La Politización de los Cuidados
Poner en el centro lo que siempre estuvo en la sombra
Una reflexión de B. P. D.

Partamos de lo básico: ¿Qué significa “politizar los cuidados”? Es, ni más ni menos, que sacar los cuidados del ámbito privado y reconocerlos como una cuestión pública, estructural y política. Es entender que cuidar no es solo un acto individual, doméstico o familiar, sino una actividad que sostiene la vida entera, y por tanto, debería ocupar un lugar central en el debate social, económico y político.
Hoy, las mujeres representan cerca del 50% de la población mundial un 49,5% para ser precisas y sin embargo, ese 50% sigue asumiendo casi en exclusiva la tarea de cuidar. No solo cuidan a sus hijos, a sus padres, a sus parejas… cuidan al mundo. Y ese mundo, por cierto, pocas veces se detiene a cuidarlas a ellas.
En España, por ejemplo, un 37% de las mujeres se hacen cargo siempre o casi siempre de la crianza de los hijos, frente a un escaso 5,6% de hombres, según datos de Oxfam Intermón. No es una brecha, es un abismo.
Y no se trata solo de tiempo: se trata de oportunidades perdidas, de vidas limitadas, de cuerpos agotados.
Recuerdo haber leído una vez de una historia española que muchos grandes logros atribuidos a poetas, científicos o artistas no hubieran sido posibles sin alguien que les garantizara el cuidado diario. Alguien que hiciera la comida, cuidase a los hijos, organizara la casa. Alguien que se quedara en la sombra o que las obligara a ello, para que el otro pudiera brillar.
No me imagino a Einstein cocinando macarrones mientras resolvía la teoría de la relatividad. ¿Podría haberlo hecho? Seguro. ¿Lo hizo? Probablemente no. Porque es más fácil pensar cuando alguien te cuida.
Pero ahí está la trampa: sin cuidados, no hay trabajo. Sin cuidados, no hay sociedad.
Entonces, ¿por qué seguimos tratando los cuidados como si fueran un “extra”, una especie de favor o de “ayuda” femenina que se da por sentada?
Cuidar es trabajo. Uno que no para, que no se reconoce, que no se paga. Un trabajo que se hace al alba, entre tostadas, mochilas, medicinas, lavadoras y llamadas. Y que se repite cada día como si fuera invisible.
Las redes de mujeres que cuidan —madres, abuelas, vecinas, hermanas, amigas— no solo sostienen hogares, sostienen sociedades enteras. Y lo hacen desde el silencio, desde la entrega, y muchas veces, desde el olvido.
Pero no existen trabajos de segunda. No existe nada sin cuidados. Cuidar es la base de todo: de la vida, de los vínculos, del bienestar, incluso de la economía.
¿Y si un día esas mujeres dejaran de cuidar? ¿Qué pasaría si esas redes se rompen?
Tal vez tendría que ocurrir, no como castigo, sino como sacudida colectiva, como acto de conciencia social. No para que se les respete —porque ese respeto ya lo tienen, aunque no lo digan—, sino para que, por fin, se les reconozca el lugar que siempre les ha
correspondido: el centro.
Porque cuidar no es un favor, es un derecho y una responsabilidad. Y politizar los cuidados no es ideologizar lo cotidiano; es abrir los ojos ante una injusticia estructural que atraviesa géneros, clases y generaciones.
La transformación empieza cuando dejamos de ver el cuidado como un “asunto de mujeres” y empezamos a entenderlo como una tarea colectiva, digna y esencial para la vida.
B. P. D

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