QUIÉN SUENA Y QUIÉN CALLA
Estética, género y poder en la música
Un artículo de Laura Montero Gutiérrez
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En la música —como en casi todo— el talento no basta si eres mujer. La industria dice valorar la voz o la creatividad, pero impone filtros ajenos a lo artístico: juventud, belleza, cirugía, obediencia estética. Mientras a los hombres se les permite ser reales, a nosotras se nos exige ser perfectas. ¿Por qué hay tan pocas mujeres en carteles, listas o producción? ¿Y por qué siempre aparece la misma excusa?: “No es discriminación, es que hay menos mujeres buenas”. Este artículo desmonta ese mito y analiza cómo la presión estética, los sesgos del gusto y el poder estructural silencian muchas voces antes de que
suenen.
El falso mérito como excusa estructural
No es solo que haya menos mujeres visibilizadas: el camino está lleno de trampas que ellos no pisan. A ellas se les exige crear, destacar y además cumplir con estándares estéticos, mostrarse disponibles, gustar. Mientras ellos son valorados por lo que hacen, a ellas se las juzga también por su aspecto, edad o encaje en una imagen vendible.
Hablar de “talento” como algo neutro ignora que necesita condiciones: formación, referentes, respeto. Eso ha sido históricamente inaccesible para muchas mujeres. No faltan voces femeninas: sobran barreras.
Cuerpos como condición: lo que se exige antes de sonar
La estética, lejos de ser un complemento, se convierte en una condición de acceso. Y ese filtro no existe para los hombres: nadie le pide a un rapero que tenga abdominales, ni a un productor que tenga la piel perfecta o se suba al escenario con tacones.
Esta violencia estética se vuelve aún más cruda en géneros como el reguetón, el pop urbano o la electrónica, donde el cuerpo femenino sigue siendo parte del producto. No es vanidad, es supervivencia en un sistema que las juzga antes de que puedan abrir la boca.
En España, Aitana, una de las artistas más populares del momento, lo ha vivido en primera línea. A pesar de cumplir con los estándares estéticos impuestos por la industria, ha sido cuestionada una y otra vez por su cuerpo, por su evolución de imagen o por mostrarse más sexual en su último disco. El foco casi nunca está solo en su música. Algo parecido ocurre con Judeline, una de las voces emergentes más interesantes del panorama experimental español: mientras su propuesta artística mezcla lo tradicional con lo electrónico, los comentarios siguen girando en torno a su apariencia.
En el mundo de la electrónica, Cora Novoa, DJ y productora gallega con proyección internacional, ha denunciado en entrevistas cómo las mujeres en las cabinas deben trabajar el doble para ser tomadas en serio. Además del machismo técnico (“¿quién te hace las mezclas?”), muchas DJs deben encajar en una imagen estilizada y fotogénica que no se exige a sus colegas hombres.
Mientras tanto, artistas masculinos como Quevedo o Duki son celebrados por su autenticidad, su descuido y su estilo “real”. A ellos se les permite ser. A ellas se les exige parecer.
Cuando el cuerpo se convierte en filtro, no hay igualdad de condiciones. Lo que debería ser libertad creativa se convierte en estrategia de supervivencia. Y eso también es violencia.
Quién decide qué vale: algoritmos y poder.
Lo que suena no es solo fruto del talento: es también una cuestión de poder. Las canciones que aparecen en las portadas de Spotify, los artistas que repiten en festivales o los vídeos que se hacen virales pasan antes por filtros dominados —todavía hoy— por hombres: programadores, productores, curadores de listas, jefes de prensa, jurados, directores artísticos. Y ese poder define el canon.
En plataformas como Spotify, además, los algoritmos reproducen y amplifican lo que ya era desigual. Como históricamente se ha escuchado más a hombres, y esos datos alimentan el sistema de recomendaciones, la rueda sigue girando en la misma dirección. El algoritmo recomienda lo que más se parece a lo que ya funcionó, lo que más se escucha, lo que genera más clics. Y ahí las mujeres entran en desventaja desde el inicio.
La representación femenina en los festivales españoles sigue siendo alarmantemente baja. En 2024, menos del 30 % de los artistas programados eran mujeres. En el Arenal Sound y el FIB, solo 13 de 88 nombres eran femeninos, y en Viña Rock 2025 la cifra apenas alcanza el 10 %. Incluso en este contexto, algunos de estos festivales —como Viña Rock— reciben financiación del Estado de Israel, lo que añade una capa de incoherencia política y ética a espacios que ya excluyen sistemáticamente a las mujeres.
La desigualdad en la música no es una cuestión de talento, sino de filtros de poder. Desde quienes programan hasta quienes deciden qué suena, la mayoría de esos espacios siguen dominados por hombres. Las mujeres no suenan menos porque valgan menos, sino porque se les exige más y se les permite menos.
No basta con que haya más mujeres sobre el escenario: deben estar en las salas donde se decide qué se escucha y a quién se apoya. Solo así podremos romper las barreras y construir una música más plural, libre y justa.

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