abans de l’adeu definitiu.
A diferència de les persones, hi ha amors que moren moltes vegades, sense que hagin arribat mai a ressuscitar del tot. Comiats que es van succeint, estocades finals que sempre acaben precedint-ne de noves, un primer adeu, exagerat, efervescent; una trobada per parlar, un diumenge a la tarda, com el metge que rep el pacient per dir-li que potser ja no cal ni tenir esperança, que procurem deixar-ho tot ben lligat abans de traspassar; una nova mort recollint les coses, omplint caixes, vessant llàgrimes i carregant el cotxe. Aquesta pot ser la mort definitiva, tot i que cada fil penjant (una samarreta oblidada, un compte sense pagar, una carta rebuda a una adreça antiga) pot fer tornar a revifar aquell amor, a donar una bafarada d’aire que causa un moviment com d’espasme post mortem. Es pot ressuscitar, un amor mort?
D’altres depenen de la respiració assistida; la rutina els manté, els empeny amb un ritme lent i maquinal; uns fills, una hipoteca, uns gats, un mercat de lloguer impossible, la mateixa inèrcia còmoda d’anar tirant, i qui dia passa any empeny. Amors morts en vida que respiren però no bateguen.
Hi ha amors que moren joves, massa joves, i d’altres que porten massa morint-se i acaben sent una càrrega. D’altres que moren resplendents, que moren quan tocava, després d’un camí de joia. N’hi ha que moren embriagats de nostàlgia, de tristesa, d’alleugeriment i d’esperança pel que vindrà.
Com passa amb les persones, les morts són necessàries per deixar pas a una nova vida. La mort és la condició de possibilitat del naixement d’un nou amor.
II. Amor ucrònic
ucronia
Etimologia: del fr. uchronie, creat pel filòsof fr. Charles Renouvier (1815-1903) com a títol de la seva obra Uchronie… (1901), comp. a partir del gr. oú ‘no’ i khrónos ‘temps’, per analogia amb utopia. femení. Desenvolupament imaginari d’un fet històric com si hagués tingut lloc realment.
Tothom ha tingut amors ucrònics. Hom pot dir que no s’ha enamorat mai, que mai ha confós el nord del sud per algú, que només ha conegut l’afecte temperat, el desig mesurat de qui no està disposat a perdre el cap per arriscar el cor; però l’amor ucrònic és, potser, el més practicat de tots els amors.
L’amor ucrònic està infravalorat. El viu qui observa atentament algú assegut a Rodalies, fixant-se en el posat de qui seu davant, la seva gràcia, la seva lectura, el seu no sé què que et fa somiar amb una nit de passió o una vida plegades; amors que s’esvaeixen en el que dura el transbord de l’R4. Ucronitzem quan mirem amb nostàlgia els nostres vincles passats: i si hagués dit o fet això i no lo altre; si en comptes de retreure hagués dit t’estimo, si el neguit hagués parlat amb abraçades i no amb silencis penitents i acusadors. També ucronitzem amb il·lusió: i si li vaig agradar, que no crec, però i si… Segur que estic somiant truites, però si fos que sí, crec que ja no tindria mai més ni set ni gana, ni desitjaria fer cap més revolució que la de construir una vida amb tu en un món que s’esfondra. Fins i tot ucronitzem anònimament: trobaré aquell algú, encara no té nom, no té rostre, té una vida que s’està apropant a mi, però encara no ho sap; li escric cartes d’amor per tenir la feina feta, per dir-li t’estava esperant, has trigat, però el més important és que ja ets aquí, feia temps que m’adreçava a tu sense saber qui eres.
L’amor ucrònic està sobrevalorat. Ens acompanya en els matins atrafegats i en els diumenges de cel ennuvolat i plugim fi, però ens deixa l’estómac buit i poc aliment al rebost. Ens produeix una fantasia agradable, un tast de cicuta suau i dolç, però tard o d’hora hem de tornar al present, com el globus que, lligat amb un cordill, somia en alçar-se esperançat amb trencar el seu límit. Retorna ben poc quan ens despertem d’aquestes simulacions amoroses necessàries, però, al cap i a la fi, ¿són? passions inútils que es dilueixen amb la tornada inevitable a un present que sovint ens desencisa o no ens distreu prou. L’ideal sempre és perfecte (d’aquí el perill d’entregar-nos-hi plenament), però no és real ni material. Aquest és el risc i el preu de la ucronia, un viatge que totes compartim des del silenci i amb secrets que una només pot tenir amb si mateixa.
