NUEVA ENTRADA

LA METAMORFOSIS DE SIN KAFKA (o cómo escapar de la male gaze)

The first feminist gesture is to say: “OK, they’re looking at me. But I’m looking at
them.” The act of deciding to look, of deciding that the world is not defined by how
people see me, but how I see them.

Agnès Varda.


Would that be dangerous, to not look while being looked at?
Helen Oyeyemi, The Icarus girl.

Estaba al otro lado de la habitación, cerca del aparador, analizando mis movimientos
con los ojitos inquisidores de siempre. Yo me acababa de meter en la cama, sucia y
pegajosa como una niña con una piruleta, con el pelo grasiento pegado a la frente y
las bragas deshilvanadas a plena vista. Al principio no me percaté de su presencia.
Había apagado la luz y todo el dormitorio se hallaba en dulce penumbra. Anulada la
visión, me sentía desinhibida y primitiva, como un bebé dentro del vientre materno.
Ya no existían las uñas mugrientas, los dedos raquíticos, los labios secos, las carnes que niegan la forma geométrica y se empeñan en improvisar nuevas y humillantes composiciones. En medio de la oscuridad, no había nada que esconder. Una podía olvidarse de que existía la luz. La luz, la luz, la luz. A la luz habría que tenerle miedo. Solo prefieren la luz aquellos que sostienen la posibilidad de mirar sin un estremecimiento. Y a mí me estremecía mi propia existencia.

A medida que la noche me acunaba, me hundía en la espesura de un sueño sin sueños. Límpido. No concebía una sensación mejor. La noche me tragaba y yo podía ser una abeja que zumba al ritmo de la respiración, los pétalos tersos de un clavel, la brisa que mece los barquitos de vela. Podía incluso desaparecer. Me zambullía en la negrura como un espíritu, abocada a transgredir la vigilia, a reencontrarme con la nada. Sin embargo, de repente, cuando creía que no podía nadar más profundo, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo. De las pestañas al dedo gordo del pie, inmiscuyéndose entre las cavidades, nombrando cada miembro sin palabras. Qué desfachatez, acordarme del cuerpo ahora, justo cuando estaba a punto de desvanecerse. Encendí la luz, malhumorada, y me incorporé sobre el colchón.

Fue entonces cuando lo vi. Un destello de plata bajo el influjo de la luna, una navajita
minúscula a punto de revolverme las tripas. Lo aborrecía. Esos ojos diminutos fijos
en mi figura, el cuerpo viscoso que recordaba a un órgano penetrando entre la piel o a un beso con demasiada lengua. Me quedé inmóvil, petrificada, desprovista de cualquier capacidad de autoparodia. Era ridículo reaccionar así ante la presencia de un insecto tan pequeño, que podía ser aplastado con una bota. Pero él me clavaba los ojos y a mí se me tensaban los tendones como arcos apuntando en todas direcciones. No había lugar al que huir. Por más que me alejara, notaría sobre la nuca su presencia de mal augurio. Había quedado poseída por él.

El insecto era terrorífico. Apabullante. Olisqueaba la humedad y la miseria y se ensalzaba con ella. La juzgaba en silencio, en una actitud que oscilaba entre el desprecio y el placer. De vez en cuando se agitaba y yo me hacía un ovillo contra la pared del cabecero. De cualquier modo, no apartaba sus ojillos de mí. Yo no estaba preparada para ser vista, menos de una manera tan analítica e inquisidora. Me entraban ganas de gritarle. ¡NO, NO, NO! Pero de qué serviría. Si hubiera podido comunicarme con él habría diluido mi vergüenza con unas pocas palabras. Le habría hablado al igual que a los amantes cuando el deseo llega con tal hambre que se traga al pudor -lo siento no estoy depilada no pensé que esto fuera a ocurrir o como le había hablado al médico al entrar en la consulta tras pasar la noche vomitando -siento estas pintas de veras he pasado una noche malísima-. Si no dono mis órganos a la ciencia, es tan solo por la imposibilidad de disculpar mi aspecto ante las personas embatadas que manipulan mi carne cinérea, el cuerpo entumecido, los órganos viscosos. Me gustaría poder decirles que, en otro contexto, mi aspecto habría sido mejor, para que le restaran importancia al desastre esparcido sobre la camilla. Del mismo modo, al pececillo de plata frente a mí, quería decirle que no hiciera caso del desorden ni de la basura esparcida. Que no reparara en los ojos hinchados ni en las manos roídas ni en la piel fluyendo como el alquitrán. Que yo no soy así. Que si me coloco en un ángulo exacto no me crecen pliegues en el vientre, no me nacen dolores. Me puse recta, muy recta. Como una efigie. Para demostrarlo. Así. Que era normal, muy normal. Y me levanté de la cama con las piernas temblorosas para comenzar a recular hacia el baño, su mirada acechante todavía. Me desplacé cuidadosamente, preocupada por no perturbarlo y, nada más entrar, cerré la puerta de un portazo y corrí el pestillo.

