NUEVA ENTRADA

LA SANGRE DE LA TRADICIÓN


TW: violencia física, violencia sexual, sangre, aborto

El susurro del mar del Norte es interrumpido por el lamento matinal de las focas. Hace años no pisaba esta tierra: sangre y odio dormitan en las dunas. Mi marido quiso volver. No sabe que estoy embarazada. Y esta isla, no es hogar para nosotras.

Todos los años, se repetía. Cuando los primeros brotes de primavera mostraban sus dientes, el pueblo se preparaba. Las mujeres hacíamos lo nuestro: madrugábamos con la noche aún respirando. Corríamos, subíamos las cuestas de las dunas, endurecíamos músculos. Los hombres, llevan ventaja, nacieron para esto.

En la infancia nos lo enseñaron como una solemnidad, religiosa. “No confíes en ninguno”, decían las abuelas. De niña, nos enseñaron al jugar a las escondidas. Una vez me escondí tan bien que no me encontraron. Él, el niño que organizaba los juegos, me esperó de brazos cruzados mientras otros reían. Al volver, me arrastró detrás de una casa. Frente a todos; me pegó hasta que quedé sin lágrimas. Me convertí en un lienzo de moretones y vergüenza. Mamá limpió mi cara y dijo: «lo que importa es que no te encuentren». En ese entonces, no entendí por qué.

Cuando era adolescente había llegado el día, nos ocultamos en el ático de una cabaña vacía. Con Sofía rezábamos para que nadie subiera. Se respiraba humedad. Cada vez que alguna afuera gritaba, Sofía lloraba y yo tomaba su mano. Era la segunda noche allí. Nos habíamos preparado para esto. Habíamos corrido por las dunas, aprendido a escuchar los cambios en el viento y a contener la respiración en el agua. Pero, encerradas bajo este techo bajo, todo parecía inútil. Cuando el silencio cayó afuera, el terror comenzó. Cada sombra que se movía parecía un hombre.

Desperté con el amanecer a mis pies, estaba sola. Me asomé a la ventana, la vi caminando por la orilla. Dos hombres la tomaron, quise gritar. No pude. Ella miró hacia arriba. No dijo nada. Ella es una buena amiga. Pero, fue la última vez que la vi.

Por desgracia no es posible escapar muchas veces. Apagaron las luces y las antenas. Era la señal: el juego había comenzado. Pasaron cinco minutos de la medianoche, pude escuchar los primeros gritos en la plaza. El viento salado olía a encierro. Mi escondite estaba listo: un hueco entre dos casas playeras. No llegué. La camioneta frenó a mi lado. Corrí sin dejar huella. Fueron más rápidos.

Sus golpes me doblaron las rodillas, y caí. Uno me tomó por las piernas, mientras los otros sujetaban mis brazos. Parece mentira, pero gritaba. Sin mirarme, me lanzaron dentro del vehículo. Había otras. Éramos cuatro.

Primero, golpes a puño cerrado. Cuando dejé de quejarme, cortaron mi mejilla con la culata de un revólver. La sangre caliente bajó hasta mi cuello. él la limpió con un dedo que luego llevó a su boca, saboreando. Uno se quejó: “sin marcas en la cara”. Me golpearon el vientre, las manos, todo. Cuando dejaron de jugar, nos ataron y vendaron.

Desperté atada a la oscuridad. No hay misericordia detrás de mis párpados. Nos agarraron de los pelos. Nos llevaron a rastras hasta el centro de la plaza. Voces masculinas, debatiendo lo que harían con nuestros cuerpos. “Una se nos escapó”, dijo alguien, cerca. Me hice pis. Sentí la vergüenza bajando por mis piernas. Ellos festejaron. Ahí ya no teníamos nombres. Cerré los ojos detrás de la venda. Una mano me arrancó los zapatos. Otra me acomodó para quitarme el pantalón mojado. Una de nosotras gritó, y alguien le tapó la boca de una trompada. Las telas cedían bajo sus manos como papel desgarrándose. Nos desnudaron. Nos tocaron, nos abrieron, nos rompieron. No sé cuánto tiempo pasó.

Recuerdo el frío pedroso, el sabor a hierro, y las risas. Estuve aturdida por los golpes, por sus cuerpos adentro nuestro hasta que la luz detrás de mi ojos se volvió negra. Desperté en el hospital. Nadie preguntó nada.

Al año siguiente, sería distinto: juré. Recorría la isla de punta a punta. Nadie podría alcanzarme. Y mi nuevo novio me ayudó. Entrenamos juntos, fuimos al gimnasio. Me enseñó técnicas de defensa personal. Me sentí fuerte. Quedaban pocos días cuando fue elegido ese año: qué suerte. Juntos buscamos un lugar para esconderme. Uno bueno de verdad, lejos de la calle y de las dunas. Una cueva en el bosque, pequeña, segura.

Allí fui. Escondida, escuchaba a lo lejos: risas, aullidos, dolor. Me oculté detrás de una colcha con un cuchillo en el bolsillo. Intenté no respirar. La oscuridad se volvía líquida, un río me arrastraba al olvido. Un crujido en las hojas.

—¿Estás ahí ? —Lo vi aparecer entre los árboles.

Mi novio. Y los otros. Quise salir corriendo. Me detuvo con una mano en el brazo, con
fuerza. Se acercó a mi.

—No encontramos a nadie— susurró.

Luego, me dió un abrazo que todavía siento. Pidió perdón y llamó a los otros. Saqué mi
cuchillo. Rasgue su chaqueta hasta llegar a sus costillas. Sangre. Los demás, lo empujaron. Sentí muchas manos antes de verlos. Escupí la cara de mi novio en el suelo. No le importó.

Hoy es una noche distinta de tradición. Corrí sin miedo. No importa si es niño o niña: ellos no se llevarán nada más. Frente al mar: lo sentí salir. Rápido, violento, como si también estuviera huyendo. Las olas me acarician. La sal se mezcla con la sangre que escurre entre mis muslos. Las madres no tienen miedo, decía mamá. Yo sí tengo. El miedo es la única herencia que pasa de madre a hija, aprendimos a correr antes que a caminar. Esta isla no es hogar para nosotras. Me niego a parir el miedo. El hijo que llevo en el vientre, no verá la luz.

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