NUEVA ENTRADA

YA ESTOY EN CASA, MAMÁ

«Cuando lloras, ahora llamas a alguien más. Ya no sientes ese apoyo de mamá», canta Amaia en Auxiliar. Lo cierto es que escucharla te rompe un poco al darte cuenta de que tú también eres Amaia, que también recurres a otras personas para llorar y que, ahora que has crecido, hay parcelas de tu vida que parecen vedadas para mamá: las conversaciones sobre amores y desamores, las dudas sobre el futuro, las dudas sobre el pasado, los pasos inciertos en el terreno laboral y lo que quieres o no de la vida. La vida, así en general, como si fuera algo pequeño.

Cosas que hace años, cuando eras una niña, mamá se imaginaba que compartiría contigo, y que de repente se ve contemplando desde la distancia, por los trocitos de vida a los que puede asomarse a través de las rendijas que dejas abiertas. Hay una edad en la que mamá se convierte en tu mejor amiga. Otra, en tu enemiga. Porque no te entiende, porque te juzga, porque ella nunca ha sido tan joven como tú ni ha tenido que enfrentarse a las cosas por primera vez. Mamá, que parece que todo lo sabe y no sabe nada.

Y mamá se siente traicionada, o imaginas que se siente así, porque no lo habláis en voz alta, pero lo habláis mediante gestos. Mediante silencios. Porque le mientes y le dices que vas a pasar la noche en casa de Lucía, y de repente estás pasando muchas noches en casa de Lucía. Pero es que hay cosas que ya no pertenecen al reino de mamá, y las pasiones son una de ellas. Irónicamente no haces más que reivindicar tu nuevo papel de adulta frente a tu madre, aunque le ocultas todo aquello que te hace serlo.

Sigues creciendo y viviendo, porque si hay algo indiscutible es que la vida no ofrece pausas, y un día te sorprendes compartiendo un vino con mamá y se te escapa el nombre de la persona amada. Porque en ese momento ha dejado de ser tu madre para convertirse en tu amiga, en alguien a quien puedes dejar entrar, porque antes de ti, tu madre fue niña, adolescente y mujer.

Tu madre fue tú antes de conocerte. Y entonces te das cuenta de por qué te callaste todas esas veces, de por qué le prohibiste la entrada a mamá: compartir ciertas cosas con ella suponía volverlas reales. La primera vez que el deseo fue mutuo, el primer rechazo.

Todo eran cosas enormes que pudiste convertir en llevaderas porque, si no se las contabas a mamá, se quedaban en un juego y no podían adquirir el estatus de “reales”. Y es que el reino de mamá era y sigue siendo el reino de lo real, y mientras ella no lo supiera, el fracaso de esa ruptura parecía más ligero, la discusión con esa amiga no era tan grave y ese examen tampoco estaba tan suspenso.

Mamá, la que se preocupa de que todos sigáis creyendo en los Reyes Magos mucho después de que hayáis dejado de hacerlo. La que siempre está, pero no se hace notar. La que sabe que no has pasado ni una de esas noches en casa de Lucía, pero te hace seguir creyendo que tu secreto está a salvo. Mamá, que no reclama porque cree que es algo que no le pertenece o que ese distanciamiento forma parte de lo que nos empeñamos en nombrar -de forma incorrecta- “ley de vida”, pero que lleva todo ese tiempo anhelando que le abrieras la puerta. Y una tarde escuchando a Amaia te das cuenta de todo lo que tu madre fue antes de ti, de todo lo que sigue siendo aparte de ti, y ya no la ves solo como madre, como un personaje secundario de tu vida, sino como principal de la suya. Y entonces te entran ganas de volver a llorar con ella y no vivirlo como una derrota de ninguna de las dos, sino como el reconocimiento del hogar en la otra. Gracias, mamá. Gracias, Amaia.

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