NO ESTOY LOCA, ESTOY ENFADADA
Claro que me ayudó que me dijeras que me calmara, que estaba exagerando, justo cuando estaba enfadada
Una reflexión de de Rocío Szurek
Conoce el podcast Yo esto no lo he firmao‘, donde Rocío y Marta, psicólogas y amigas, desentrañan la letra pequeña del contrato de la adultez del que nadie nos había hablado:

A muchas mujeres nos cuesta enfadarnos. Y no porque no tengamos motivos, sino porque no nos han dejado.
Desde pequeñas lo aprendemos sin que nadie lo diga en voz alta: cuando un niño se enfada, tiene carácter; cuando una niña se enfada, es maleducada. Ellos son líderes. Nosotras, problemáticas.
Así vamos creciendo, interiorizando que el enfado no es cosa nuestra. Que si se nos nota demasiado, espantamos. Que hay que sonreír, ser agradables, “llevarlo bien”.
Yo misma, en mi propio proceso personal, me di cuenta de que muchas veces decía que estaba triste o que me sentía mal… pero en realidad estaba enfadada. Solo que no sabía ponerle nombre ni espacio. Porque cuando lo intentaba expresar, me sentía culpable. Como si ser mujer y estar enfadada fuera incompatible.
Y en terapia, como psicóloga, lo veo una y otra vez: mujeres que no se permiten sentir rabia, que se sienten rotas por cosas que les han hecho daño, pero que acaban llorando cuando en realidad lo que quieren es gritar. Porque hemos aprendido que llorar es más aceptable que enfadarse. Que estar tristes se entiende. Estar enfadadas, no.
Si alzamos la voz, molestamos. Si señalamos una injusticia, somos unas exageradas. Si insistimos, unas pesadas. Si nos duele y lo decimos, seguro que estamos hormonales. Porque claro, si una mujer siente fuerte, debe de tener la regla. O estar ovulando. O de malas por vete tú a saber qué ciclo lunar. Como si nuestra rabia no tuviera motivo, como si no fuera real. Como si automáticamente se desactivara su legitimidad en cuanto la decimos en voz alta.
Y eso duele. Porque la rabia es una emoción legítima. Nos protege. Nos avisa de lo que no queremos, lo que nos está doliendo, lo que necesitamos poner en pausa. Es la emoción que dice “basta”. Pero nos enseñan a no escucharla. A tragarla. A convertirla en ansiedad o en culpa. Y cuando por fin sale, claro, molesta.
Entonces somos inestables, dramáticas, locas. Como si el hecho de explotar fuera el problema, y no los mil intentos previos de no hacerlo.
A veces pienso en Juana I de Castilla, “la Loca”, encerrada durante años por no aceptar las infidelidades de su marido. ¿Y si no era locura? ¿Y si simplemente estaba profundamente enfadada y no tenía dónde poner esa rabia? ¿Y si gritó demasiado alto en un mundo que esperaba de ella silencio?
La historia ha patologizado nuestras emociones. Ha llamado histeria a la rabia, desequilibrio al duelo, inestabilidad a la resistencia.
Pero no estamos desequilibradas. Estamos hartas. Y eso también hay que poder decirlo en voz alta.
No se trata de vivir en la ira, sino de no tener que ocultarla siempre.
Yo, hoy, sigo trabajando en permitirme estar enfadada. Sigo revisando ese impulso de pedir perdón por sentir demasiado. Pero ahora sé que no tengo que tragarme todo.
Y ojalá tú, que estás leyendo esto, también puedas empezar a hacer espacio a tu rabia. Porque no estamos locas. Estamos enfadadas. Y tenemos todo el derecho a estarlo.
Rocío Szurek

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