Qui s’entrega a la ucronia ha de preocupar-se de llegir bé la seva advertència, amagada, en lletra petita: les il·lusions són perilloses, precisament, perquè són perfectes.
III. Amor estrany
Un nou amor està acompanyat de múltiples experiències meravelloses: les primeres seduccions, el primer petó, degustar plats i descobrir grups musicals que no sabies ni que existien. Aquest encís inaugura noves dinàmiques, estrena maneres de fer, tot i que la nostra ment sempre tendeix al camí que ja coneix, com qui, anant en cotxe per una carretera ja transitada, té l’impuls inconscient d’agafar la sortida que sempre prenia, encara que no s’encamina en aquella direcció. La ment és un animal de costums, que sovint no entén de canvis i nous esdeveniments vitals al ritme que voldríem.
L’estranyesa es manifesta quan fas el teu plat estrella a una persona nova; quan vas a un lloc on hi havies anat amb l’altra persona; en certa manera, ell/a/e es fa present, la teva consciència projecta el rostre de qui associa amb aquell escenari, aquell plat, aquella cançó, que en certa manera està conquerida o impregnada de passat. Aquesta sensació és l’estranyesa.
Les cançons ens parlen de que Lo que pasó pasó, entre tú y yo, o de Ven y sana mi dolor, tú eres la cura de este amor, hago este llamado para que tú vuelvas, però no gaire de mira, estic bé, la meva ment em porta el teu record perquè aquí vam ser-hi, aquí ens vam estimar, aquí ens vam abraçar i em vaig apropar al teu coll per sentir aquella olor tan càlida i familiar, però no pensis que et trobo a faltar, que et necessito, perquè fa temps que no és així, però tampoc t’odio ni molt menys i espero que tot et vagi fantàstic. Suposo que té menys ganxo comercial.
Tot i així, en el camí de descobrir/construir nous llocs és inevitable recórrer camins que semblen ja transitats, mirar amb por cap als mateixos abismes. Per anar a llocs nous a vegades cal passar per rutes conegudes, caminar sobre petjades ja fossilitzades a terra, no perquè vulguem repetir la mateixa ruta, sinó, precisament, perquè volem anar més enllà.
Fragments on love
Written by Degea

Fragments on love
I. Dying love
moribund
Etymology: from Latin moribundus, -a, -um, future passive participle of vulg. Lat. morīre ‘to die’. First source: 1696, DLac.
Adjective: approaching death
Love dies, like everything that is alive. The perennial is a deception or is inert, lacking spirit (we could never imagine love lacking spirit; it is an oxymoron). Although all kinds of love die, not all die the same.
As with people, some loves die suddenly. They seemed healthy and strong; they had big plans, a prosperous future, projects to build and a whole story ahead of them, when suddenly, something caused a violent fire that no one could have foreseen and from which no one could be saved. In the blink of an eye everything crumbles like a sandcastle on the seashore, without a final kiss, without a last moment of passion.
As with people, some die very slowly, being sick but resisting and fighting until their last breath; at times, it may even seem that they have made miraculous recoveries, that one day, as if by magic, they have healed and are ready to jump and run again; normally, however, it is nothing more than the last spark of joy before the final goodbye.
Unlike people, there are loves that die many times, without ever fully resurrecting. Goodbyes that follow one another, final blows that always end up preceding new ones; a first goodbye, exaggerated, effervescent; a meeting to talk on a Sunday afternoon, like a doctor who receives a patient to tell them that perhaps there is no longer any hope, that it is best to tie up all loose ends before leaving; a new death picking up things, filling boxes, shedding tears and loading the car. This may be the final death, although every loose thread (a forgotten T-shirt, an unpaid bill, a letter received at an old address) can make that love sparkle, giving it an intermittent breath of air that causes a movement like a post-mortem spasm. Can a dead love be resurrected?
Other bonds depend on life support. Routine keeps them going, pushing them along at a slow, mechanical pace: children, a mortgage, cats, an impossible rental market, the comfortable inertia of just getting by, and tomorrow will be another day. Kinds of love that look dead while being alive, breathing but not beating.