No me sentía tranquila. El voyeur plateado se me antojaba omnipotente y omnisciente. Podía colarse por el quicio de la puerta, podía observarme sin que yo lo supiera. Seguro que podía. Ni siquiera descartaba la posibilidad de que, si me despistaba más de la cuenta, apareciera justo al otro lado del aseo, las antenas agitándose erráticas entre los agujeros del desagüe. Por eso son tan espeluznantes los insectos. Porque, al igual que el cuerpo, no los puedes controlar, aunque exista la ilusión generalizada de que sí. Se cuelan en los recodos más pequeños y se multiplican una y mil veces sin que puedas oponerte a ello. Incluso cuando parece que los has vencido, cuando haces acopio de la fuerza necesaria para efectuar el pisotón definitivo, sabes que hay más esperando en las tinieblas, andando muy deprisa con esas patitas para que no te percates de ellos, deteniéndose de pronto a
mirarte sin que sepas dónde están o cómo han llegado hasta a ti. Si Platón hubiese creado el mundo, no existirían los insectos, y si Dios los creó, fue tan solo para recordarnos la vergüenza de Adán y Eva en el Edén. La oreja díscola que se presta al Otro. La gula y su constante devenir. Los órganos sexuales, uno contra otro, ignorantes de la palabra divina. Incontrolables.

Me aterrorizaba que el pececillo de plata pudiera aparecer de nuevo. Pensaba que, si me volvía a mirar, me robaría el nombre y los apellidos, la memoria y la conciencia, y yo quedaría para siempre convertida en objeto de su mirada. Sucia, mugrienta y pegajosa. Monstruosa. Por toda la eternidad. Ese pensamiento rumiaba en mi cabeza y, a fuerza de tanto pensarlo, comenzaba a creer que se hacía realidad. Tenía que actuar con rapidez. Inclinada ante el espejo, examinaba mi rostro con gesto de analista escéptica, tratando de no fruncir el ceño más de la cuenta. A través de la ventana, la luna mugía al ritmo de algún beat. A mí me temblaba el pulso. Deslizaba la cuchilla sobre mi piel en antiguo ritual, concentrada en los movimientos para evadirme de mis pensamientos obsesivos. Tras ello, comencé a maquillarme completamente desnuda, intentando no fijarme en nada más que en los pómulos sobre los que aplicaba la base, las pestañas, los labios… Una vez tuve el rostro completamente cubierto, con el temor de que el insecto se colara dentro de mí, me coloqué una lencería blanca, sensual y sutil, seguida de unos vaqueros de tiro alto. Para rematar el conjunto, me probé una blusa roja, elegante, y calcé unos tacones a juego. Di un par de pasos hacia atrás y volví a fijar la vista en el espejo. Eso estaba mejor, me dije, consciente de lo ficticio de la imagen y, al mismo tiempo, profundamente tranquilizada por ella.

Me sostuve la mirada un par de minutos más. Deseaba fulminarme con los ojos antes de que él lo hiciera y la imagen, bajo el peso de mis pupilas, comenzó a difuminarse y a mutar. Primero, fueron los labios. Unos labios grises, arrugados y fruncidos. Luego, me empalideció el rostro y los años, tanto afán por detenerlos o burlarlos, vulneraron la firmeza de mis carnes. Poco a poco, como un sarpullido, mi cuerpo adquiría un tono metálico. Las vetas grises se multiplicaban antes de que pudiese contener el siguiente escalofrío. Se multiplicaban como las hormigas, con los culos hinchados y las patas esqueléticas. Como las cucarachas, que se esconden bajo el frigorífico y enseñan la panza vuelta. Como las moscas, de torsos peludos y mirada maquiavélica. Como las lombrices, que se arrastran viscosas entre la tierra. La piel comenzaba una y otra vez a rebasar sus límites, se retorcía y escurría. Yo iba fijando la mirada en zonas concretas: los pómulos, los pechos, el estómago. Me estaba convirtiendo en una babosa. Gigante y grisácea. En un
monstruo. Ser que presenta anomalías o desviaciones notables respecto a su especie. Un ojo demasiado grande y el otro demasiado pequeño. Ser fantástico que causa espanto. Los pechos alargados y los pezones tremendos. Cosa excesivamente grande o extraordinaria en cualquier línea. Las extremidades peludas y flácidas. Persona o cosa muy fea.

Tan solo quería apagar la luz. Regresé a mi habitación tambaleante y temblorosa y no encontré al pececillo de plata, pero sentía su presencia en cada latido desacompasado de mi corazón. Tan solo quedaba dormir, incurrir en el sueño para escapar a la pesadilla, apagar la luz para librar a los ojos de la perturbación que supone contemplar. Así que accioné el interruptor y deposité todo mi peso sobre la cama, a oscuras. Escondida entre las sábanas, me preguntaba cómo desaparecer. Toda mi vida había consistido en esto: un deseo de inmaterializarme y de fundirme con la belleza del mundo. Pero la belleza carecía ya de sentido, era una religión cuyas oraciones había olvidado.

No sé en qué punto de la noche alcancé a quedarme dormida. Lo único que sé es que desperté ya entrada la mañana, con las persianas subidas hasta arriba y unos tímidos rayos de sol asomando por la ventana. Yo estaba completamente desnuda, tumbada sobre la colcha, y me costó un par de segundos acostumbrarme a la luz. Era una sensación agradable, la del sol acariciando mi piel, la visión de mi torso bajo aquella luz pura que confiere a las cosas un cariz de verdad. Moví los dedos de las manos varias veces, hacia abajo y hacia arriba, como una pianista de jazz. Luego usé esos mismos dedos para acariciar mi cuerpo, tanteando mis límites y expandiendo mis sentidos. Todo mi ser se mecía a un ritmo acompasado y eso me hizo consciente de mi capacidad para la acción. La acción de mover los dedos de las manos uno tras otro. De girarme y recostarme sobre mi costado, con los ojos bien abiertos, y recorrer con la vista los objetos iluminados. De detenerme ante la visión de un insecto plateado. Estaba al otro lado de la habitación, cerca del aparador. Y yo lo estaba mirando.

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