NUEVA ENTRADA

LIDERAR SIN RENUNCIAR A SER

Recuerdo el momento exacto en el que vi un video de su discurso. Ahí estaba ella, con una postura firme, voz clara y decidida. No temía mostrarse fuerte, pero tampoco ocultaba su sensibilidad. No renunciaba a su feminidad para ser tomada en serio. Y fue en ese instante cuando me di cuenta de algo: nos han hecho creer que para ocupar espacios de poder, las mujeres debemos despojarnos de nuestras emociones, de nuestra esencia, de todo aquello que nos hace «vulnerables» a los ojos de una sociedad que sigue juzgando bajo lentes masculinos.

A lo largo de mi vida académica y profesional, he sentido esa presión. Si mostraba firmeza, podía ser percibida como «demasiado dura». Si mostraba empatía, podía ser vista como «demasiado blanda». Un equilibrio imposible que nos exige ser todo y nada al mismo tiempo. Nos han condicionado a medirnos bajo estándares contradictorios: ser fuertes pero no autoritarias, apasionadas pero no emocionales, inteligentes pero no intimidantes. Y en esa constante lucha por encajar, muchas terminamos adaptándonos a moldes que no nos representan, moldeando nuestra autenticidad para sobrevivir en entornos donde aún se nos pone a prueba con mayor severidad.

La llegada de una mujer a la presidencia de México no solo representa un hito histórico, sino también una revolución silenciosa en la mente de muchas que, como yo, han dudado en algún momento si su carácter o su manera de ser serían un obstáculo para sus aspiraciones. Su ejemplo demuestra que no hay una sola forma de liderar, que la firmeza no está reñida con la empatía, y que ser mujer en la política no debe significar renunciar a una parte de nosotras mismas para ser tomadas en serio.

Pero este triunfo no solo es suyo. Es de todas las mujeres que han desafiado barreras, que han resistido el escrutinio constante y que han demostrado que la capacidad de liderazgo no depende del género, sino de la visión, la preparación y la determinación. Es un reflejo de las luchas previas de tantas mujeres que abrieron el camino, y al mismo tiempo, es una puerta abierta para las que vienen detrás.

Históricamente, la política ha sido un terreno dominado por hombres. Durante siglos, el poder ha estado asociado con lo masculino, con la idea de que la autoridad, la estrategia y la toma de decisiones son cualidades inherentes a los hombres, mientras que la sensibilidad, la intuición y la cooperación han sido vistas como rasgos secundarios, incluso débiles. Pero la historia ha demostrado una y otra vez que las mujeres no solo tienen la capacidad de liderar, sino que han transformado sociedades enteras con su visión y determinación. Desde líderes comunitarias hasta presidentas, cada una ha tenido que enfrentar cuestionamientos y críticas que rara vez se aplican a sus homólogos masculinos.

Cuando pienso en el impacto de esta presidencia en las generaciones futuras, imagino a niñas viendo a una mujer en el poder y sabiendo que pueden aspirar a lo mismo sin sentirse intrusas en un espacio que antes no parecía hecho para ellas. Imagino a jóvenes que no tendrán que justificarse por ser ambiciosas o por querer ocupar posiciones de liderazgo. Imagino a mujeres en distintos ámbitos profesionales que, al ver este avance, se sentirán con más confianza para tomar la palabra en reuniones, para postularse a cargos de toma de decisiones, para exigir el reconocimiento que merecen.

Pero este cambio no solo afecta a las mujeres. También transforma la manera en que la sociedad en general percibe el liderazgo femenino. Nos permite cuestionar los estereotipos que han limitado tanto a hombres como a mujeres y nos abre la posibilidad de construir un sistema político más equitativo y representativo. Nos recuerda que el liderazgo no tiene género, y que la diversidad en el poder no es una concesión, sino una necesidad para el progreso de cualquier nación.

Este es solo el comienzo de un cambio que no solo transformará las estructuras de poder, sino también la forma en que nosotras mismas nos vemos dentro de él. La representación importa. Nos dice que podemos aspirar a más, que podemos ser protagonistas y no solo espectadoras en la toma de decisiones. Y quizás, con cada nuevo referente, la próxima generación de mujeres políticas ya no tenga que cuestionarse si debe elegir entre ser fuerte o ser sensible, porque entenderá que puede ser ambas y aún así, liderar con toda su autenticidad.

Las mujeres en la política no estamos pidiendo permiso para estar aquí. Estamos demostrando que siempre debimos estar.

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