EL LOBO DISFRAZADO DE OVEJA
La misoginia escondida de Internet
Un artículo de Paula Ortiz García

Incels, Men Going Their Own Way, Men’s Rights Activists, Roma Gallardo, Pick Up Artists, Llados Fitness… son un largo etcétera de personalidades y comunidades que actualmente están invadiendo Internet, impregnándolo de un imaginario victimista en el que el hombre es fuertemente oprimido, de una búsqueda continua de “la mujer de valor” y, sobre todo, de una ideología ultraderechista y antifeminista. No es de extrañar que Stephen Graham y Jack Throne hayan querido dar luz al auge de este nuevo modo operandi del pensamiento machista, que más que una novedad implica una rumiación de la misoginia rancia y antigua ya conocida, produciendo el nuevo gran éxito de la plataforma Netflix, Adolescencia.
Adolescencia es una serie formada por cuatro episodios que nos relatan la historia de Jamie Miller, niño de trece años que asesina a su compañera Katie. En cada uno de los capítulos se explora tanto el contexto en el que se desarrolla como la mentalidad del infante, quien en todo momento asegura “no haber hecho nada malo”, aún apareciendo en las imágenes del momento del crimen. A pesar de las primeras impresiones, esta producción no es una obra de true crime, sino una reflexión a fondo de la influencia de Internet en el desarrollo ideológico y emocional de los niños varones, quienes en momentos de debilidad se refugian, tal y como hace el protagonista, en comunidades como los Incels, abreviatura de Involuntary Celibates (celibatos involuntarios). Este grupo en concreto asegura que su falta de experiencias sexoafectivas no recae en ellos mismos sino en un supuesto ginocentrismo, panorama ilusorio en el cual las mujeres son ahora las opresoras, y ellos, por tanto, las víctimas.
Aun así, no son los únicos que defienden este pensamiento, sino que las comunidades antifeministas están experimentando un crecimiento acelerado, reclutando más hombres que nunca en contra de todo lo que se relacione con la mujer. No solo esta mentalidad es completamente errónea, sino que nace de un resentimiento fruto de la nuevas conquistas feministas en áreas de igualdad, como la aprobación de leyes que nos protegen (Ley de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género), de las huelgas y manifestaciones que muestran el descontento con el sistema heteropatriarcal y del surgimiento de movimientos como el 4B, que nace en Corea y se extiende por EEUU, el cual promueve no mantener relaciones sexuales con hombres como forma de protección y protesta.
El hombre no está siendo oprimido, está siendo despoderado. No tendría que pillarnos por sorpresa el enfado masculino, pues no es la primera vez que vemos a poderosos echando espuma por la boca cuando se señala su posición de poder y se hace un cambio social post igualdad. Múltiples casos sirven de ejemplo: el movimiento White Lives Matter y el racismo blanco, en contraposición al Black Lives Matter, el surgimiento de la “heterofobia”, en respuesta al orgullo gay y un amplio abanico de privilegiados que pretenden victimizarse en una situación en la que claramente son verdugos. Sin embargo, ninguno de esos movimientos ha tenido tanta fuerza como este.
Jessica West, en su estudio de La ciberviolencia contra la mujer (2014), pone en valor una diferencia notoria entre la ciberviolencia de género y la violencia presencial: el daño causado por estas comunidades perdura más en el tiempo debido a la dificultad de erradicar la huella digital. Además, la aparente inocencia del humor con el que juegan pone todavía más en riesgo si cabe la capacidad de los más jóvenes por discernir entre lo que es verdaderamente comedia y lo que es una misoginia maquillada. Pongamos de ejemplo los memes, que se expanden tanto por Twitter como por Reddit. El disfraz de humor negro no es más que una máscara que utilizan para esconder mensajes como la desvalorización del acoso sexual o la objetivación de la mujer: las bromas como los supuestos contratos para mantener relaciones sexuales, los rankings del físico de celebridades, la aparición de imágenes desnudas de estas mismas generadas por inteligencia artificial, etc. Esto es realmente peligroso porque dicho disfraz hace las veces de escudo cuando se les cuestiona su actividad en Internet, sino preguntaros de dónde proviene el término “generación de cristal”.
El tema es extenso y la bibliografía de ejemplos que ilustran esta clase de comportamiento es muy amplia, pero parece que nos podemos hacer una idea de la forma de actuar de este nuevo movimiento. No obstante, tal y como se ha comentado antes, esto no es necesariamente una novedad en cuanto a pensamiento. Desde hace unos años se fragua una manera de operar diferente, pero ello no implica que los conceptos ahora renovados no nazcan de una cultura ya existente. Por ejemplo, el término “simp”, que se ha extendido para hablar de los hombres que desesperadamente complacen a las mujeres no es más que una nueva forma de nombrar a lo que nuestros padres y abuelos llamaban “pagafantas”. Asimismo, bromas como “llevar correa” o expresiones soeces como “dos tetas tiran más que dos carretas” son ejemplos que se alejan de la esfera de los Incels o Men’s Rights Activists, pero que, aun así, refieren al mismo tema: el control femenino sobre los hombres.
