querer como quiero querer
Un ensayo de Irene Díaz Lázaro
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Pongo un espejo en los ojos de los que me cuidan para poder mirarme sin niebla.
Soy, de manera tan palpable, querida como quiero querer. No solo se me quiere como merezco (bien, sin un ápice de violencia), sino que se me quiere de una manera que hace que abra los ojos con asombro y lo entienda: es así como yo quiero querer. Querer bien es impulsar al otro a su florecimiento, regar la autopoiesis del otro sin querer convertirla en tuya.
Cuando miro al amor a través de tus pupilas, veo el mundo con la paleta de colores que siempre he querido usar, y tú pintas tan bonito con ella. Y entonces me creo que es posible, y me atrevo a hablar del mundo que quiero habitar. Construyo al nombrar y me acerco a esa realidad de tu mano.
Hablo del dolor. Nombro la culpa. Nombro la inseguridad, el sufrimiento, el hundimiento del estómago. Pido perdón. Perdón por no haber dicho lo que me pasaba antes. Perdón por haberme olvidado tu regalo de cumple. Perdón por haberme aislado.
Hay quien entiende el universo por el que salivo. Me ayudáis a construirlo. Me cogéis de la manita mientras me acerco y digo es lo que quiero, pero me da mucho miedo.
Aprendo a querer como quiero querer: desde la libertad. Cuerpos que se buscan movidos por el deseo y no la necesidad. Manos que se sujetan por elección y no por cadenas. Abrazos que nunca son por compromiso.
Ahora veo que ser queride por mí es un regalo. Que quiero bonito, que quiero bien. Desde la intensidad y la libertad y la búsqueda genuina del disfrute compartido. Quererme no es una putada. Qué gran regalo, que alguien te demuestre que darte la mano no es una condena.
Hay quien no me mira raro cuando hablo de aquello que anhelo. Hay quien entiende que no es miedo al compromiso, es compromiso con la defensa de mi libertad. Ofrecer ternura y cuidados a otros cuerpos y no hacerlo desde la deuda. Tan solo desde el amor. Esto no es escapar del amor. Esto no es mancillar el amor. Es experimentar el amor como quiero experimentarlo, como me nace experimentarlo, como a mi cuerpo le urge experimentarlo. Tan profundamente, tan libremente, tan desde las entrañas.
Y quizá era cierto eso de que querer a alguien era darle el poder de hacerte pupa… pero confiar en que no lo hará. Y confío tanto en vuestras manos. Evito las cadenas, como puedo, para facilitarme la lejanía cuando su falta me haga daño. No volveré a quedarme en lugares que me matan. Aunque los ame profundamente.
Y construyo. Esto no es derribar puentes. Construyo desde el amor y la honestidad. Yo quiero así. Construyo con la inocencia de una niña que se atreve a jugar. Con la valentía del que admite que tiene miedo. El miedo me muerde las entrañas, pero ahora sé nombrarlo. Ponerle nombre no le hace desaparecer, pero el miedo duele menos cuando no va acompañado de la culpa y la confusión. El miedo tiene su lugar en mí y no me retuerzo. Lo dejo estar. Lo acaricio, incluso.
El amor, quizá, sí era lo más importante. Y ahora me aproximo a él sin intentar encajar en modelos que no son los míos. Construyo con paciencia y caricias, intentando mirar desde la curiosidad y no el juicio. Tu deseo está bien, tu manera de amar no es sucia.
En mí hay culpa y la acaricio y dialogamos. No he hecho nada mal, me digo. Salirme del molde no me hace mala. Tan solo fiel a mí misma. Poco a poco, la culpa se disipa. Tengo el vientre lleno de amor, de curiosidad, de una pulsión vital por explorar y explorarme, … y no queda mucho espacio para el autosabotaje. Es liviana la ternura: no me hunde el pecho. Querer no me hace heridas. Querer me las cura.
Era esto. Era de esta manera.
O al menos, me estoy acercando a esa manera. Al menos ahora, me atrevo a buscarla. Me atrevo a aceptar que está bien si esa manera no es exactamente la que practico. Que puedo explorar, puedo cambiar, puedo caminar hacia lo que deseo. Y muy importante, puedo equivocarme. Y además, no tengo que casarme con todas mis decisiones. El matrimonio nunca fue el protagonista de mis intereses, de todas formas. A mí me encanta hablar del divorcio y ahora sé que puedo divorciarme de las decisiones que tomé en el pasado, pero ya no quiero que me conformen. Que nada está escrito en piedra, y de estarlo, ya aprendería a crear un nuevo abecedario que me hiciera casa y hogar caliente.
Ante el derrumbe total, construyo. Me alejo de los moldes que me ahogaban. Vuelvo a comer pan, a guiñarle los ojos a mujeres, a reclamar y disfrutar el espacio propio (cada vez con menos culpa). Me sano. Camino hacia la salud de la mano de aquellos a los que elijo, pero a los que no me ato.
Mira, así. Así quiero yo, digo. Y cada vez pido perdón menos por ello.
Y cada vez me gritan menos por ello. Porque los que me quieren bajo la premisa de que ame diferente quieren a una versión de mí que no existe. E intentar ser ella me hace mucho daño. Así que ahora acepto con curiosidad genuina y cada vez con menos juicio la exploración y el no saber. Exploro, me pregunto, comunico, abrazo. Así, era justo así.
A mí me gusta querernos así. ¿A ti te gusta? ¿Te apetece que sigamos, el tiempo que nos haga feliz?
Este es mi camino, pero si te apetece, un ratito, caminamos de la mano. Tienes las palmas suaves. Y yo he entendido que mis caricias no hacen daño.
¿Te apetece compartir, un ratito, el disfrute y la libertad?
En mis notas del móvil, la sabiduría absoluta:
Querer como quiero querer. // Desde la libertad del individuo / que no necesita las cadenas / para saber dónde se encuentra.
En mi habitación, ahora mismo, la sabiduría absoluta:
Querer como quiero querer. // Como el individuo que se comparte / porque en la conexión con el otro / encuentra el disfrute. // Como el individuo / que desde la libertad / extiende la mano al otro / y construye.
Construir(me) desde las entrañas y desde la mirada curiosa y tierna del otro que me mira entendiendo que yo no me entiendo, pero que me busco. Construir(me) desde la mano propia y la caricia ajena que acepta y anima la exploración y el disfrute tanto propio como acompañado. Construir(me) sabiendo que salirse del molde es difícil. Y me da mucho, mucho miedo. Pero ay, amor, qué bonito esto que estamos construyendo.

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