There are kinds of loves that die young, too young, and others that take too long to die and end up being a burden. Others die resplendent, dying when it was time after a journey of joy. There are those who die intoxicated with nostalgia, sadness, relief, and hope for what is to come.
As with people, perhaps deaths are necessary to make way for new life. Death is the condition that makes the birth of a new love possible.
II. Uchronic love
uchronia
Etymology: from French uchronie, coined by French philosopher Charles Renouvier (1815–1903) as the title of his work Uchronie… (1901), comp. from Greek οὐ (ou, “no”) and χρόνος (khrónos, “time”), by analogy with utopia.
Feminine. Imaginary development of a historical event as if it had actually taken place.
Everyone has had uchronic loves. One can say that one has never fallen in love, that one has never confused north with south for someone, that one has only known temperate affection, the measured desire of someone who is not willing to lose their head by risking their heart; but uchronic love is, perhaps, the most practised of all kinds of loves.
Uchronic love is underrated. It is experienced by those who observe someone sitting on a commuter train, noticing the bearing of the person sitting opposite, their grace, their current read, that certain something that makes you dream of a night of passion or a life together; the kind of loves that vanish in the time it takes to transfer from the train. We uchronise when we look back nostalgically on our past relationships: what if I had said or done this instead of that; if instead of reproaching, I had said I love you; if my anxiety had spoken with hugs instead of penitent and accusatory silences. We also uchronise with hope: what if they liked me, which I don’t think they did, but what if… I’m sure I’m daydreaming, but if it were true, I think I would never be thirsty or hungry again, nor would I want to make any revolution other than to build a life for us in a world that is falling apart. We even uchronise anonymously: I will find that someone, who still has no name, no face, but whose life is drawing closer to mine, though they do not know it yet. I write them love letters to get the job done, to tell them I was waiting for you, you took a long time, but the most important thing is that you are here now. For a long time, I’ve been addressing you without knowing who you were.
Uchronic love is overrated. It accompanies us on busy mornings and on cloudy Sundays with light drizzle, but it leaves us with empty stomachs and little food in the pantry. It gives us a pleasant fantasy, a sip of soft and sweet hemlock, but sooner or later we must return to the present, like the balloon that, tied with a string, dreams of rising without ever being able to break its limits. Very little returns when we wake up from these necessary romantic simulations but, after all, they are useless passions that dissolve with the inevitable return to a present that often disappoints us or does not distract us enough.
The ideal is always perfect (hence the danger of giving ourselves over to it completely), but it is neither real nor material. This is the risk and the price of uchronia, a journey we all share in silence, with secrets that we can only keep to ourselves.
III. Love with strangeness
A new love is accompanied by many wonderful experiences: the first seductions, the first kiss, tasting new dishes and discovering bands you never knew existed. This enchantment ushers in new dynamics and new ways of doing things, even though our minds always tend to follow the path they already know, like someone driving along a familiar road who has the unconscious impulse to take the exit they always took in the past, even if they are not heading in that direction. The mind is a creature of habit, often unable to understand change or new dynamics in life at the pace we would like. It is in these familiar new moments that the feeling of strangeness arises.
Strangeness manifests itself when you make your signature dish for a new person; when you go to a place you had gone with the other person; when you sing the same songs together; in a way, he/she/they become present, your consciousness projects the face of the person you associate with that setting, that dish, that song, which is somehow conquered or imbued with the past. That feeling is strangeness.
The songs tell us lo que pasó pasó, entre tú y yo, or about Ven y sana mi dolor, tú eres la cura de este amor, hago este llamado para que tú vuelvas, but not so much about look, I’m fine, my memory brings me back to you because we were here, we loved each other here, we embraced each other here and I leaned on your neck to smell that warm and familiar scent that I never tired of breathing, but don’t think that I miss you, that I still need you, because that hasn’t been the case for a long time, but I don’t hate you either, far from it, and I hope everything goes great for you. It has less commercial appeal, I guess.
Even so, on the path to discovering and building new bonds, it is inevitable to travel roads that seem already travelled, to look fearfully into the same abysses. To go to new places, sometimes you have to take familiar routes, walk on already trodden paths, not because we want to repeat the same route, but precisely because we want to go further.


Deja un comentario