En la misma línea, podemos hacer referencia a los Pick Up Artists o a personalidades como Llados Fitness, que acuñan el concepto de “mujer de valor”, que, de la misma forma, es una vuelta al concepto tradicional, en el que nos debemos a nuestra pareja, nos mantenemos impolutas para él y le brindamos devoción desde antes incluso de conocerle. De la mano de este concepto nos acompaña el “hombre de valor” y el discurso de cómo convertirse en uno de ellos. Tanto Llados como Pick Up Artistis ayudan a ser uno de ellos. El varón que merece la pena no es más que aquel con una masculinidad tóxica y exacerbada: es el hombre que genera mucho, que entiende de dinero, que sabe liderar, y que, ante todo, tiene poder sobre el mundo que le rodea. Estos hombres dan consejos sobre cómo identificar a una mujer que cumpla con sus demandas y cómo conquistarla, repitiendo el mismo discurso sobre su hegemonía que supuestamente le hace irresistiblemente atractivo.
Aun así, rescatando un poco el contexto en el que se desarrolla la serie Adolescencia, una de las mayores preocupaciones que conciernen al movimiento feminista en la actualidad es el surgimiento de generaciones cada vez más jóvenes que siguen esta clase de ideas. La nueva producción de Netflix hace hincapié en ello, y nos muestra cómo los más pequeños son incapaces de entender el peligro que conlleva arraigarse a estos grupos y seguir su conducta. Como se ha mencionado, el hecho de que el protagonista, Jamie Miller, asegure “no haber hecho nada malo”, nos indica claramente su incomprensión, no sólo de la gravedad de sus actos, sino también, de la fuente que genera su dolor. Como se puede apreciar en la serie, el niño sufre rechazo en el instituto, lo que le lleva a asociarse a comunidades que comparten ese sufrimiento y que muestran un culpable claro (la mujer), quitándose, de esta manera, la propia culpabilidad. Dicho dolor es lo que le lleva a odiar a las mujeres y lo que provoca, finalmente, el asesinato de la chica que no le corresponde románticamente.
Tal y como ilustran, el poder de Internet es inmenso y realmente, como padre o centro educativo, no se puede ser consciente de todo lo que consume un niño al cerrar la puerta de su cuarto. Efectivamente, el discurso de esta serie es cierto, pero el hecho de que las redes sociales son dañinas si no se hace un buen uso de ellas es algo que ya conocemos de memoria. Es importante, sin embargo, tener en cuenta que la educación de los más pequeños no solo se ve influenciada por una serie de tuits o memes a los que dan like en su tiempo libre. Viendo el panorama actual debemos rescatar un poco la importancia de la educación tradicional: aquella que los progenitores y las instituciones educativas brindan. Nadie niega el poder de consumir contenido en redes, pero tampoco debemos pasar por alto que esta clase de mensajes no calan tan fuerte si tenemos buenos cimientos en los que sustentar nuestros valores.
Por ello, para finalizar esta visión general de la ciberviolencia machista, deberíamos hacer un llamamiento a ensalzar el poder que también tienen las figuras paternas y los educadores. El control parental en el móvil podría ser un buen comienzo para salvaguardar que un niño no caiga en las redes de estas comunidades, pero no es suficiente. La educación sobre la empatía, la inteligencia emocional, la visibilización de la lucha de las mujeres, o la ruptura con los estereotipos de género, en cambio, sí pueden provocar un punto de inflexión.
Debemos tener en cuenta que los mensajes misóginos penetran tan fuerte en los niños porque existe mucha desinformación. Por ejemplo, Roma Gallardos hace uso de la descontextualización para validar sus argumentos. Su táctica consiste en realizar entrevistas callejeras a feministas y, mediante la demagogia, las preguntas capciosas y el humor desvaloriza sus opiniones y las ridiculiza. De igual forma, sucede con la argumentación que utiliza la extrema derecha, donde los datos como el número de casos falsos de violencia de género o las víctimas de abuso sexual son amañados a su favor.
Al consumir esta clase de contenido es evidente que la ausencia de una buena base de información feminista te hace caer en estas trampas, pero si orientamos nuestra enseñanza en la desconfianza hacia los datos de redes, el contraste de información y, si, sobre todo, ilustramos lo que implica ser mujer en el sigo XXI a aquellos que no lo viven en sus propias carnes, quizás consigamos crear un colador mental que les permita valorar antes de asentar este discurso en su sistema de creencias.
En definitiva, el auge de estas comunidades no responde a un fenómeno aislado, sino al eco moderno de una misoginia estructural que muta y se disfraza. Aunque creamos que el daño de un mensaje o una broma en Internet es menor que la violencia presencial, no debemos olvidar el inmenso poder de la palabra y su capacidad de movilizar masas. Mientras las voces misóginas sigan provocando ruido la mujer seguirá sufriendo opresión y violencia. Que nuestros gritos suenen más fuerte para que dejemos de escucharlas.


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